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La Mano En La Sombra. Pimienta Rosa Y Poder

La Mano En La Sombra. Pimienta Rosa Y Poder

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Reencarnación
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Hanabi Montano

Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.

Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.

Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?

NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Pólvora y lealtad

La noche de la reunión, el cielo estaba despejado y la luna llena iluminaba las calles con una luz fría que parecía de aviso.

Dante llevaba tres días sin dormir. No necesitaba el sueño, o al menos eso se decía mientras su cuerpo empezaba a resentir las horas de vigilia. Había seguido pistas, apretado tuercas, movido piezas en el tablero, pero ell nombre del traidor seguía siendo una sombra que se le escapaba entre los dedos.

Sabía que era alguien de dentro, alguien que conocía los movimientos de Ferraro, sus rutinas, sus puntos débiles. Alguien que había estado allí años, ganándose la confianza que ahora estaba a punto de romper.

Pero no sabía quién. Y eso lo carcomía.

—¿Estás seguro de que quieres ir? —preguntó Ferraro esa tarde, en su despacho. El viejo alfa estaba sentado detrás de su escritorio, con las manos apoyadas sobre la madera. Su rostro estaba más arrugado que la semana anterior, más pálido, Dante notó que sus dedos temblaban ligeramente sobre los papeles—. Si hay una trampa...

—No podemos dejar que los Marchetti piensen que tenemos miedo —respondió Dante. Su voz era plana, como siempre—. Iré primero, haré el reconocimiento, si algo huele mal, te aviso.

Ferraro lo miró con una expresión que Dante no supo descifrar. No era gratitud, no era miedo, era algo más antiguo, más profundo, algo que parecía pesar en el aire entre ellos como una promesa no dicha.

—Dante —dijo Ferraro, y su voz sonó más frágil de lo que Dante recordaba—. Si algo me pasa...

—No te va a pasar nada.

—Escúchame. Si algo me pasa, quiero que tomes las riendas, eres el único en quien confío, el único que entiende esto. No dejes que se desmorone.

Dante no respondió. No porque no tuviera respuesta, sino porque no quería pronunciar las palabras que convertirían aquel momento en una despedida.

Ferraro asintió, como si hubiera entendido.

—Vamos —dijo, levantándose con un esfuerzo que disimuló mal—. Los Marchetti nos esperan.

El almacén estaba en la zona industrial, una mole de hormigón y chapa oxidada que se alzaba entre naves abandonadas y calles sin asfaltar. Dante llegó media hora antes, como había planeado; recorrió el perímetro, identificó las salidas, los puntos ciegos, las ventanas que daban a la calle. Todo parecía en orden. No había coches extraños, no había hombres apostados en las esquinas, los Marchetti habían cumplido su palabra: reunión neutral, sin trampas.

O eso parecía.

Dante se apostó en la entrada principal, junto a Ferraro, y esperó. Los hombres de los Marchetti llegaron en tres coches negros, aparcaron en fila frente al almacén y bajaron con la parsimonia de quien sabe que tiene el control. A la cabeza venía Enzo Marchetti, un alfa de cincuenta años, de mandíbula cuadrada y ojos de tiburón. Detrás de él, seis hombres armados.

—Ferraro —dijo Enzo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Me alegra que hayas aceptado la reunión, sabía que eras un hombre razonable.

—Hagámoslo rápido —respondió Ferraro, sin devolver la sonrisa—. No tengo interés en perder la noche.

Entraron en el almacén. El interior era un espacio vacío, iluminado por focos industriales que colgaban del techo, una mesa larga en el centro, dos sillas a cada lado. Ferraro se sentó en una, Enzo en la otra, Dante se quedó detrás de su jefe, con las manos entrelazadas a la espalda, los ojos recorriendo cada rincón.

Los hombres de los Marchetti se distribuyeron alrededor de la mesa, en formación semicircular, demasiado cerca. Dante lo notó y su instinto se tensó como una cuerda.

La negociación empezó con números: territorios, rutas, porcentajes. Enzo hablaba con la arrogancia de quien sabe que tiene una baza oculta, y Ferraro respondía con la frialdad de quien ha hecho esto mil veces. Dante escuchaba, pero su atención estaba en otra parte, en las manos de los hombres de Enzo, en la forma en que sus ojos se desviaban hacia la entrada. En algo que no estaba allí pero que su instinto le decía que llegaría.

Fue entonces cuando lo sintió.

Un aroma familiar, demasiado familiar. Dante conocía ese olor, lo había olido en los pasillos de la oficina de Ferraro, en las reuniones donde se decidían cosas importantes, en los coches donde se hablaba de lealtad y de muerte. Dio un paso hacia atrás, buscando la salida con la mirada, pero ya era tarde.

Los disparos vinieron de fuera.

