En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 22
El poder desatado por el ritual atrajo la atención del Demonio Supremo, Fili, cuyo único propósito era sembrar el caos.
La paz que siguió al ritual fue ilusoria y breve. Apenas unos minutos después de que la energía de la Unión Celestial se estabilizara, el cielo sobre la Isla de la Convergencia comenzó a fracturarse. No eran nubes de tormenta, ni la sombra de Balin; eran grietas físicas en el firmamento, como si un cristal invisible estuviera siendo golpeado por un martillo gigante.
De las grietas surgió una risa que no era humana, ni elfo, ni siquiera demoníaca en el sentido tradicional. Era un sonido de estática, de destrucción y de puro vacío.
—Habéis despertado algo muy antiguo, pequeños arquitectos —la voz retumbó desde todas las direcciones a la vez.
Una figura comenzó a materializarse desde el corazón de la fractura más grande. Era una masa de oscuridad informe que se retorcía, tomando y perdiendo formas constantemente. Ojos carmesí aparecían y desaparecían en su superficie. Al tocar el suelo de la isla, la hierba plateada se marchitó instantáneamente, convirtiéndose en ceniza gris.
—Fili —murmuró Nimue, su rostro pálido por el terror—. El Primero del Caos. Aquello que existía antes de que vosotros dierais forma al mundo.
El demonio supremo terminó de solidificarse. Ahora medía tres metros de altura, con una armadura hecha de obsidiana líquida y alas que parecían jirones de una noche sin estrellas. Su presencia era tan pesada que Ronan y Faelan cayeron de rodillas, incapaces de soportar la presión mental que emanaba de la criatura.
—¿Equilibrio? —se mofó Fili, dando un paso hacia Astrid y Mason. Cada paso dejaba una huella de fuego negro en el suelo sagrado—. ¿Orden? ¿Luz? Qué conceptos tan aburridos y limitados. El universo nació del caos y al caos debe volver. Vuestra unión es una anomalía, un nudo en el tejido del vacío que he venido a desatar.
Mason se colocó frente a Astrid, su nueva aura índigo expandiéndose para contrarrestar la negrura de Fili.
—No eres bienvenido aquí, criatura del vacío. Este mundo ya tiene suficientes tiranos. No necesitamos a un dios del caos para complicar las cosas.
Fili soltó una carcajada que hizo temblar los menhires. —¡Tiranos! Hablas de Balin como si fuera una amenaza. Balin es un niño jugando con cerillas. Yo soy el incendio forestal. Él quiere un mundo congelado; yo quiero un mundo que no exista. Y vuestra pequeña "unión" me ha dado la llave para entrar. Esa explosión de energía... fue deliciosa. Rompió los sellos que me mantenían en el abismo.
Astrid dio un paso al lado de Mason, sus manos brillando con una luz que ahora contenía vetas de sombra controlada.
—Si nosotros te liberamos, nosotros te devolveremos a tu agujero —dijo ella con una frialdad que sorprendió incluso a Mason.
—Lo dudo —dijo Fili. Con un movimiento rápido de su mano, lanzó una ráfaga de energía entrópica.
Mason reaccionó al instante, creando un escudo de energía combinada. El impacto fue brutal. El suelo bajo sus pies se hundió, pero el escudo resistió. Sin embargo, Fili no se detuvo. Comenzó a convocar sombras que no obedecían a las leyes de la física; se retorcían en ángulos imposibles, atacando desde direcciones que no existían.
—¡Ronan, Faelan, sacad a Nimue de aquí! —gritó Astrid—. ¡Esto no es una batalla física, es metafísica!
Mientras sus aliados se retiraban, la batalla en la isla se intensificó. Astrid y Mason luchaban como uno solo. No necesitaban hablar; cada movimiento de uno era complementado por el otro. Cuando Mason lanzaba un ataque de fuerza bruta, Astrid lo imbuía de luz disruptiva. Cuando ella quedaba expuesta, las sombras de él la envolvían como una armadura impenetrable.
Pero Fili era implacable. Se alimentaba del conflicto mismo.
—¡Sí! ¡Luchad! —gritaba el demonio—. ¡Vuestro esfuerzo solo crea más caos! ¡Cada golpe que dais desgarra un poco más la realidad que intentáis proteger!
De repente, una nueva presencia se hizo sentir en la isla. Un portal de sombra pura se abrió a unos metros de distancia. De él salieron Balin y Silvanie.
El hermano de Astrid miró la escena con una mezcla de horror y fascinación. El Anclaje de Eterio en sus manos pulsaba erráticamente ante la presencia de Fili.
—¿Qué es esta abominación? —rugió Balin, mirando al demonio supremo—. ¡Este es MI mundo! ¡Yo soy quien dicta el destino de estas tierras!
Silvanie, sin embargo, retrocedió, sus ojos llenos de una comprensión aterradora. —Balin... esto no es parte del plan. Esto es la entropía pura. Si él gana, no habrá mundo que gobernar.
