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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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el pacto de sangre

Maximiliano:

Al final de los escalones de mármol, la escena era un cuadro de poder absoluto. Marcos Correa estaba a la izquierda, imponente y con la mandíbula apretada. A su lado, mi propio padre, José Veraldi, me observaba con una expresión que era una mezcla de decepción y una furia contenida que conocía demasiado bien. Sus manos, las mismas que me enseñaron a disparar antes que a escribir, estaban cruzadas sobre su bastón de mando.

Caminamos hacia ellos. No solté a María. Al contrario, la pegué más a mi costado, sintiendo el calor de su cuerpo a través de mi chaqueta.

—Maximiliano —la voz de mi padre, José, sonó como un trueno bajo. No era la voz de un jefe, sino la de un padre que ve a su hijo caminar directo hacia el abismo—. Suéltala. Ahora mismo. No nos hagas avergonzarte más de lo que ya lo has hecho esta mañana.

Me detuve frente a ellos. Dos leones viejos defendiendo un orden que María y yo acabábamos de incendiar en el asiento trasero de un Mercedes.

—No la voy a soltar, padre —dije, y mi voz no tembló ni un milímetro. Miré a Marcos y luego a José—. Ustedes querían que cuidara a la heredera de los Correa. Pues bien, la he cuidado tanto que ahora es mía. No soy su empleado, y ella no es una pieza de cambio para sus alianzas con los Monterrey.

Marcos Correa dio un paso al frente, ignorando a mi padre. Sus ojos estaban fijos en el escote desgarrado de María que mi chaqueta no lograba ocultar del todo. Su rostro se puso de un color rojo oscuro, la vena de su sien latiendo con violencia.

—¡Eres un animal, Veraldi! —rugió Marcos—. ¡José, controla a tu hijo o lo haré yo de un tiro en la frente! Ha deshonrado a mi hija, ha atacado a un aliado y se atreve a presentarse en mi casa con ese aire de superioridad.

Mi padre me miró, y por un segundo vi una chispa de lástima en sus ojos. Él sabía lo que venía.

—Hijo, piénsalo bien —dijo José con una calma aterradora—. Si cruzas esa línea, no hay vuelta atrás. Los Veraldi servimos a los Correa, no nos mezclamos con ellos. Es la ley. Si reclamas a esa chica, estás declarando que tu voluntad está por encima de la jerarquía de las familias.

Sentí que María apretaba mi mano. Su frialdad era casi inhumana. Se adelantó un paso, quedando ligeramente frente a mí, mirando a su padre y al mío como si fueran insectos bajo un microscopio.

—Se equivocan los dos —soltó María, y su risa psicópata, esa pequeña y seca melodía, cortó el aire—. Max no me ha reclamado. Yo lo he elegido a él. Y si tienen un problema con eso, el problema lo tienen conmigo. ¿Van a dispararle al hombre que yo amo frente a la futura jefa de sus imperios? Adelante. Pero asegúrense de matarme a mí también, porque si quedo viva, no dejaré ni un solo Veraldi o Correa en pie para contar la historia.

El silencio que siguió fue absoluto. Los guardias se miraron entre sí, sin saber a quién apuntar. Mi padre bajó la vista al suelo y Marcos Correa retrocedió un paso, impactado por la oscuridad que emanaba de su propia hija.

—¿Qué somos, papá? —preguntó María, ladeando la cabeza con una curiosidad macabra—. ¿Somos socios o somos enemigos? Porque Max y yo ya tomamos una decisión.

Maria:

El silencio en el jardín de la mansión se volvió tan denso que casi se podía saborear. Mi padre, el gran Marcos Correa, parecía haber envejecido diez años en un segundo.

Miró mis manos entrelazadas con las de Maximiliano y luego clavó sus ojos en los míos, buscando un rastro de la niña que solía obedecerle. No encontró nada. Solo encontró el reflejo de su propia ambición, pero multiplicada por mi propia locura.

José Veraldi, el padre de Max, mantenía la mano firme sobre su bastón, pero su silencio era el de un hombre que sabe que ha perdido el control sobre su mejor soldado.