El sonido rompió el aire como un látigo, y en el almacén todo se volvió caos. Los focos del techo estallaron uno tras otro, lanzando fragmentos de cristal sobre la mesa. Los hombres de Enzo sacaron las armas al mismo tiempo, pero no apuntaban a Ferraro, apuntaban hacia la entrada, hacia el exterior, como si también ellos fueran víctimas de algo que no habían planeado.

—¡Trampa! —gritó Enzo, pero su voz se perdió en el estruendo.

Dante no esperó, agarró a Ferraro del brazo y lo tiró de la silla, llevándolo hacia atrás, hacia la única salida que había identificado antes: una puerta trasera que daba a un callejón. Los hombres de Ferraro, los que habían quedado fuera, debían estar ya muertos o huyendo, Dante no podía contar con ellos.

—¡Corre! —le gritó a Ferraro mientras lo empujaba hacia la puerta.

El viejo alfa corrió. Dante se quedó un segundo para cubrirlo, disparando hacia la entrada donde ya empezaban a aparecer siluetas armadas. No vio los rostros, solo las armas y la determinación de quienes saben que tienen a su presa acorralada. Disparó tres veces, oyó un grito, un cuerpo cayendo, pero había demasiados.

Corrió detrás de Ferraro.

El callejón era estrecho, oscuro, con contenedores de basura apiñados contra las paredes. Ferraro iba delante, jadeando, sus piernas de sesenta y cinco años moviéndose con la desesperación de quien sabe que la muerte está a un paso. Dante iba detrás, girándose cada pocos metros para disparar contra las sombras que avanzaban.

—¡Por aquí! —gritó, señalando una salida que daba a una calle más ancha.

Pero cuando llegaron a la esquina, los coches ya estaban allí, tres vehículos negros bloqueaban la calle. Faros encendidos que cegaban, hombres armados detrás de las puertas abiertas, formando una línea de fuego que no dejaba espacio para la huida.

Dante empujó a Ferraro detrás de un contenedor de obra que había junto a la pared. Se puso delante, con el cuerpo cubriendo a su jefe, la pistola en la mano, los dedos apretando el gatillo antes siquiera de apuntar.

—Dante —dijo Ferraro, con la voz entrecortada por el esfuerzo y el miedo—, sal de aquí. Aún puedes...

—No voy a dejar que te maten —cortó Dante.

No era una promesa, era un hecho, había jurado lealtad quince años atrás, en un callejón similar, cuando Ferraro lo había recogido del suelo y le había dado una razón para seguir vivo. Esa noche, Dante había entendido que su vida tenía un precio, y que ese precio era la lealtad.

Los disparos empezaron de nuevo.

Dante devolvió el fuego. Sus balas acertaron a dos hombres, quizá tres, pero las suyas también llegaron. Sintió un golpe en el hombro izquierdo, un ardor que se extendió por su brazo como fuego líquido. No soltó la pistola, cambió de mano y siguió disparando.

Otro golpe, esta vez en el costado, más profundo. Sintió la bala rompiendo algo dentro de él, algo que no sabía que dolía tanto.

—¡Corre! —le gritó a Ferraro, mientras su cuerpo empezaba a fallarle.

Ferraro lo miró. Había miedo en sus ojos, pero también algo más, algo que Dante no había visto nunca en el rostro del viejo alfa.

—Dante...

—¡Corre, carajo! —escupió Dante, con la voz rota por el dolor.

Ferraro corrió.

Dante vio cómo se alejaba, cómo doblaba la esquina y desaparecía entre las sombras. Algunos de los hombres que bloqueaban la calle intentaron seguirlo, pero Dante puso su cuerpo en medio, disparando hasta que el cargador se vació.

Entonces, ya no pudo más.

Cayó de rodillas sobre el asfalto caliente. El olor a pólvora le llenaba la nariz, mezclado con el de su propia sangre, que brotaba caliente entre los dedos que apretaba contra su costado. Las luces de los faros lo cegaban, pero ya no veía a los hombres que avanzaban hacia él, solo veía una mancha blanca, difusa, como una luz al final de un túnel que no estaba seguro de querer alcanzar.

Oyó pasos, voces, alguien se acercaba, alguien que olía a un aroma que conocía. El mismo aroma que había percibido en el almacén, justo antes de que empezaran los disparos. Alguien se arrodilló a su lado. Dante levantó la cabeza con un esfuerzo que le costó lo que le quedaba de vida.

Y lo vio.

Un rostro que conocía, un rostro que había visto en las reuniones, en los pasillos, en las comidas donde se brindaba por la salud de Ferraro. Un rostro que había considerado de confianza.

—Lo siento, Dante —dijo el hombre—. No es personal.

Dante quiso hablar, quiso decir algo, cualquier cosa, pero su boca solo pudo formar una palabra que se perdió en el ruido de su propia respiración agonizante.

