Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 7
Pasaron los meses y la distancia entre ellos comenzó a crecer, sutil pero constante. Las miradas que antes eran llenas de ternura se tornaban esquivas. Las conversaciones se limitaban a lo cotidiano, evitando rozar temas delicados.
Una tarde, en la casa de campo de los Stuart, Adrián compartía una copa de vino con su padre, Alexander Stuart, un hombre de negocios retirado, severo y tradicional.
—Adrián, no puedo quedarme callado más tiempo —dijo Alexander con su tono firme—. Necesitas un heredero.
Adrián suspiró, con la copa en la mano.
—Padre, ya hablamos de esto.
—Lo hemos hablado, sí, pero no me escuchas. Tu apellido, tu legado... no puedes dejarlo todo al azar. ¿Qué pasará cuando ya no estés?
—Tengo tiempo, aún soy joven.
—¡Bah! —exclamó el viejo, golpeando la mesa con la palma—. Te estás engañando. Esa mujer, Laura, no es para ti. Está contigo por conveniencia. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir ciego?
Adrián lo miró con los ojos encendidos, pero sin perder la compostura.
—Laura me ama. Y yo la amo. No hay nada más que decir.
—El amor no mantiene un apellido, ni una empresa —bufó Alexander—. Necesitas descendencia. Y si ella no puede o no quiere darte un hijo, deberías considerarlo.
—No voy a cambiar a la mujer que amo por un hijo, padre. Nunca lo haría.
Alexander lo miró con decepción. Sabía que su hijo era testarudo, igual que él. Pero no podía entender cómo un hombre tan brillante podía ser tan ingenuo.
Esa noche, Adrián regresó a la ciudad con el alma agitada. No le gustaba discutir con su padre, y mucho menos en temas tan delicados. Amaba a Laura, de eso no había duda, pero las palabras de su padre resonaban en su cabeza como un eco persistente.
Al llegar al penthouse que compartía con Laura, la encontró en la terraza, envuelta en una bata de seda, con una copa de champán en la mano y el cielo nocturno reflejado en sus ojos.
—Te tardaste —dijo Laura sin mirarlo, aunque una sonrisa se asomaba en sus labios.
—Estuve con mi padre. Ya sabes cómo es.
Ella se giró lentamente y lo abrazó por la cintura, besándolo en el cuello.
—¿Otra vez el tema de los hijos?
—Sí.
—Amor... —murmuró ella, con dulzura—. Ya lo hablamos. Tú dijiste que estaba bien así.
—Lo está. Pero no deja de dolerme que nunca podré verte con un bebé en brazos. Que nunca veremos juntos a un pequeño correr por esta casa.
Laura se apartó un poco y lo miró a los ojos.
—¿Tú crees que yo no he pensado en eso? A veces me siento egoísta, pero prefiero ser sincera que fingir algo que no soy. No quiero un hijo, Adrián. Nunca lo quise. Y no quiero que un día me odies por eso.
Él acarició su rostro con suavidad.
—Jamás podría odiarte, Laura. Si tenerte significa renunciar a ser padre, entonces lo acepto. Porque tú eres mi mundo.
Los días pasaron, y aunque el amor entre ellos seguía intacto, una sombra comenzó a colarse entre las grietas de su idilio. Adrián sonreía, viajaba, firmaba contratos... pero por las noches, en la soledad de su habitación, se preguntaba si estaba haciendo lo correcto. La imagen de un hijo suyo, con sus ojos o su sonrisa, lo perseguía en sueños.
Laura viajaba constantemente por trabajo. En otra época, esos viajes eran compartidos, aventuras que vivía al lado de Adrián entre aeropuertos, reuniones elegantes y noches en hoteles cinco estrellas. Pero eso había cambiado.
Ahora, ella viajaba sola. Y no siempre por trabajo. A veces, extendía un par de días más para quedarse con amigas, disfrutar de una copa de vino, reír sin pensar en correos pendientes ni en la agenda compartida que antes mantenía con Adrián.
Él lo notaba. No decía nada, pero lo notaba. Lo veía en las fotos que Laura subía de vez en cuando, en las sonrisas que no compartía con él, en las respuestas cada vez más tardías a sus mensajes.
Ya no viajaban juntos. Ya no eran equipo.
Y aunque Laura insistía en que todo estaba bien, que solo era una etapa, Adrián comenzaba a entender que las etapas también pueden ser finales disfrazados.
Una noche, sabía que llegaba de un desfile. Adrián había preparado la cena. Nada muy elaborado, pero sí con intención. Un vino tinto que a Laura le gustaba, pasta con salsa cremosa y un poco de música suave en el fondo. Esperaba que ella llegara, que compartieran aunque fuera una hora, como solían hacerlo antes.
Pero Laura entró apurada, con el teléfono en la mano y el bolso aún colgado del hombro.
—Lo siento, amor, no puedo quedarme. Quedé en verme con unas amigas para cenar —dijo, sin mirarlo a los ojos.
Adrián frunció el ceño. Quiso decirle que había cocinado, que había esperado, que la necesitaba. Pero se tragó todo.
—¿Otra vez? —fue lo único que salió de sus labios, más duro de lo que pretendía.
Laura suspiró, ya girándose hacia la puerta.
—No hagas un drama, Adrián. Es solo una cena. Estoy agotada del trabajo, quiero relajarme.
Y salió sin más, dejándolo solo entre velas a medio encender y dos platos servidos que jamás serían tocados.
Adrián, en silencio, recogió la mesa. Algo le pesaba en el pecho, una sensación que no quería admitir aún. No era celos. Era algo peor. Era intuición.
Esa noche, mientras Adrián se sumía en la soledad de su departamento, Laura llegaba a un hotel del centro. Saludó al recepcionista con una sonrisa familiar, como quien ya no necesita explicación. Subió en el ascensor hasta el piso 11, caminó con pasos firmes por el pasillo enmoquetado… y se detuvo frente a la puerta 1114.
Sacó una tarjeta de su bolso, la deslizó y entró.
Era el mismo cuarto que había frecuentado en los últimos dos meses. Las cortinas oscuras, la cama king, el aroma a madera y sábanas recién cambiadas… Todo era idéntico, repetido, casi cómodo.
Y estaba ahí.Parada con una copa en la mano, esperándolo.
—Pensé que no vendrías —le dijo al hombre, con voz seductora.
Luca cerró la puerta tras de sí. Dejó aventó las llaves a un lado, se quitó la corbata y el saco.
—No podía no venir —susurró, con un dejo de culpa que se evaporó apenas la besó.
Adrián, en casa, miraba el reloj.
Las once de la noche. Ni un mensaje. Ni una llamada.
El vino seguía sobre la mesa. Ya sin sabor.
Y en su mente solo giraba una pregunta que hasta ese momento no había querido hacerse:
¿En dónde estás realmente, Laura?