Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 23
El aire en la habitación era denso, cargado con el olor a ozono y el rastro metálico de una realidad que acababa de romperse para siempre. Haruto permanecía de pie, observando las siluetas de sus compañeros mientras recuperaban la consciencia. Sus recuerdos, una amarga marea de una vida pasada como el protagonista de una novela trágica, se entrelazaban con el presente. Se sentía como un espectador en su propio cuerpo, alguien que ya había visto el final de la película y estaba decidido a reescribir cada escena.
—¿Qué... qué diablos sucedió? —la voz de Daichi rompió el silencio, áspera y cargada de confusión.
Haruto sintió un nudo de alivio en el pecho. Daichi no era solo un aliado; era su mejor amigo, su hermano del alma. Verlo despertar era recuperar un ancla en medio de la tormenta. Sin embargo, ese alivio venía acompañado de una punzada de amargura al recordar lo estúpido que había sido en su vida anterior, dejando que el orgullo y la ceguera del "héroe" dictaran sus pasos.
—El mundo se acabó, Daichi —respondió Haruto, su voz sonando más vieja de lo que su apariencia sugería—. O mejor dicho, acaba de empezar uno nuevo.
Mientras el grupo se ponía en pie, la atmósfera comenzó a vibrar. No era un terremoto, sino la energía misma de sus cuerpos adaptándose a sus nuevas naturalezas.
Daichi chasqueó los dedos por puro nerviosismo, y el sonido no fue un simple "clic". El chasquido retumbó como una explosión sónica que hizo vibrar los cristales de las ventanas hasta casi estallarlos. Daichi retrocedió, mirando sus manos con una mezcla de horror y fascinación.
—¿Qué fue eso? Siento como si tuviera un amplificador de concierto metido en la garganta —exclamó Daichi, tapándose los oídos por el eco que aún zumbaba en el aire.
—Es tu habilidad, Daichi —explicó Haruto con calma, aunque sus ojos escaneaban la habitación con intensidad—. Puedes crear, controlar y absorber el sonido. Eres un arma de aturdimiento viviente.
A su lado, Yuna se estiró, y sus movimientos fueron fluidos, casi inhumanos. Sus habilidades eran indefinidas, pero su cuerpo había adoptado la perfección de una gimnasta de élite. No era solo flexibilidad; era una armonía física que le permitiría moverse entre los peligros como una sombra.
—Me siento... ligera —murmuró Yuna, dando una voltereta hacia atrás sin el menor esfuerzo—. Como si la gravedad no se aplicara del todo a mí.
Megumi permanecía en silencio, pero entre sus dedos danzaba un arco de luz azulada y errática. Eran habilidades de plasma. Podía sentir cómo la materia más energética del universo respondía a su voluntad.
—Es caliente —dijo Megumi, con una mirada gélida que contrastaba con el poder que sostenía—. Y hambriento. Siento que podría evaporar cualquier cosa que toque.
Cerca de ella, un gruñido bajo llamó la atención del grupo. Nami ya no era completamente humana a la vista. Unas orejas de tigre, cubiertas de un pelaje naranja y negro, brotaban de su cabeza, moviéndose al ritmo de sonidos que los demás no podían captar. Sus pupilas eran hendiduras verticales. Sus habilidades teriantrópicas la habían convertido en el depredador definitivo; poseía la fuerza y la velocidad de un tigre mutado, lista para desgarrar el nuevo mundo.
—Huelo el miedo —dijo Nami, mostrando unos colmillos que antes no estaban allí—. Y huelo a muerto ahí afuera.
Mai, la más reservada, simplemente miraba al vacío. Haruto sabía que ella ya estaba probando su habilidad de ilusión. Si no tenías una mente fuerte, Mai podía hacerte ver un paraíso en medio del infierno o tu peor pesadilla cobrando vida.
—No confíen en todo lo que ven a partir de ahora —advirtió Mai con una sonrisa enigmática.
Haruto los miró seriamente. Sabía que su grupo era fuerte, que tenían el potencial de ser leyendas, pero su mirada se desvió inevitablemente hacia Amaya, que permanecía apartada, observando sus propias manos con una expresión indescifrable.
Ella era su mal necesario. Amaya era la única que poseía una habilidad de almacenamiento, un espacio dimensional indispensable para cargar los suministros que determinarían quién vivía y quién moría. En su vida pasada, la obsesión de Haruto por Amaya y las decisiones que ella tomó los llevaron a la ruina, a un final sangriento que él no podía perdonar, pero que tampoco podía evitar repetir... por ahora.
