Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo XII
La distancia que los separaba se había evaporado por completo, consumida por el fuego de la confrontación.
Kennedy y Madison estaban tan cerca que el aliento cargado de uno invadía el espacio del otro, palabras escupidas con rabia y desprecio que flotaban en el aire como veneno. Cada sílaba era un dardo envenenado, lanzado con la intención de herir al máximo a su objetivo.
—No te soportaría ni un solo día, Madison —siseaba Kennedy, con la voz baja y peligrosa, como un depredador a punto de atacar a su presa—. No aguantaría tu presencia ni un minuto sin romperte esa lengua insolente que tienes.
Madison alzó la barbilla con un gesto desafiante, desafiando su autoridad.
—¿Romperme? —se burló, con una sonrisa amarga—. Necesitarías algo más que dinero y silencio para lograrlo, Kennedy. Mis huesos están hechos de acero y mi voluntad es inquebrantable.
Kennedy dio un paso más hacia ella, acorralándola contra la pared.
Ella no retrocedió, manteniendo su posición con una valentía admirable.
—Si te atreves a rechazar este matrimonio —continuó él, perdiendo por primera vez el control de la cadencia fría y calculada que lo definía—, te aseguro que…
Estaba a punto de decirlo.
A punto de cruzar una línea que no necesitaba ser cruzada, desatando una tormenta de consecuencias imprevisibles.
Pero no lo hizo.
Una voz ajena se filtró desde la penumbra del pasillo, interrumpiendo su confrontación.
—Madison.
No fue un grito furioso, ni una orden autoritaria.
Fue peor: fue una certeza silenciosa que resonó en el salón como una advertencia.
Kennedy alzó la mirada por encima del hombro de Madison, buscando el origen de la voz.
Y lo vio.
Un hombre alto, de complexión amplia y atlética, cabello rubio impecablemente peinado y una elegancia innata que emanaba poder y confianza. Su presencia no necesitaba imponerse a la fuerza; simplemente ocupaba el espacio como si le perteneciera por derecho, proyectando una autoridad silenciosa que intimidaba a cualquiera que se atreviera a desafiarlo. Caminaba con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sereno y seguro de sí mismo, como quien sabe que nadie se atreverá a cuestionar sus acciones.
El primogénito.
Kennedy lo supo al instante, reconociendo el aura de poder y control que emanaba de su ser.
Pero lo que realmente lo desconcertó no fue la aparición de aquel hombre en sí.
Fue la reacción de ella.
Madison se había puesto rígida como una tabla, tensa como una cuerda a punto de romperse.
La rebeldía y el desafío que había irradiado minutos antes se habían evaporado de su cuerpo como humo, reemplazados por una vulnerabilidad aterradora. Su espalda se enderezó de golpe, sus hombros se tensaron, sus manos se aferraron con fuerza al tejido del vestido floral,como si aquel gesto fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad. Sus ojos color avellana —esos mismos ojos que minutos antes lo habían incendiado con su furia— ahora estaban llenos de algo completamente distinto: miedo.
Un temblor leve, casi imperceptible, recorrió sus hombros, revelando su fragilidad oculta.
Kennedy lo vio todo, analizando cada detalle con su mente analítica.
—Hermano —dijo el hombre al llegar frente a ellos, interrumpiendo el tenso silencio con una sonrisa calculada y extendiendo su mano hacia Kennedy como si fuera un gesto de cortesía—. Soy Alexander Beckham.
Su apretón de manos fue firme y seguro, transmitiendo su dominio y su autoridad.
Demasiado firme.
—Un placer —respondió Kennedy, correspondiendo al apretón con la misma intensidad, sin apartar la mirada de Madison, como si pudiera leer sus pensamientos.
Alexander giró entonces hacia ella, invadiendo su espacio personal con una familiaridad posesiva.
—¿Otra vez causando escenas, hermanita? —le dijo con un tono suave y melodioso, casi afectuoso, pero con un matiz de reproche—. Siempre tan… intensa.
Madison esbozó una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos, una máscara aprendida para complacer a su opresor.
No fue una sonrisa real, nacida de la alegría o la felicidad.
Fue un reflejo condicionado, un mecanismo de defensa para sobrevivir.
—Solo hablábamos, Alexander —murmuró, acercándose a él como buscando refugio.
Alexander la rodeó con un brazo, atrayéndola hacia su cuerpo con una posesividad territorial.
Demasiado cerca.
Demasiado posesivo.
Kennedy sintió algo parecido a una incomodidad que no supo definir, un instinto primario que le alertaba de un peligro inminente. No eran celos ni deseos románticos. Era la intuición de que algo en esa escena estaba profundamente mal.
Madison se dejó abrazar, sometiéndose al control de su hermano.
Pero su cuerpo no se relajó, permaneciendo tenso y alerta como un animal salvaje enjaulado.
Alexander apoyó la barbilla sobre la cabeza de Madison, como si la protegiera de cualquier amenaza externa, y al mismo tiempo levantó la vista para clavar sus ojos avellana en los de Kennedy, transmitiendo un mensaje silencioso y amenazante.
Una advertencia clara y contundente.
Ella es mía, Kennedy. Aléjate de ella.
Kennedy apretó la mandíbula, sintiendo la rabia apoderándose de él.
Ridículo.
Absolutamente ridículo.
—Mi hermana es… temperamental, como ya habrás podido comprobar —continuó Alexander, acariciándole el hombro con una lentitud deliberada que a Kennedy le resultó perturbadora e incorrecta—. Pero sabe comportarse como es debido cuando la situación lo requiere. No te dará problemas, te lo aseguro.
Madison permaneció en silencio, sumisa y obediente, sin atreverse a contradecir las palabras de su hermano.
No se movió, ni siquiera pestañeó.
Solo sostuvo la mirada de Kennedy por un segundo fugaz, transmitiendo un mensaje oculto en el brillo de sus ojos.
Y en esos ojos, Kennedy vio algo que no había visto antes, algo que lo perturbó hasta lo más profundo de su ser.
Una súplica muda, implorando su ayuda.
Un reto desesperado, incitándolo a desafiar a su opresor.
Un secreto oscuro y aterrador que gritaba en silencio, revelando la verdadera naturaleza de su cautiverio.
Alexander sonrió de nuevo, con la confianza de quien cree tener todas las cartas en su poder.
—Estoy seguro de que sabrán entenderse a la perfección, Kennedy —dijo, con un tono que sonaba más a una amenaza que a una promesa—. Al fin y al cabo… ahora son familia.
Kennedy no respondió a su saludo, sintiendo la falsedad de sus palabras como una bofetada en la cara.
Porque por primera vez desde que había pisado aquella mansión maldita, entendió algo con una claridad brutal y perturbadora:
El matrimonio no era el mayor peligro que acechaba en las sombras.
La familia Beckham era el verdadero monstruo, un nido de víboras en el que cada miembro representaba una amenaza.
Y Madison…
Madison estaba atrapada en una red mucho más grande, mucho más oscura y perversa de lo quecualquiera había querido admitir hasta entonces, condenada a vivir una vida de sumisión y sufrimiento.
Y por primera vez, Kennedy Douglas sintió que no había entrado en un simple trato comercial.
Había entrado en una guerra.