Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 11
Al día siguiente, Renata despertó con la certeza de que su vida ya no le pertenecía.
El nuevo teléfono descansaba sobre la mesa de noche, negro y silencioso, como un ojo abierto en la penumbra. No había recibido mensajes. No había recibido llamadas. Pero sabía que era cuestión de tiempo. Sloan no era hombre de paciencia.
Se vistió con ropa sencilla. Pantalón negro, blusa blanca, zapatos cómodos. Nada que llamara la atención. Nada que pudiera interpretarse como un desafío. Bajó a la puerta de su edificio y allí estaba el coche. No era el suyo. Era uno de Sloan. Negro, blindado, con vidrios polarizados.
Y detrás del volante, Vargas.
—Sube —dijo sin preámbulos—. El jefe no quiere que viajes sola.
Renata quiso protestar. Quiso decir que era una mujer adulta, que podía moverse por la ciudad sin escolta, que aquello era una prisión disfrazada de privilegio. Pero conocía a Sloan. Sabía que cualquier resistencia solo empeoraría las cosas.
Subió al coche sin decir una palabra.
El viaje fue silencioso. Vargas no hablaba. Renata tampoco. Solo el rumor del motor y el silbido del viento contra las ventanas cerradas.
Cuando llegaron al edificio, Sloan los esperaba en la puerta.
No estaba en su oficina. No estaba en el último piso. Estaba allí, en la entrada, como un perro de guardia que vigila su territorio. Tenía una carpeta bajo el brazo y una expresión que mezclaba impaciencia y algo más. Algo que Renata ya empezaba a reconocer.
Obsesión, pensó. Pura obsesión.
—Llegas —dijo, como si fuera una constatación, no un saludo.
—Como todas las mañanas —respondió Cielo, con un deje de ironía.
Sloan la miró. Sus ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, lentamente, como si la viera por primera vez. Renata sintió un escalofrío. No de miedo. De incomodidad.
—Hoy tengo una reunión de trabajo —dijo él, girando sobre sus talones y caminando hacia el ascensor—. Me acompañarás. Tomarás notas. No hablarás. No intervendrás. Solo mirarás y escribirás.
Renata asintió. Lo siguió en silencio. El ascensor subió. Las puertas se abrieron. Atravesaron el pasillo principal y entraron en la oficina.
Sloan dejó la carpeta sobre el escritorio y se volvió hacia ella.
—Por último —dijo, y su voz cambió. Se volvió grave, autoritaria, innegociable—. Si te llamo o te envío un mensaje, tienes prohibido ignorarme. ¿Entendido?
Renata arqueó una ceja. Era la tercera vez que le decía algo así en dos días. La tercera vez que le recordaba quién mandaba y quién obedecía.
Y algo dentro de ella, algo que había mantenido a raya durante días, finalmente se desbordó.
Reboleó los ojos.
Fue un gesto pequeño. Casi imperceptible. Un movimiento de sus pupilas hacia el techo, acompañado de un suspiro apenas audible. Pero Sloan lo vio. Y algo en su rostro se tensó.
—¿Algo más, su majestad? —preguntó Cielo, y su voz goteaba hartazgo—. ¿Quiere que le bese los pies también? ¿O con arrodillarme basta?
El silencio se hizo eléctrico.
Sloan la miró. La midió. La pesó. Y entonces, en lugar de enfurecerse, sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, de lobo que ha encontrado una presa que no huye.
—Sí —dijo—. Algo más.
Cruzó el espacio que los separaba en dos zancadas. Antes de que Renata pudiera reaccionar, sus brazos se cerraron alrededor de su cintura. La levantó del suelo sin esfuerzo, como si pesara nada, y la apretó contra su pecho.
Renata sintió el calor de su cuerpo. El latido de su corazón, acelerado, furioso. El aliento de él, caliente en su mejilla.
Y entonces reaccionó.
No fue un forcejeo. No fue un empujón. Fue una técnica de defensa personal, ejecutada con la precisión de quien ha entrenado toda su vida para soltarse de un abrazo no deseado. Sus manos encontraron los brazos de él. Sus caderas giraron. Su centro de gravedad se desplazó.
En menos de un segundo, Sloan estaba en el suelo.
No cayó con violencia. Renata no lo había lanzado. Simplemente lo había desequilibrado, desarmado, dejado en el suelo como a un niño que tropieza en el parque.
Pero el mensaje fue claro.
—No te propases, pervertido —dijo ella, y su voz era fuego.
Sloan se quedó en el suelo, mirándola desde abajo. No había dolor en su rostro. No había humillación. Solo sorpresa. Y algo más. Algo que brillaba en sus ojos como una llama recién encendida.
—Lo siento —dijo, y no sonó arrepentido en absoluto—. ¿Por qué eres tan sensible?
Se incorporó lentamente, cepillándose la ropa con gestos exagerados.
—Es solo sexo —añadió, como si eso lo explicara todo—. Algo normal. Algo que hacen los adultos.
Renata sintió que la sangre le hervía en las venas. Apretó los puños. Contó hasta diez. Luego hasta veinte.
—Cállate —dijo, y cada sílaba era un latigazo—. No tendremos sexo. Ni ahora. Ni nunca.
Sloan inclinó la cabeza. Su sonrisa no se desdibujó.
—¿Por qué no? El sexo es normal —insistió, como un niño que pide un juguete —. Y soy tu jefe
—Te dije que no —respondió Cielo, y esta vez su voz era un muro de piedra—. O voy a renunciar y me iré lejos. Muy lejos. A donde no puedas encontrarme.
El ambiente cambió. La sonrisa de Sloan se congeló. Sus ojos se volvieron oscuros, intensos, casi salvajes.