Finalmente, mi padre soltó un suspiro pesado y se ajustó el saco. Su expresión cambió: la furia desapareció para dar paso a esa máscara de negociador implacable que lo hacía tan peligroso.

—Está bien —dijo, y su voz sonó como el crujido de una tumba abriéndose—. Si quieren jugar a ser los reyes del mundo, si quieren que este "pacto de sangre" sea oficial, no seré yo quien detenga su funeral. Tienes mi bendición, Maximiliano. Ya no eres su sombra. Ahora eres el hombre de María Luiza Correa.

Sentí que Max exhalaba un aire que no sabía que estaba reteniendo, pero yo no me relajé. Conocía a mi padre. Sabía que su "bendición" siempre venía con un precio de sangre.

—Pero... —añadió Marcos, dando un paso hacia nosotros con una sonrisa gélida— toda corona tiene un precio. Si quieren que las familias acepten este... desorden, tienen que demostrar que su lealtad mutua es más fuerte que su instinto de supervivencia.

—Diga el precio, señor Correa —respondió Max, apretando mi mano con una fuerza que me prometía que no se movería de mi lado.

—Los Soles tienen una base de operaciones oculta en las montañas, un búnker donde guardan el registro de todos los sobornos que han pagado a la policía y a los jueces. Si esos documentos salen a la luz, nuestras familias caen con ellos. Quiero que vayan ustedes dos. Solos. Sin guardias, sin respaldo.

Mi padre se acercó a Maximiliano y le puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.

—Si regresan con los documentos, serán oficialmente los herederos de esta alianza. Pero si uno de los dos cae... el otro no podrá regresar. Si mueres, Maximiliano, mi hija muere contigo en esa montaña. Y si ella muere, José y yo nos encargaremos de que tú desees nunca haber nacido.

Miré a Max. La misión era un suicidio. Era la forma que tenía mi padre de decirnos que, si queríamos estar juntos, tendríamos que ganarnos el derecho a vivir frente a un pelotón de fusilamiento.

—Aceptamos —dije yo, antes de que Max pudiera siquiera procesar la magnitud del peligro.

Maximiliano me miró, y en sus ojos vi que no le importaba la muerte, sino la posibilidad de perderme a mí. Pero asintió.

—Traeremos esos papeles, o el búnker de los Soles será nuestro mausoleo —sentenció Max, mirando a su propio padre, quien solo asintió con una sombra de respeto en su rostro.

NARRADOR:

(al dia siguiente)

El amanecer sobre la ciudad no trajo paz, sino un cielo de color ceniza que parecía presagiar la tormenta. En la mansión de los Correa, el ambiente era de una calma eléctrica, la clase de silencio que precede a una ejecución.

En la habitación principal, el rastro de la noche anterior aún era visible: el suelo estaba salpicado de jirones del vestido rojo de María y la chaqueta de Maximiliano permanecía tirada sobre una silla, como un testigo mudo de la posesión que se habían jurado. Pero hoy no había tiempo para el deseo; solo para el acero.

Maximiliano estaba de pie frente al espejo del vestidor, con el torso desnudo, dejando ver las cicatrices de batallas pasadas y las nuevas marcas de uñas en su espalda que María le había dejado en el Mercedes. Con movimientos metódicos y mecánicos, ajustó una funda de cuero a su hombro y otra a su cintura. Sus manos, que ayer habían sido fuego puro, hoy eran de hielo mientras revisaba cada cargador de su Beretta. Su rostro estaba hundido en una concentración letal; sabía que Marcos Correa no los enviaba a una misión, los enviaba a un matadero para ver si eran lo suficientemente fuertes para sobrevivir a él.

Detrás de él, María Luiza emergía del baño envuelta en una bata de seda negra, pero su mirada ya no era la de la heredera caprichosa. Se acercó a la cama, donde descansaba un arsenal que haría temblar a un comando militar. Con una elegancia aterradora, comenzó a vestirse con ropa táctica oscura, ajustando cada correa de sus botas como si estuviera preparándose para una danza macabra.

