Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.
Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:
Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.
Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.
Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.
Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.
Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.
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Capítulo 21
Había un silencio en la habitación que me daba paz. Por primera vez en días, podía respirar sin sentir el pecho arder.
Ella estaba viva.
Y conmigo.
Dormía leve, con los labios entreabiertos y el rostro aún marcado. Pero era Ana Lua. Entera. Firme. Después de todo lo que intentaron arrancarle… ella aún estaba aquí.
Dejé un beso en su frente antes de levantarme. Me obligué a salir. Aquello aún no había acabado.
Bajé las escaleras de la mansión con pasos firmes y mirada letal. Mi padre Domenico estaba en la biblioteca con Eduardo y Luiz. Bianca estaba sentada en el sillón de la esquina, manipulando el celular con la misma concentración de siempre.
—Tenemos un problema mayor que Raul y Matheo. —comencé así que entré—. Los padres de Ana... están viniendo y morirán aquí.
Todos levantaron los ojos.
—Fueron ellos los que abandonaron a su propia hija a los cuidados de un monstruo, todos con documentos falsos, nuevas identidades, menos ella, ellos querían que ella fuera atrapada en algún momento de la vida, el regreso de Raul al lugar en el que estaban ya había sido agendado. —Y ahora, quieren venganza por Raul. Van a venir atrás.
—¿Volvieron por orgullo, una basura como Raul? —Eduardo cuestionó con la mandíbula trabada—. ¿Después de todo lo que hicieron? Si supieron que él fue atrapado, entonces sabían de las agresiones.
—Sí. Y ahora, Raul será nuestra carnada. —continué—. Vamos a usar su nombre para atraerlos. Pero no va a haber conversación. Ellos amenazaron a Ana. Y por eso, van a pagar.
—Van a sangrar. —Bianca dijo con frialdad, levantándose—. Si quieres, yo misma jalo el gatillo.
Mi padre cruzó los brazos y asintió.
—El honor de la familia Salvatore fue herido por ellos años atrás. Pero por encima de eso, su sangre fue derramada. —Su voz sonó grave—. La justicia será hecha.
Luiz murmuró algo como "malditos cobardes" y Eduardo se quedó en silencio, pero su mirada quemaba como fuego.
Mi madre, entró silenciosa en la sala, escuchando parte de la conversación. Se acercó a mí y se paró en frente, los ojos claros estrechos como quien analizaba cada palabra.
—¿Y tú? —ella preguntó con suavidad peligrosa—. Estás tan involucrado con esa chica… ¿ya pensaste en casarte con ella? ¿O quieres vivir solo el "Momento"?
El cuarto quedó en silencio.
Mi boca se abrió por impulso... pero solo salió un suspiro. Aflojé la mirada. Sonreí. Una sonrisa que escapó por voluntad propia, que ni siquiera intenté esconder.
Todos me encararon.
—Sí.
La palabra salió firme.
Sin espacio para dudas.
—Yo pensé. Y ahora... tengo certeza.
Bianca soltó un silbido bajo.
—El rey cayó.
Eduardo sonrió, casi orgulloso.
Mi padre miró a mi madre y después a mí.
—Entonces prepara todo. Porque si ella te acepta después de todo esto… será una Salvatore. De sangre, de alma.
—Ella ya lo es. —susurré, como si me lo dijera más a mí mismo que a ellos.
Porque era verdad.
Ana Lua era mía. Y ahora… el mundo iba a entender lo que sucedía cuando alguien osaba tocar lo que era mío.
El silencio en el lugar era calmo de más. Ana dormía profundamente en el cuarto. Chiara estaba cerca, atenta, pero tranquila. Yo me permitía algunos segundos de paz. El corazón desaceleraba. La mente aún no.
Hasta que el mal volvió a rondar.
El celular de ella sonó.
El visor mostraba un número internacional. Estados Unidos.
La sangre hirvió. Estiré la mano y atendí antes que el toque la despertara.
