⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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Todos mis caminos siempre terminaban en ti
La suite principal estaba sumida en una penumbra azulada. El zumbido del sistema de aire acondicionado, ahora trabajando a un ritmo normal, era el único sonido que competía con la respiración acompasada de los dos hombres. El Rut se había retirado, dejando tras de sí una estela de cansancio absoluto, pero también una claridad mental que Zen y Hendrik nunca habían experimentado.
Zen estaba recostado contra el pecho de Hendrik, envuelto en una sábana que parecía demasiado ligera para el peso de la realidad que se les venía encima. Hendrik tenía un brazo rodeando sus hombros, con los dedos trazando patrones perezosos sobre la piel del brazo de Zen, donde aún se veían las marcas de la intensidad de las horas previas.
—No podemos volver atrás, ¿verdad? —La voz de Zen rompió el silencio, sonando pequeña, despojada de su habitual armadura de mando.
Hendrik suspiró, un sonido que vibró profundamente contra la espalda de Zen. Se inclinó y besó la coronilla del rubio, aspirando lo que quedaba de su aroma, ahora suave y reconfortante.
—No hay un atrás, Zen. Ese puente lo quemamos en el gimnasio de la academia, y anoche esparcimos las cenizas. Si intentamos ser los mismos de antes, nos marchitaremos. Mi Alfa ya no entiende un mundo donde tú no seas el centro.
Zen se giró en sus brazos para mirarlo. Sus ojos claros, aún un poco enrojecidos por la fiebre del celo, buscaban la verdad en los ojos oscuros de Hendrik.
—Tengo miedo, Hendrik —confesó Zen, y la admisión pareció costarle un esfuerzo físico—. Por primera vez en mi vida, tengo un miedo que me paraliza. No es miedo a la ruina financiera, ni a que mi padre me grite. Es miedo a que nos separen. A que encuentren la forma de borrar esto que hemos construido.
Hendrik sujetó el rostro de Zen con ambas manos. Sus palmas, grandes y cálidas, eran el único refugio que Zen reconocía como seguro.
—Escúchame bien —dijo Hendrik con una firmeza que no admitía dudas—. Mi padre es un monstruo y el tuyo es un estratega sin alma. Nos han criado para ser piezas de ajedrez, pero se olvidaron de un detalle: somos Alfas. Y un Alfa que ha encontrado a su compañero no es una pieza, es el tablero entero. No voy a dejar que te toquen. Si intentan mandarte lejos, me iré contigo. Si intentan destruir tu nombre, quemaré el mío junto al tuyo.
—¿Lo dices en serio? —susurró Zen, sintiendo que un nudo de emoción se formaba en su garganta—. Renunciarías a todo... ¿por mí?
—Renunciaría a todo porque sin ti "todo" es solo un montón de números en una cuenta bancaria —respondió Hendrik, acercándose para rozar sus labios con los de Zen en un beso lento, cargado de una ternura que dolía—. Te amo, Zen. No lo sabía en la academia, no lo entendía en la oficina, pero ahora lo sé. Te amo con una rabia que me asusta.
Zen cerró los ojos, dejando que una lágrima solitaria escapara y se perdiera en la almohada.
—Yo también te amo, Hendrik. Me aterra lo mucho que dependo de tu olor para sentirme en paz. Me aterra que seas mi debilidad, pero también mi única fuerza.
Se quedaron abrazados, meciéndose apenas en la oscuridad. El futuro afuera de esa habitación era un campo de minas. En pocas horas, Joel entraría por esa puerta y la realidad golpearía con fuerza. Tendrían que enfrentarse a la mirada analítica del Beta, tendrían que bajar a la oficina y fingir ante las cámaras de seguridad que siguen siendo los herederos perfectos y distantes.
—Joel nos ayudará —dijo Zen, tratando de convencerse a sí mismo—. Su historia... lo que nos contó sobre su sobrino. Hay una chispa de humanidad en él que nuestros padres nunca previeron.
—Joel es nuestra única carta —asintió Hendrik—. Pero no podemos confiar solo en su piedad. Tenemos que ser más inteligentes que ellos. Mañana, cuando bajemos, seremos impecables. Ni una mirada de más, ni un roce. Pero por la noche... por la noche esta habitación seguirá siendo nuestro territorio.
Zen se acurrucó más contra él, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
—¿Crees que sospechen? Mi padre me conoce, Hendrik. Sabe leer el tono de mi voz.
—Entonces cambiaremos el tono. Seremos tan convincentes en nuestro "odio profesional" que les daremos lo que quieren ver. Mientras ellos creen que nos están controlando, nosotros estaremos planeando nuestra salida. Porque nos vamos a ir, Zen. Algún día, este contrato terminará y buscaremos un lugar donde ser dos Alfas no sea un pecado.
—¿Lo prometes?
—Te lo juro por mi vida.
Pasaron el resto de la noche hablando en susurros, planeando cada gesto, cada palabra que dirían frente a Joel y frente a las cámaras. Pero entre los planes de guerra, había momentos de puro amor: besos suaves en los hombros, manos entrelazadas con fuerza, y promesas susurradas al oído que no tenían nada que ver con negocios y todo que ver con la eternidad.
Zen se sentía extrañamente ligero. La carga de ser el "Heredero Grimhand" seguía ahí, pero ahora Hendrik la compartía. Ya no era un hombre solo contra el mundo; eran dos depredadores protegiendo su nido.
—Hendrik... —murmuró Zen cuando el sueño empezaba a vencerlo—. Gracias por no dejarme solo en ese gimnasio. Gracias por seguirme hasta aquí.
Hendrik lo apretó más fuerte, besando su frente mientras la primera luz del alba empezaba a clarear el horizonte tras el bosque.
—No podría haber ido a ningún otro lado, Zen. Todos mis caminos siempre terminaban en ti.
Se durmieron así, entrelazados, sabiendo que al despertar la guerra .
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