Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CUÍDALO.
...GABRIELA:...
—Gabriela, estamos muy emocionadas de que estés aquí —dijo Melani.
—¿Así? —me extrañé.
—Mel… —Gonzalo le lanzó una mirada—. No.
Ella suspiró, pero no pudo evitar sonreír.
—Gaby, te pareces muchísimo a una actriz que ha empezado a salir en todos lados —comentó Natalia—. Arlet Valencia.
—¡Ay, sí! —añadió Melani—. La que salió en la serie Magic. En verdad, el parecido es extraordinario.
Miré a Gonzalo.
Él se encogió de hombros.
—Bueno… ella es mi hermana —dije al fin.
Ambas se miraron sorprendidas.
—¿Qué? —Melani abrió los ojos—. ¿De verdad?
—Gemelas, de hecho.
—Pero… —Melani negó con la cabeza—. ¿Hablas en serio?
Las dos miraron a Gonzalo, como pidiéndole confirmación.
Él asintió, sonriendo, claramente divertido por la situación.
— Tu tambien actúas Gaby? Pregunto Natalia
— No mi hermana es la estrella, yo soy más como un ratón de biblioteca.
— Wow!! Hemos conocido a algunos famosos eñ conciertos, viajes o encontrados por la calle, pero nunca me había sentado así con uno a comer o alguien de su familia.
— Cuando quieran le pediré que les envíe un saludo.
Las chicas se miraron emocionadas.
Gonzalo, solo negó con la cabeza.
Sirvieron la cena.
Natalia se levantó un par de veces para corregir pequeños detalles —el pan, una salsa, los platos— mientras Melani no dejaba de hablar.
—Mis amigas no me van a creer con quién cené hoy.
Sacó el teléfono y lo levantó frente a mí.
—Melani —dijo Gonzalo, sin alzar la voz—. Guarda ese teléfono.
—Pero si no tomo evidencia, jamás van a creer que la hermana de Arlet Valencia estuvo sentada en mi mesa —protestó, como solo una adolescente podía hacerlo—. Y menos que es la novia de mi hermano.
Casi escupo el agua.
El vaso se detuvo a medio camino de mis labios.
Sentí cómo el calor me subía al rostro.
Novia.
—Melani —dijo Gonzalo de inmediato, con calma forzada—. No digas eso.
Ella frunció el ceño, confundida.
—¿Qué? —miró de él a mí—. ¿No es tu novia?
El silencio cayó sobre la mesa, espeso.
Natalia dejó los cubiertos con cuidado, como si acabara de darse cuenta de algo.
—Nunca habías traído a una mujer a la casa —dijo despacio—. Y mucho menos a conocer a mamá.
Tragué saliva.
—Yo… —intenté decir algo, pero la voz me salió más baja de lo que esperaba—. No soy su novia.
No del todo.
No oficialmente.
No como ellas parecían pensar.
Gonzalo se giró hacia mí.
—Gaby… —murmuró, casi como una advertencia suave—. Está bien.
Luego volvió la mirada a sus hermanas.
—No es lo que están pensando —dijo—. Pero tampoco es solo una amiga.
Melani abrió los ojos, fascinada.
—Ah —sonrió,—. Entonces sí es algo serio.
Le lancé una mirada a Gonzalo, buscando auxilio.
Él negó apenas con la cabeza, divertido a pesar de todo.
—Come, Mel por favor —dijo—. Y deja de sacar conclusiones.
Pero no me soltó la mirada.
Y eso, de algún modo, lo decía todo.
Melani me observó unos segundos más, como si todavía no terminara de procesarlo todo. Luego sonrió, más suave, casi sincera.
Me recordaba a Zoé en cierta manera.
—Es que… no puedo creer que existas, Gabriela.
Fruncí el ceño extrañada.
—¿Cómo que… exista? —pregunté, nerviosa.
—Sí —asintió—. Gonzalo no deja entrar a nadie a su vida. Ni a su casa. Ni a su mundo.
Y de pronto apareces tú.
Natalia intervino con una sonrisa tranquila.
—Mel exagera… un poco.
—No exagero —insistió ella—. Nunca lo habíamos visto así.
Sentí el calor subir a mis mejillas. Busqué a Gonzalo con la mirada.
Él evitó el tema como siempre.
—Ya basta —dijo—. Déjenla comer en paz.
Pero no había dureza en su voz.
Solo esa forma suya de proteger sin admitir nada.
Ellas fueron muy amables y agradables, preguntaban muchas cosas, y cuando Gonzalo sentía que se estaban excediendo, las calmaba, pero no me molestaba taba en absoluto.
Estábamos a media comida cuando su madre se hizo presente.
—Cenar sin esperar a su madre es una falta de respeto —dijo con firmeza—. ¿No les había dicho eso ya?
