Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 23
Una semana después, el palacio real bullía de actividad.
Los sirvientes corrían de un lado a otro preparando carruajes, arreglando habitaciones para los invitados, lustrando armaduras y adornando los pasillos con motivos otoñales. Hojas secas, calabazas talladas, guirnaldas de colores cálidos decoraban cada rincón.
Seraphina observaba desde la ventana de su habitación, con una taza de té entre las manos y el ceño ligeramente fruncido.
—¿Qué pasa, señorita? —preguntó Berta, entrando con una bandeja de dulces.
—No lo sé —respondió Seraphina—. Hay algo en el ambiente... no me gusta.
—Es la cacería de otoño —dijo Berta, dejando la bandeja—. La tradición más importante del reino. Todos los nobles vienen. Es... abrumador.
Seraphina asintió, pero no se sintió más tranquila.
Desde aquella noche en los jardines, había estado alerta. Cyran aumentó la vigilancia, y ella misma se había vuelto más cuidadosa. Pero ahora, con tantos desconocidos entrando al palacio, cualquier amenaza podía camuflarse entre la multitud.
La puerta se abrió sin previo aviso.
Cyran entró con el rostro tenso y los ojos sombríos.
—Tenemos que hablar —dijo, cerrando tras de sí.
—¿Qué pasa? —preguntó Seraphina, yendo hacia él.
—Mi madre —respondió, apretando la mandíbula—. Ha invitado a la duquesa Isabella y a toda su comitiva. Van a quedarse en el palacio durante toda la cacería.
El corazón de Seraphina dio un vuelco.
Isabella. La duquesa que la reina quería como nuera. La mujer que odiaba a Seraphina sin siquiera conocerla, solo por interponerse en su camino hacia el trono.
—¿Y? —preguntó con calma—. Vendrán muchos nobles. Ella es solo una más.
Cyran negó con la cabeza.
—No es solo una más. Mi madre ha estado... preparando el terreno. Hablando con otros nobles. Diciendo que tú no eres bienvenida. Que esto es un error.
Seraphina sintió un vacío en el estómago, pero no lo demostró.
—Que diga lo que quiera. Yo no me voy a ninguna parte.
Cyran la miró con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Lo sé. Pero tengo que advertirte: estos días van a ser difíciles. Mi madre te va a tratar mal. Los nobles te van a mirar con desprecio. Y la duquesa...
—La duquesa me odia —completó Seraphina—. Lo sé. Pero no me importa.
—A mí sí me importa —respondió él, tomándole el rostro entre las manos—. Me importa cada mirada, cada susurro, cada falta de respeto. Porque tú eres mi futura reina. Y mereces ser tratada como tal.
Ella sonrió, apoyándose en sus manos.
—Entonces tendrás que defenderme.
—Siempre.
—Pero déjame defenderme a mí misma también.
Él rió suavemente.
—Siempre.
Tres días después, la cacería comenzó.
El bosque real amaneció cubierto de niebla, con las primeras hojas anaranjadas crujiendo bajo los cascos de los caballos. Los nobles, vestidos con sus mejores ropas de caza, se reunían en la gran explanada frente al palacio.
Seraphina llegó del brazo de Cyran, vestida con un traje de montar que él mismo le había regalado: azul oscuro, con bordados plateados, elegante y funcional a la vez. Su cabello recogido en una trenza alta dejaba ver su rostro sereno, sus ojos desafiantes.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—Esa es la fugitiva...
—La que huyó con el conde...
—No entiendo qué le ve el príncipe...
—Una deshonra para la corte...
Seraphina apretó ligeramente el brazo de Cyran, pero no bajó la mirada.
—Estás temblando —susurró él.
—De rabia —respondió ella—. Pero estoy bien.
Cyran le apretó la mano con orgullo.
—Vamos.
Se acercaron al grupo principal, donde el rey y la reina ya estaban montados en sus caballos. La reina los vio llegar y su expresión se endureció.
—Cyran —dijo con voz fría—. Qué alegría que hayas venido. Y veo que has traído a... tu acompañante.