—No —dijo, y su voz era grave, profunda, como un trueno lejano—. No lo harás. Porque si te fueras al fin del mundo, yo iría a buscarte.
Renata sintió un escalofrío. No era una amenaza. Era una promesa.
—¿Siempre eres tan intenso? —preguntó, y su voz sonó más débil de lo que quería.
Sloan se puso de pie. Se acercó a ella. No la tocó. No hizo ningún gesto agresivo. Solo la miró, con aquellos ojos que parecían ver a través de ella.
—Tal vez —respondió—. Me gusta conseguir lo que quiero.
Y se dio vuelta, como si nada hubiera pasado.
—Vámonos. La reunión espera.
Llegaron a la sala de juntas en el séptimo piso. Era un espacio amplio, con una mesa larga de madera oscura y sillas de cuero negro. Había varios hombres esperando. Rostros duros. Trajes caros. Miradas que no se cruzaban por casualidad.
Renata se situó detrás de Sloan, con una libreta en la mano y un bolígrafo entre los dedos. Su papel era ser invisible. Una sombra más. Una secretaria que tomaba notas.
Y entonces lo vio.
Al fondo de la sala, junto a la ventana, había un hombre. Vestía un traje oscuro, corbata gris, y llevaba el cabello engominado hacia atrás. Tenía la mirada fría, calculadora, de quien está acostumbrado a moverse entre tiburones.
Renata sintió que el corazón se le detenía.
Lo conocía.
Era el agente Castillo. Del FBI.
Habían trabajado juntos en un caso, años atrás. Una operación conjunta entre la DEA y el FBI para derribar a un cártel colombiano. Ella era otra entonces. Otro nombre. Otra identidad. Pero él la recordaría. Lo sabía.
Castillo también la vio.
Sus ojos se encontraron a través de la sala. El reconocimiento fue instantáneo. Los dos se quedaron paralizados, sorprendidos, atrapados en una situación que ninguno de los dos había previsto.
¿Qué demonios hace él aquí?, pensó Cielo.
¿Qué demonios hace ella aquí?, pensó Castillo.
Pero ninguno dijo nada. No podían. No debían. Sloan estaba a apenas un metro de distancia, observando la sala con su mirada de halcón.
Renata desvió la mirada. Miró sus notas. Fingió interés en un papel que ya había leído tres veces. Pero por dentro, el pánico comenzaba a crecer.
Castillo era un hombre de Sloan. O al menos, eso parecía. Un agente del FBI trabajando para el narco. Un topo. Un traidor. Y acababa de verla.
¿Qué haría?
La reunión comenzó. Sloan tomó la palabra. Habló de negocios, de acuerdos, de territorios. Renata tomaba notas mecánicamente, pero su mente estaba en otra parte. En Castillo. En su mirada. En el peligro que representaba.
Llevaban apenas diez minutos cuando Castillo se puso de pie.
Nadie lo esperaba. Nadie supo reaccionar.
El agente caminó hacia la mesa. No hacia Sloan. No hacia ninguno de los otros hombres. Caminó hacia ella. Hacia Cielo.
Sus miradas se encontraron otra vez. Y en los ojos de él, Renata vio algo que la heló la sangre.
Miedo. Paranoia. Desesperación.
Castillo no dijo una palabra. No dio explicaciones. No pidió disculpas.
Simplemente desenfundó su arma, apuntó al pecho de Renata y disparó.
El estruendo llenó la sala. Los vidrios de las ventanas vibraron. Varios hombres se tiraron al suelo. Otros gritaron. Alguien maldijo.
La bala impactó en el hombro izquierdo de Cielo.
El dolor fue inmediato. Caliente. Punzante. Como si un hierro al rojo vivo le atravesara la carne. Dio un paso atrás. Luego otro. Su mano libre subió instintivamente hacia la herida y sintió la sangre caliente escurriendo entre sus dedos.
Castillo no esperó a verla caer. Dio media vuelta y salió corriendo de la sala, empujando a los hombres que se interponían en su camino. Sus pasos se perdieron en el pasillo. Luego en la escalera. Luego en el silencio que dejó tras de sí.
Nadie entendía nada. ¿Por qué ese hombre le había disparado? ¿Qué había hecho ella? ¿Qué sabía él que los demás ignoraban?
El caos estalló.
—¡Cierren las puertas! —gritó Vargas, desenfundando su arma—. ¡Que nadie salga!
—¡Llamen a una maldita ambulancia! —aulló otro.
Pero Sloan no gritó. No se movió. No dijo nada.
Sus ojos estaban clavados en Cielo.
En la sangre que empapaba su blusa blanca. En su rostro, pálido de repente. En sus labios, que se movían sin emitir sonido.
Renata cayó de rodillas. El dolor era insoportable. El mundo giraba a su alrededor. Las voces se oían lejanas, distorsionadas, como si llegaran desde el fondo de un túnel.
—Renata —dijo Sloan, y su voz era un susurro roto.
Se arrodilló junto a ella. La sujetó por los hombros. La miró a los ojos.
—Mírame —ordenó—. Mírame, carajo.
Renata obedeció. Sus miradas se encontraron. Y en los ojos de Sloan, por primera vez, ella vio algo que nunca había visto en nadie.
Miedo.
No miedo por él. No miedo por su negocio. No miedo por su vida.
Miedo por ella.
—No te mueras —susurró él, y su voz temblaba—. No te mueras, ¿me oyes? No te lo permito.
Renata quiso responder. Quiso decirle que no iba a morir, que era solo un hombro, que había sobrevivido a cosas peores. Pero las palabras no salían. Solo la sangre. Solo el dolor. Solo el rostro de Sloan, cada vez más borroso, cada vez más lejano.