La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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III- la marca del cazador
Clara:
Valentina me sujetó la muñeca con una fuerza que me hizo soltar un pequeño gemido de sorpresa. Sus ojos, siempre cargados de una chispa de rebeldía y astucia, se abrieron de par en par. La risa que hace un segundo llenaba la florería se extinguió, reemplazada por un silencio tenso que solo era roto por el zumbido de los refrigeradores.
—Un momento... —su voz bajó de tono, volviéndose peligrosamente seria—. ¿Qué demonios es esto, Clara? ¿Quién te ha regalado una piedra que vale más que todo mi apartamento y el de los vecinos juntos?
Sentí que el rostro me ardía. Intenté retirar la mano, pero ella no me soltó. La esmeralda brillaba bajo la luz fluorescente de la tienda con una intensidad casi hipnótica, como si tuviera vida propia.
—Fue... fue un cliente —balbuceé, buscando desesperadamente las palabras adecuadas—. Un hombre que vino ayer. Fue muy grosero al principio, pero hoy regresó para... para disculparse.
Valentina soltó una carcajada seca, llena de incredulidad. Me soltó la mano y empezó a caminar de un lado a otro entre los estantes de orquídeas, como un detective analizando una escena del crimen.
—¿Disculparse? Niña, la gente se disculpa con una caja de bombones o un ramo de tus propias flores —dijo, señalando la joya con un gesto exagerado—. No regalan esmeraldas de este calibre a una desconocida a menos que quieran comprar su alma o algo mucho más turbio. ¿Cómo se llama?
—Alessio —susurré. El nombre se sintió pesado en mi lengua, como si invocarlo fuera a hacerlo aparecer de nuevo en la entrada.
—¿Alessio qué? —insistió ella, cruzándose de brazos sobre su chaqueta de cuero.
—No me lo dijo. Solo "Alessio". Es alto, muy imponente... tiene unos ojos verdes que parecen ver a través de ti. Y una cicatriz en el cuello que se pierde bajo su camisa.
Valentina se quedó callada un momento, procesando la descripción. Su expresión de diversión se transformó en una mueca de preocupación que me puso los pelos de punta. Ella conoce el lado oscuro de la ciudad mucho mejor que yo; trabaja de noche y sabe qué nombres no deben pronunciarse en voz alta.
—Escúchame bien, Clara —se acercó y me puso las manos sobre los hombros, obligándome a mirarla—. Un tipo así, con ese nivel de dinero y esa actitud... no es un príncipe azul. Es un tiburón. Esa piedra en tu dedo no es un regalo, es una marca.
—No seas exagerada, Val —traté de sonreír, aunque el corazón me latía con fuerza—. Solo fue amable. Me pidió que me lo pusiera para ver cómo me quedaba.
—¿Y tú se lo permitiste? —me miró con asco, pero no hacia mí, sino hacia la situación—. Es un depredador, lo huelo desde aquí. Esos tipos no dan nada gratis. ¿Te pidió algo a cambio? ¿Tu número? ¿Una cita?
—Nada —respondí, recordando la frialdad con la que se marchó después de dejar los billetes en el mostrador—. Solo compró los lirios, me dio el anillo y se fue sin decir una palabra más. Ni siquiera se despidió.
Valentina suspiró, frotándose las sienes.
—Eso es lo que más me asusta. El silencio. Mañana mismo vamos a ir a la joyería de mi tío en el centro. Quiero saber qué tan real es esa piedra y si tiene algún tipo de grabado. No me gusta esto, Clara. Siento que te estás metiendo en un nido de víboras sin darte cuenta.
Miré de nuevo el anillo. El verde de la esmeralda era idéntico al color de los ojos de Alessio. Por un segundo, sentí una calidez extraña, como si él estuviera allí mismo, vigilándome. Pero luego, el escalofrío de antes regresó con más fuerza.