—¿Aló? —mi voz fue seca.
Del otro lado, un soplo de silencio. Y entonces una voz mansa, pulida.
—Ana querida... estaba preocupada. —dijo la mujer—. ¿Por qué no atendiste antes? Mamá está volviendo.
Era Carmen Castellanos.
Yo ya lo sabía.
—Ella está descansando. —respondí, colocando el teléfono en el altavoz.
Chiara levantó los ojos. Mi padre entró en la sala en aquel momento, con el investigador, al lado. Las carpetas en manos. Eduardo, Luiz, y hasta incluso Bianca se acercaron silenciosos, al sentir el olor a juego sucio en el aire.
Del otro lado, la mujer continuaba:
—Ah... ¿y quién eres tú?
—La última persona que usted debería haber provocado.
Una risa seca. Pero una hesitación del otro lado también.
Antes que ella respondiera, mi padre tomó el dosier de la mano del investigador, abrió y comenzó a leer en voz alta. Voz de sentencia.
—Nombre verdadero: Alejandro. Apodo en el submundo: El Zorro. Especialidad: estrategias, infiltración, desvíos y alianzas clandestinas. Ex miembro de la estructura de los Ortega, después de los Salazar. Salió tras robo interno e intento de golpe. Buscado por tres clanes.
El silencio del otro lado comenzó a cambiar.
—Carmen Castellanos. Nombre real mantenido. Ligada al clan Castellanos, brazo menor de la mafia española. Acceso a documentos, operaciones financieras y contratos oscuros. Desvió informaciones confidenciales. Robó identidades. Cambió de lado. Traicionó sangre.
El tono de voz del hombre que habló a continuación cambió.
Era Alejandro. La máscara cayó.
—¿Qué quieren ustedes? —preguntó, ríspido.
—Ah, entonces eres tú. —dije, con un leve desdén—. El hombre que pensó que podía crear una nueva vida después de escupir en la mano que lo alimentó.
—Ustedes no tienen pruebas.
—Usted me llamó, Alejandro. Al celular de mi mujer. —respondí, con veneno en la garganta—. Usted pisó el territorio Salvatore, la abandonaron para morir, ya que Raul estaba con documentos diferentes a los de ella, ustedes sabían que ella era golpeada, que era violada, que sufría humillaciones y aceptaron, díganme ¿por qué odiar a una niña que salió de dentro de ustedes?
Mi padre continuó, frío como hielo:
—Encontramos la dirección en Nueva Jersey. Vida falsa. Ciudadanía comprada. Conexiones con el Clan Navarro. Ustedes no solo traicionaron. Ustedes se unieron a los enemigos, pero con Ana en el hospital, nosotros agilizamos, y una muerte de bebé en la familia Salazar hace 20 años atrás nos dio una idea.
Del otro lado… un silencio pesado. Alejandro intentaba mantener el control, pero él sabía. El cerco se había cerrado.
—Ustedes no van a atreverse...
—Sí, gracioso que el ADN apuntó que la Señora Salazar y Ana tienen 99,9% de compatibilidad, y eso solo firma su sentencia de muerte.
La línea quedó muda por un segundo. Y entonces el clic seco de la llamada terminada.
Alejandro colgó.
El teatro acabó.
—Ahora saben que fueron descubiertos. —Luiz dijo, cerrando la carpeta.
—Y saben que, si vuelven, van a morir —mi padre completó, encarando el vacío con furia contenida—. pero cuéntale sobre la paternidad, la señora Salazar y el marido están aguardando el momento en que podrán reencontrar a la hija.
Yo miré al teléfono aún en mi mano.
—Preparen todo. —murmuré—. La guerra comenzó y ellos van a intentar llevarse a Raul, Matheo y Fernanda pueden morir ahora, pero Raul será la Carnada, Madre, tráelos mañana, cuando Ana despierte le contaré que sus verdaderos padres están aquí.