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"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Demonios / Villana / Completas
Popularitas:350
Nilai: 5
nombre de autor: glendis

En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."

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capitulo 11

La capital del Reino Oscuro, Nox Aeterna, no se alzaba hacia el cielo; se hundía en la tierra. Era una metrópolis de piedra volcánica y hierro forjado, construida en los niveles de un cañón colosal. No había antorchas de fuego real; las calles estaban iluminadas por cristales de éter que emitían una luz violeta mortecina, proyectando sombras que parecían tener voluntad propia.

Al cruzar las puertas de la ciudad, el silencio de los ciudadanos era absoluto. No hubo vítores para su Emperador, solo una reverencia colectiva que rozaba el pavor. Valerius no buscaba amor, buscaba orden.

—Bienvenidos a casa —murmuró Valerius, su voz resonando en el túnel de entrada. Me miró de reojo, buscando una grieta en mi compostura.

—Es magnífica —respondí, y lo decía en serio. El aire aquí estaba saturado de una magia densa que hacía que mis propias sombras ronronearan bajo mi piel.

El Nido de Víboras

Esa noche, Valerius organizó una cena en el Gran Comedor de Obsidiana. No era una bienvenida, era un examen. Los siete Generales del Norte, hombres y mujeres que habían ganado sus rangos en charcos de sangre, estaban sentados a la mesa. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, me diseccionaban como si fuera una presa.

Me puse un vestido de terciopelo negro noche, con un escote cuadrado que dejaba ver la palidez de mi cuello, y una gargantilla de hierro que Valerius me había entregado antes de entrar. No llevaba joyas, solo mi poder vibrando en la punta de mis dedos.

—Así que esta es la "Paloma del Sur" —dijo el General Kael, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la cara desde la frente hasta la mandíbula—. El Emperador dice que has limpiado el camino de traidores. Yo digo que el Sur solo cría poetas y cortesanas.

Un murmullo de risas secas recorrió la mesa. Valerius, sentado en la cabecera, permanecía en silencio, con una copa de vino negro en la mano. Me estaba dejando sola. Quería ver cómo me defendía en su mundo.

—General Kael —dije, mi voz suave pero cargada de una frialdad que detuvo las risas—. Los poetas del Sur escriben sobre la belleza. Yo prefiero escribir sobre el silencio que queda cuando a un hombre se le olvida cómo pedir clemencia. ¿Le gustaría que le hiciera una demostración?

La Prueba de Sangre

Kael se levantó, su mano buscando el mango de su hacha de combate.

—Las palabras son baratas. En el Norte, el respeto se gana con...

No lo dejé terminar. No me moví de mi silla. Simplemente permití que mi sombra, alimentada por la magia ambiental de la capital, se disparara por debajo de la mesa. En un parpadeo, la sombra de Kael se desprendió del suelo y lo agarró por el cuello, levantándolo diez centímetros por encima de su silla.

El General forcejeó, sus manos arañando el aire, pero no había nada físico que golpear. Sus propios soldados intentaron levantarse, pero mis sombras se extendieron como una red de espinos alrededor de cada uno de ellos, inmovilizándolos en sus asientos.

—He financiado una guerra, he ejecutado a un Duque y he cruzado la frontera de cristal —dije, levantando mi copa hacia Kael, quien empezaba a ponerse morado—. Si creen que soy una cortesana, es porque no han entendido qué tipo de placer encuentro en la destrucción.

Valerius soltó una carcajada profunda, un sonido que cortó la tensión como un cuchillo.

—Bájalo, Elena —ordenó con una sonrisa depredadora—. Ya ha entendido el mensaje.

Solté el agarre. Kael cayó sobre la mesa, jadeando y recuperando el aire. El resto de los generales se quedaron inmóviles, mirándome con una mezcla de terror y un respeto nuevo y ardiente.

El Pacto de la Medianoche

Tras la cena, Valerius me llevó a los balcones que daban al abismo de la ciudad. El viento soplaba con fuerza, agitando mi cabello. Él se colocó detrás de mi, rodeando mi cintura con sus brazos masivos, apoyando su mentón en mi hombro.

—Has ganado a mis generales —susurró, su aliento caliente contra mi oreja—. Pero ahora saben que eres más peligrosa que yo. Mañana intentarán matarte de nuevo, de formas más sutiles.

—Que lo intenten —respondí, girándome en sus brazos para quedar frente a él. Puse mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón—. Me gusta este lugar, Valerius. Aquí no tengo que fingir que soy humana.

Él me miró con una intensidad que me hizo arder. Me tomó por la nuca y me besó, un beso que sabía a vino, a hierro y a una promesa de caos compartido.

—Bienvenida al Reino Oscuro, mi Emperatriz —dijo entre sus labios—. El mundo se va a arrepentir de habernos dejado encontrarnos

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