—Está bien —accedí, aunque una parte de mí no quería quitárselo—. Mañana iremos.
Valentina me dio un abrazo rápido, tratando de calmarme, pero sus ojos seguían fijos en la puerta de cristal, como si esperara que el dueño de la joya apareciera en cualquier momento.
(al dia siguiente)
Alessio:
Eran las seis de la mañana y el sol apenas empezaba a lamer las paredes de mármol de la mansión, pero yo sentía que llevaba siglos despierto. No había pegado el ojo. Cada vez que cerraba los párpados, veía el verde de esa esmeralda y el temblor en las manos de Clara.
Caminaba de un lado a otro en mi estudio, un espacio que ahora apestaba a ceniza acumulada y al aroma residual de los lirios que ayer aplasté. Mi paciencia se había evaporado hacía horas. Enzo era el mejor, sí, pero su tardanza me estaba provocando un tic violento en la mandíbula.
—¿Dónde diablos estás, Enzo? —gruñí para mis adentros, lanzando el cigarrillo a medio terminar al cenicero de cristal.
Revisé el teléfono por quincuagésima vez. El punto rojo del rastreador seguía estático en la ubicación de la florería. Ella dormía. Probablemente soñaba con flores y cosas estúpidas, sin saber que su vida entera estaba a punto de ser volcada sobre mi escritorio en una carpeta de cuero.
Escuché pasos en el pasillo. No eran los de Enzo. Eran firmes, pesados, cargados de una autoridad que reconocería en el mismísimo infierno. La puerta se abrió y mi padre, Maximiliano, entró con su habitual elegancia peligrosa. Su cabello plateado brillaba bajo la luz fría de la mañana. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis ojeras y en mi estado de agitación.
—Sigues despierto —no fue una pregunta, fue una observación gélida—. Espero que sea por negocios de la Orden y no por esa fijación de colegial que tiene a tu madre de mal humor.
—Estoy trabajando, papá —mentí, sosteniéndole la mirada. Sabía que él podía oler la mentira a kilómetros, pero no iba a doblarme.
—Trabajar implica resultados, Alessio. No dar vueltas como un animal enjaulado —se acercó a mi escritorio y vio el teléfono encendido con el mapa—. Si esa chica se convierte en un problema para la estabilidad de esta casa, yo mismo me encargaré de borrar el problema. Y sabes que no me refiero a mandarla de viaje.
Sentí una punzada de rabia pura, pero antes de que pudiera responder, un golpe seco en la puerta nos interrumpió. Enzo entró, con el rostro inexpresivo y una carpeta negra bajo el brazo. Se detuvo al ver a mi padre, dudando por un segundo.
—Déjanos —le ordené a Enzo, señalando el sofá del rincón, pero mi padre no se movió.
—Se queda —dijo Maximiliano con una voz que no admitía réplica—. Quiero ver qué es lo que tiene a mi heredero tan... distraído.
Enzo me miró buscando aprobación. Asentí con un gesto brusco, tragándome el orgullo. Enzo dejó la carpeta sobre la mesa y la abrió. Fotos, documentos de identidad, registros académicos. Ahí estaba ella. Clara Rossetti.
—Veintidós años cumplidos en mayo —empezó Enzo, con voz monótona—. Vive sola en el apartamento superior de la florería. Huérfana de padre y madre desde los dieciocho; un accidente de coche que la dejó con una deuda que apenas terminó de pagar el año pasado. No tiene hermanos. No tiene novio conocido, aunque tiene una amiga cercana, Valentina, que trabaja en un club nocturno como barman.
Pasé las fotos con avidez. Una de ella saliendo de la universidad con libros bajo el brazo. Estudia Historia del Arte, un grado que no sirve para nada en mi mundo, pero que en ella parecía encajar perfectamente.
—Come en un puesto de pasta a dos manzanas de su tienda casi todos los días —continuó Enzo—. Su segundo color favorito es el amarillo girasol. Detesta el picante. Y cada domingo visita el cementerio de San Lorenzo. Es una vida... dolorosamente normal, señor.
