Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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Frente al pasado
En los siguientes Sofía y Amanda quedaron de verse, el restaurante estaba lleno, pero no era el bullicio lo que dominaba el ambiente, sino una especie de murmullo elegante, contenido, como si cada mesa guardara secretos que solo se atrevían a respirar en voz baja.
Las luces cálidas caían suavemente sobre las mesas de madera oscura, reflejándose en copas de cristal que brillaban como pequeñas promesas suspendidas en el aire.
El aroma del vino tinto, de las hierbas frescas y del pan recién horneado envolvía el lugar con una sensación de nostalgia, como si aquel espacio estuviera hecho para los reencuentros que duelen y para las palabras que nunca se dijeron.
Sofía llegó primero.
Se detuvo unos segundos en la entrada, observando el lugar como si necesitara asegurarse de que era real, de que no estaba entrando a un recuerdo disfrazado de presente. Llevaba un vestido sencillo, negro, que caía con elegancia sobre su figura, y el cabello recogido de manera informal. Había algo distinto en ella: una serenidad frágil, como la de alguien que ha sobrevivido a demasiadas despedidas.
Eligió una mesa cerca de la ventana. Desde ahí podía ver la calle iluminada y el ir y venir de personas ajenas a su historia. Apretó el bolso contra su pecho por un instante, respiró hondo y miró su reloj. Amanda debía llegar en cualquier momento.
No se veían desde su encuentro en la cafetería de Amanda, no por falta de tiempo. Sino porque ambas necesitaban tiempo, para hablar, para entender en qué momento perdieron esa gran amistad que perdieron en medio del caos. Llena de silencio, de mensajes no enviados, de intentos fallidos por coincidir.
La vida había hecho lo suyo: las había separado con decisiones, con heridas, con caminos que se bifurcaron sin pedir permiso.
Cuando Amanda finalmente cruzó la puerta del restaurante, Sofía la reconoció de inmediato… y al mismo tiempo, no.
Era ella, sí. Los mismos ojos grandes, la misma forma de caminar decidida. Pero había algo nuevo en su mirada, que la última vez que la vio: una sombra suave, una madurez que solo llega después de haber amado y perdido. Llevaba un abrigo claro y el cabello suelto, cayendo sobre sus hombros como una cascada de recuerdos.
Por un segundo, ninguna de las dos se movió.
Había pasado mucho tiempo de la última vez que habían que habían hablado, y ahora estaban ahí nuevamente frente a frente.
El tiempo pareció detenerse entre ellas, suspendido en ese espacio invisible que solo existe cuando dos personas que se han querido mucho vuelven a encontrarse. Amanda fue la primera en sonreír, una sonrisa tímida, casi insegura, como si temiera que Sofía pudiera desaparecer si daba un paso en falso.
—Sofía… —dijo, con la voz ligeramente quebrada.
Sofía se puso de pie de inmediato. No pensó, no dudó. Caminó hacia ella y la abrazó con fuerza, como si en ese gesto quisiera recuperar todos los años perdidos.
—Pensé que nunca volveríamos a vernos —susurró Sofía contra su hombro.
Amanda cerró los ojos. Aquel abrazo le dolió la sanó al mismo tiempo.
Se sentaron frente a frente. Al principio hablaron de cosas pequeñas: el trabajo, la ciudad, el clima. Rieron nerviosamente, como dos desconocidas que fingen no tener una historia compartida. Pero debajo de cada palabra superficial latía algo más profundo, algo que pedía salir.
—Has cambiado —dijo Sofía finalmente, mirándola con atención. — Te ves… distinta, desde la última vez que nos vimos
Amanda sonrió con tristeza.
—La vida no pasa en vano —respondió—. Tú también has cambiado. Pero sigues teniendo esa forma de mirar… como si siempre estuvieras buscando algo.
Sofía bajó la mirada. Estaba a punto de responder cuando ocurrió.
La puerta del restaurante volvió a abrirse.
Amanda levantó los ojos por simple reflejo… y el mundo se le vino encima.
Sebastián entró sin notar nada al principio. Vestía un traje oscuro, elegante, con el mismo porte seguro de siempre. Pero había algo en su expresión que delataba el peso de los años: una rigidez en la mandíbula, una seriedad permanente en la mirada. No estaba solo; hablaba con el anfitrión mientras revisaba su teléfono.
