León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 11
La madrugada envolvía la habitación en un silencio apenas roto por la respiración acompasada de dos cuerpos que, por primera vez en mucho tiempo, compartían la misma cama. Las primeras luces del alfa aún no se atrevían a entrar por la ventana, y todo permanecía en esa penumbra grisácea que precede al amanecer.
Fue entonces cuando comenzó.
Un quejido ahogado. Un movimiento brusco. Luego otro.
León estaba atrapado en las garras de una pesadalla, su respiración se volvió agitada y pronto las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus sienes mientras dormía. Su cuerpo se tensaba y relajaba en espasmos involuntarios, atrapado en un recuerdo que no quería soltarlo.
En su sueño, todo volvía.
—Eres un omega —la voz de su antiguo jefe resonaba cruel en su memoria—. Solo sirves para los alfas.
Las manos ásperas sobre su piel, la impotencia, el dolor. No importaba cuánto luchara, siempre era igual. Siempre terminaba igual.
Cuando todo terminó, un fajo de billetes cayó sobre su cuerpo desnudo como si eso pudiera pagar lo que le habían arrebatado. Como si su dignidad tuviera precio.
Abuso tras abuso. Maltrato tras maltrato. Cada experiencia grabada a fuego en su alma, construyendo muros cada vez más altos alrededor de su corazón. Los alfas usaban a los omegas a su antojo, y él era solo un objeto más. Una lección aprendida demasiado bien.
León comenzó a sollozar entre sueños, su cuerpo buscando refugio instintivamente, acurrucándose sobre sí mismo en posición fetal.
Mateo se despertó de inmediato.
Sus ojos se abrieron en la penumbra y lo vio: su omega, su León, temblando y llorando mientras dormía. El dolor ajeno lo golpeó como un puñetazo en el estómago.
—¿Tuviste una pesadilla, mi amor? —susurró, sin importar que León no pudiera oírlo, sin importar nada más que calmar ese sufrimiento.
Con una ternura infinita, lo tomó con suavidad y lo acomodó sobre su pecho. Lo envolvió en sus brazos como un escudo viviente contra todos los monstruos del pasado.
—Aquí siempre estarás a salvo —murmuró contra su frente, depositando un beso tan ligero como una promesa—. Siempre.
Las feromonas de Mateo, calmadas y protectoras, comenzaron a envolver a León como una manta cálida. Poco a poco, los temblores cesaron. Las lágrimas se secaron. La respiración agitada encontró un ritmo tranquilo, acompasándose con los latidos del corazón que retumbaba suavemente bajo su oído.
León, aún sin despertar, se aferró instintivamente a esa paz. Por primera vez en años, durmió sin miedo.
...
La luz de la mañana se coló finalmente por las cortinas, acariciando los rostros de los dos cuerpos entrelazados. León fue el primero en despertar, aunque tardó unos segundos en procesar dónde estaba.
Sintió el calor. Sintió los latidos. Sintió el pecho firme bajo su mejilla.
Abrió los ojos y vio a Mateo. Dormido. Pacífico. Hermoso.
El pánico lo golpeó como un baldazo de agua fría.
—¡¿Qué demonios?! —gritó, incorporándose de golpe y retrocediendo hasta casi caerse de la cama.
Mateo se removió, parpadeando soñoliento hasta que su mirada encontró la de León. Una sonrisa tierna apareció en sus labios, como si despertar así fuera el mejor regalo del mundo.
—Buenos días —murmuró con voz ronca—. ¿Por qué no duermes un poco más? No tenemos clases.
—¡No, gracias! —respondió León, cruzando los brazos en un intento de parecer enfadado, aunque su corazón latía desbocado por razones que no quería examinar.
Se quedó en silencio un momento, evaluando su cuerpo con desconfianza. Se tocó los brazos, el pecho, las piernas, buscando alguna señal de...
—¿Hicimos algo? —preguntó finalmente, la voz más pequeña de lo que hubiera querido.
En realidad, no estaba seguro de qué respuesta esperaba. O temía.
Mateo negó con la cabeza, incorporándose también. Su expresión era seria pero dulce, como si entendiera perfectamente la pregunta y todo lo que había detrás.
—No —respondió con firmeza—. No hicimos nada. Jamás me aprovecharía de ti ni de nadie que estuviera bajo la influencia del alcohol.
León sintió un alivio inmenso... y una punzada de algo que no quería identificar. Bajó la mirada y se levantó de la cama con brusquedad, dispuesto a huir antes de que su corazón hiciera alguna estupidez.
Pero una mano lo detuvo.
—Por favor —dijo Mateo, sujetándole la muñeca con suavidad—. Primero desayuna. No puedes irte con el estómago vacío.
León quiso negarse. Quiso soltarse y correr y poner distancia de por medio. Pero su estómago eligió ese momento para emitir un sonido que delataba lo contrario.
A regañadientes, asintió.
...