—El mundo realmente se fue a la mierda —repitió Daichi, rompiendo el trance de Haruto.
—Así es —asintió Haruto—. Pero escuchen bien: todos despertaron con algo especial, pero eso es solo el inicio. Sus cuerpos se desarrollarán físicamente más allá de los límites humanos. Para sobrevivir, hay dos opciones: pelear contra rivales para ganar experiencia o cazar esas pequeñas piedras que dejan los zombis y mutantes. Son la llave para subir de nivel.
Haruto caminó hacia la ventana, observando las calles donde las sombras ya empezaban a moverse con intenciones asesinas.
—Tenemos que movernos y buscar un vehículo —ordenó—. Necesitamos un refugio seguro.
Mientras el grupo se preparaba, Haruto no apartaba la vista de Amaya. Se prometió a sí mismo que esta vez sería diferente. La mantendría cerca porque la necesitaba, pero en cuanto encontrara a otro usuario con almacenamiento, la dejaría en un refugio y cortaría los lazos. No permitiría que la historia se repitiera.
Sin embargo, algo lo inquietaba. Amaya no lo miraba como antes. No buscaba su aprobación ni intentaba manipularlo. Recordó el comportamiento extraño de la hermana de su mejor amigo y una idea aterradora cruzó su mente: ¿Y si ella también reencarnó? ¿Y si su frialdad no era desprecio, sino el mismo miedo que él sentía?
Se lamentaba tanto de su vida anterior, donde como "protagonista" la dejó morir por negligencia y malas decisiones. Pero en esta vida, el amor no sería su brújula. La supervivencia lo era todo.
—Movámonos —dijo Haruto, ajustando su mochila—. Daichi, mantén tus oídos abiertos. Nami, tú vas al frente. Amaya... quédate en el centro. No te alejes.
El grupo salió al pasillo, dejando atrás la seguridad de las cuatro paredes. Haruto sintió el peso del destino sobre sus hombros, pero esta vez, tenía el mapa de la tragedia grabado en su memoria y un grupo que, aunque todavía no lo sabía, estaba destinado a desafiar a los dioses de ese mundo roto.
El motor del Merodeador ronroneaba con una cadencia pesada, un sonido que se filtraba a través del blindaje y servía como un recordatorio constante de que estaban en movimiento. Sin embargo, dentro de la cabina, el silencio era denso. Saori sentía una presión punzante detrás de sus ojos, un rastro eléctrico que quedaba cada vez que forzaba su telequinesis para mover objetos o manipular el espacio.
En ese momento, una notificación parpadeó en su campo de visión, grabada directamente en su conciencia por el sistema de su "casa". No era un aviso de peligro, sino una prescripción fisiológica: [Alerta: Déficit de glucosa cerebral. Se recomienda ingesta de carbohidratos de absorción rápida para estabilizar la red neuronal].
—Chocolate… —susurró Saori con una mueca de incredulidad.
No tenía sentido. Nada en este nuevo mundo parecía tenerlo. Pero en un universo donde el cielo se volvía violeta y los muertos caminaban bajo la luz del sol, las reglas de la lógica tradicional se habían desmoronado hacía tiempo. Con un pensamiento, invocó una barra de chocolate oscuro de su Almacenamiento. El envoltorio crujió bajo sus dedos, un sonido extrañamente cotidiano en medio del apocalipsis.
Saori mordió la barra de chocolate oscuro. El sabor amargo y dulce inundó su paladar, y la sensación fue casi eléctrica. Casi al instante, el dolor de cabeza provocado por su telequinesis empezó a ceder, como si el azúcar estuviera reparando cables pelados dentro de su cerebro. El cansancio que le pesaba en los párpados se disipó, reemplazado por una claridad fría y analítica. Era irónico: lo que ella recolectó para salvar a la humanidad, ahora era el combustible que mantenía su cerebro funcionando. Su magia no venía de la nada; era un proceso biológico costoso que quemaba calorías a una velocidad aterradora.
—¡Wow, nieve! —el grito de Azami rompió su trance.
Saori se giró hacia la ventana y sintió un vuelco en el corazón. Pequeños copos de un blanco cenizo comenzaban a descender del cielo plomizo, tiñendo el asfalto de la carretera. Se sorprendió; según sus recuerdos de la novela, el invierno nuclear aún debía tardar unos días en manifestarse. El mundo estaba cambiando más rápido de lo previsto, como si la realidad misma tuviera prisa por congelarse.
