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EL TRONO DE ÁMBAR

EL TRONO DE ÁMBAR

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Época / Posesivo
Popularitas:380
Nilai: 5
nombre de autor: Andy GZ

El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.

Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.

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Capítulo 12: El Camino de los Halcones

La decisión de Selim fue tan repentina como un golpe de cimitarra. El ambiente en el palacio de Estambul se había vuelto tan ponzoñoso tras el Consejo de Mujeres que el Sultán, en un arrebato de protección y deseo de intimidad, ordenó una expedición a Edirne, la antigua capital. Oficialmente, era una inspección de las tropas fronterizas; extraoficialmente, era un intento de sacar a su consorte del nido de víboras antes de que alguna lograra morder.

Dorian observaba desde su carruaje imperial —una maravilla de madera de cedro calada y cortinas de seda carmesí— cómo las cúpulas de Estambul se hacían pequeñas en el horizonte. Aunque Selim insistía en que viajara en el carruaje por "seguridad", Dorian odiaba la sensación de encierro.

—Sumbul, traedme mi ropa de montar —ordenó Dorian a mitad de la primera jornada—. No voy a cruzar Tracia escondido tras una cortina como una reliquia sagrada.

—¡Pero mi Señor! —exclamó el eunuco, abanicándose frenéticamente—. El Sultán ha dado órdenes estrictas. El sol dañará vuestra piel, el polvo... ¡el protocolo!

—El protocolo no me salvará si nos emboscan y estoy atrapado en una caja de madera —replicó Dorian con una sonrisa gélida—. Y el Sultán... bueno, el Sultán tendrá que aprender que un halcón no caza desde adentro de una jaula.

 

Cuando la caravana se detuvo para el descanso del mediodía cerca de un arroyo, Dorian emergió del carruaje vestido con su traje de montar de cuero suave y seda azul, con el puñal de marfil bien visible en su cintura. Selim, que estaba consultando unos mapas con sus generales, se quedó de piedra al verlo.

La presencia de Selim como Alfa era abrumadora en campo abierto. El viento agitaba su túnica oscura y el sol hacía brillar sus ojos ámbar con una intensidad casi animal. Caminó hacia Dorian con pasos pesados, su aroma a cedro y tormenta expandiéndose de inmediato, una clara señal de advertencia para cualquier soldado que se atreviera a mirar de más.

—¿Qué significa esto, Dorian? —gruñó Selim, rodeando la cintura del omega con un brazo de hierro, pegándolo a su cuerpo en un gesto de posesión absoluta—. Te ordené que te quedaras en el carruaje. El camino a Edirne está lleno de bandidos y espías de los principados rebeldes.

Dorian apoyó las manos en el pecho del Sultán, sintiendo el calor del sol sobre la armadura ligera de Selim. —Vuestros generales os respetan porque os ven cabalgar al frente, Selim. Si queréis que el imperio respete a vuestro consorte, deben verme como vuestro igual, no como vuestro equipaje —Dorian inclinó la cabeza, desafiante—. Además, si alguien intenta atacarnos, prefiero tener las riendas de un caballo en la mano que seda en los ojos.

Selim apretó la mandíbula, debatiéndose entre la furia por la desobediencia y la fascinación por el fuego que siempre ardía en Dorian. Finalmente, soltó un suspiro pesado y se giró hacia sus guardias.

—¡Traed el semental blanco! —ordenó—. Pero escuchadme bien: si un solo cabello de su cabeza es dañado, colgaré a cada jinete de esta escolta en los árboles del camino.

 

Cabalgaron durante horas. Dorian se sentía vivo de nuevo; el viento en su rostro le recordaba a su hogar en el norte, aunque el calor de Tracia fuera diferente. Selim cabalgaba tan cerca de él que sus rodillas se rozaban constantemente, un contacto físico que el Sultán necesitaba para calmar su instinto territorial.

Sin embargo, Dorian notó que algo no encajaba. Sus ojos, acostumbrados a los bosques densos de su tierra, detectaron un movimiento inusual en las colinas que flanqueaban el camino. No eran los ciervos que los rastreadores habían mencionado.

—Selim —susurró Dorian, acercando su caballo al del Sultán—. No estamos solos. A la izquierda, tras los peñascos. He visto el reflejo del metal.

Selim se tensó de inmediato, pero no miró hacia donde Dorian señalaba. Un guerrero veterano nunca delata que ha visto al enemigo. —Podrían ser simples bandidos —murmuró Selim, su mano bajando discretamente hacia la empuñadura de su cimitarra.

—No —respondió Dorian, agudizando sus sentidos—. Los bandidos son ruidosos y buscan el botín. Estos se mueven con la disciplina de los jenízaros, pero sus capas son grises. Son mercenarios, Selim. Y están esperando a que entremos en el desfiladero de las Sombras.

Dorian usó su ingenio rápidamente. Sabía que si daban la vuelta, los mercenarios atacarían por la espalda. Tenían que obligarlos a salir antes de tiempo.