La mujer estaba de pie frente a nosotros, sin rastro de la fragilidad que había visto antes. Se había cambiado y arreglado con rapidez. El cabello en su lugar, la postura erguida.
—¿Por qué tienen esas caras? —continuó—. Pidan un plato para mí.
Se sentó sin notar del todo el impacto de su presencia.
—Debieron preguntarme si estaría para la cena.
—Perdón, mamá… —murmuró Natalia.
No sabía qué tan frecuentes eran esos momentos de lucidez, pero por las reacciones de todos, intuía que no muchos.
Sus ojos se posaron en mí.
—Debes ser amiga de Natalia.
No me reconoció.
—En realidad, mamá… —empezó Natalia.
—Es mi invitada —interrumpió Gonzalo.
—¿Tu invitada? —preguntó ella, sorprendida.
—En realidad… —hizo una pausa—. Ella me gusta. Mucho. Pero apenas nos estamos conociendo.
Giré lentamente la mirada hacia él.
Sentí el estómago encogerse, como si hubiera dicho algo que yo todavía no estaba lista para escuchar en voz alta.
Supuse que lo hizo para evitar más preguntas.
Todas quedaron en silencio.
—Hijo…
—Me alegra que hayas podido conocerla —añadió él.
La mujer me miró con atención renovada.
—A mí también me alegra conocerla… conocerte.
—Soy Gabriela, señora. Mucho gusto —me levanté.
—Oh, no, por favor —me indicó con la mano—. Toma asiento. Disfruta la cena.
Cuando volví a sentarme, Gonzalo apretó suavemente mi mano.
Todo está bien.
—Espero que mis hijas no te hayan molestado con tantas preguntas —dijo mientras le servían—. En especial Melani, que puede ser un poco parlanchina… y sin filtro.
Melani, que había permanecido en silencio desde que su madre apareció, intentó decir algo.
—Es que yo…
Pero no terminó la frase. Sus ojos estaban cristalizados.
—Todo ha estado bien —intervine—. Han sido muy lindas y amables.
—Mamá…
—¿Qué tienes, mi niña? ¿No te sientes bien?
—En realidad tuve un mal día —dijo Melani. Su voz se quebró apenas—. Uno muy malo.
—¿Por qué? Ven, cuéntame —la señora Loan le hizo una seña con la mano, abriendo los brazos.
Melani se levantó sin pensarlo. Caminó hasta ella y se sentó a su lado, la respiración entrecortada, los ojos llenos de lágrimas.
Su madre la rodeó con los brazos.
Y Melani se dejó caer en ese abrazo como si llevara horas sosteniéndose sola.
Se aferró a ella con fuerza.
Sentí cómo se me apretaba la garganta.
Natalia observaba en silencio, con los ojos brillosos, sin intervenir.
Gonzalo… Gonzalo era un misterio. No se movía, no hablaba. Pero había algo rígido en su postura, como si estuviera conteniendo más de lo que permitía salir.
La señora Loan acarició el cabello de Melani con una calma casi sagrada.
—Todo va a estar bien —le dijo—. A veces los días malos vienen sin avisar, pero no duran para siempre.
Melani asintió contra su hombro, sin decir nada más.
— De pronto se me quitó el hambre— dijó Natalia. — Viy a pedirte un plato mamá.
La cena paso con calma, la señora Loan fue muy amable, pregunto sobre mi trabajo y otras cosas cuando Melani termino de contarle algunas cosas.
Fue muy agradable conversar con ella, los hermanos parecían disfrutar el momento al máximo.
Pero no duró mucho más.
La señora Loan dejó caer los cubiertos de pronto.
El sonido seco contra el plato me hizo dar un pequeño salto en el asiento.
—No… no, no —murmuró, llevándose una mano al pecho—. Esto no es correcto.
Su respiración se volvió irregular.
—Mamá —dijo Natalia de inmediato, poniéndose de pie—. Mamá, tranquila.
La mujer negó con la cabeza, mirando alrededor con angustia, como si el comedor hubiera dejado de ser reconocible.
—No están donde deben estar… —dijo—. El tiempo se movió.
Sentí cómo el nudo se me formaba en la garganta.
Busqué a Gonzalo con la mirada.
Él ya estaba de pie.
—Mamá —dijo con voz firme pero suave—. Estoy aquí. Mírame.
Ella no parecía escucharlo.
—No debieron sentarse todavía —añadió, cada vez más alterada—. Si él no llega, todo se pierde.
Me llevé instintivamente la mano al borde de la mesa.
Gonzalo se acercó un paso más.
—Ya llegué —repitió—. Todo está bien.
La señora Loan alzó la vista, desorientada, hasta que sus ojos se encontraron con los de él.
Y entonces…
—Llegaste… —susurró—. Sabía que no me fallarías.
