NovelToon NovelToon
ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13 — Ante todo el pueblo

La fogata de los domingos en Puerto Sereno era una institución.

Sofía lo entendió cuando llegó a las siete en punto y encontró no quince personas como la primera vez sino casi el doble. Música en vivo — Miguel con su guitarra y dos muchachos más con cuatro y maracas — mesas improvisadas con neveras de cerveza y hallacas que alguien había traído envueltas en hojas de plátano, niños corriendo entre las piernas de los adultos y el mar negro y brillante de fondo como siempre.

Valeria la vio primero.

Apareció de entre la gente como un cohete — el pelo en dos coletas ya medio deshechas, arena hasta las rodillas y Carmelo el cangrejo apretado contra el pecho — y se plantó frente a ella con una sonrisa que ocupaba toda la cara.

—Llegaste — dijo, como si hubiera tenido alguna duda.

—Llegué — confirmó Sofía.

—Papá está allá. — Señaló hacia el grupo sin mirar —. Te estaba buscando pero no quería que se notara.

Sofía arqueó una ceja.

—¿Y se notó?

—Muchísimo — dijo Valeria, con total naturalidad. Y se fue corriendo de vuelta con sus amigos.

Andrés estaba con Miguel y dos pescadores más cerca del fuego.

Cuando la vio llegar algo cambió en su postura — sutil, casi imperceptible, de esos cambios que solo nota quien ya aprendió a leerlo. Se acomodó. Se irguió levemente. Y sus ojos azules la encontraron entre la gente con una facilidad que sugería que los había tenido puestos en la dirección correcta desde hacía un rato.

Se acercó a ella. Sin apuro. Con esa manera suya de moverse que hacía que el mundo pareciera dispuesto a esperarlo.

—Llegaste puntual — dijo.

—Siempre llego puntual.

—Lo sé. — Y sin más preámbulo puso la mano en su cintura — abierta, cálida, completamente natural — y la guió hacia el grupo.

Un gesto simple.

Pero en Puerto Sereno, donde todo el mundo se conocía desde siempre y los gestos simples hablaban más que los discursos, fue suficiente.

Sofía sintió las miradas. No hostiles — curiosas. De la gente que quiere a Andrés y que llevaba años sin verle hacer eso con nadie.

Miguel fue el primero en reaccionar.

—Buenas noches, Sofía — dijo, con su sonrisa enorme y los ojos bailando entre ella y Andrés —. Qué bueno que viniste.

—Gracias por la invitación.

—La invitación fue de Val — dijo Miguel —. Pero el que estaba pendiente del reloj era otro. — Le lanzó una mirada a Andrés.

Andrés lo miró con una calma que era en sí misma una advertencia.

—Miguel — dijo.

—Ya, ya — dijo Miguel, levantando las manos —. Me callo.

No se calló. Pero cambió de tema, que era lo más que se podía pedir.

Val apareció cuarenta minutos después arrastrando a Sofía de la mano hacia donde estaba Miguel con la guitarra.

—Sofía sabe cantar — anunció, con una convicción que Sofía no había autorizado.

—No sé cantar — dijo Sofía.

—En el desayuno estabas cantando.

—Eso no era cantar, estaba tarareando.

—Es lo mismo.

Miguel levantó la guitarra con una sonrisa.

—¿Qué te sabés?

—No voy a cantar — dijo Sofía.

—Todo el mundo canta en las fogatas de Puerto Sereno — dijo Val, con la autoridad de quien lleva siete años en ese pueblo —. Es la regla.

—¿Quién hizo esa regla?

—Yo — dijo Val.

Sofía miró a Andrés buscando apoyo.

Andrés tenía los brazos cruzados y una expresión que decía claramente que no tenía ninguna intención de rescatarla.

—Cobarde — le dijo Sofía.

—Estratégico — respondió él.

La fogata entera se rió.

Sofía cantó.

Una sola canción — una balada italiana que le había enseñado su abuelo, que se sabía de memoria desde los ocho años y que nunca había cantado delante de nadie que no fuera de su familia.

Lo hizo mirando el fuego, con la voz baja al principio y luego más segura, mientras Miguel encontraba los acordes de oído con esa facilidad natural que tienen los músicos de pueblo que han aprendido a escuchar antes que a tocar.

