La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 11
Las Ruinas del Templo del Sol se alzaban como costillas de un gigante muerto contra el cielo de medianoche. Lo que antaño fue el epicentro de la fe de los Voran, un lugar de mármol blanco y láminas de oro que reflejaban la gloria divina, ahora no era más que un nido de cuervos y sombras. Las columnas rotas proyectaban largos dedos negros sobre el suelo cubierto de maleza, y el aire era tan frío que el aliento de Helios formaba pequeñas nubes de vapor.
Caminó por el pasillo central, su mano descansando sobre el pomo de su espada. No llevaba escolta. Sabía que Selene Serath no respetaría la presencia de soldados, y en este lugar, la única protección que importaba era la que uno pudiera invocar de su propia sangre.
—Has tardado, Helios —la voz de Selene surgió de entre dos pilares derruidos.
Ella apareció como un espectro. Vestía una túnica de seda gris metálico que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y sobre sus hombros caía una capa de plumas de cuervo. Sus ojos, de un azul gélido que parecía contener el invierno mismo, lo recorrieron con una mezcla de curiosidad y desprecio. Seguía siendo la mujer más hermosa que Helios había conocido, y también la más letal.
—Las invitaciones de la Casa Serath suelen tener un regusto a emboscada —respondió Helios, deteniéndose a unos pasos de ella—. ¿Por qué este lugar, Selene? ¿Quieres que los fantasmas de nuestros antepasados presencien cómo nos traicionamos?
Selene soltó una risa seca, un sonido sin alegría que se perdió en la inmensidad de las ruinas.
—Nuestros antepasados fueron los primeros en traicionarse cuando permitieron que Valerius se sentara a su mesa. He venido a advertirte, aunque no sé por qué me molesto. Estás siendo demasiado ruidoso, Helios. La ejecución pública de Varrick ha sido un espectáculo magistral para el populacho, pero ha despertado a las serpientes que duermen en el palacio.
—Valerius ya estaba despierto —replicó él, acortando la distancia—. Lo que no esperaba es que el pueblo empezara a morderle los talones.
—No es a Valerius a quien deberías temer esta noche —Selene se acercó a él, su perfume —una mezcla de mirra y acero— llenando sus sentidos. Puso una mano enguantada en el pecho de Helios, justo donde la cicatriz del exilio quemaba bajo su ropa—. El enemigo no está solo frente a ti, en el trono. Está detrás de ti, compartiendo tu pan.
Helios la agarró de la muñeca, apretando con fuerza. El calor de su magia solar empezó a emanar de sus dedos, pero Selene ni siquiera parpadeó.
—Sé claro, Selene. No he venido por acertijos.
—Hay un complot para desacreditarte antes de que termine la semana —susurró ella, su rostro a centímetros del suyo—. Mañana, el Tribunal de la Fe te acusará de practicar la magia prohibida del Sol Negro. Dirán que los milagros que realizaste en la plaza fueron sacrificios de sangre encubiertos. Y lo peor, Helios... es que las pruebas vendrán de tu propia casa.
Helios soltó su mano, su mente trabajando a toda velocidad. ¿Su propia casa? Los Voran habían sido diezmados. Solo quedaban unos pocos supervivientes de las ramas colaterales, hombres y mujeres que él mismo había reunido para reconstruir su legado.
—¿Quién? —preguntó él, su voz apenas un rugido sordo.
—Eso es algo que tendrás que descubrir tú mismo. Solo diré que la sangre no siempre garantiza la lealtad. A veces, la sangre es solo la tinta con la que se firman las sentencias de muerte.
Selene dio un paso atrás, fundiéndose con la oscuridad. Antes de desaparecer por completo, se detuvo y lo miró una última vez.
—No te mueras todavía, Helios. Sería una lástima que el mundo se perdiera el incendio que vas a provocar.
Cuando Helios regresó a su base de operaciones en los muelles, la atmósfera era pesada. Caius lo recibió con una mirada de urgencia.
—Señor, tenemos problemas. Los pregoneros del palacio están en las calles. Dicen que has traído una plaga mágica a la ciudad. Han encontrado cuerpos en los barrios bajos... cuerpos quemados desde adentro, con el sello de los Voran marcado en sus frentes.
Helios apretó los puños. La jugada de Valerius era clásica y efectiva: convertir su mayor fortaleza —su linaje y su magia— en su mayor pecado.
—¿Quién ha estado a cargo de la seguridad de los sellos reales, Caius?
—Vuestro primo, Lord Elian. Él ha estado supervisando la logística y la distribución de suministros para nuestros aliados.
Helios sintió un frío glacial recorrerle la espalda. Elian Voran era un hombre mayor, un superviviente del golpe que Helios recordaba con cierto afecto. Había sido el único que le dio la bienvenida con lágrimas en los ojos cuando regresó del exilio.
—Tráelo a mi cámara privada. Ahora. Y llama a Mirea. Necesito sus ojos.
Media hora después, Helios se encontraba en una habitación iluminada solo por un puñado de velas. Lord Elian estaba sentado frente a él, un hombre de rostro amable y manos temblorosas que no parecían capaces de sostener una daga, mucho menos de orquestar una traición.
Mirea estaba apoyada en el marco de la puerta, vestida con una bata de seda negra que dejaba poco a la imaginación, observando la escena con la mirada de un depredador que analiza a su presa.
—Helios, muchacho, ¿qué ocurre? —preguntó Elian, su voz cargada de una falsa preocupación—. Los rumores en la ciudad son horribles. Debemos emitir un comunicado, demostrar que somos los protectores del pueblo...
—¿Dónde están los sellos de lacre rojo que te confié, Elian? —interrumpió Helios, su voz era una línea plana de peligro.
El anciano parpadeó, confundido.
—En la caja fuerte, bajo llave. Sabes que soy meticuloso con estas cosas.
Helios se levantó, caminó hacia él y puso una pequeña bolsa sobre la mesa. De ella, derramó una docena de sellos idénticos a los de la familia Voran, pero estos tenían un tinte oscuro, casi púrpura.
—Estos han sido encontrados en los cuerpos de ciudadanos asesinados esta noche —dijo Helios—. Alguien los ha usado para marcar a las víctimas de un ritual de magia oscura. Y según mis fuentes, tú eres el único que tiene acceso a la forja donde se fabrican.
—¡Eso es una calumnia! —gritó Elian, intentando levantarse—. ¡He servido a esta familia desde antes de que tú nacieras! ¡Me quedé aquí cuando tú huiste!