Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 6: El Espejismo del Sol
Neo-Luxor rugía bajo la noche, un océano de luces LED doradas y rascacielos de cristal que parecían tocar las estrellas. Desde el helipuerto de la Torre Ra, la vista era hipnótica; Maximilian solía llamar a este lugar su "Ciudad del Sol", un imperio donde el atardecer nunca terminaba porque él siempre encontraba una forma de mantener el brillo encendido. Pero esa noche, mientras esperaba a que Amara saliera de sus aposentos, el resplandor de la ciudad le parecía vacío.
Hacía apenas una semana de la boda. Amara había pasado la mayor parte del tiempo sumergida en un silencio sepulcral, recuperándose bajo el cuidado de las sirvientas y el médico privado. El dolor físico había empezado a ceder, dejando paso a una rigidez en su postura que Maximilian no sabía si era dignidad o puro odio.
—La señora está lista, señor Al-Mansur —anunció Layla, abriendo las puertas dobles.
Maximilian se giró. Vestía un traje de corte impecable, negro como el ébano, con una túnica interior de seda color champán y un reloj de oro macizo que marcaba el pulso de su imperio. Pero cuando vio a Amara, su respiración se detuvo.
Ella vestía un traje de noche que era una obra de ingeniería y arte. Una columna de seda color oro líquido que se ceñía a su cuerpo, revelando la curva de sus caderas y la elegancia de su cuello. Sobre sus hombros caía una capa transparente bordada con hilos de platino. Su piel canela brillaba bajo una fina capa de aceites perfumados, y sus ojos, esos pozos oscuros de misterio, estaban delineados con un khol negro que le daba la mirada de una diosa antigua. Pero lo que más impactó a Maximilian fue la joya que ella misma había elegido: el collar de alas de halcón que él le había regalado, el mismo que ella había lanzado a la mesa con asco días atrás.
—Llevas mi regalo —dijo él, su voz vibrando con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
—Llevo mi cadena, Maximilian —respondió ella, con una voz gélida que cortaba el aire—. Si vamos a representar este teatro frente a tus socios, prefiero que sea con el vestuario completo.
Maximilian sintió la punzada de sus palabras, pero se acercó y, con sus manos grandes, acomodó un mechón de cabello rebelde tras su oreja. Amara se tensó ante su contacto, pero no retrocedió. Sabía que esta noche no había lugar para huidas.
—Escúchame bien —susurró él, su rostro a centímetros del de ella—. Esta noche se inaugura el Gran Canal de Oro. Todo el mundo, desde los ministros hasta los dueños de las corporaciones más grandes, estará allí. Me han costado años de trabajo llegar a este punto. No permitiré que una sola grieta en nuestra imagen arruine el prestigio de Neo-Luxor. Vas a sonreír, vas a tomar mi brazo y vas a actuar como la reina que eres.
—¿Y si no lo hago? —desafió ella, clavando su mirada en la de él—. ¿Me llevarás de nuevo a la recámara para "enseñarme" quién manda?
El rostro de Maximilian se ensombreció. El recuerdo de esa noche seguía siendo una herida abierta en su mente.
—No me tientes, Amara. Hoy no soy tu marido; hoy soy el CEO de esta ciudad. Y no acepto errores en mi producción.
El trayecto en el coche blindado fue un duelo de silencios. Al llegar al recinto, una estructura de cristal flotante sobre el canal, el estruendo de los flashes de los fotógrafos y los vítores de la multitud los recibieron. Amara sintió una oleada de náuseas, pero recordó lo que Layla le había susurrado esa tarde: "El poder del rey es absoluto, pero la reina es quien maneja las llaves del palacio".
Maximilian bajó primero y, con una elegancia que cautivó a las cámaras, le ofreció la mano. Amara la tomó, sintiendo la fuerza de sus dedos envolviéndola. Al entrar en el salón principal, el murmullo de los invitados cesó. Eran la imagen perfecta de la opulencia: el hombre más rico del mundo y su impresionante esposa egipcia, una pareja de dioses modernos caminando sobre mármol y oro.
Durante la cena, Amara se sorprendió a sí misma. Cada vez que un hombre poderoso se acercaba a saludar a Maximilian, ella notaba cómo esos hombres, leones en sus propios negocios, bajaban la mirada ante ella o intentaban ganar su favor con halagos exagerados. Se dio cuenta de que Maximilian no solo la poseía a ella; su sombra la cubría de un poder que ella nunca había imaginado.
