Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 22: El Murmullo de las Sombras
La caída de los Mizushima fue el escándalo del año en Tokio, pero para Haru, el ruido de las noticias era solo un eco lejano. En el ático de Kaito, el silencio había dejado de ser opresivo para convertirse en un lienzo en blanco.
Haru pasaba horas en su nuevo estudio. Su mano derecha, aunque todavía débil, empezaba a recuperar movilidad gracias a las terapias, pero seguía prefiriendo la libertad caótica de su mano izquierda. Estaba preparando su primera colección para una galería privada que Kaito había organizado.
—Te ves concentrado —dijo Kaito, entrando con dos copas de vino. Se detuvo a observar el cuadro: era una abstracción de grises y blancos, con una única línea roja que cruzaba el centro.
—Es el silencio antes de la tormenta —respondió Haru, sonriendo levemente. Se sentía seguro. Ren estaba "desaparecido" y bajo busca y captura, y Kaito había reforzado la seguridad a niveles impenetrables.
Sin embargo, esa misma noche, el primer "regalo" llegó.
Kaito estaba en una reunión de negocios y Haru se había quedado solo con Hana y los guardias en el piso inferior. Al entrar en su estudio para limpiar sus pinceles, Haru se quedó paralizado.
Sobre su caballete, justo encima de la pintura fresca, había una pequeña flor de jazmín blanca.
Haru sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. El jazmín era la flor favorita de su madre, pero también era el aroma que Ren usaba en su oficina. Nadie en la casa de Kaito sabía ese detalle. Para Kaito, solo era una flor; para Haru, era una marca de propiedad.
—¿Hana? —llamó Haru con la voz temblorosa.
La mujer entró de inmediato. —¿Qué sucede, Haru-sama?
—¿Quién trajo esta flor aquí?
Hana frunció el ceño, inspeccionando la habitación. —Nadie ha entrado, Haru-sama. Los sensores de movimiento no han registrado nada y los guardias están en la puerta. Puede que... se haya caído de alguno de los arreglos florales del salón.
—No hay jazmines en los arreglos de Kaito —susurró Haru, pero no insistió. No quería parecer paranoico.
Dos días después, el acoso subió de nivel.
Haru estaba tomando un baño caliente mientras esperaba a Kaito. Al salir, encontró que el espejo del baño estaba empañado por el vapor, pero alguien había escrito algo con el dedo sobre el cristal.
"Todavía hueles a mí".
Haru retrocedió, tropezando con la alfombra, y soltó un grito ahogado. Esa era una frase que Ren le susurraba al oído cada vez que lo obligaba a usar el perfume que él elegía. Era un secreto entre ellos, una humillación que Haru nunca le había contado a Kaito por vergüenza.
Kaito entró corriendo en el baño, con el arma en la mano, alertado por el ruido.
—¡Haru! ¿Qué pasa?
Haru señaló el espejo, temblando violentamente. Pero para cuando Kaito miró, las gotas de agua condensada habían resbalado por el cristal, borrando las letras y dejando solo trazos borrosos que parecían manchas naturales del vapor.
—No hay nada, Haru... estás agotado —dijo Kaito, envolviéndolo en una toalla y abrazándolo—. Has estado pintando diez horas al día. El trauma te está jugando pasadas.
—No, Kaito... yo lo vi. Estaba escrito —sollozó Haru, aferrándose a él—. Él está aquí. De alguna forma, él entra.
Kaito revisó personalmente cada cámara de seguridad. No había nadie. No había brechas. Empezó a preocuparse, pero no por la seguridad, sino por la salud mental de Haru. Pensó que los restos del abuso de Ren estaban provocando alucinaciones visuales.
La semana de la exposición llegó. La galería era un espacio minimalista en Ginza. Haru estaba elegante, vestido con un traje de seda oscura que Kaito le había regalado. Se sentía orgulloso, rodeado de sus cuadros.
Mientras hablaba con un crítico de arte, un camarero pasó a su lado y le entregó una nota en una bandeja de plata. —Un caballero dijo que esto se le cayó, señor.
Haru abrió la nota con curiosidad. Su rostro se volvió de papel.
Dentro no había palabras. Solo había un pequeño trozo de tela de encaje. Era el retazo de la camisa que Haru llevaba puesta la noche que Ren le rompió la mano. Haru la había dado por perdida en la villa de los Mizushima.
Haru miró a su alrededor, desesperado. Cientos de personas con máscaras de cortesía, risas y copas de champán. Cualquiera de ellos podía ser Ren. O un enviado suyo.
Buscó a Kaito con la mirada, pero el alfa estaba al otro lado del salón, hablando con unos inversores. Haru sintió que el pánico lo asfixiaba. Se refugió en el baño de la galería, cerrando la puerta con seguro. Intentó recuperar el aliento, lavándose la cara con agua fría.
Al levantar la vista hacia el espejo, vio que en el borde del lavabo había un pequeño bote de pintura al óleo. Era el color exacto que Haru usaba para sus sombras: Negro Marfil.
Haru abrió el bote con manos temblorosas. Dentro no había pintura. Había un diente humano. Un premolar.
Haru recordó el día que Ren le dio un golpe tan fuerte que perdió un diente, y cómo Ren lo obligó a buscarlo en el suelo mientras se reía, diciendo que "guardaría un pedazo de él para siempre".
En ese momento, las luces de la galería parpadearon. Haru escuchó un susurro que parecía venir de las rejillas de ventilación, una voz suave, culta y perversa que conocía demasiado bien:
—¿De verdad creíste que un Kuroda podría protegerte de tus propios recuerdos, Haru? Estás pintando con mi sangre. Cada trazo que das, me pertenece.
Haru salió del baño gritando el nombre de Kaito, pero cuando Kaito y los guardias llegaron, el baño estaba vacío. El bote de pintura había desaparecido. No había rastro de la nota ni de la tela.
—¡Haru, basta! —dijo Kaito, tomándolo por los hombros con firmeza—. No hay nada aquí. He registrado a cada invitado. Ren no está.
—¡Él estuvo aquí! ¡Me habló! —gritó Haru, con las lágrimas arruinando su maquillaje—. ¡Kaito, por favor, créeme! ¡Me está volviendo loco!
Kaito miró a Hana con una expresión de dolor. Empezaba a creer que el daño que Ren le hizo a Haru era permanente, que la mente del omega se estaba rompiendo bajo el peso de la libertad.
Lo que Kaito no sabía era que, en el edificio de enfrente, Ren Ichijō observaba la escena a través de unos binoculares, sonriendo. No necesitaba entrar en el ático. Había sobornado a uno de los proveedores de limpieza de Kaito meses atrás, y conocía los pasadizos de servicio del edificio mejor que el propio dueño.
Ren no quería llevarse a Haru todavía. Quería que Haru dejara de confiar en Kaito. Quería que Kaito pensara que Haru estaba loco.
Quería que Haru volviera a él por su propia voluntad, buscando el único lugar donde su locura fuera aceptada.