Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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El precio de estar cerca
Capítulo 12
Matías despertó al amanecer.
El dolor fue lo primero que sintió.
Un fuego interno que lo obligó a cerrar los ojos otra vez.
Pero seguía vivo.
Y lo segundo que sintió fue su mano.
Ella estaba ahí.
Isabella dormía sentada en la silla junto a su cama, con la cabeza apoyada en el borde del colchón, todavía con restos de sangre en la manga.
No se había ido.
Matías la observó en silencio.
Y por primera vez en su vida… sintió miedo.
No por él.
Por ella.
El ataque no había sido improvisado.
Había sido quirúrgico.
Sabían dónde estaría.
Sabían con quién estaría.
Y eso solo significaba una cosa:
Alguien estaba mirando demasiado de cerca.
Movió apenas los dedos.
Isabella despertó al instante.
—¿Te duele? —preguntó, incorporándose de inmediato, profesional y vulnerable al mismo tiempo.
Él intentó sonreír.
—He tenido peores días.
Ella lo miró con enojo contenido.
—Casi te mueres.
Silencio.
Él sostuvo su mirada.
—Por eso tienes que irte.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Esto no fue casualidad, Isabella. Fue un mensaje. Y tú estabas ahí.
—Yo no soy débil.
—Nunca dije que lo fueras.
Su voz era baja, pero firme.
—Dije que eres lo único que pueden usar para romperme.
Eso la dejó sin aire.
Isabella se levantó.
—No puedes decidir por mí.
—No es decisión. Es protección.
—¡No soy algo que puedas guardar en una caja fuerte!
El monitor marcó un leve aumento en su ritmo cardíaco.
Ella respiró profundo.
—No soy parte de tu mundo… lo sé. Pero tampoco soy una niña que necesita que la saquen corriendo.
Matías cerró los ojos un segundo.
—Si te quedas, van a ir por ti.
—Que vengan.
Él abrió los ojos lentamente.
Había orgullo en su mirada.
Pero también desesperación.
—No entiendes cómo funciona esto.
—Entonces explícame.
Silencio.
Matías dudó.
Y esa duda lo traicionó.
Porque el problema no era que ella no entendiera.
El problema era que él sí.
Y sabía que el próximo disparo no fallaría.
—
Más tarde, cuando Isabella salió un momento del cuarto para lavarse el rostro, uno de los hombres de confianza de Matías entró.
—Ya sabemos quién fue.
Matías no se movió.
—Dilo.
—Cartel del Norte. Pero no directamente. Usaron intermediarios.
Matías asintió.
—Quieren que yo reaccione.
—Sí.
—Entonces no lo haré.
El hombre dudó.
—¿Y la chica?
Ahí estaba la verdadera pregunta.
Matías miró la puerta por donde ella había salido.
—Va a irse.
—¿Está segura de eso?
Matías no respondió.
Porque por primera vez… no estaba seguro de poder obligarla.
—
Cuando Isabella regresó, lo notó.
Esa decisión en sus ojos.
—Ya elegiste, ¿verdad?
Matías la miró.
—Sí.
—¿Y ni siquiera me vas a preguntar qué quiero yo?
Su voz no temblaba.
Pero su corazón sí.
Él tomó aire con dificultad.
—Quiero que vuelvas a tu vida. A la universidad. A los hospitales. A los sueños que no incluyen balas.
—Ya no es tan simple.
—Tiene que serlo.
Ella lo miró durante varios segundos.
Y entendió algo devastador.
No la estaba alejando porque no la amara.
La estaba alejando porque la amaba demasiado.
Isabella se acercó a la cama.
Se inclinó.
Y sus labios rozaron los de él.
Suave.
Lento.
Doloroso.
—No me subestimes, Matías Morello —susurró contra su boca—. Si me voy… será porque yo lo decida.
Se apartó.
Y esta vez fue ella quien caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, dijo:
—No soy tu debilidad. Soy tu elección. Y tú decides si eso te hace más fuerte o más vulnerable.
La puerta se cerró.
Y por primera vez desde el disparo…
Matías sintió que el verdadero peligro no estaba afuera.
Estaba en perderla.
—
Y mientras tanto, en otro punto de la ciudad…
Un hombre observaba fotografías sobre una mesa.
Matías en el restaurante.
Matías herido.
Isabella en la clínica.
El enemigo sonrió.
—Perfecto… ahora sí va a arder.