Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 10 (continuación) :Aprender a existir (II)
Lo más difícil no fue romper el ciclo.
Fue vivir después.
Ren lo descubrió una mañana cualquiera, sentado frente a un lienzo que no le devolvía nada. La tela permanecía intacta, muda, como si se negara a responderle. No había urgencia. No había presión. Tampoco ese dolor familiar que antes lo empujaba a crear incluso cuando no quería.
El silencio del estudio era limpio.
Demasiado limpio.
Demasiado espacio para pensar.
—¿Te pasa algo? —preguntó Aiden desde el otro lado del salón.
Estaba sentado frente al piano, con las manos apoyadas sobre las teclas sin tocarlas. No ensayaba. No buscaba melodías. Simplemente estaba ahí, presente, observando.
Ren no respondió de inmediato.
Seguía mirando el lienzo, como si esperara que algo apareciera por sí solo, como si el pasado fuera a colarse de nuevo para decirle qué hacer.
—No sé cómo empezar —admitió al fin—. Antes… siempre había algo que me dolía lo suficiente como para pintar.
Aiden dejó caer lentamente las manos sobre su regazo.
—A mí me pasa algo parecido —dijo—. Siento que si no tengo miedo… no sé qué tocar.
Se miraron.
No fue una confesión dramática.
No hubo lágrimas.
No hubo música de fondo.
Solo una verdad compartida.
Durante tanto tiempo, el dolor había sido el motor de ambos que ahora la calma se sentía casi como una pérdida. Como si les hubieran quitado algo esencial sin avisarles cómo reemplazarlo.
—Tal vez —dijo Ren con cautela— tenemos que aprender a crear desde otro lugar.
Aiden lo pensó unos segundos antes de responder.
—Tal vez ese lugar siempre estuvo ahí… y nunca lo vimos.
Los días comenzaron a ordenarse solos.
No había horarios impuestos ni metas externas marcando el ritmo. Algunos días se levantaban temprano, cuando la luz aún era suave. Otros, se quedaban en la cama hasta tarde, escuchando la ciudad despertarse sin ellos.
Cocinaban juntos.
Discutían por cosas pequeñas —quién olvidó comprar café, quién dejó el pincel apoyado sobre el piano, quién usó la última taza limpia— y luego se reían por lo absurdo.
Era extraño.
Era real.
Ren descubrió que Aiden tarareaba cuando estaba concentrado, apenas audible, como si no se diera cuenta. Aiden descubrió que Ren hablaba solo mientras pintaba, murmurando colores como si fueran emociones.
—Azul no —decía Ren a veces—. Hoy no.
Aiden lo observaba desde lejos, sintiendo algo nuevo instalarse en su pecho.
Paz.
Y, debajo de ella, un leve temor.
Una tarde, Ren dejó el pincel a un lado con más fuerza de la necesaria. El sonido seco resonó en el estudio.
—Tengo miedo —dijo de pronto.
Aiden levantó la vista de inmediato.
—¿De qué?
Ren se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo aún más.
—De que sin destino… esto se termine —confesó—. Antes sabía que algo terrible pasaría si me iba. Ahora no hay nada que me obligue a quedarme.
Aiden cerró el piano con cuidado, como si ese gesto también fuera una forma de respeto. Caminó hasta él y se sentó frente a Ren, a la misma altura, sin imponerse.
—Eso es exactamente lo que lo hace distinto —respondió—. No te quedas porque tengas que hacerlo.
Ren levantó la mirada, vulnerable.
—Me quedo porque quiero —terminó Aiden.
Ren respiró hondo, como si esas palabras pesaran más de lo esperado.
—Entonces prométeme algo.
—Dime.
—Si un día quieres irte… dímelo —pidió—. No desaparezcas.
Aiden sintió el peso de esa petición. No como una carga, sino como una responsabilidad elegida.
—Te lo prometo —dijo—. Y tú prométeme que no te irás en silencio.
Ren asintió despacio.
—Lo prometo.
No fue una promesa eterna.
Fue una promesa humana.
Esa noche, Ren soñó.
No con vidas pasadas.
No con escenarios antiguos ni aplausos ajenos.
Soñó con una casa pequeña, con luz entrando por la ventana y música sonando desde otra habitación. Soñó con pinturas colgadas sin orden, con tazas olvidadas en la mesa y con alguien llamándolo para cenar.
Despertó con el corazón apretado.
—Aiden… —susurró.
—Aquí —respondió él, medio dormido, acercándose sin abrir del todo los ojos.
Ren sonrió en la oscuridad.
—Creo que estoy aprendiendo a vivir.
Aiden entrelazó sus dedos con los suyos.
—Yo también.
Días después, llegó un correo inesperado.
No de una gran institución.
No de un concurso prestigioso.
Una galería comunitaria quería exponer una obra conjunta.
Nada competitivo.
Nada jerárquico.
Solo arte compartido.
Ren leyó el mensaje dos veces, como si esperara encontrar una trampa escondida entre las palabras.
—No hay jurado —dijo—. No hay premios.
Aiden levantó una ceja, divertido.
—¿Y eso te asusta?
Ren rió suavemente.
—Mucho.
Aiden se acercó y apoyó la frente contra la suya.
—Entonces es el lugar correcto.
Ren cerró los ojos.
—Aceptemos —dijo—. Pero sin compararnos.
Aiden sonrió.
—Sin desaparecer.
Se dieron la mano.
No porque el destino lo exigiera.
No porque el pasado los empujara.
Sino porque ambos decidieron quedarse.
Esa noche, el lienzo siguió en blanco.
Pero Ren ya no lo veía como un vacío.
Lo veía como una posibilidad.
Y por primera vez en todas sus vidas,
eso fue suficiente.