No se hablaban. No era necesario. El pacto de sangre que habían sellado en la oscuridad del coche seguía vibrando entre ellos, una conexión invisible que los convertía en un solo organismo.

María se acercó a Max y, sin decir palabra, le entregó un cuchillo táctico de hoja negra. Él lo tomó, rozando sus dedos con los de ella, y por un breve segundo, la máscara de frialdad se rompió. Maximiliano la tomó de la nuca, obligándola a mirarlo.

—Si las cosas se ponen feas ahí arriba... —empezó a decir él con esa voz territorial que ahora era su marca.

—No habrá "si", Max —lo cortó ella, clavando sus pupilas en las suyas—. No somos víctimas. Somos el castigo. Si ese búnker es nuestro mausoleo, nos llevaremos a cada uno de esos bastardos al infierno para que nos sirvan la cena.

Maximiliano sonrió, una mueca sombría y cargada de orgullo. Le dio un beso corto, que sabía a café amargo y a pólvora, y terminó de abrocharse la chaqueta táctica.

Minutos después, bajaron a la entrada principal. Allí, bajo la lluvia fina que empezaba a caer, los esperaban sus padres. Marcos Correa y José Veraldi estaban de pie junto a un todoterreno negro, como dos jueces observando a los gladiadores entrar a la arena. No hubo abrazos de despedida, solo un intercambio de miradas cargadas de veneno y expectativas.

Maximiliano subió al asiento del conductor y María al del copiloto. Antes de arrancar, Max bajó la ventanilla y miró a su padre, José, y luego a Marcos.

—Preparen el whisky de los ganadores —dijo Max con una seguridad que erizó la piel de los guardias presentes—. Porque cuando volvamos, las reglas de este juego van a ser nuestras.

El motor rugió y el vehículo desapareció entre la neblina, dirigiéndose hacia las montañas donde los Soles esperaban, sin saber que el verdadero eclipse se dirigía hacia ellos.

El todoterreno blindado de los Correa devoraba el sendero de tierra, ascendiendo por las faldas de la montaña como una bestia de acero. El cielo, plomizo y opresivo, anunciaba la tormenta que no solo venía de las nubes. Dentro, el silencio era tenso, solo roto por el suave zumbido del motor y la respiración acompasada de María y Maximiliano. Sus ojos, endurecidos por la misión, escudriñaban el paisaje rocoso, buscando el búnker de los Soles.

De repente, el infierno se desató.

Un aluvión de disparos rasgó el aire con la furia de mil avispas. Más de cincuenta hombres, agazapados entre las rocas y la densa vegetación, abrieron fuego indiscriminadamente. Las balas rebotaron contra el blindaje del todoterreno con una furia cegadora, el estruendo metálico llenando el habitáculo y amenazando con reventar los tímpanos. Fragmentos de cristal de las ventanas se desprendieron, aunque la protección blindada resistía el impacto.

—¡Emboscada! —gruñó Maximiliano, sus manos apretando el volante con la fuerza de un ancla. Pisó el acelerador a fondo, haciendo que el vehículo zigzagueara salvajemente para esquivar el fuego enemigo. El todoterreno se convirtió en una fortaleza móvil, pero los disparos no cesaban.

María reaccionó con la rapidez de una depredadora. Con un movimiento fluido, desabrochó su cinturón de seguridad, agarró su rifle de asalto y bajó la ventanilla blindada un par de centímetros, buscando un ángulo de tiro. Las balas silbaban y rebotaban en el marco de la ventana, pero ella mantuvo la calma, su mirada fija en el origen del ataque.

—¡Fuego de contención! —ordenó, su voz una réplica de acero en medio del caos.

Comenzó a disparar ráfagas precisas, barriendo las posiciones enemigas. Los cuerpos de los sicarios de los Soles saltaban y caían, pero eran demasiados. Una lluvia de plomo continuaba cayendo sobre ellos, y el blindaje del coche comenzaba a mostrar signos de fatiga, humeando por los impactos.