Fili se giró hacia ellos, su rostro sombrío iluminado por una sonrisa de pesadilla. —Ah, el arquitecto frustrado y la bruja que se cree reina de las sombras. Venid. Uníos al banquete. Cuantos más seamos, más rápido se desmoronará todo.
En un giro inesperado, Fili lanzó un ataque simultáneo contra ambos bandos. Astrid y Mason se vieron obligados a defenderse de una lluvia de lanzas de vacío, mientras Balin tenía que usar el poder del Anclaje para protegerse a sí mismo y a Silvanie.
—¡Hermano! —gritó Astrid sobre el estruendo de la batalla—. ¡Si no nos unimos contra él ahora, no quedará nada por lo que pelear! ¡Olvida tu odio por un momento!
Balin miró a Astrid, y por un segundo, la sombra de la envidia en sus ojos fue reemplazada por el miedo primordial. Pero su orgullo era demasiado vasto.
—¡Jamás! —rugió él—. ¡Yo destruiré a este demonio y luego os destruiré a vosotros! ¡El poder del Anclaje es absoluto!
Balin cargó contra Fili, liberando ráfagas de energía de estasis que intentaban congelar al demonio del caos. Fili simplemente absorbió los ataques, creciendo en tamaño y poder.
—¡Gracias por el aperitivo, pequeño dios! —burló Fili, golpeando a Balin con una fuerza que lo mandó volando contra uno de los menhires, agrietándolo.
Silvanie, viendo que la situación estaba perdida, intentó abrir un portal para escapar, pero Fili cerró el espacio a su alrededor.
—Nadie se va de la fiesta —siseó el demonio.
Mason aprovechó la distracción para lanzar un ataque coordinado con Astrid. Juntos, concentraron toda la energía de su Unión Celestial en un solo punto. La luz índigo golpeó a Fili en el pecho, logrando por primera vez herirlo. Un chorro de esencia oscura y viscosa brotó de la herida de la criatura.
Fili rugió de dolor, un sonido que desgarró los oídos de todos los presentes.
—¡Malditos seáis! ¡Habéis logrado dañarme! —Su forma comenzó a volverse inestable, pero su rabia aumentó—. ¡Si voy a ser expulsado, me llevaré este nexo conmigo!
El demonio supremo comenzó a colapsar sobre sí mismo, creando un agujero negro de energía que empezó a succionar todo lo que había en la isla. Los árboles, las piedras y el agua misma eran arrastrados hacia el centro de su cuerpo.
—¡Va a explotar! —gritó Mason, abrazando a Astrid para protegerla—. ¡Astrid, tenemos que sellarlo con nuestro propio poder!
—Si lo hacemos, Mason, podríamos quedar atrapados con él en el vacío —respondió ella, mirándolo a los ojos con una mezcla de amor y sacrificio final.
—Entonces que así sea —dijo él—. Al menos estaremos juntos.
Justo cuando se preparaban para el sacrificio final, Balin, herido y sangrando, se levantó con el Anclaje de Eterio brillando con una luz blanca desesperada. Miró a su hermana, miró al demonio que él mismo había ayudado a proteger de forma indirecta por su ambición, y tomó una decisión.
—¡No dejaré que vosotros seáis los héroes una vez más! —gritó Balin, pero esta vez no había odio en su voz, sino una amarga aceptación—. ¡Este es MI mundo!
Balin lanzó el Anclaje de Eterio directamente al corazón del colapso de Fili. El artefacto, diseñado para estabilizar la realidad, reaccionó violentamente contra la entropía del demonio. La explosión resultante fue ciega y absoluta.
Astrid y Mason sintieron cómo eran lanzados a través del espacio y el tiempo. El sonido desapareció. La luz desapareció. Solo quedó la sensación de sus manos entrelazadas en el vacío infinito.
Cuando el humo y la energía se disiparon, la Isla de la Convergencia estaba en silencio. Fili había desaparecido, arrastrado de vuelta a las profundidades del caos por el sacrificio forzado del Anclaje. Balin y Silvanie no estaban por ninguna parte; solo quedaban fragmentos de obsidiana y un silencio sepulcral.
Astrid y Mason se levantaron entre los escombros de mármol. Estaban vivos, pero el mundo a su alrededor se sentía diferente. La fractura en el cielo se estaba cerrando, dejando tras de sí un resplandor crepuscular de una belleza inefable.
—¿Se ha acabado? —preguntó Astrid, su voz apenas un susurro.
Mason miró hacia el horizonte, donde el primer sol de la nueva era comenzaba a asomarse.
—No, Astrid. Esto no es el final. Es el comienzo de la verdadera batalla. Pero Fili ha sido contenido.
Sin embargo, en el rincón más oscuro de la isla, una sombra pequeña y retorcida se deslizó hacia el agua. La amenaza de la oscuridad no había sido erradicada por completo, pero por ahora, la luz y el equilibrio tenían una oportunidad.
La batalla final comenzó, un enfrentamiento que decidiría si la luz o la oscuridad prevalecerían.