El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
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Ebrio
Adrián acababa de llegar.
Vestía un traje oscuro impecable, camisa blanca y zapatos elegantes. Su cabello estaba cuidadosamente peinado, aunque conservaba aquel aire ligeramente desenfadado que le daba un atractivo particular.
Se había pasado el día cerrando un acuerdo empresarial que amenazaba con prolongarse hasta la noche. Finalmente, había conseguido resolverlo y tomar el primer vuelo disponible.
No estaba dispuesto a perderse la boda.
Mucho menos después de que Lenna le recordara varias veces que había sido invitado.
—¡Pensé que no vendrías! —exclamó ella, acercándose para abrazarlo.
—Yo también lo pensé.
Lenna rio y volvió a abrazarlo.
Emma se acercó inmediatamente.
—¡Qué alegría verte!
Adrián la miró.
Por un instante, pareció olvidarse de todo lo que había pensado decirle durante el viaje.
Emma estaba preciosa.
El vestido que llevaba resaltaba su elegancia sin restarle naturalidad. Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre los hombros y sus ojos brillaban con una alegría que él no había visto en ella durante sus primeros días de conocerse.
—Estás muy preciosa —dijo finalmente.
Emma sonrió.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal.
Adrián se rio.
—Eso es lo más cercano a un cumplido que voy a conseguir de ti, ¿verdad?
—No te acostumbres.
Lenna los observó con una sonrisa cómplice.
—Bueno, ahora que estamos todos, quiero saber cómo te fue con el negocio.
Adrián comenzó a contarles los detalles de la negociación, explicando cómo habían conseguido cerrar el acuerdo después de varias horas de discusiones.
Emma escuchaba con interés.
Le hizo preguntas, se rio de una anécdota y le contó algunas cosas que habían sucedido en la universidad.
Adrián no intentó monopolizar su atención. Tampoco buscó una oportunidad para alejarla del grupo.
Simplemente disfrutaba de estar con ella.
Pero había alguien que no estaba disfrutando tanto de aquella escena.
Leonardo observaba desde la mesa, con la copa entre los dedos.
Había visto a Emma abrazar a Adrián.
Había escuchado su risa y había notado la manera en que el empresario la miraba.
No había nada escandaloso en aquella conversación. Adrián se comportaba con educación y Emma parecía genuinamente feliz de verlo.
Precisamente por eso, Leonardo no tenía ningún motivo razonable para molestarse.
Y, aun así, se molestó.
—¿Quieres otra copa? —preguntó Matteo, notando que Leonardo acababa de vaciar la suya.
—Sí.
Matteo lo observó con atención.
Leonardo tomó la botella y volvió a servirse.
—Despacio —advirtió su amigo.
—¿Qué? Es una boda y en las bodas se bebe.
—No he dicho lo contrario.
Leonardo bebió otro sorbo.
Al otro lado del salón, Adrián hizo reír a Emma con una historia sobre un cliente que había confundido una reunión empresarial con una entrevista de trabajo.
La joven se llevó una mano a la boca, riendo.
Leonardo apretó los dedos alrededor de la copa.
Matteo siguió la dirección de su mirada y suspiró.
—Vas a terminar emborrachándote por un hombre que ni siquiera sabe que estás celoso.
Leonardo lo fulminó con la mirada.
—Baja la voz.
Matteo soltó una risa incrédula.
—¿Ves? Ni siquiera puedes negar que tengo razón.
—No estoy celoso.
Ambos se miraron durante unos segundos.
Finalmente, Matteo dejó su copa sobre la mesa y se inclinó hacia él.
—Escúhame bien. Puedes sentir lo que quieras. No voy a juzgarte por eso. Pero compórtate.
Leonardo apartó la mirada.
—Estoy comportándome. Estoy sentado ¿Ves?.
Matteo señaló discretamente la copa que tenía en la mano.
—Estás bebiendo como si quisieras borrar a Adrián de la existencia.
—Me vale cinco ese tipo.
—Entonces deja de beber cada vez que él consigue hacerla reír.
Leonardo no respondió.
Porque lo peor era que Matteo tenía razón. No podía exigirle nada a Emma.
No podía pedirle que dejara de ver a Adrián, que no se riera con él o que no disfrutara de su compañía.
Habían acordado ser amigos y él mismo había insistido en que no quería volver a lastimarla.
Sin embargo, verla con otro hombre le hacía sentir que estaba perdiendo algo que nunca había tenido.
Matteo le dio una palmada en el hombro.
—No arruines la noche de Camila por tus problemas sentimentales. Si quieres algo distinto con Emma, tendrás que averiguar qué sientes y actuar como un adulto.
Leonardo soltó una risa sin humor.
—Gracias por el discurso.
—De nada. Te cobraré después.
Matteo se alejó para reunirse con Sofía, dejándolo a solas con sus pensamientos.
Leonardo miró su copa.
Después miró a Emma.
La joven seguía conversando con Adrián y Lenna, completamente ajena a la tormenta que comenzaba a formarse dentro de él.
Y entonces Adrián dijo algo que hizo que Emma se echara a reír otra vez.
Leonardo cerró los ojos durante un instante.