Miró a sus compañeros. Near mantenía las manos sobre el volante, pero su mirada estaba perdida, nublada por la información que acababa de recibir sobre su hermano Alexander. Sora, sentado a su lado, mantenía su rostro inexpresivo, esa máscara de piedra que solo se agrietaba frente a Saori o Yuuta. Los tres niños, sin embargo, pegaban sus rostros a los cristales blindados, encantados por la belleza de los copos, ajenos a que cada uno de ellos era una sentencia de muerte para los que no tuvieran refugio. Naoko, con movimientos expertos, terminaba de abrigar a la pequeña Tesha, mientras Max, el enorme perro mutante, dormía plácidamente, roncando con una tranquilidad envidiable.
—Tenemos que avanzar hacia el desierto antes de que el camino se vuelva intransitable —ordenó Saori, sintiendo la energía del chocolate recorrer sus venas—. No estará tan abandonado como creen. Hay carreteras secundarias, pero la gente solía evitarlas por el calor. Ahora, ese calor será nuestro único aliado antes del gran frío.
Las calles por las que pasaban eran un testamento al caos. Vehículos abandonados, escaparates rotos y el rastro de la desesperación humana. Pero mientras observaba las sombras que se movían entre los edificios, Saori reflexionó sobre la nueva ecología del desierto.
—La nieve es un problema, pero los mutantes son el verdadero dilema —murmuró Saori para sí misma.
Sabía que los zombis tenían una debilidad crítica: el frío. Al ser organismos con procesos biológicos precarios, las bajas temperaturas los volvían lentos y torpes. Durante el día, mientras el sol —o lo que quedaba de él— calentara un poco la superficie, serían activos y peligrosos. Pero al caer la noche, buscarían refugio como insectos moribundos.
—Se debilitan en la oscuridad —le explicó a Sora, quien la escuchaba con atención—. Buscan lugares cerrados, sótanos o callejones, y se quedan estáticos para conservar la poca energía que tienen. Moverse de noche es más seguro desde el punto de vista del combate, pero más difícil por la visibilidad.
—Eso significa que si entramos en un túnel o un callejón sospechoso por la noche, nos meteremos directamente en su nido —concluyó Sora con su lógica afilada.
—Exacto. Mientras nos mantengamos en las rutas abiertas y evitemos los puntos de congestión, el frío jugará a nuestro favor. —Saori miró la barra de chocolate a medio terminar—. Solo necesitamos ser más rápidos que el invierno y más inteligentes que los que se esconden en las sombras.
Near asintió y pisó el acelerador del Merodeador. El vehículo rugió, abriéndose paso entre la nieve que comenzaba a acumularse. Saori se reclinó en su asiento, sintiendo cómo el suplemento de azúcar mantenía a raya la oscuridad en su mente. Tenían un camino largo hasta la Ciudad Z-2 y Alexander Walker los esperaba, pero por primera vez, Saori sentía que ella misma estaba escribiendo las reglas de este nuevo mundo, un bocado de chocolate a la vez.
El cielo sobre la Ciudad Z ya no era azul, ni siquiera gris; era de un violeta denso y opresivo que parecía pesar sobre los hombros. El viento, cargado con una humedad eléctrica, siseaba entre las estructuras de acero de Lorinso Industries, el complejo de laboratorios que ahora servía como la columna vertebral del nuevo orden.
Alexander Walker permanecía inmóvil en la plataforma de observación, una silueta imponente envuelta en un uniforme táctico que parecía ignorar la gravedad del desastre. A su alrededor, el aire comenzó a cristalizarse. No era una nevada convencional; eran fragmentos de ceniza blanca y cristales de hielo negro que caían con una pesadez antinatural. Era la "Ola", el preludio de una glaciación nuclear que prometía enterrar los pecados de la humanidad bajo una capa de olvido eterno.
—Jefe, el sector cuatro está despejado. —La voz de un soldado rompió el silencio a través del intercomunicador, sonando distorsionada por la interferencia estática del clima—. Terminamos de limpiar el perímetro. No... no hubo supervivientes, señor. Solo más de esas cosas.
Alexander no se inmutó. Sus ojos, fríos como el permafrost que empezaba a cubrir las calles, escaneaban el horizonte.
