Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.
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Capítulo 6
La mansión estaba en silencio, pero no era el silencio de la paz.
Era el silencio de quien espera el próximo disparo.
Jay caminaba por el pasillo del ala central, con las manos en los bolsillos, mirando atentamente las cámaras recién instaladas. Los cables aún eran visibles en algunos puntos — trabajo apresurado. Se detuvo delante de la puerta de Nin, observó a los guardias a cada lado y luego continuó adelante.
Win surgió al final del pasillo, viniendo en dirección opuesta. El dragón tatuado parecía moverse bajo la camisa oscura.
—No confío en este silencio. — dijo Win, con la voz cargada de tensión.
Jay sostuvo su mirada.
—Los silencios suelen esconder gritos.
Win frunció el ceño.
—¿Filosofía rusa?
—Experiencia. — Jay desvió la mirada hacia la cámara en la esquina del techo. — Ayer, alguien de tu casa abrió camino para el ataque.
Win se detuvo frente a él, firme.
—¿Estás insinuando qué?
—No insinúo. Constato. — Jay respondió, frío. — Solo alguien de dentro podría mandar la foto del corredor.
Antes de que Win respondiera, unos pasos resonaron detrás de ellos. Ton surgió, sosteniendo un portapapeles con informes.
—Estoy revisando los turnos de la seguridad. Ningún cambio sospechoso.
Jay no movió un músculo, pero la mirada grisácea se posó en él como un cuchillo.
—Entonces el traidor es lo bastante inteligente para no aparecer en los informes.
Ton apretó el portapapeles, con los ojos chispeando.
—O quizás el traidor no existe. Quizás inventas fantasmas para tener excusa de meterte en todo.
Jay dio un paso adelante, y la distancia entre ellos se evaporó.
—Un fantasma no coloca un rifle en el sexto piso.
El aire se hizo denso. Win levantó la mano, cortando la tensión.
—Basta. — Su tono no era un ruego, era una orden. — Ton, termina tu ronda.
Ton vaciló, pero obedeció, desapareciendo por el pasillo.
Jay lo acompañó con los ojos hasta la última sombra.
—A ese hombre no le gusto.
Win suspiró, pasando la mano por su cabello.
—No le gusta nadie más que yo.
—Ese es el problema. — Jay respondió, frío. — Hombres así traicionan para no perder espacio.
Win lo encaró, con los ojos negros firmes.
—Me estás pidiendo que desconfíe de quien creció conmigo.
—Te estoy pidiendo que sobrevivas. — Jay respondió sin vacilar.
Más tarde, en la sala de armas, Jay revisaba cargadores en silencio. Oleg guardaba munición en las estanterías. La puerta se abrió, y Win entró. No dijo nada por unos segundos, solo observó a Jay montar y desmontar la pistola con calma.
—No paras, ¿verdad? — dijo Win, al fin.
Jay encajó el cargador, levantando los ojos lentamente.
—Parar es darle una oportunidad al enemigo.
Win cruzó los brazos, apoyándose en la pared.
—Me irritas.
Una sonrisa fría pasó por los labios de Jay.
—El sentimiento es mutuo.
Win avanzó unos pasos, hasta detenerse cerca de la mesa.
—Pero cuando luchamos ayer... — se detuvo, con la voz más baja, como si no quisiera admitirlo. — ...sabías exactamente dónde estaría.
Jay inclinó la cabeza.
—Predadores reconocen predadores.
El silencio que siguió era espeso. Las miradas fijas una en la otra, algo vibrando en el aire que no era solo odio.
Oleg carraspeó, interrumpiendo.
—Verifiqué los informes de acceso al ala central. Dos registros duplicados la noche pasada. Alguien usó un gafete falso.
Win se enderezó, la tensión volviendo.
—¿Quién?
—Aún no lo sabemos. — Oleg respondió. — Pero solo alguien con proximidad conseguiría replicar los códigos.
Jay intercambió una mirada rápida con Win.
—Está cada vez más claro.
Win apretó la mandíbula.
—Si es Ton... — No terminó la frase, pero el tono prometía sangre.
Jay apoyó las manos en la mesa, inclinándose hacia adelante, con la voz baja:
—No dudes. Quien duda, muere.
Los ojos de los dos se encontraron de nuevo. Por un instante, no había Nin, no había matrimonio, no había pacto. Solo dos hombres ligados por el odio y por la misma necesidad: sobrevivir.
Win respiró hondo, desviando la mirada.
—Voy a hablar con Ton. Quiero ver cómo reacciona.
Jay asintió.
—Y yo observo.
Aquella noche, el corredor volvió a estar dividido. Jay de un lado, Win del otro, guardando la puerta de Nin. Pero algo había cambiado: ya no era solo vigilancia. Había una extraña complicidad en las respiraciones rítmicas, en las miradas rápidas cuando la casa hacía ruido.
Era como si, juntos, fueran invencibles.
Y como si eso fuera más peligroso que cualquier bala.