Mientras caminaban hacia la cocina, León no pudo evitar mirar a su alrededor con los ojos cada vez más abiertos. La mansión era enorme. Pasillos elegantes, cuadros en las paredes, muebles que claramente costaban una fortuna.
Mateo nunca había sido ostentoso. En la universidad vestía normal, comía en la cafetería, se comportaba como uno más. Nunca imaginó que...
—¿Vives aquí? —preguntó, sin poder ocultar su asombro.
—Sí —respondió Mateo con sencillez, como si no fuera para tanto—. Es la casa familiar. Pero no me gusta presumir, por eso nunca lo mencioné.
León asintió en silencio, procesando la información. Un alfa rico, poderoso, respetuoso y tierno. Demasiado perfecto. Tenía que haber trampa.
Llegaron a la cocina, un espacio luminoso y moderno donde el cocinero ya estaba terminando de preparar los alimentos. Cuando León vio lo que había en la mesa, su corazón dio un vuelco.
Tostadas francesas, su favoritas. Frutillas con crema. Jugo de naranja recién exprimido. Todo lo que más le gustaba.
—¿Cómo sabías...? —preguntó, mirando a Mateo con desconcierto.
Mateo se encogió de hombros, sonriendo con timidez.
—Te he visto en la cafetería. Siempre pides lo mismo. Presto atención a las cosas que te gustan.
León no supo qué responder. Se sentó y comenzó a comer en silencio, pero cada bocado sabía a algo que no podía nombrar. Algo cálido. Algo que daba miedo.
Mateo lo miraba desde el otro lado de la mesa con una expresión tan llena de ternura que casi dolía. Sus ojos recorrían cada gesto de León, cada pequeña expresión de placer al probar la comida, cada movimiento.
—No me mires así —protestó León, incómodo—. Es incómodo.
—Lo siento —se disculpó Mateo, aunque su sonrisa no desapareció—. Es que eres tan tierno que no puedo evitarlo.
León sintió que las mejillas le ardían. Bajó la cabeza y se concentró en su plato con renovado interés.
De repente, sintió algo suave en la comisura de los labios. Levantó la vista y vio a Mateo, inclinado sobre la mesa, limpiándole una mancha de crema con una servilleta. El gesto era tan íntimo, tan cuidadoso, que su corazón amenazó con estallar.
—¡Tengo que irme! —exclamó, levantándose tan rápido que la silla casi se cae.
Su rostro era un poema de vergüenza y confusión.
Mateo asintió con calma, sin presionarlo.
—Está bien. Mi chófer te llevará. Y voy a pedirle a las empleadas que te guarden comida.
Lo acompañó hasta la entrada, donde el vehículo ya esperaba. Le entregó una bolsa con alimentos y lo miró con esa misma ternura infinita.
—Adiós —dijo León, subiendo al coche—. Por favor... en el futuro no vuelvas a acercarte a mí.
Las palabras salieron de su boca, pero incluso mientras las decía sintió cómo le desgarraban el pecho. No quería decir eso. No quería alejarlo. Pero el miedo era más fuerte. El miedo a confiar, a creer, a que este alfa fuera diferente y luego demostrar que todos eran iguales.
El auto arrancó y León se quedó mirando por la ventana, con el peso de sus propias palabras aplastándole el corazón.
...
Al día siguiente, León no pudo evitarlo. Cada cinco minutos revisaba su teléfono. ¿Un mensaje? ¿Una llamada? Algo.
Nada.
Mateo no escribió. No llamó. Nada de nada.
—¿Será que fui muy malo con él? —se preguntó en voz alta, odiándose por desear que alguien a quien había rechazado tan duramente siguiera insistiendo.
...
Dos días después, en la universidad.
Compartían una clase, como tantas otras veces. León estaba sentado en su lugar habitual, intentando concentrarse en el profesor, cuando un movimiento en el pasillo llamó su atención.
Un omega se acercaba a Mateo.
Ahora que todos sabían que era un alfa, y de los ricos además, los omegas revoloteaban a su alrededor como mariposas. Pero este en particular parecía decidido.
León lo vio detenerse frente a Mateo, en medio del pasillo, con todo el mundo mirando.
—Eres muy apuesto —dijo el omega, con voz firme y sonrisa coqueta—. Y eres el alfa más tierno y respetuoso que jamás he conocido. ¿Quieres salir conmigo?
León sintió que el mundo se detenía.
Su corazón se encogió. Sus manos comenzaron a sudar. Y desde su asiento, sin poder evitarlo, esperó la respuesta con una mezcla de terror y esperanza absurda.
Porque aunque había dicho que no se acercara, aunque había puesto muros y distancias, en el fondo de su alma solo existía una verdad:
No quería que Mateo dijera que sí.
No quería que mirara a otro como lo miraba a él.
No quería perder lo que, en realidad, nunca había tenido.
Y allí, con el corazón en un puño y los ojos clavados en la escena, León esperó.
espero el siguiente capítulo