—Mamá —dijo con calma—. Estoy aquí.
—Tienes que quedarte con ella —le dijo, con urgencia, señalándolo primero a él—. Prométeme que no la perderás de vista.
Luego, como si recordara algo importante, giró el rostro hacia mí.
Sus ojos se iluminaron.
—Ahí estás… —dijo con alivio—. Creí que te habías ido sin despedirte.
Tragué saliva.
—No, señora —respondí despacio—. Sigo aquí.
Ella asintió, conforme.
—No debes irte todavía —continuó—. Si te vas antes de tiempo, el mal encuentra la forma de volver.
Gonzalo tomó su mano con cuidado.
—No se ha ido —respondió—. Está conmigo.
Luego me miró y extendió la mano hacia mí.
Yo la tomé sin pensarlo.
—Ya la encontré —añadió—. Y no voy a dejar que se vaya.
La señora Loan observó ese gesto.
Su cuerpo se relajó poco a poco.
—Entonces está bien… —susurró—. Mientras estén juntos, el reino estará a salvo.
Apoyó la cabeza en el hombro de Gonzalo, agotada.
—Siempre supe que cuidarías de ella.
Natalia tenía los ojos llenos de lágrimas.
Melani permanecía inmóvil.
Yo sentía el corazón golpeándome en el pecho.
Cuando la enfermera regresó para llevársela, la señora Loan se dejó guiar sin resistencia.
Antes de cruzar la puerta, volvió el rostro hacia mí.
—No te vayas —dijo una vez más—. Él te necesita más de lo que cree.
Y entonces… su mirada volvió a perderse.
...****************...
Nos detuvimos un momento cuando el semáforo se puso en rojo.
—Lo siento —dijo al fin, con la voz más baja—. No pensé que terminaría así hoy.
Guardó silencio unos segundos.
—Hay días en los que está… tranquila. Y otros en los que el mundo se le desarma de golpe. Lo que pasó al final… no lo vi venir.
—Está bien, Gonzalo —hablé con calma—. No tienes que disculparte por eso.
Guardé silencio un momento.
—Aunque… me asusté un poquito —admití—. Pero también vi una parte distinta de ti.
—¿Y qué opinas? —preguntó.
—Que eres de verdad.
Me sonrió, tranquilo.
Como si se quitara un peso de encima por haberse expuesto tanto ante mí.
Tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
No la soltó en todo el camino hasta llegar.
Detuvo el auto.
Soltó su cinturón de seguridad, y suspiró girándo hacia mi.
—Bueno… aquí nos despedimos.
—Sí… — Tambien solté mi cinturón.
Nuestras miradas se sostuvieron.
Solo un instante. Y fue suficiente.
Nuestras bocas se encontraron en un beso intenso, desesperado.
Su mano se posó en mi nuca, atrayéndome más hacia él.
Las mías se movieron solas, juguetonas, empujando su saco hacia atrás, mientras él comenzaba a desatarse la corbata, a desabotonar algunos botones de su camisa.
Me quité el abrigo con la misma urgencia.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y, de un momento a otro, ya estaba a horcajadas sobre él.
Me recibió sin protesta.
Sus manos subieron por mis piernas, perdiéndose bajo mi falda hasta mis glúteos, apretándome contra él.
Mi cadera se movió cuando sentí su dureza contra mí.
Me moví solo lo justo para que pudiera abrir sus pantalones y quedar expuesto.
Hizo el encaje a un lado, me atrajo hacia él y, cuando se posicionó, se sumergió en mí.
Un gemido se me escapó contra su boca.
Empecé a moverme con ímpetu, deseando más.
—Dios… —susurró sin dejarme ir.
Me aferré a sus hombros. A su cabello. A él.
Gracias a Dios su auto estaba polarizado; estábamos a plena calle.
—Podría morir justo ahora.
—No, no lo hagas —le pedí—. Te necesitaré de ahora en adelante.
Esto era lo más atrevido que había hecho en mi vida, pero solo verlo me nubla el juicio.
Seguí moviéndome, él tomándome de las caderas para ayudarme a marcar el ritmo,
haciendo que cada movimiento se sintiera mejor que el anterior.
El auto se llenó de gemidos. Tenía la piel erizada.
Nos miramos a los ojos y, en ese momento, colapsé, deseando poder quedarme ahí para siempre.
Él también lo hizo; su gemido resonó en mi cuello, llenando por completo mi pecho, que deseaba mantenerse así.
La fuerza abandonó mi cuerpo, nuestras respiraciones aún agitadas.
Acarició mi rostro, acomodando un poco mi cabello.
Suspiró antes de hablar.
—Ya no voy a poder separarme de ti.
Me lo dijo tan convencido, como una verdad innegable.
—Perfecto.
Y sonreímos, porque lo supimos. Supimos, en ese momento, que así sería.