—Señora Al-Mansur, es un honor —dijo el Ministro de Energía, besando su mano—. El proyecto del canal no habría sido lo mismo sin la inspiración de una mujer tan… radiante.
Amara sonrió, una sonrisa perfecta y vacía que había practicado frente al espejo.
—El honor es mío, Ministro. Mi esposo siempre dice que Neo-Luxor necesita belleza para equilibrar tanto acero.
Maximilian la miró de reojo, sorprendido por su soltura. Por un momento, sintió una chispa de orgullo, pero también un ramalazo de miedo. La sumisión de Amara era falsa, pero su capacidad para manejar a la gente era real.
A mitad de la noche, mientras la música de una orquesta sinfónica llenaba el ambiente, Maximilian se acercó a su oído.
—Lo estás haciendo muy bien. Demasiado bien.
—Aprendo rápido, Maximilian —respondió ella, mientras aceptaba una copa de cristal—. Me dijiste que esta ciudad era tu Ciudad del Sol. Me pregunto qué pasaría si el sol decidiera quemar a quien lo creó.
—El sol no quema a su dueño, Amara.
—Eso es lo que creían los antiguos reyes, y terminaron bajo la arena —replicó ella, tomando un sorbo de su bebida.
Fue en ese momento cuando Amara vio, entre la multitud de sirvientes que movían las mesas, una figura que le detuvo el corazón. No era Dario, por supuesto, pero era alguien que la miraba con una mezcla de urgencia y secreto. Era uno de los jóvenes guardaespaldas que Khalid había asignado a su seguridad personal, un chico que no parecía tener más de veinte años.
Él le hizo una señal casi imperceptible con la cabeza hacia los balcones que daban al canal. Amara sintió que la adrenalina recorría sus venas. Maximilian estaba distraído hablando con un jeque sobre la exportación de diamantes sintéticos.
—Voy a refrescarme —dijo ella, soltándose del brazo de su marido con una suavidad calculada.
Maximilian la siguió con la mirada, pero las exigencias del jeque lo retuvieron. Amara caminó hacia la terraza, donde el aire fresco de la noche golpeó su rostro. Se alejó de las luces de la fiesta, hacia la sombra de una columna de mármol. El guardia estaba allí.
—¿Qué quieres? —susurró ella.
—Tengo un mensaje, señora —dijo el joven, mirando nerviosamente hacia el salón—. De Dario.
Amara sintió que el mundo se tambaleaba. ¿Dario? ¿Cómo era posible? Maximilian le había dicho que estaba en el Mar del Norte, en una cárcel de petróleo y agua.
—Él no está donde el señor Al-Mansur cree —continuó el guardia en un susurro apenas audible—. Logró escapar antes del traslado. Está aquí, en la Ciudad del Sol. Está escondido en los niveles inferiores de los muelles. Dice que no se irá sin usted.
Amara cerró los ojos, el peso del collar de oro pareció ahogarla. Dario estaba vivo, estaba cerca, y Maximilian estaba a solo unos metros de distancia, creyéndose el dueño absoluto de su destino. El juego acababa de volverse mucho más peligroso.
Si Maximilian se enteraba de que Dario seguía en la ciudad, no habría Mar del Norte que lo salvara. Y si ella intentaba huir de nuevo después de la escena de la noche de bodas, Maximilian no solo la golpearía con una bofetada; destruiría todo a su paso.
—Dile que se vaya —dijo Amara, con la voz rota—. Dile que Maximilian lo matará si lo encuentra.
—Él dice que prefiere morir en el sol que vivir en la oscuridad sin su reina —respondió el guardia.
Amara escuchó los pasos firmes de Maximilian acercándose a la terraza. Su perfume de sándalo y poder la envolvió antes de que él hablara.
—Amara, el brindis principal va a comenzar. Te necesito a mi lado.
Ella se giró rápidamente, forzando la sonrisa más radiante de la noche. El guardia ya se había desvanecido entre las sombras.
—Ya voy, mi amor —dijo ella, usando por primera vez esa palabra como un arma de doble filo—. Estaba admirando tu ciudad. Realmente es hermosa desde aquí arriba.
Maximilian la tomó por la cintura, posesivo, sin sospechar que en ese mismo instante, su imperio de cristal acababa de recibir la primera grieta profunda. La reina no solo estaba aprendiendo a usar su corona; estaba empezando a amar el peligro del trono.