Cuando terminó el pueblo entero aplaudió.

Val aplaudió más fuerte que nadie.

Sofía levantó la vista y encontró los ojos de Andrés al otro lado del fuego.

La miraba con una expresión que ella no le había visto antes — algo entre el asombro y algo más profundo, más íntimo, que no tenía nombre sencillo pero que Sofía sintió en cada centímetro de la piel.

Se levantó. Cruzó el espacio entre los dos. Se sentó a su lado.

Andrés no dijo nada. Puso el brazo alrededor de sus hombros y la acercó hacia él.

Y así — ella contra su costado, él con la vista en el fuego, la música de Miguel llenando la noche — los vio todo Puerto Sereno.

Sin anuncios. Sin explicaciones.

Como si siempre hubiera sido así.

Fue cerca de las diez cuando Valeria empezó a perder la batalla contra el sueño.

Apareció con los ojos entrecerrados y Carmelo arrastrando por la arena, se instaló directamente en el regazo de Sofía sin pedir permiso y cerró los ojos con la determinación de quien ha decidido que ese es su lugar y punto.

Sofía la recibió sin pensar. Le acomodó el pelo. Le subió el cierre de la sudadera porque la brisa había refrescado.

Andrés las miraba.

Con esa expresión.

La nueva. La que Sofía ya reconocía como la más verdadera de todas las que tenía.

—Está rendida — susurró Sofía.

—Siempre hace lo mismo — dijo él, igual de bajo —. Pelea contra el sueño hasta el último segundo y luego cae de golpe donde sea.

—Como su papá.

Andrés la miró.

—Yo no caigo de golpe.

—No — admitió Sofía —. Tú tardas más. Pero cuando caes, caes completo.

Andrés la miró durante un momento.

—Sí — dijo, en voz muy baja. Y ella supo que no estaban hablando solo de dormir.

Fue entonces cuando Sofía lo vio.

Al borde de la fogata. Alejado del grupo, parado en la línea donde la luz del fuego se convertía en oscuridad. Un hombre mayor, alto, con el pelo blanco y un bastón que no usaba del todo — solo lo sostenía, como si fuera un hábito más que una necesidad.

Ojos negros. Fijos en Andrés.

Rafael Villareal no había venido a la fogata. Había llegado hasta ahí y se había detenido — como quien no sabe si tiene derecho a cruzar el umbral o no.

Sofía lo vio antes que nadie.

Y vio el momento exacto en que Andrés lo sintió.

No lo vio — tenía la vista en el fuego. Pero algo cambió en su cuerpo. Una tensión que subió por su espalda despacio, como marea.

Giró la cabeza.

Los dos hombres se miraron por encima del fuego y la gente y los años.

Valeria dormía entre los dos — ajena a todo, con Carmelo apretado contra el pecho — sin saber que en ese momento su padre y su abuelo se estaban viendo por tercera vez después de treinta y cinco años de silencio.

Andrés no se movió.

Rafael tampoco.

Fue Valeria quien rompió el momento — se revolvió en el sueño, murmuró algo incomprensible y volvió a quedarse quieta — y Andrés bajó la vista hacia ella.

Cuando volvió a levantar los ojos, Rafael ya no estaba.

Había desaparecido en la oscuridad tan silenciosamente como había llegado.

Andrés exhaló despacio.

Sofía puso la mano sobre la suya — quieta, sin preguntas.

Él entrelazó los dedos con los de el.

Y se quedaron así — con Valeria dormida entre los dos y el mar detrás y la música de Miguel llenando la noche tibia de Puerto Sereno — mientras el fuego ardía y el pueblo reía y la vida seguía con esa indiferencia hermosa que tiene cuando uno está exactamente donde debe estar.

Esa noche, tarde, cuando Andrés cargó a Valeria dormida hacia la casa y Sofía caminó sola de regreso bajo las estrellas, abrió su cuaderno y escribió:

Esta noche me vio todo el pueblo.Con él. A su lado. Como si le perteneciera.

Y lo más extraño es que se sintió exactamente así.

Como pertenecer. Como si Puerto Sereno me hubiera estado esperando sin avisarme.

Fin del Capítulo 13 ✨

1
Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play