—Majestad, ordenad que el carruaje vacío siga adelante con las cortinas cerradas —sugirió Dorian con voz rápida—. Que la escolta principal lo rodee como si vos y yo estuviéramos dentro. Nosotros nos desviaremos por el lecho seco del río con diez de vuestros mejores hombres. Si nos rodean, nosotros seremos quienes los flanqueen.

Selim miró a su consorte con una mezcla de horror y respeto. —Es un plan suicida, Dorian. Estarías exponiéndote sin la protección del grueso del ejército.

—Ya estoy expuesto, Selim. Ibrahim Pasha tenía aliados fuera del palacio que no aceptarán mi coronación. Prefiero ser el cazador que la presa.

Selim, confiando una vez más en la mente brillante de su omega, dio las órdenes. El carruaje imperial, rodeado de una gran fanfarria, continuó hacia el desfiladero. Mientras tanto, Selim, Dorian y un pequeño grupo de élite se deslizaron hacia la maleza.

 

La emboscada ocurrió tal como Dorian predijo. Un grito de guerra rompió el silencio del desfiladero y una lluvia de flechas cayó sobre el carruaje vacío. Pero antes de que los mercenarios pudieran darse cuenta del engaño, Selim y Dorian salieron de su escondite por la retaguardia.

El caos fue total. Selim peleaba como un dios de la muerte, su cimitarra trazando arcos de sangre bajo el sol de la tarde. Pero Dorian no se quedó atrás. Cuando un mercenario intentó alcanzarlo por el flanco, Dorian espoleó a su caballo, esquivó un tajo de lanza y, con una precisión quirúrgica, lanzó una de las dagas cortas que llevaba en su bota. El arma se hundió en la garganta del atacante.

—¡Dorian, detrás de ti! —gritó Selim.

Un segundo atacante había logrado derribar el caballo de Dorian. El omega rodó por el suelo, el polvo nublando su vista. El mercenario, un Alfa corpulento de mirada cruel, se lanzó sobre él con un puñal largo.

Dorian no entró en pánico. Esperó a que el hombre estuviera lo suficientemente cerca, sintiendo la presión de la presencia Alfa del enemigo intentando someterlo. En el último momento, Dorian usó su agilidad para patear la rodilla del hombre, haciéndolo trastabillar, y clavó su propio puñal de marfil en el hueco bajo la axila del mercenario, el único punto desprotegido de su armadura de cuero.

El hombre se desplomó sobre él, pero Dorian lo empujó con asco. Antes de que pudiera levantarse, Selim estaba allí. El Sultán estaba cubierto de salpicaduras de sangre enemiga, su respiración era un rugido constante. Agarró a Dorian del brazo y lo levantó del suelo con una fuerza que casi lo hizo elevarse, pegándolo a su pecho con una desesperación violenta.

—¡Te dije que era peligroso! —rugió Selim, sus manos recorriendo el cuerpo de Dorian para asegurarse de que no tuviera heridas—. ¡Por todos los demonios, Dorian! Casi te pierdo.

El Sultán estaba temblando de una mezcla de adrenalina y terror posesivo. Enterró su rostro en el cuello de Dorian, marcándolo de nuevo con su aroma frente a los soldados que quedaban, reclamando su soberanía sobre él en medio del campo de batalla.

—No me habéis perdido —susurró Dorian, aunque su voz también flaqueaba—. Os dije que sabía cuidarme. Mirad... —Dorian señaló el cuerpo del mercenario—. Llevaba un anillo con el sello de la familia de Layla.

Selim se separó lo justo para ver el anillo. Sus ojos ámbar se volvieron rojos de pura furia. No era solo una traición política; habían intentado matar a su omega en su propia tierra.

—Layla... —siseó Selim—. Ella cree que la distancia del palacio la protegería. No sabe que mi ira alcanza cada rincón de este mundo.

Esa noche, no llegaron a Edirne. Acamparon bajo las estrellas, rodeados de una guardia que no durmió. En la tienda imperial, sobre pieles de oso, la pasión estalló con una intensidad nueva. Ya no era solo deseo; era la necesidad de Selim de reafirmar que Dorian estaba vivo, que era suyo y que nadie, ni dentro ni fuera del palacio, volvería a ponerle una mano encima.

—No volverás a separarte de mi lado —sentenció Selim entre besos cargados de posesión mientras sus manos recorrían la piel de Dorian—. Ni en el camino, ni en la cama, ni en la guerra. Eres mi consorte, pero también eres mi vida. Y juro que Layla rogará por la muerte antes de que termine la semana.

Dorian, exhausto pero con la mente ya tramando el siguiente movimiento, se hundió en los brazos del Sultán. Sabía que el intento de asesinato era solo el prólogo. Si Layla se había atrevido a tanto, significaba que tenía aliados poderosos que aún no habían salido de las sombras.

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Andy Gomez
Muchas gracias 🫶
Espero disfruten esta nueva aventura
Patricia Manasse
Autora totalmente feluz con tus novelas! las boy leyendo todas👏
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