En medio del estruendo, un sonido diferente, más agudo, rasgó el aire. Una bala perforó el blindaje lateral justo en el momento en que María se inclinaba para recargar. El impacto fue brutal. Un grito ahogado escapó de sus labios mientras su cuerpo se desplomaba contra el asiento, una mancha oscura expandiéndose rápidamente en el hombro de su chaqueta táctica. El rifle cayó de sus manos, golpeando el suelo del coche con un ruido metálico.

—¡María! —Maximiliano gritó, su voz cargada de una mezcla de furia y horror. Giró bruscamente el volante, haciendo que el todoterreno patinara y se empotrara contra una gran roca, creando una barricada improvisada.

El vehículo se detuvo de golpe, pero los disparos continuaron golpeando la carrocería con una persistencia mortal. Max se giró, su rostro contraído en una mueca de dolor al ver la sangre que manaba del hombro de María. Sus ojos se encontraron con los de ella. Estaban nublados por el impacto, pero aun así había una chispa de desafío, una negativa a rendirse.

—Maldita sea... —Maximiliano sacó su Beretta con una mano, su otra mano buscando desesperadamente la herida de María—. ¡Van a pagar por esto!

El rugido de los fusiles enemigos era ensordecedor, un martilleo constante que buscaba perforar lo que quedaba de la estructura del coche. Maximiliano, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse, ignoró el humo que subía del capó y activó los protocolos de defensa pesada que solo los vehículos de la élite de los Veraldi poseían.

—¡No cierres los ojos, Luiza! —le gritó Max, mientras sus dedos golpeaban con furia el panel táctico oculto en el tablero.

De la parte superior del techo del todoterreno emergió una torreta automatizada, una ametralladora rotativa que comenzó a escupir fuego en un arco de 180 grados. El estruendo de la torreta fue como el grito de un dios furioso. Las balas de calibre pesado despedazaron las rocas donde se escondían los sicarios de los Soles, convirtiendo la vegetación y la carne en una neblina roja.

Maximiliano no se detuvo ahí. Con un movimiento violento, puso la marcha atrás y luego aceleró de frente, usando el motor reforzado para embestir a dos vehículos que bloqueaban el paso al búnker, mientras la torreta seguía barriendo el perímetro con una precisión quirúrgica.

A su lado, María estaba hundida en el asiento, con la espalda apoyada contra el cuero negro. El impacto de la bala le había destrozado parte del músculo del hombro, y la sangre, caliente y viscosa, empapaba su equipo táctico y se deslizaba por su brazo. Su rostro, habitualmente de porcelana, ahora era de un blanco fantasmal. Sin embargo, cuando vio a Maximiliano masacrar a los guardias con esa furia ciega, una sonrisa débil y perturbada se dibujó en sus labios.

—Mírate... —susurró ella, su voz apenas un hilo roto que se perdía entre las ráfagas de la ametralladora—. Estás... histérico, Max. Pareces... una madre protegiendo a su cría.

Soltó una risita ahogada que terminó en un quejido de dolor, pero no apartó la mirada de él. La pérdida de sangre empezaba a nublarle los sentidos, dándole una euforia macabra.

—Tanto drama... por un simple agujero... —continuó burlándose, sus párpados pesando cada vez más—. Pensé que el gran Veraldi... era un profesional... no un novio... sentimental.

Maximiliano giró el volante con un volantazo violento, aplastando a un último tirador bajo las ruedas, y frenó en seco justo frente a la entrada blindada del búnker. Se giró hacia ella, con los ojos encendidos en una mezcla de terror y adoración salvaje. Verla burlarse de la muerte mientras se desangraba era la prueba final de que esa mujer estaba tan rota como él.

—Cierra la puta boca, Luiza —gruñó él, su voz quebrada por la adrenalina—. Guarda ese veneno para los que están adentro. No te vas a morir burlándote de mí. No te doy permiso.

Le aplicó un torniquete de emergencia con una mano mientras con la otra mantenía su Beretta apuntando a la entrada. El todoterreno, ahora un montón de chatarra humeante pero letal, los había dejado en la puerta del infierno.