El insulto fue sutil pero claro. Acompañante. No prometida. No futura reina. Acompañante.
—Mi prometida —corrigió Cyran con firmeza—. Seraphina, la futura reina.
La reina apretó los labios, pero no respondió. En su lugar, giró ligeramente la cabeza.
—Isabella, querida, acércate.
Una mujer joven, de cabello oscuro y sonrisa perfecta, se adelantó montando una yegua blanca. Vestía un traje de caza carmesí, bordado en oro, que gritaba riqueza y poder.
—Majestades —saludó con una reverencia desde el caballo—. Príncipe Cyran —sus ojos se posaron en él con una intensidad que heló la sangre de Seraphina—. Qué honor compartir esta cacería con usted.
—El honor es mío —respondió Cyran con cortesía distante—. Permítame presentarle a mi prometida, Seraphina.
Isabella dirigió su mirada a Seraphina. La recorrió de arriba abajo con una lentitud calculada, como si evaluara a un animal en una feria.
—Ah —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. La famosa fugitiva. He oído mucho de usted.
El insulto flotó en el aire.
Cyran dio un paso al frente, pero Seraphina lo detuvo con una mano en su brazo.
—Y yo de usted —respondió Seraphina con una calma que sorprendió incluso a Cyran—. Dicen que es una excelente cazadora. Espero poder verla en acción.
Isabella arqueó una ceja, claramente sorprendida por la respuesta.
—Quizás lo haga.
—O quizás —continuó Seraphina con una sonrisa amable— yo también pueda mostrarle algunas cosas. Mi prometido me ha estado entrenando.
El golpe fue perfecto. "Mi prometido". "Entrenando". Dejando claro que ella tenía algo que Isabella no: el tiempo y la atención del príncipe.
Isabella apretó la mandíbula, pero mantuvo la sonrisa.
—Qué adorable.
La reina intervino antes de que la situación escalara.
—Basta de charlas —dijo con autoridad—. La cacería está por comenzar. Isabella, querida, ¿por qué no montas junto a Cyran? Así pueden ponerse al día.
—Madre —intervino Cyran—, yo voy a montar junto a Seraphina.
—Seraphina puede montar con las damas de compañía —respondió la reina con desdén—. No es apropiado que una... invitada... ocupe un lugar tan cerca del príncipe heredero durante la cacería.
El término "invitada" fue otra bofetada.
Cyran abrió la boca para protestar, pero Seraphina volvió a apretar su brazo.
—Está bien —susurró—. No hagas una escena aquí. Confía en mí.
Él la miró, indeciso.
—No me gusta.
—Lo sé. Pero puedo manejar esto. Ve.
Cyran dudó un segundo más. Luego, con visible esfuerzo, asintió.
—Si alguien te mira mal...
—Te avisaré. Y te prometo que si alguien me ataca, sabré defenderme.
Él sonrió, a pesar de todo.
—Esa es mi reina.
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La cacería comenzó.
Cyran cabalgaba junto a Isabella, que no perdía oportunidad de acercarse, de reír sus chistes, de tocar su brazo "sin querer". Él se mantenía distante, cortés pero frío, mirando constantemente hacia atrás, hacia donde Seraphina cabalgaba con las damas.
La reina, por su parte, se aseguraba de que todos lo notaran.
—Isabella, querida, qué bien montas —decía en voz alta—. Serás una excelente compañera para mi hijo.
—Madre —gruñía Cyran.
—¿Qué? Solo digo la verdad. Una mujer de tu posición, con tu linaje, con tu educación... Eso es lo que necesita el reino.
Seraphina, desde atrás, escuchaba cada palabra.
Pero no decía nada. No bajaba la mirada. Solo seguía cabalgando, con la espalda recta, la cabeza alta, y una mano apoyada en la daga que Cyran le había regalado, escondida bajo su capa.
Berta cabalgaba a su lado, con el rostro pálido de indignación.
—Señorita, ¿cómo puede soportarlo? Esa mujer...
—Berta —la interrumpió Seraphina con calma—. Mira a Cyran.
