Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 21: ¡Andrés nos vio!
POV: Joaquín Zapata
Eran más o menos las seis y media de la mañana y yo estaba profundamente dormido en esa cama tan deliciosa del hotel. Parce, después de la fiesta de la noche anterior, lo único que quería era descansar hasta tarde, comer algo rico y salir a conocer Miami con mi novia.
Pero, como dicen por ahí, uno hace planes y la vida se encarga de dañárselos.
—Amor, despierta —escuché que me decía Gabriela.
Me volteé para el otro lado y me tapé la cabeza con la almohada.
—Mmm… cinco minuticos más, mi reina.
—Joaquín, despierta, que ya son las seis y media.
—¡¿Las seis y media?! —protesté, levantando un poquito la cabeza—. ¡Ave María, Gabriela! ¿Usted por qué me despierta a estas horas? ¡Si todavía ni ha salido bien el sol!
Ella soltó una carcajada.
—¡Ay, este muchacho! Tengo que ir a la empresa para una reunión importante. ¿O pensabas quedarte durmiendo todo el día?
—Pues esa era exactamente mi intención, mi vida.
—Bueno, pues, a levantarse. ¿O querés que te eche agua fría?
La miré indignado.
—¡No sea así, mujer! Qué falta de consideración con su novio.
Gabriela se acercó y me dio un besito en la frente.
—Arriba, mi amor. Te espero mientras te arreglás.
Me levanté de mala gana, arrastrando los pies como un viejito, y me metí al baño. Me duché, me cepillé los dientes y me arreglé el cabello. Después abrí la maleta y saqué un pantalón jean, una camisa de manga corta y unos tenis.
¡Nada de trajes elegantes ese día!
—Ahora sí —murmuré, mirándome al espejo—. Así es que se viste un hombre feliz.
Cuando salí, Gabriela ya estaba lista. Llevaba un vestido precioso y una chaqueta que combinaba perfectamente con su ropa. Se había arreglado el cabello y tenía un maquillaje suave que le resaltaba la belleza.
Me quedé mirándola unos segundos.
—¡Ave María, mi reina! ¿Y usted por qué se pone tan bonita desde tan temprano?
Ella sonrió mientras recogía su bolso.
—Porque tengo una reunión de trabajo, mi amor.
—No, muñeca, usted se arregla así y después quiere que yo me concentre en cualquier otra cosa. ¡Eso no se hace!
—¡Joaquín! —exclamó entre risas—. Dejá la bobada y vámonos, que se nos hace tarde.
Salimos del hotel y nos dirigimos hacia la empresa donde Gabriela tenía programada su reunión. Durante el trayecto, ella me explicó algunas cosas sobre sus proveedores y los acuerdos que necesitaba revisar.
Yo la escuchaba, aunque todavía tenía un poquito de sueño.
Cuando llegamos, vi un edificio bastante elegante. Entraban y salían personas vestidas de oficina, algunas hablando por teléfono y otras caminando de afán.
Gabriela se volvió hacia mí.
—Bueno, amor, ¿querés entrar conmigo o preferís esperarme aquí afuera? La reunión puede durar un buen rato.
Miré el edificio y después la miré a ella.
—Mi vida, con todo respeto, yo todavía estoy procesando que me hayas despertado a las seis y media. Si entro y empiezan a hablar de negocios, me quedo dormido en una silla.
Ella se rio.
—Entonces, quedate aquí, pues. Apenas termine, te aviso.
—Dale, mi reina.
Antes de entrar, Gabriela se acercó, me tomó suavemente del rostro y me dio un beso en los labios.
—Portate bien, amor. No te me aburrás mucho.
—Eso depende de cuánto se demore mi novia preciosa.
Ella volvió a besarme y después se despidió con una sonrisa.
Yo me quedé afuera, revisando el celular mientras esperaba.
Lo que no sabía era que alguien había visto absolutamente todo.
Unos minutos después, escuché una voz conocida detrás de mí.
—¡Quiubo, Joaquín! ¿Y vos qué hacés por acá tan temprano?
Volteé.
Era Andrés Valencia.
¡Juepucha! ¿Otra vez este man?
—Hola, Andrés. Aquí, esperando a alguien —respondí tranquilamente.
Él miró hacia la entrada del edificio y después volvió a mirarme con una expresión extraña.
—Ve, parcero, te voy a preguntar una cosa y quiero que me respondás con sinceridad.
—¿Qué pasó ahora?
Andrés cruzó los brazos.
—¿Qué tenés vos con la señora Gabriela?
Yo fruncí el ceño.
—¿Cómo así? Nada. ¿Por qué me preguntás eso?
Él soltó una risita y negó con la cabeza.
—¿Nada? No me vengás con cuentos, hombre. Yo acabo de llegar y te vi besándola en los labios antes de que entrara a la empresa.
Sentí que se me helaba hasta el pensamiento.
¡Mierda!
Me quedé callado durante unos segundos, buscando qué responderle sin terminar de embarrarla.
Andrés dio un paso hacia mí.
—Joaquín, vos sos amigo de Juan. Yo conozco a ese man y sé perfectamente quién es Gabriela para él. Así que explicame una cosa…
Hizo una pausa y me miró directamente a los ojos.
—¿Vos estás saliendo con la mamá de tu mejor amigo?
Tragué saliva.
Ya no había manera de hacerme el desentendido. Andrés nos había visto besándonos y, por su expresión, estaba dispuesto a descubrir toda la verdad.
Y yo sabía que, si aquello llegaba a oídos de Juan, nuestra vida iba a cambiar por completo.