—¿Puedes caminar? —le preguntó, su tono volviendo a ser el de un soldado, aunque sus ojos le suplicaban que dijera que sí.

María exhaló un suspiro trémulo, apretando los dientes mientras trataba de recuperar la conciencia sobre su brazo herido.

—Solo... ayúdame a levantar el arma, animal —respondió ella, forzando su cuerpo a responder—. No me voy a perder... la mejor parte del espectáculo.

Maximiliano saltó del asiento del conductor, la Beretta en mano, su mirada una tormenta de furia contenida. Abrió la puerta de María, preparado para sacarla en volandas si era necesario. La herida en su hombro era grave, una mancha carmesí que se extendía, pero la voluntad de María Luiza era una fuerza más implacable que cualquier bala.

Con un gruñido de esfuerzo, María se impulsó hacia afuera, su rostro pálido y perlado de sudor. Cojeó ligeramente, su cuerpo protestando con cada movimiento, pero no permitió que el dolor doblegara su insolencia. Se apoyó un segundo en el lateral del coche, su rifle táctico en la mano, aunque el brazo herido apenas podía sostenerlo.

—¿Qué pasa, Max? ¿Te preocupa mi vestido? —se burló ella, su voz aún débil por la pérdida de sangre, pero con una chispa de picardía que exasperaba a Maximiliano—. No te angusties. Te aseguro que la sangre le da un toque... chic. A juego con el color de tu cara, por cierto. Pareces que has visto un fantasma.

Maximiliano la fulminó con la mirada, pero el alivio de verla de pie, aunque a duras penas, le impidió responder. No había tiempo para réplicas. El búnker los esperaba.

Con Maximiliano cubriendo su flanco, ambos avanzaron cojeando hacia la entrada, adentrándose en el corredor de hormigón reforzado. El lugar era un laberinto de pasillos fríos y luces fluorescentes parpadeantes, que revelaban las marcas de viejos impactos de bala en las paredes. El olor a humedad y a metal rancio se mezclaba con el hedor a pólvora y sangre fresca del exterior.

Llegaron a una sala central, un espacio amplio que parecía ser una oficina improvisada o un centro de comando. Y allí, de pie en medio de la habitación, con una pila de documentos en las manos, los estaba esperando.

Alex Monterrey.

El hombre que la noche anterior había estado besando a María en su apartamento, ahora los observaba con una sonrisa fría y calculadora, que nada tenía que ver con el niño rico asustado al que Maximiliano había golpeado. Detrás de él, otros cuatro hombres armados, con el emblema de los Soles en sus uniformes, apuntaban sus armas directamente hacia ellos.

—Vaya, vaya... ¡pero qué agradable sorpresa! —dijo Alex, su voz ya no temblaba. Había una nueva dureza en ella, un eco de crueldad—. Pensé que al menos el señor Veraldi tendría el decoro de llamarme antes de irrumpir en mi humilde propiedad. Y tú, Luiza... tu padre siempre me dijo que eras una mujer de sorpresas. Pero venir desangrándote para verme... eso es un nuevo nivel de devoción, incluso para ti.

Alex blandió los papeles en su mano, como un trofeo.

—Estaba a punto de llevarle estos a tu querido padre, Maximiliano. Los documentos que incriminan a las dos familias. Pero me alegra que hayan venido. Así podremos charlar un poco... sobre quién se queda con qué.

La revelación golpeó a Maximiliano como un puñetazo en el estómago. No eran los Soles; eran los hombres de Alex. Y la misión de Marcos Correa no solo era una prueba; era una trampa que involucraba a Alex Monterrey. La guerra personal acababa de volverse mucho más compleja.

María, a pesar de su herida, levantó su rifle con dificultad, apuntando directamente a Alex, sus ojos brillando con una furia que prometía un baño de sangre.

—¿"Charlar", imbécil? —siseó ella, el dolor y la rabia dándole una energía macabra—. Yo no charlo con ratas de alcantarilla. Solo las aplasto.

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