Cuando Isabel muere debido a una enfermedad, su alma se transporta al mundo de la última novela que leyó: "La Duquesa Libertina". Ahora, con una segunda oportunidad, Isabel decide tomar control de su destino y cambiar el curso de la historia. Pero lo que no esperaba era que sus padres la obligaran a casarse con un duque sanguinario, misterioso y posesivo. Sin embargo, ella tratará de hacer la suya y no molestarlo, pero él desea otra cosa...
¿Podrá Isabel equilibrar su deseo de libertad con la pasión que la consume?
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Capitulo 16
Cedric estaba por ir a beber un té en el comedor cuando notó a Isabel por salir del ducado con Dalia.
—¿A dónde irás? – preguntó él con voz autoritaria.
Ella se volvió hacía él con una ceja levantada.
—¿Debo informarte de todo? – replicó ella risueña.
—No, no de todo – respondió con los brazos cruzados frente a ella – sólo dime a dónde irás.
Ella resopló.
—Pensaba ir a las ferias, nunca he ido – comentó ella con una mueca.
Cedric asintió en silencio.
—Percival, Leopold – los llamó Cedric, ellos llegaron al instante ante ellos.
—Mi señor – se presentaron ambos con media reverencia.
—Necesito que acompañen a la Duquesa a las ferias, no se alejen de ella – ordenó Cedric ante la incrédula mirada de Isabel.
—¿Y eso por qué? – preguntó indignada, se sentía más bien cómo una prisionera... De nuevo.
—Por qué yo lo digo – respondió él con calma, pero con una voz que no dejaba lugar para réplicas.
Sin decir nada más, se dió la vuelta y se fue al comedor.
Isabel revoleó los ojos, de todos modos no le caían mal esos guardias, recordaba que la habían protegido en el pasado, es solo que no quería que estuvieran reportando sus movimientos cada segundo.
—Bueno, vámonos – les digo a los hombres que la miraban atentos.
Cedric escondido en los pasillos, la observó marcharse con los guardias, su preocupación no era tanto un ataque, más bien no quería que el albino se le acercara nuevamente.
—¡Delia, mira esto! – exclamaba contenta Isabel, enseñándole unos accesorios de feria a la doncella.
Muchos la miraban con curiosidad, notaban que era una noble, y no entendían que hacía ella ahí, o por qué hablaba con tanta familiaridad con los sirvientes.
—Es hermoso mi señora – respondió feliz Dalia.
—Combina con tus ojos – le enseñó los pendientes – te lo regalaré – declaró muy emocionada ella.
Y por más intentos que hacía Dalia en desistir, no pudo contra el entusiasmo de su señora.
—Me muero de hambre, vamos a comer – comentó de pronto Isa señalando un restaurante.
Cuando estaba entrando, notó que los guardias y Dalia se quedaban afuera y no entraban con ella.
—¿Por qué se quedan ahí?, vengan conmigo – pidió ella sin comprender.
Los guardias se miraron entre ellos.
—Mi señora, este restaurante es solo para nobles – explicó tranquilo Leopold.
—Además, está mal visto que una mujer noble comparta mesa con sus sirvientes – comentó avergonzada Dalia.
—¡¿Qué sandeces son esas?! – exclamó Isabel demasiado fuerte debido a la sorpresa, obteniendo muchas miradas de alrededor.
—Mi señora, no sé haga problema, nosotros la esperamos – pidió con una sonrisa cálida Percival.
—¡No! – se negó ella firme – han estado caminando por horas conmigo, deben estar hambrientos al igual que yo – tomó la mano de Dalia y Leopold y los arrastró consigo al restaurante.
—Mi señora, todos nos están mirando – comentó insegura Dalia.
—Mejor, para que aprendan – convino Isabel orgullosa.
Ella hizo que sus guardias y doncella se sentarán con ella en la misma mesa, estaban nerviosos y apenados, pero aun así el corazón les latía fuerte por la emoción de lo vivido, por ser defendidos y enaltecidos como personas.
—Pidan lo que deseen comer, después de todo el Duque paga – rio a las carcajadas Isabel.
Los guardias no aguantaron y estallaron en risas también.
—Si ese es el caso – comentó riendo Percival – yo quiero estos cuatro platos – señaló los más caros del menú.
Luego de comer entre charlas y risas armoniosas, sin prestarles atención a los comentarios bajos o miradas indiscretas, se fueron todos juntos a una tienda unisex.
Isabel y Dalia se probaron muchos vestidos y los guardias opinaban con toda la confianza.
Después de eso, Isabel los hizo cambiarse a ellos también, aunque no quisieron hacerlo a la vez para que al menos uno se quedara montando guardia por si acaso.
De esa manera pasaron toda la tarde cómo un grupo de amigos.
Justo cuando estaban volviendo al ducado, Isabel reconoció a alguien, un frío gélido le recorrió el cuerpo.
—¡Miren quién está aquí! – exclamó él acercándose a ella con su amigo.
—Mi señora, ¿lo conoce? – preguntó Leopold al notar la palidez en su rostro.
—¿Qué si me conoce? – replicó riendo – ¡soy su hermano! – exclamó Vincent hablándole de forma despectiva al guardia.
Vincent se acercó demasiado a Isabel que estaba algo shockeada, la tomó el brazo acariciándolo de forma inapropiada.
A ella le dieron náuseas al instante.
—¿Estás sola y aburrida?, ¿por eso paseas con sirvientes sin tu marido? – le susurraba en el oído con voz ronca – ¿por qué no vienes conmigo y mi amigo?, te haremos pasar un buen rato – propuso descaradamente él.
Isabel de repente se dió cuenta de que ya no era la misma niña que él podía acosar siempre sin tener consecuencias, ahora ella era la Duquesa, y debían respetarla, además estaban en público y con sus guardias.
—Disculpe joven Everly – se alejó de él firme – pero cuando se dirija hacia mí, debe hacerlo con respeto, ahora soy la Duquesa Winslow – advirtió ella con el mentón arriba.
Vincent se puso rojo de la ira, ¿qué se creía ahora?.
—Yo soy tu hermano y te puedo tratar cómo quiera – replicó él enfurecido.
—Le recomiendo alejarse de mi señora si no desea consecuencias – advirtió Percival, se había alejado un poco para buscar el carruaje, pero al volver se encontró al tipo del que tuvo que salvar a su señora.
Vincent lo reconoció al instante, pero ahora se sentía más seguro.
—Y tú cuida tus palabras que no eres nada más que un simple guardia – amenazó Vincent señalándolo con el dedo.
—A mís hombre no les hablas así – se interpuso Isabel furiosa – y menos un simple cucaracho abusivo.
—¡Enséñale modales a esa mugrosa! – exclamó el amigo de Vincent, metiendo leña al fuego.
Los guardias se colocaron frente a Isabel a modo de defensa, y justo cuando se estaban por largar a pelear, sintieron una voz autoritaria detrás de ellos.
—¿A quién hay que enseñarle qué? – preguntó Cedric, sus ojos estaban brillando en rojo, su voz era gélida y terriblemente hostili, desprendía un aura asesina tremenda.
Los chicos estaban aterrorizados.