En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 10
Narrado por: Caelum
El silencio de mi santuario se rompió por un olor.
No era el ozono limpio de la escarcha, ni el polvo antiguo de las catacumbas. Era un hedor dulzón, húmedo y pútrido. El olor de la tierra removida, de hojas muertas pisoteadas y savia caliente. Magia de la Primavera.
Me levanté del trono de obsidiana en el centro de la Aguja del Cénit. Apoyé las dos manos sobre la mesa de cristal que mostraba el mapa tridimensional de la Fortaleza.
—Custodio —mi voz resonó en la torre vacía.
La sombra del erudito se materializó al instante en el borde de la sala, su niebla agitada.
—Señor. Una anomalía térmica en los respiraderos geotérmicos del subsuelo sur. Dos firmas de calor. Pequeñas, pero densas.
—Asesinos —dije, trazando una línea con el dedo índice sobre la réplica de hielo de mi palacio—. Han burlado el Velo usando las raíces muertas bajo la montaña. Elian es un cobarde, pero no es estúpido.
—¿Despierto a la Vanguardia de ese sector, Señor?
—No. Los gólems son ruidosos y torpes en espacios cerrados. Destrozarían los pilares de soporte intentando aplastar a dos insectos. Yo mismo limpiaré la casa.
Deslicé ambas manos sobre la maqueta de la Fortaleza. Bajo mis palmas, el diseño de cristal comenzó a crujir y a reconfigurarse.
—Sella el Ala Oeste —ordené, mi voz bajando una octava—. Aísla los aposentos de la humana. Refuerza las paredes con hielo negro de tres metros de espesor. Que ni el sonido de una hoja cayendo llegue a sus oídos.
En la maqueta, el bloque correspondiente a la habitación de Aura se volvió completamente opaco y oscuro.
—Hecho, Señor —confirmó el Custodio—. Los intrusos están en el Nivel Tres. Avanzan rápido. Usan una magia de camuflaje que funde su presencia con las sombras de las antorchas. Se dirigen hacia la escalera principal.
—Entonces, les daremos un atajo.
Agarré la sección central del laberinto de corredores en la maqueta y, con un giro brusco de mi muñeca, retorcí el cristal.
En el Nivel Tres, el silencio era absoluto.
Corvus y Seraphina avanzaban pegados a la pared azulada. Sus botas, envueltas en musgo silenciador, no emitían el menor crujido. Las dagas de hueso de Seraphina brillaban con un veneno verde pálido.
Me paré en el balcón superior que daba al atrio de ese nivel, oculto en la oscuridad, observándolos desde veinte metros de altura.
Seraphina hizo una seña con la mano. Señaló el gran arco doble que conducía a las escaleras del Ala Oeste. Corvus asintió. Dieron un paso adelante.
Chasqueé los dedos.
Un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos del pasillo. Un muro de hielo sólido, de cinco metros de alto y cubierto de púas afiladas como lanzas, se disparó desde el suelo justo frente a las narices de los asesinos, bloqueando el arco doble.
Corvus retrocedió de un salto, desenvainando dos cimitarras negras.
—¡Una trampa! —siseó el asesino, mirando a su alrededor—. ¡Nos han visto!
—¿De verdad creíais que podíais traer el hedor de los pantanos de Elian a mi casa sin que yo lo notara?
Mi voz no salió de mi garganta, sino que resonó desde las mismas paredes de hielo que los rodeaban, rebotando en un eco infinito y omnidireccional.
Seraphina giró sobre sí misma, buscando el origen del sonido.
—¡Muéstrate, Dios de Hielo! —gritó ella, alzando sus dagas. Su voz templaba, delatando el pánico bajo su entrenamiento—. ¡Tenemos la sangre del Verano! ¡Tus trucos no nos asustan!
—La sangre del Verano se congela igual que el agua sucia —respondí desde la pared opuesta.
Levanté el brazo y cerré el puño de golpe.
El pasillo entero comenzó a girar. Las paredes de cristal se movieron como los engranajes de un reloj gigante. El suelo bajo los pies de los asesinos se partió a la mitad. Una grieta de un metro de ancho se abrió entre Corvus y Seraphina.
Corvus intentó saltar hacia su compañera, pero un segundo muro de escarcha cayó del techo a la velocidad del rayo, separándolos por completo. El impacto levantó una nube de nieve en polvo.
Aislados.
Me dejé caer desde el balcón superior, aterrizando sin hacer el menor ruido detrás del muro donde había quedado Corvus.
El asesino estaba atrapado en un pasillo sin salida de apenas cuatro metros cuadrados. Sus ojos completamente blancos, sin pupilas, escanearon frenéticamente el cristal liso que lo rodeaba. Llevó sus manos a las cimitarras y susurró un conjuro. Las hojas de sus espadas se encendieron con un fuego verde y chispeante.