—Normal —repetí, saboreando la palabra como si fuera veneno—. Es perfecta.
—Es una pérdida de tiempo —sentenció mi padre, echando un vistazo despectivo a las fotos—. No hay conexiones, no hay dinero, no hay influencia. Es una hormiga, Alessio. Y tú estás gastando recursos de la Orden en estudiar su hormiguero.
—No es una pérdida de tiempo si yo decido que no lo es —le espeté, cerrando la carpeta de golpe—. Ahora sé exactamente dónde encontrarla, qué le asusta y qué la hace sonreír. Sé cómo romperla, papá.
Maximiliano me miró con una mezcla de lástima y advertencia.—Ten cuidado. Las cosas pequeñas son las más fáciles de aplastar, pero también las que más ensucian cuando lo haces. No dejes que tu madre vea esto, o la tumba que te prometió ayer empezará a cavarse hoy mismo.
Mi padre salió del estudio, dejándome a solas con Enzo y la vida de Clara esparcida sobre mi mesa. Me senté en mi silla, sintiendo una satisfacción enfermiza. Veintidós años. Historia del arte. Amarillos y verdes.
Ahora no era solo un punto rojo en un mapa. Ahora era un rompecabezas que yo tenía el placer de armar y desarmar a mi antojo.
—Enzo, retírate —dije sin mirarlo—. Y prepara el coche. Hoy quiero hacerle una visita a la universidad. Quiero ver cómo se ve rodeada de gente normal antes de recordarle que su mundo ahora gravita alrededor del mío.
Apenas Enzo cruzó el umbral de la puerta, un aire gélido invadió el estudio. No era mi padre de nuevo. Era ella. María. Entró como una ráfaga de viento antes de una tormenta, con esa elegancia que oculta una fuerza volcánica.
Sus ojos verde olivo, idénticos a los míos pero cargados de una furia ancestral, se clavaron directamente en la carpeta negra que Enzo acababa de dejar sobre mi escritorio. No me dio tiempo ni de reaccionar.
—¡Mamá, sal de aquí! —exclamé, intentando cubrir los papeles con las manos, pero fue tarde.
Con un movimiento felino y preciso, me apartó el brazo de un manotazo y arrebató la carpeta. Sus ojos recorrieron las fotos de Clara, los datos de la universidad, el registro de sus padres fallecidos. Vi cómo su mandíbula se apretaba tanto que temí que se le rompieran los dientes.
—¡Eres un maldito animal, Alessio! —gritó, su voz retumbando en las paredes de madera—. ¡Un enfermo, un acosador de alcantarilla! ¿Esto es lo que haces con el apellido que te dimos? ¿Acechar a una huérfana de veintidós años como si fuera una pieza de caza?
—¡Es mi asunto! ¡Devuélveme eso! —rugí, levantándome del asiento, pero ella ya estaba a mitad de camino hacia la puerta, caminando a paso rápido, con la carpeta apretada contra su pecho como si fuera evidencia criminal.
La seguí por el pasillo, soltando insultos, hirviendo de rabia. Llegamos al salón principal, donde la chimenea de mármol mantenía un fuego vivo desde la madrugada. María se detuvo en seco frente a las llamas y se giró hacia mí, con el rostro encendido por el odio y la decepción.
—¡Te dije que dejaras esta mierda, pero no entiendes nunca! —bramó, su voz quebrando el silencio de la mansión—. ¡Eres un patán sin honor! ¡No vas a arrastrar a esta familia al fango de tus perversiones!
Sin dudarlo un segundo, abrió la carpeta y lanzó el fajo de papeles directamente al corazón del fuego.
—¡NO! —grité, lanzándome hacia adelante, pero el calor me hizo retroceder.
