NovelToon NovelToon
FUERA CUCARACHO 3 : La Heredera Gordita Será La Esposa Del General

FUERA CUCARACHO 3 : La Heredera Gordita Será La Esposa Del General

Status: Terminada
Genre:Grandes Curvas / Reencarnación / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Clara Monteverde es la heredera legítima de una de las familias más poderosas del reino, pero fue expulsada junto a su madre y enviada al campo. Allí aprendió a sobrevivir mientras su madrastra, Margaret Paccini, y su hija Isabel disfrutaban de la fortuna que le pertenecía.

Años después, Clara regresa.

Su padre, Edward Monteverde, apenas la reconoce. Margaret la desprecia por su cuerpo y pretende convertirla nuevamente en una mujer sin poder. Isabel, en cambio, está decidida a quedarse con su apellido, su herencia… y el hombre que debería casarse con Clara.

Pero esta vez escogieron a la mujer equivocada.

Clara descubrirá que la muerte de su madre no fue un accidente y que alguien dentro de su propia familia conoce la verdad.

Entonces aparece Adrian Zamora, el general más temido del reino.

Él está dispuesto a enfrentarse a cualquiera por ella.

Pero cuando Clara descubra quién realmente ordenó la muerte de su madre, descubrirá que el enemigo no quiere quitarle su herencia… quiere

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El incendio

El regreso a la mansión Monteverde llegó con una atmósfera pesada. Margaret no dijo una sola palabra sobre lo ocurrido en la academia, pero sus ojos oscuros lo decían todo: no perdonaría que su plan hubiera fracasado. Clara sabía que la paz era solo una tregua, no una victoria. Cada noche revisaba con cuidado su habitación, cerraba bien las ventanas y mantenía una vela encendida sobre la mesa, porque el sueño ya no le llegaba tranquilo. Sabía que mientras estuviera bajo ese techo, sería siempre una intrusa para su madrastra, un obstáculo que le impedía disfrutar plenamente de lo que creía haber conquistado.

Era una noche sin luna cuando el olor a humo la despertó de golpe. Al principio pensó que era solo su imaginación, pero al incorporarse vio una luz rojiza bailando bajo la puerta de su habitación y escuchó el crujido seco de la madera ardiendo. Su corazón dio un vuelco. Saltó de la cama, se envolvió rápidamente en su capa y corrió hacia la puerta, pero el pomo ya estaba caliente al tacto. Al abrirla, una cortina de fuego bloqueaba el pasillo que llevaba a las escaleras principales. Las llamas se elevaban con voracidad, devorando las cortinas y los muebles del ala este de la casa, donde estaban las habitaciones de invitados y donde ella dormía.

—¡Fuego! —gritó con voz fuerte, golpeando las puertas vecinas—. ¡Despierten! ¡Salgan ahora mismo!

Corrió hacia la escalera trasera, que era más estrecha y solía estar oscura, pero al llegar abajo se encontró con que el humo ya llenaba el vestíbulo. Se cubrió la boca con la manga y respiró por la nariz, manteniendo la calma. En su otra vida había visto incendios y sabía que el pánico mata más rápido que las llamas. No podía correr sin rumbo; necesitaba salir al jardín, al aire libre, donde el humo no la asfixiaría.

Entonces escuchó su nombre, no desde dentro de la casa, sino desde afuera, con desesperación.

—¡Clara! ¡¿Dónde estás?!

Era Adrian Zamora. No sabía cómo había llegado allí, pero su voz era clara y cercana.

—¡Aquí! —respondió ella, acercándose a la ventana que daba al jardín trasero—. ¡Estoy aquí!

Lo vio aparecer entre las sombras, con el rostro iluminado por el resplandor del fuego. No dudó un instante. Alzó una pesada lámpara de bronce y rompió los cristales de un golpe. El aire fresco entró de golpe, y Adrian se asomó a través de los fragmentos rotos.

—Salta —le dijo, extendiendo los brazos—. Te atraparé. No te dejaré caer.