Amanda sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
No podía ser. No ahí. No así.
Sofía notó el cambio inmediato en su rostro.
—¿Amanda? ¿Qué pasa?
Pero Amanda no respondió. Sus ojos estaban fijos en él, como si estuviera viendo un fantasma que había aprendido a enterrar a la fuerza.
Sebastián dio unos pasos más… y entonces la vio.
El impacto fue brutal.
Se detuvo en seco. El sonido del restaurante se volvió lejano, irrelevante. Todo lo que existía en ese instante era Amanda, sentada a pocos metros de él, mirándolo con la misma mezcla de sorpresa y dolor que él sentía.
Sofía los observó a los dos al mismo tiempo, y por fin entendió lo que había sospechado. Entre ellos hubo algo más que la simple asistente. Sofía inclinó un poco la cabeza, fingiendo que no los estaba viendo.
Durante años Sebastián había ensayado ese encuentro en su mente. Había imaginado qué diría, cómo reaccionaría. Pero ahora, frente a ella, no tenía palabras.
Amanda fue la primera en apartar la mirada.
—Es él —susurró Sofía. -- Sebastián. --
Amanda asintió lentamente.
Sebastián respiró hondo y, contra todo instinto, caminó hacia la mesa. Cada paso le pesaba como si estuviera cruzando un campo minado de recuerdos.
—Amanda —dijo finalmente, con voz baja. — Sofía.
Sofía se levantó con educación, aunque la tensión era palpable.
—Sebastián —respondió—. No sabía que estaría usted aquí.
—Yo tampoco. — contestó Sebastián, sin apartar los ojos de Amanda.
El silencio entre ellos era denso, incómodo, lleno de todo lo que no se dijeron cuando se separaron. Amanda jugueteó con la servilleta, intentando mantener la compostura.
—Han pasado muchos años —dijo al fin Sebastián.
Amanda solo respondió.
-- Sí, muchos. --
—Demasiados —respondió Sebastian—. Pensé… pensé que ya no estabas en esta ciudad.
—No lo estaba —contestó—. Volví hace poco.
Sebastián asintió, como si eso explicara algo que llevaba tiempo preguntándose sin saberlo.
—Me alegra verte —dijo, aunque su voz traicionaba una tristeza profunda.
Amanda lo miró entonces, de verdad. Vio las líneas nuevas en su rostro, la dureza que antes no tenía. Y comprendió que él también había cambiado. Que el tiempo no había sido indulgente con ninguno de los dos.
—A mí también —respondió, con honestidad. Aunque no sé si era algo que necesitábamos.
Sebastián esbozó una sonrisa amarga.
—Nunca supimos qué necesitábamos —dijo— Solo supimos perdernos.
Sofía observaba la escena con el corazón encogido. Era evidente que entre ellos seguía existiendo algo poderoso, algo no resuelto.
—Creo que debería irme —dijo finalmente Sofía. — Les dejo un momento.
Amanda la miró con gratitud, pero también con miedo.
—Sofía… --
—Estaré bien. — Respondió Sofía, apretándole la mano—. A veces, los encuentros no son casualidad.
Sofía se alejó, dejándolos solos.
El silencio volvió a caer entre Amanda y Sebastián, pero esta vez era distinto. No era incómodo; era necesario.
—Nunca dejé de pensar en ti —confesó Sebastián—. Ni un solo día.
Amanda cerró los ojos por un segundo.
—Yo tampoco. — Admitió—. Pero pensar no fue suficiente para quedarnos.
Sebastián inclinó la cabeza.
—Tenía miedo —dijo—. Miedo de no ser suficiente, de fallarte.
—Y yo tenía miedo de quedarme esperando —respondió ella. — De perderme a mí misma.
Se miraron largamente, entendiendo por fin lo que antes no pudieron.
—Tal vez. — Dijo Sebastián. — Este encuentro no sea para volver, sino para cerrar.
Amanda asintió, con lágrimas contenidas.
—O para perdonarnos —susurró.
El restaurante seguía lleno, la vida seguía su curso. Pero en esa mesa, dos personas estaban sanando una herida antigua.
No sabían si ese sería el último encuentro o el primero de algo nuevo. Solo sabían que, después de tantos años, por fin podían mirarse sin huir.
Y a veces, eso era suficiente.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.