Me quedé paralizado, viendo cómo las fotos de Clara se retorcían bajo el abrazo de las llamas. Vi su rostro en la universidad volverse ceniza negra; vi el registro de su dirección deshacerse en chispas. El trabajo de Enzo, mi mapa detallado de su vida, se convirtió en humo en cuestión de segundos.
—Si vuelvo a ver un solo rastro de esa chica en esta casa —me siseó María, señalándome con un dedo tembloroso por la ira—, te juro por mi propia vida que te enviaré a la frontera con los perros y no volverás a ver la luz del sol en Italia. ¡Aprende a ser un hombre o lárgate de mi vista!
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome allí, de pie frente a la chimenea, con el reflejo de las llamas bailando en mis ojos. Me sentía humillado, expuesto, como un niño al que le han quitado su juguete favorito.
Apreté los puños hasta que las uñas me lastimaron las palmas. Ella creía que quemando esos papeles borraba a Clara de mi mente. Qué estúpida. No necesitaba los papeles. Ya me sabía su nombre, su edad y su dirección de memoria.
Y sobre todo... todavía tenía el rastreador en mi teléfono.
Miré la pantalla una última vez antes de guardarla. El punto rojo seguía ahí. Mamá podía quemar el papel, pero no podía quemar el GPS que llevaba puesto en el dedo.
El fuego de la chimenea seguía rugiendo a mis espaldas, pero el incendio que tenía por dentro era mucho más destructivo. El olor a papel quemado —a la vida de Clara hecha cenizas— se me metió por la nariz y me revolvió las entrañas. Mi madre creía que me había ganado, creía que con ese gesto melodramático me iba a meter en cintura.
Qué poco me conoce.
Salí de la mansión como un demonio expulsado del cielo. No me importó que fueran las ocho de la mañana ni que Bianca me viera salir con los ojos inyectados en sangre. Subí a mi coche, el motor rugió como una bestia herida y quemé neumático hasta que el humo blanco cubrió el camino.
Necesitaba verla. Necesitaba confirmar que ella seguía siendo real y no solo un montón de cenizas en el salón de mis padres. Necesitaba que sintiera mi sombra de nuevo para recordarme a mí mismo que sigo siendo el dueño del tablero.
Conduje como un maníaco por las calles de la ciudad, ignorando semáforos y cualquier rastro de cordura. Cuando frené en seco frente a L’Anima dei Fiori, el chirrido de los frenos fue lo único que rompió el silencio de la calle. Pero algo estaba mal. Demasiado mal.
Las luces estaban apagadas. Las persianas metálicas, a medio bajar. Y pegado en el cristal de la puerta, un cartel de cartulina blanca con una caligrafía impecable que me dio un puñetazo en el estómago:
"Se informa a nuestra distinguida clientela que, por motivos de índole personal y de fuerza mayor, este establecimiento permanecerá cerrado durante la jornada del día de hoy. Lamentamos los inconvenientes causados."
—¿Asuntos personales? —mascullé, sintiendo que la furia me nublaba la vista—. ¿Qué malditos asuntos personales tienes tú que no pasen por mi permiso?
Golpeé el cristal con la palma de la mano, haciendo que toda la estructura vibrara. Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, alimentada por la paranoia. ¿Había huido? ¿Su amiga la "barman" la había convencido de largarse? ¿O acaso mi madre, en su infinita capacidad para joder mi vida, ya había enviado a alguien para sacarla de mi alcance?
Saqué el teléfono con manos temblorosas de pura rabia. Abrí la aplicación del rastreador. El punto rojo no se había movido. Seguía ahí, arriba de la tienda, en su apartamento.
—Estás ahí arriba, ratoncito —susurré, con una sonrisa que no tenía nada de humana—. Estás encerrada en tu agujero mientras yo me consumo aquí afuera.
La furia prendió con más fuerza. El hecho de que se hubiera tomado la libertad de no abrir, de cambiar su rutina sin que yo lo supiera por la investigación de Enzo, me hacía sentir que perdía el control. Y un Veraldi nunca pierde el control sin quemar todo a su paso.