Di un paso al frente, saliendo de las sombras. Llevaba mi túnica negra de combate, sin armas en las manos.
—Fuego alquímico de bajo grado —dije, evaluando las espadas de Corvus con desdén—. Elian os envía a matar a la portadora de la chispa original, y os da juguetes de feria para defenderos.
Corvus se giró y me lanzó una estocada al pecho sin mediar palabra.
No me moví.
La cimitarra ardiente se detuvo a dos milímetros de mi jubón. Una barrera invisible de frío absoluto, más dura que el acero enano, detuvo el golpe. El fuego verde de la hoja siseó violentamente, luchando por mantenerse encendido contra la presión térmica de mi cuerpo.
El asesino abrió la boca, sorprendido, y empujó con todo su peso.
—Mala elección de arma —murmuré.
Levanté mi mano derecha y agarré la hoja ardiente de la cimitarra por el filo desnudo.
El fuego verde parpadeó y se apagó de inmediato bajo mi guante negro. El acero de la espada crujió, volviéndose quebradizo. Con un simple giro de muñeca, partí la espada por la mitad como si fuera una rama seca.
Corvus tropezó hacia adelante por la inercia de la hoja rota.
Le agarré por la garganta antes de que pudiera recuperar el equilibrio. Lo levanté un palmo del suelo y lo estampé contra la pared de hielo a mis espaldas.
El asesino pataleó, dejando caer la otra espada. Sus manos, envueltas en enredaderas vivas, intentaron aferrarse a mi brazo. Las raíces punzantes de su magia buscaron penetrar mi piel.
—Tu príncipe quiere mi corazón —dije, acercando mi rostro al suyo, ignorando las raíces que se congelaban y se hacían añicos al rozar mis antebrazos—. Dile que no late para los parásitos.
Apreté los dedos.
No aplasté su tráquea. Eso habría sido demasiado rápido. Dejé que mi temperatura base fluyera directamente hacia su torrente sanguíneo.
Corvus soltó un alarido ahogado. Las venas negras de su cuello se volvieron de un azul pálido brillante. La escarcha trepó por su mandíbula, congelando sus globos oculares hasta convertirlos en dos canicas de hielo lechoso. Su cuerpo entero se tensó en un espasmo violento y luego se quedó rígido, petrificado por el Cero Absoluto.
Solté mi agarre. La estatua humana de Corvus no cayó al suelo; se quedó soldada a la pared, una macabra pieza de decoración para mi pasillo.
Me giré hacia el muro que me separaba de la mujer.
Al otro lado del palacio, Seraphina corría a ciegas.
Había creado una puerta en el laberinto, guiándola deliberadamente hacia el Ala Este. La asesina jadeaba, sus pasos ya no eran silenciosos. El pánico había destrozado su disciplina.
Caminé a través de las paredes, fusionándome con el hielo y emergiendo un nivel por encima de ella, siguiéndola como una sombra en el cristal.
Seraphina llegó a un gran salón circular. El Salón de los Reflejos. Las paredes aquí no eran de hielo opaco, sino de un cristal pulido a la perfección, funcionando como espejos ininterrumpidos de diez metros de alto.
La asesina se detuvo en el centro de la sala, girando en círculos.
A su alrededor, cientos de Seraphinas aterrorizadas le devolvieron la mirada.
—¡Corvus! —gritó ella. Su aliento formaba volutas densas en el aire congelado—. ¡Corvus, responde!
Atravesé el cristal pulido de uno de los espejos.
Mi reflejo apareció no solo en ese panel, sino en los cientos de espejos de la sala simultáneamente. Seraphina se encogió, rodeada por centenares de Dioses del Invierno que la miraban con ojos vacíos e implacables.
—Corvus es ahora parte de la arquitectura del Nivel Tres —hablaron cientos de mis voces al mismo tiempo, creando un zumbido que hizo vibrar el suelo—. Hacía falta un pilar de soporte cerca de las escaleras.
Seraphina soltó un grito de pura rabia y lanzó una de sus dagas venenosas hacia el reflejo más cercano.
El arma golpeó el cristal y rebotó inofensivamente con un agudo clink, cayendo al suelo.
—¡Eres un cobarde! —escupió la asesina, desenvainando una espada corta de la espalda, su hoja empapada en savia ácida—. ¡Sal de las paredes y pelea de verdad! ¡Ven y córtame, bastardo!
Di un paso al frente, emergiendo del cristal del espejo norte. Mi cuerpo sólido pisó el suelo del salón.