—Entendido. Retirada inmediata —ordenó Alexander, y su voz de mando, profunda y cortante, no admitía réplica—. Regresemos a la base y sellen las esclusas térmicas. Con esta temperatura, los rezagados no durarán una hora afuera. El frío de la Ola no congela la piel, detiene el corazón.
Alexander Walker ajustó su radio mientras la nieve empezaba a cubrir su uniforme, sacudiendo los cristales negros de sus hombros con un gesto mecánico. A pesar de su apariencia de hierro, un pensamiento recurrente golpeaba su mente con la fuerza de un mazo: Near.
Su padre, el General Walker, había partido hacía días siguiendo la ruta sur. La misión era clara: recolectar suministros críticos y encontrar a su hermano menor en el colegio antes de que el "Veredicto" terminara de fragmentar la sociedad. Alexander apretó el puño. En su mundo de cálculos militares y probabilidades de supervivencia, la esperanza era una variable ineficiente, pero no podía evitar buscar una señal, un destello de calor en aquel páramo gélido.
Él no lo sabía, pero a kilómetros de allí, la "debilidad" que tanto le preocupaba —su hermano Near— no solo estaba vivo, sino que avanzaba hacia él en un Merodeador blindado, protegido por una chica que conocía el final de su historia antes de que él siquiera escribiera el primer capítulo.
Mientras tanto, dentro del Merodeador, el ambiente era radicalmente distinto. El calor de la cabina, mantenido por los sistemas internos y la presencia vibrante de Haruto, era un refugio contra la muerte blanca que golpeaba los cristales.
Saori observaba a su grupo. Near se encontraba en un rincón del vehículo, con la mirada perdida en sus manos. La revelación de que Alexander, el arquitecto de la fortaleza de Lorinso, era su hermano mayor, lo había dejado en un estado de shock funcional.
—Near, come algo —dijo Saori, extendiéndole una barra de chocolate oscuro.
Él la miró con los ojos empañados.
—Él nunca me dejará entrar, Saori. Alexander no cree en la caridad. Si llego allí con un grupo de "civiles", nos verá como una carga para su logística. Mi hermano es... es la eficiencia hecha hombre.
Saori mordió su propia barra de chocolate, sintiendo cómo el azúcar encendía de nuevo su red neuronal, disipando el cansancio acumulado por el uso de su telequinesis.
—Alexander no es el mismo que recuerdas, Near —respondió ella con una frialdad necesaria—. El mundo lo cambió. Pero él no sabe que nosotros tampoco somos los mismos. No vamos a Lorinso a pedir refugio. Vamos a ofrecerle algo que su inteligencia militar no puede calcular: el futuro.
Haruto, sentado frente a ellos, hizo girar el cuchillo de combate que había materializado minutos antes. La hoja de acero oscuro emitía un vaho de calor constante.
—Si tu hermano es tan fuerte como dice Saori, entonces necesita guerreros, no refugiados. Yo puedo ser su hoguera, y Sora puede ser su sombra. Pero tú, Near... tú eres su única conexión con lo que queda de su humanidad.
El vehículo dio un salto brusco al aplastar el chasis de un coche abandonado. Sora, al volante, mantenía la vista fija en el GPS.
—Estamos entrando en la carretera del desierto. La visibilidad está bajando a cero. La nieve... no es blanca, Saori. Es gris humo.
—Es la Ola —susurró Saori, recordando los pasajes de la novela—. El clima ya no es natural. El aire se está volviendo tóxico para los que no tienen habilidades de adaptación.
Saori miró hacia atrás, donde Naoko cuidaba de la pequeña Tesha y los niños. En la historia original, Near moría en el colegio, una tragedia que transformaba a Alexander en un ser desalmado. Pero ahora, Near estaba allí, respirando, temblando de miedo pero vivo. Ella había roto el guion, y eso significaba que Alexander Walker, el hombre más fuerte del mundo, estaba a punto de enfrentarse a la única variable que nunca pudo controlar: el amor por un hermano que ya debería ser un cadáver.
—Acelera, Sora —ordenó Saori, sintiendo la energía del chocolate recorrer sus venas—. Tenemos que llegar antes de que Alexander Walker decida que el mundo exterior ya no merece ser salvado.
El Merodeador rugió, sus pesados neumáticos mordiendo el asfalto cubierto de cristales negros. El encuentro entre los dos hermanos Walker estaba trazado en el mapa, pero con Saori al mando, el final de esa reunión ya no estaba escrito en ninguna profecía.