Miré hacia la ventana del piso de arriba. Las cortinas estaban cerradas. Me senté de nuevo en el coche, pero no arranqué. Me quedé allí, vigilando, con el motor encendido y el corazón latiendo como un tambor de guerra. Si no venía a la tienda, yo iría a su puerta. Mamá me prohibió tocarla, pero no dijo nada de no dejarla dormir.
Saqué un cigarrillo, lo encendí y me dispuse a esperar. Si Clara Rossetti creía que un cartel profesional la iba a proteger de mi presencia, estaba a punto de aprender que para mí, las puertas cerradas solo son una invitación para entrar por la fuerza.
El humo del cigarrillo llenaba la cabina del coche, volviéndose denso y pesado, casi tanto como la rabia que me subía por la garganta al leer ese estúpido cartel de «asuntos personales». Estaba a punto de bajarme y echar la puerta abajo de una patada cuando el teléfono vibró en mi mano.
Era un mensaje de Enzo.
«Hay algo que no estaba en la carpeta quemada, Alessio. Algo urgente sobre su "asunto personal". No es una ausencia cualquiera. Mira tu pantalla.»
—¿Qué demonios...? —mascullé, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Cambié rápidamente a la aplicación del rastreador. Mis ojos se clavaron en el mapa, buscando ese pequeño y glorioso punto rojo que me daba el control sobre su existencia. Estaba ahí, justo encima de la florería, en su habitación. Estable. Fijo.
Y de repente, ocurrió.
El punto parpadeó una vez. Dos veces. Y luego, como si una vela hubiera sido apagada de un soplido, desapareció. El mapa se quedó vacío, mostrando solo las calles grises y desiertas de una ciudad que se burlaba de mí.
—¡NO! —rugí, golpeando el salpicadero con el puño—. ¡No, no, no!
Actualicé la aplicación con desesperación, mis dedos golpeando la pantalla con una fuerza que amenazaba con romper el cristal. Nada. "Señal perdida", decía el mensaje del sistema. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por mi respiración agitada y el rugido del motor de Belial en el asiento trasero, que pareció detectar mi súbito instinto de muerte.
Le habían quitado el anillo. Alguien se lo había arrancado o ella, por alguna razón, se lo había despojado.
La furia que sentía antes no era nada comparada con este vacío eléctrico. Perderla de vista era como si me hubieran arrancado los ojos. ¿Quién se atrevía? ¿Esa amiga barman? ¿O es que mi madre había enviado a alguien mientras yo quemaba los segundos en el semáforo?
Lancé el teléfono al asiento del copiloto y salí del coche sin siquiera apagar el motor. Me importaba un bledo si alguien me veía. Subí los escalones del portal lateral que llevaba a los apartamentos con la agilidad de un depredador. La puerta principal estaba cerrada, pero para un Veraldi, una cerradura estándar es un insulto a la inteligencia.
Saqué la navaja táctica que siempre llevo en el bolsillo trasero y, con dos movimientos secos y violentos, forcé el mecanismo. La madera crujió, pero no me detuve. Subí las escaleras de dos en dos, con la mano buscando instintivamente el arma que llevaba oculta en la cintura.
Si alguien estaba ahí dentro con ella, si alguien le había puesto la mano encima para quitarle mi marca, no saldría vivo de ese edificio. No me importaba la tumba que María me había prometido. Si Clara Rossetti no era mía, no sería de nadie.
Llegué a su puerta. No llamé. No fui suave. Me eché hacia atrás y descargué todo mi peso y mi odio en una patada que hizo saltar el marco de la puerta en mil pedazos.
—¡CLARA! —bramé, entrando en el apartamento como un huracán de cuero y violencia.
Pero lo que encontré dentro me heló la sangre más que cualquier amenaza de mi padre.