¿Por qué?

El hombre no respondió, se levantó y se alejó, dejándolo allí, de rodillas sobre el asfalto caliente, con la sangre formando un charco oscuro que se extendía bajo sus rodillas.

Dante Falcone cayó de lado.

El asfalto estaba caliente. Cerró los ojos, oyó a lo lejos el ruido de los coches arrancando, las voces que se alejaban, los disparos que ya no eran para él porque él ya no estaba en esa pelea. Pensó en Ferraro. Esperó que hubiera llegado lejos, esperó que estuviera a salvo.

Pensó en su madre, en aquel rostro borroso que aún a veces visitaba sus sueños. ¿Eres feliz, Dante? No lo había sido nunca, no sabía si alguna vez había sabido lo que era ser feliz. Pero había sido leal, había sido útil. Había sido la mano derecha que nunca falló.

Hasta ahora.

La sangre seguía brotando, la vida se escurría entre sus dedos como agua de un cántaro roto. El ruido del mundo empezó a apagarse, como si alguien estuviera bajando el volumen de todo lo que había sido.

Quince años, pensó, quince años de lealtad y esto es lo que queda. Cerró los ojos.

Y en el momento exacto en que la oscuridad se lo tragó por completo, sintió que algo lo tiraba hacia abajo. No hacia el asfalto, no hacia la muerte que esperaba, sino hacia algo más profundo, más antiguo, como si el universo entero lo estuviera aspirando hacia un punto donde el tiempo se plegaba sobre sí mismo.

Una caída que no era caída, un vacío que era plenitud. Y entonces, el dolor.

No el de la bala, no el de la vida escapándose. Un dolor nuevo, extraño, que venía de sus muñecas, de sus brazos, de un cuerpo que no era el suyo. Un cuerpo que pesaba menos, que olía distinto, que temblaba con un miedo que él nunca había conocido.

Dante abrió los ojos.

El techo era blanco, las sábanas eran de algodón. Había sangre en sus muñecas, pero no era la suya. Y en algún lugar, muy cerca, un reloj marcaba la hora de empezar de nuevo.

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☆Nanu☆
me encanta esta tensión!!!😏 Ya quiero que Ren lo deje sin aliento, que Ale sienta lo que quiere provocar!!! un pequeñín cambio de roles 🤪🤓
Nerezka Martinez
claro que si , interesante muy interesante 👌😉😉
Maru19 Sevilla
Se están acercando 🤭
Marlucha💋
El café que yo tomo tiene Cardamomo!, sabroso!💜
Nidia Mojica
Renato Y Alessio ahí van. Con Marco y Rocco creo es mas complicado.
☆Nanu☆
los secundarios duros se ablandan!!! 😅😏
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓
ILikeYourFather
👀
Nidia Mojica
Renato sabe lo que hace y Alessio poco a poco empieza a ceder.
Amantedelpan
Ya cayooooo😝
☆Nanu☆
que se traen Rocco y Marco???🤓
ILikeYourFather: sabia q no solo yo lo habia pensado
total 3 replies
Maru19 Sevilla
Quiera o no va ha reconocer la valía de Renato
🔪Rachell Foster 💕🇲🇽
Tension~
Nidia Mojica
Leo el capituoo casi sin respirar cuando esos dos se enfrentan 😱 pero me encanta.
Nidia Mojica
Masoquistas ambos 🤔.
Hanabi Montano: Dígamos que los atrae el desafío 🤭🤭 Les gusta lo que no pueden controlar fácilmente
total 1 replies
Marlucha💋
Eso si debió contarte admitirlo y decirlo Alessio!, pero es un gran paso sigue por ahí mijo☺️
Hanabi Montano: Poco a poco va reconociendo el valor de Renato, todavía le cuesta, pero ya es algo
total 1 replies
Marlucha💋
Uyyÿ! Renato eso si que fue un certero golpe al orgullo de Alessio🤭🤭
Marlucha💋
Ha!, aunque te duela Alessio? necesitas el consejo o estrategias de Renato
Marlucha💋
Pensarlo? si chiruli!, vas a consultarlo con Renato 🤭🤭
Rockxxo
me encantaaaaa🤭🤭🤭🤭
Hanabi Montano: Me alegra que estés disfrutando la historia 🥰🥰
total 1 replies
☆Nanu☆
bien ahí!!!👏👏👏 ahora están en modo "alianza estratégica". me gusta esto😏😏😏
pasión y estrategia, se lo dejo a ahí autora, para título de próxima obra 🤪🤪🤪🤪
☆Nanu☆: jajajaja, me alegro que guste aunque fue en tono de chiste. 😅
usted tiene ideas muy interesantes, seguro encuentra a que ponérselo!! ( siempre disponible para tirar ideas 🤪🤪🤪)
total 2 replies
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