Clara miró hacia abajo. No era una altura enorme, pero sus piernas temblaban no por el miedo a caer, sino por la incertidumbre. Luego lo miró a él, a sus ojos fijos y decididos, y supo que no mentía. Respiró hondo, se subió al alféizar y saltó. Sus manos la rodearon con firmeza y la amortiguaron contra su pecho, pero al hacerlo, un trozo de madera en llamas que había caído desde arriba le golpeó el hombro derecho con fuerza. Adrian apretó los dientes con un gemido ahogado pero no la soltó ni un segundo más de lo necesario. La dejó en el suelo, a salvo, y luego se llevó la mano al hombro, donde la tela de su chaqueta ya estaba oscura y empapada en sangre.

—¿Estás bien? —le preguntó, pálido por el dolor pero mirándola a ella primero, sin importarle su propia herida.

—Sí… gracias a ti —susurró Clara, viendo cómo el rojo oscuro se extendía por su manga—. Estás herido.

—No es nada —murmuró, aunque su voz se quebró levemente—. Con tal de que estés a salvo… no importa.

Los sirvientes empezaron a salir con cubos de agua y gritos de alarma. Margaret e Isabel aparecieron en la puerta principal, fingiendo asombro y preocupación, aunque Clara captó ese brillo fugaz de decepción en los ojos de su madrastra al verla de pie, sana y salva.

—¡Qué horror! —exclamó Margaret, llevándose una mano al pecho—. Gracias al cielo todos están a salvo. Seguro fue una vela mal apagada. Qué terrible descuido.

Clara no dijo nada en ese momento. Sabía que acusarla sin pruebas solo la haría parecer la culpable. Pero mientras ayudaba a Adrian a sentarse sobre un banco de piedra en el jardín, supo con absoluta certeza: esa vela no se había encendido sola. Alguien había cerrado con cerrojo la puerta desde afuera. Alguien había querido que el fuego la encontrara antes que la salida.

—Vamos a curarte —le dijo Clara suavemente, guiándolo hacia la cocina, donde había luz y agua limpia—. No te muevas mucho.

En la cocina, con las puertas cerradas y el fuego lejos por primera vez, Clara cortó con cuidado la tela de su chaqueta para ver la herida. No era profunda pero sí larga, y dolía al mover el brazo. Limpió la zona con agua tibia y vinagre, aplicó hierbas calmantes que Elena le había enseñado a reconocer y la vendó con tiras de lino limpio, con movimientos seguros y delicados. Adrian la observaba en silencio, sin apartar la vista de ella.

—No tenías por qué arriesgarte así —le dijo mientras ataba el vendaje con cuidado—. Podrías haberte lastimado mucho más. Podrías haber muerto.

—Y tú podrías haber muerto si no hubiera llegado —respondió él con voz baja—. No lo dudé ni un segundo. Cuando vi las llamas desde el camino, solo pensé en ti. No me importó el peligro. Si algo te hubiera pasado… no sé qué habría hecho.

Clara levantó la vista y se encontró con sus ojos. En ese pequeño espacio iluminado por la luz de una única vela, el ruido del incendio pareció desvanecerse por completo. Había algo más que gratitud entre ellos. Era como si ambos supieran que el peligro los había acercado a algo verdadero, algo que no se apaga con agua ni se quema con fuego.

—No eres solo una dama que necesita ser rescatada, Clara —dijo él suavemente, como si pudiera leer lo que ella pensaba—. Eres fuerte, valiente, sabes cuidar de ti misma y de los demás. Y eso… eso te hace aún más especial. No te necesito pequeña para protegerte. Te necesito tú, tal como eres.

Clara sintió que el corazón se le llenaba de una calidez que no tenía nada que ver con el calor del fuego. En su otra vida, siempre le habían dicho que debía ser menos para ser amada. Pero este hombre la miraba como si fuera suficiente exactamente así.

—Y tú eres mucho más valiente que cualquier medalla que lleves en el pecho —respondió ella con una pequeña sonrisa—. Gracias por verme, Adrian. De verdad verme.

Pasaron el resto de la noche allí, en la cocina, cuidando de que su herida no se infectara y hablando en voz baja de todo y de nada. Clara comprendió entonces que su conexión ya no era solo admiración. Era confianza. Y en un mundo donde no podía confiar en su propia casa, saber que él estaba de su lado era el refugio más seguro que tenía.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play