La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
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sensaciones simples
Volvemos a sentarnos junto al lago como si nada hubiera pasado, que es la mentira más grande que ambos aceptamos sin discutir. La roca está fría ahora, o tal vez soy yo la que sigue demasiado consciente de cada centímetro de piel. Me abrazo las rodillas y miro el agua, intentando recuperar algo parecido a la compostura.
Kael se sienta a mi lado. No tan cerca como antes. Lo suficiente para no invadir me. Lo suficiente para que no me sienta abandonada.
Silencio.
No incómodo. Solo expectante.
—Puedo hacerte una pregunta —digo al fin, sin mirarlo.
—Puedes hacerme muchas —responde—. No prometo responderlas todas.
—Eso suena exactamente a lo que diría alguien con secretos.
—Lo es.
Giro la cabeza hacia él.
—¿Eres soldado?
Parpadea una vez. Solo una. Pero lo noto.
—No.
—¿Mercenario?
—Tampoco.
Frunzo el ceño.
—Entonces, ¿qué eres?
Inclina la cabeza y mira el lago.
—Alguien que ha peleado demasiadas guerras para llevar uniforme —dice—. Y que no vende su espada al mejor postor.
—Eso no aclara nada.
—No pretendía hacerlo.
Resoplo.
—¿Siempre hablas así o es parte de tu encanto misterioso?
—Solo cuando quiero que alguien se quede un poco más.
Lo miro con incredulidad.
—Eso fue descarado.
—Lo sé.
Me apoyo hacia atrás con las manos.
—¿Y luchas por qué, entonces? ¿Por ideales? ¿Por dinero? ¿Por diversión?
Kael me observa en silencio unos segundos. Luego habla más bajo.
—Por equilibrio.
—Eso suena peligrosamente a excusa de villano.
—Los villanos también creen tener razón.
—Genial. Exactamente lo que quería escuchar.
Sonríe. O al menos sus ojos lo hacen.
—¿Te asusta?
—Me intriga —respondo—. Que es peor.
Se inclina un poco hacia mí.
—No te haría daño, Lilith.
—No me llames así —digo automáticamente, pero mi voz pierde fuerza.
—Entonces dime cómo llamarte cuando no estás fingiendo ser una duquesa perfecta.
Abro la boca. La cierro.
—Lithya —digo al fin—. Me llamo Lithya.
Asiente, como si ya lo supiera desde siempre.
—Bien, Lithya.
Hay algo distinto en cómo dice mi nombre esta vez. Más real. Más cercano.
—Kael —digo—. ¿Por qué te cubres el rostro?
No responde de inmediato. Su mano sube lentamente hasta la máscara. Se detiene.
—Porque cuando no lo hago —dice—, las cosas cambian.
—¿Para quién?
—Para ambos.
Mi corazón da un salto que no autorizo.
—No tienes que —añado—. No te lo pedí.
—Lo sé.
Se gira hacia mí. Sus dedos rozan la máscara otra vez.
—Pero quiero hacerlo.
Trago saliva.
—Kael…
No termino la frase.
Se quita la máscara.
El gesto es simple. Sin dramatismo. Sin anuncio. Y aun así, el mundo parece contener el aliento.
Lo miro.
No porque sea hermoso, aunque lo es de una forma peligrosa. No porque tenga cicatrices, porque no las tiene donde esperaba. Lo miro porque ahora es real. Demasiado real.
Sus ojos, sin la sombra de la máscara, son intensos. Vivos. Hambrientos.
—Ahora —dice en voz baja—, mírame y dime que me detenga.
No lo hago.
Nos acercamos sin decirlo en voz alta, como si el lago, el césped y el silencio hubieran firmado un pacto para empujarnos lentamente el uno hacia el otro. Mis dedos siguen enredados con los suyos, y cuando me mira, ya no hay rastro de burla. Solo intención. Demasiada.
Kael se inclina primero, pero se detiene a un suspiro de distancia, lo suficiente para que pueda sentir su respiración y decidir si huyo. No lo hago. Error número uno. O acierto. Aún no lo sé.
—Lilith —dice en voz baja, usando ese nombre como si fuera una llave—.
No lo corrijo.
El beso llega despacio, casi con cuidado, como si estuviera probando algo peligroso. Sus labios rozan los míos primero, apenas un contacto que debería ser inofensivo. Spoiler: no lo es. El segundo beso es más firme. El tercero ya no pregunta.
Cierro los ojos.
Maldición.
El mundo se reduce a sensaciones simples y traicioneras. El calor de su mano en mi mejilla, el pulgar rozando apenas la comisura de mis labios, la forma en que su boca se mueve contra la mía con una mezcla perfecta de control y deseo contenido. No es torpe. No es precipitado. Es exactamente lo que no debería estar pasando.
Me dejo llevar un poco más de lo prudente.
Mis dedos se aferran a su ropa, no para acercarlo, sino para no perder el equilibrio cuando mis piernas deciden volverse inútiles. Kael me sigue el movimiento sin forzar nada, guiándome hacia atrás hasta que siento el césped bajo mis hombros. La hierba es fresca, suave, y el contraste con el calor entre nosotros me provoca un escalofrío que no autorizo.
Él se apoya sobre un brazo, sosteniéndose para no aplastarme, su cuerpo creando una sombra cálida sobre el mío. El beso se profundiza, lento pero intenso, como si estuviera grabando el momento en su memoria. Sus labios se separan apenas, solo para volver a unirse, y cada vez que lo hacen siento que algo dentro de mí se afloja peligrosamente.
Respiro entrecortado.
—Kael… —murmuro contra su boca.
No sé si es una advertencia o una súplica. Él parece entender ambas.
Se detiene.