—Yo no corto a mis enemigos, caminante de zarzas. Los conservo.
Seraphina no dudó. Cargó contra mí con una velocidad impresionante, acortando la distancia en un parpadeo. Su espada apuntaba directamente a mi pecho, donde la magia antigua le había enseñado que estaba mi núcleo.
No invoqué armas. No levanté barreras.
Esperé a que estuviera a menos de medio metro de distancia.
Abrí la boca y exhalé.
No fue un soplo de aire. Fue una tormenta contenida. Un ventisquero puro y concentrado de magia de la Primera Era salió de mis labios, golpeando a Seraphina como un martillo de asedio.
El huracán blanco envolvió a la asesina. Su grito quedó sofocado instantáneamente. El ácido de su espada se solidificó en el aire, cayendo como perlas de vidrio negro. El viento helado la levantó del suelo, arrancando las hojas de su armadura, deshidratando su piel y congelando la sangre en sus venas antes de que pudiera siquiera comprender lo que estaba pasando.
Cerré la boca. La ventisca cesó tan rápido como había comenzado.
Seraphina cayó al suelo.
Ya no era humana. Era una cáscara hueca y translúcida de hielo grisáceo, con los brazos aún alzados en posición de ataque. La estatua golpeó las baldosas y se hizo pedazos, estallando en mil fragmentos esparcidos por todo el Salón de los Reflejos.
Me quedé allí, en medio del silencio recuperado, mirando los restos de los juguetes de Elian.
El Custodio apareció flotando junto a la puerta del salón. Observó los fragmentos en el suelo y luego me miró.
—Una limpieza eficiente, Señor.
—Recoge los pedazos de esta y arranca la cabeza de la estatua de Corvus en el pasillo —ordené sin mirarlo—. Mételos en un saco, asegúralo con cadenas de hierro escarchado y lánzalo por el pozo de ventilación sur, directo al campamento de la vanguardia de Elian. Que el Príncipe vea lo que le pasa a su primavera cuando toca mis dominios.
—Como ordene. ¿Y la humana?
—Levanta el bloqueo del Ala Oeste. El peligro ha pasado.
El Custodio hizo una reverencia profunda y desapareció.
Sacudí la escarcha residual de mis guantes y caminé de regreso hacia el sector residencial. El palacio se reconfiguraba a mi paso, devolviendo los pasillos y las escaleras a sus posiciones originales.
Llegué a la puerta de madera maciza de los aposentos de Aura. La Sombra Sirviente estaba exactamente donde la había dejado, impasible.
Abrí la puerta lentamente.
La habitación estaba cálida, iluminada por la suave luz azulada de las esferas del techo. Aura seguía en la cama, envuelta en las pieles. Se movió cuando el crujido de la puerta la despertó. Se frotó los ojos con el dorso de las manos vendadas y me miró desde la penumbra.
—Caelum... —murmuró, su voz somnolienta—. ¿Qué hora es? ¿Ya es hora de practicar lo del derretimiento?
Me detuve al pie de su cama. Observé su rostro cansado, su respiración tranquila. La chispa del Verano latía segura en su interior. Ni siquiera había sentido las vibraciones de la matanza que acababa de ocurrir a unos pisos de distancia.
—Aún es de noche, Aura —dije, suavizando mi tono hasta convertirlo en un murmullo plano, desprovisto de la furia de los pasillos—. Duerme. El palacio está tranquilo.
Ella parpadeó, ajustando la gruesa capa polar sobre sus hombros.
—Creí escuchar... como un trueno subterráneo. ¿Fueron los gólems?
—Fueron los gólems reacomodándose en las catacumbas —mentí, cruzando los brazos a la espalda para que no viera los nudillos manchados con la sangre congelada de Corvus—. Todo está bajo control.
Aura asintió lentamente, cerrando los ojos pesados por el cansancio mágico.
—Bien... —suspiró—. Asegúrate de descansar tú también, témpano de hielo. Nos espera un día largo mañana...
Se quedó dormida antes de terminar la frase.
Me quedé en silencio observándola durante unos minutos. La asesina había estado a minutos de clavar una hoja ácida en ese cuello. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que mis dientes crujían. Elian había cruzado una línea que ni los Primeros Reyes se atrevieron a cruzar.
Di media vuelta y salí de la habitación.
—Vigílala —le gruñí a la Sombra—. Si una sola mota de polvo de primavera se cuela bajo esta puerta, destruiré tu eco para siempre.
Caminé hacia las escaleras que llevaban a la armería principal. Elian quería una guerra. Había asediado mi paciencia y había intentado tocar a la humana que albergaba mi única llave.
Iba a darle una guerra que los historiadores no se atreverían a escribir.