Berta miró. El príncipe no apartaba los ojos de Seraphina. A pesar de tener a Isabella pegada a él, a pesar de las palabras de su madre, a pesar de todo, su mirada solo buscaba a una persona.
—Él me mira a mí —dijo Seraphina con una sonrisa—. Siempre me mira a mí. Eso es lo único que importa.
Berta suspiró, admirada.
—Es increíble, señorita. De verdad.
—Lo sé —respondió Seraphina—. Por eso lo amo.
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La mañana avanzó entre risas forzadas y miradas hirientes. La reina aprovechaba cada oportunidad para humillar a Seraphina, llamándola "la acompañante de Cyran" o "la invitada" o simplemente ignorándola cuando hablaba.
Los nobles seguían su ejemplo. Algunos se alejaban cuando ella se acercaba. Otros susurraban a sus espaldas. Un par de damas incluso se rieron en voz alta cuando Seraphina pasó cerca.
Pero ella soportó todo con dignidad.
Hasta que llegó el momento del descanso.
Los cazadores se detuvieron en un claro para almorzar. Las mesas se llenaron de comida, vino y conversaciones animadas. Seraphina buscó un lugar apartado, pero la reina la vio.
—Señorita Seraphina —llamó con voz melosa—. Acérquese. No sea tímida.
Era una trampa, y ella lo sabía. Pero negarse habría sido peor.
Se acercó.
—Siéntese aquí —dijo la reina, señalando un lugar al final de la mesa, lejos de Cyran, lejos de los nobles importantes—. Con las otras... acompañantes.
Las risas sofocadas llenaron el aire.
Cyran se levantó de inmediato.
—Madre...
—Siéntate, Cyran —ordenó la reina con autoridad—. Es solo un almuerzo.
Él apretó los puños, pero Seraphina le lanzó una mirada que decía "tranquilo, yo puedo".
Obedezco, dijo con los ojos.
Cyran respiró hondo y volvió a sentarse, pero su mirada no abandonó a Seraphina ni un segundo.
El almuerzo transcurrió entre cuchicheos y miradas de desprecio. Seraphina comió en silencio, ignorando los comentarios, ignorando las risas, ignorando todo.
Hasta que Isabella habló.
—Es una pena que no pueda cazar con nosotros, señorita Seraphina —dijo con fingida simpatía—. Pero entiendo que no todas tienen la educación para hacerlo.
El insulto fue directo.
Seraphina levantó la mirada. Isabella la observaba con una sonrisa de superioridad, esperando su reacción.
—Tiene razón —respondió Seraphina con calma—. No todos tienen la educación para muchas cosas. Por ejemplo, yo no fui educada para humillar a otros en público. Supongo que eso es algo que solo se aprende en ciertos círculos.
El silencio cayó sobre la mesa.
Isabella palideció. La reina enrojeció. Los nobles contuvieron el aliento.
Y Cyran, por primera vez en todo el día, sonrió.
—Señorita Seraphina —intervino la reina con voz helada—. Eso fue...
—¿La verdad? —completó Seraphina con una sonrisa amable—. Solo dije la verdad, majestad. ¿Acaso en este reino está prohibido decir la verdad?
La reina abrió la boca para responder, pero Cyran se levantó.
—Creo que ya hemos comido suficiente —dijo con autoridad—. La cacería continúa. Seraphina, ¿me acompañas?
Se acercó a ella y le ofreció la mano. Ella la tomó con una sonrisa.
Mientras se alejaban, Cyran se inclinó para susurrarle al oído:
—Eso fue increíble.
—Lo sé —respondió ella—. Pero no ha terminado. Esa mujer...
—Ya lo sé. Pero por ahora, disfruta tu victoria.
Ella sonrió y apretó su mano.
—Contigo, siempre.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, entre los árboles, varios hombres observaban. Hombres con el emblema de la duquesa Isabella en sus ropas. Hombres que esperaban el momento adecuado.
El momento en que Seraphina estuviera sola.
Y la cacería apenas comenzaba.