No de golpe. No con brusquedad. Se aparta lo justo para mirarme, con los ojos oscuros, cargados de algo que no intenta ocultar. Su frente descansa un segundo contra la mía. Su respiración es tan agitada como la mía.
—Lilith —dice otra vez, más grave—. Si sigo ahora… no voy a detenerme a tiempo.
Mi corazón late con fuerza absurda.
—Entonces no sigas —respondo, intentando sonar firme. Sale más suave de lo que quisiera.
Sus labios se curvan apenas. No es una sonrisa burlona. Es algo más serio. Más peligroso.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer —dice.
Se incorpora lentamente y se aparta, aunque cada movimiento parece costarle. Se sienta a mi lado en el césped, manteniendo una distancia mínima, como si no quisiera romper del todo el momento, pero tampoco cruzar una línea que ya ve demasiado cerca.
Me quedo recostada, mirando el cielo, intentando recordar cómo respirar como una persona funcional.
—Eres un problema —murmuro.
—Siempre lo he sido.
Giro la cabeza hacia él.
—Y aun así paras.
—Porque quiero volver a besarte —responde—. No que me odies después.
Eso me deja en silencio.
Me incorporo despacio y me siento a su lado. Nuestros hombros se rozan. No nos miramos por un momento.
—No te odio —digo al fin.
—Lo sé.
—Y no me llames Lilith frente a otros.
—Pero aquí sí.
Suspiro.
—Aquí… tal vez.
Kael inclina la cabeza hacia mí, sin tocarme esta vez
y por primera vez, ese nombre no me suena ajeno.
—Entonces me quedaré con eso —dice—.
Nos acercamos otra vez, como si no hubiéramos aprendido absolutamente nada en los últimos minutos. El lago sigue tranquilo, el césped sigue siendo cómplice y yo sigo teniendo muy malas ideas.
—Está bien, señor oscuridad —digo en voz baja, inclinándome hacia él—.
Su risa es breve, contenida, peligrosa.
No le doy tiempo a nada más.
Soy yo quien acorta la distancia. Yo quien toma su rostro entre mis manos. Yo quien decide que ya he sido prudente suficientes vidas para una sola reencarnación. Mis labios buscan los suyos con intención clara, sin tanteos ni dudas. El beso no es una pregunta. Es una afirmación.
Kael se queda inmóvil solo una fracción de segundo. El tiempo justo para sorprenderse. Después responde.
Su mano sube a mi cintura, firme, y me atrae más cerca mientras profundiza el beso. No es suave ahora. Es intenso, controlado a duras penas. Yo sigo el ritmo, lo muerdo apenas, lo provoco sin vergüenza. Si voy a caer, pienso caer con estilo.
—Lilith… —murmura contra mis labios, como si el nombre se le escapara sin permiso.
Algo en mi pecho se aprieta. Me gusta. Me gusta demasiado.
—No me distraigas —respondo sin separarme—, señor oscuridad.
Eso lo hace sonreír contra mi boca, y el beso se vuelve más lento, más profundo, como si estuviéramos compitiendo por quién cede primero. Mis dedos se enredan en su cabello. Sus labios recorren los míos con una paciencia que me desespera. Yo inclino la cabeza, busco más, me muevo sin pensar.
Termino empujándolo suavemente hacia atrás hasta que vuelve a quedar sobre el césped. Esta vez soy yo quien se inclina sobre él. Esta vez soy yo quien toma la iniciativa sin pedir permiso al sentido común.
—Vaya —dice entre besos—. Definitivamente eres Lilith.
—Te estás ganando otro —contesto, y se lo doy.
El mundo se reduce otra vez. Respiraciones entrecortadas. El roce del césped. El calor que no debería sentirse tan bien. Sus manos recorren mi espalda con cuidado, como si se negara a ir más lejos aunque el cuerpo le pida lo contrario.
Y entonces, justo cuándo el beso amenaza con volverse algo que no podamos deshacer,
Siento a Kael más cerca. No es brusco ni invasivo, es una presencia firme, consciente, como si midiera cada movimiento aun cuando el deseo lo empuja. Sus manos avanzan con lentitud, seguras, y yo no me aparto. No hay vergüenza en mí, solo una claridad absoluta: quiero estar aquí, ahora, con él.
Mi respuesta es igual de honesta.
Busco su cuello y lo beso sin prisas, dejando que el gesto hable por mí. No necesito exagerar nada; el simple contacto basta para que su respiración cambie. Mis manos recorren su pecho por encima de la ropa, y me sorprende lo real que es, lo cálido, lo sólidamente presente.
Pienso, con un destello de humor absurdo incluso en este momento, que si esto es una prueba del mundo en el que renací, entonces las diosas tenían excelente gusto.
—Lilith… —dice mi nombre como una advertencia suave, no como un rechazo.
Levanto la mirada y lo encuentro observándome con algo que no es solo deseo. Hay contención, respeto, una decisión luchando contra el impulso. Eso, de forma inexplicable, lo hace aún más peligroso.
—Tranquilo, señor oscuridad —murmuro—. Sigo aquí.
Él apoya su frente contra la mía, cerrando los ojos un segundo, como si ese mínimo espacio fuera la única barrera entre lo correcto y lo inevitable.
—Precisamente por eso —responde— es que debo detenerme.
Nos quedamos así, respirando el mismo aire, con el corazón acelerado y el cuerpo todavía vibrando por lo que no ocurrió. No hay frustración amarga, solo una promesa silenciosa flotando entre nosotros.
Y cuando finalmente nos recostamos sobre el césped, mirando el cielo como si nada hubiera pasado, sé que ambos entendemos lo mismo.
Esto no terminó.
Solo se pausó.