Aquella noche había llegado pensando que podría verla, abrazarla, compartir unas palabras y disfrutar de la boda.
No había imaginado que tendría que enfrentarse a la posibilidad de que otro hombre comenzara a ocupar un lugar importante en su vida.
Y mucho menos había imaginado que aquella posibilidad pudiera dolerle tanto.
Porque, mientras él seguía buscando excusas para no reconocer lo que sentía, Adrián estaba allí.
Presente, atento y dispuesto a conocerla sin exigirle nada.
Leonardo dejó la copa sobre la mesa.
Respiró profundamente y volvió a mirar hacia la pista de baile.
La boda apenas comenzaba Y él tenía la incómoda sensación de que aquella noche iba a poner a prueba mucho más que su paciencia.
Iba a poner a prueba su capacidad para seguir fingiendo que Emma no significaba para él mucho más de lo que se atrevía a admitir.
Leonardo llevaba varios minutos intentando convencerse de que no le importaba.
No le importaba que Adrián hubiera llegado a la boda.
No le importaba que Emma se hubiera alegrado tanto de verlo.
Y, por supuesto, no le importaba que aquel hombre consiguiera hacerla reír con una facilidad que comenzaba a resultarle irritante.
No le importaba nada.
Absolutamente nada.
Por eso, cuando un camarero pasó junto a su mesa, Leonardo tomó otra copa.
Matteo, se volvió a sentar a su lado, lo observó con el ceño fruncido.
—¿No crees que ya has bebido suficiente?
Leonardo ignoró el comentario y bebió otro trago.
Al otro lado del salón, Emma conversaba con Adrián y Lenna. La joven estaba contando una anécdota de la universidad cuando Adrián soltó una carcajada.
Emma rio con él.
Leonardo apretó la copa entre los dedos.
Matteo siguió la dirección de su mirada y dejó escapar un suspiro.
—Leonardo, te lo advierto…
Pero su amigo ya se había puesto de pie.
Con la copa todavía en la mano, atravesó el salón con paso decidido. No caminaba del todo recto, aunque hacía un esfuerzo evidente por aparentar que tenía el control.
Matteo reaccionó demasiado tarde.
—¡Leonardo! Espera.
Cuando consiguió levantarse, su amigo ya estaba frente a los tres jóvenes.
—Vaya, vaya… —dijo Leonardo, con una sonrisa sarcástica—. ¡Pero qué reunión tan interesante!
Emma se volvió inmediatamente.
—¿León?
—En persona, pequeña.
Su tono hizo que la sonrisa de Emma desapareciera poco a poco.
Adrián se incorporó, sorprendido por aquella aparición.
—Buenas noches, Leonardo.
—Adrián —respondió él, pronunciando su nombre con una cortesía exagerada—. ¿Disfrutando de la fiesta?
—Sí, gracias.
—Me alegra. ¿Y qué tal los negocios? ¿También tienes tiempo para cerrar acuerdos cuando no estás ocupado acompañando a jovencitas a todas partes?
El silencio cayó sobre el pequeño grupo.
Lenna abrió los ojos.
Emma se quedó inmóvil.
Adrián mantuvo la compostura, aunque la expresión de su rostro se volvió más seria.
—No sé a qué viene ese comentario.
—Oh, no te preocupes. Solo conversamos.
Leonardo bebió otro sorbo.
—Emma, ¿no te parece maravilloso? Adrián siempre tiene tiempo para ti. Cenas, películas, parques de diversiones… ¡Qué hombre tan atento!
—Leonardo, basta —murmuró Emma.
Él la miró.
—¿Basta de qué? ¿Estoy diciendo alguna mentira?
—No es el momento ni el lugar para hablar de eso.
—¿Ah, no? ¿Y cuándo sería el momento adecuado?
Adrián dio un paso hacia él.
—Creo que deberías sentarte. No pareces encontrarte bien.
Leonardo soltó una risa seca.
—¿Ahora también vas a decirme qué debo hacer?
—Solo intento evitar una situación desagradable.
—Qué considerado.
La tensión era tan evidente que varias personas comenzaron a mirar en su dirección.
Emma sintió que la vergüenza le subía por el rostro.
Aquel no era el Leonardo que conocía. No era el hombre que había pasado dos horas viendo una película con ella, escuchándola y haciéndola reír cuando más lo necesitaba.
Era alguien dominado por la rabia, alguien que parecía dispuesto a convertir una conversación inocente en una disputa.
Y lo peor era que no entendía por qué.
—Leonardo, por favor —insistió ella—. Vamos a hablar en otro momento.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que tu amigo se moleste? Porque es tu amigo ¿O no?.
Emma abrió la boca, indignada.
—¡No me hables así!
En ese instante, Matteo llegó junto a ellos.
—Se acabó.
Rodeó los hombros de Leonardo con un brazo e intentó apartarlo.
—Vamos, amigo. Necesitas tomar aire.
Leonardo se resistió.
—Estoy hablando.
—Y yo te estoy diciendo que vamos a tomar aire.
—¡No quiero irme!
Matteo apretó los labios y lo miró fijamente.
—No te estoy preguntando.
Leonardo intentó soltarse, pero Matteo no cedió.
Emma observaba la escena con el corazón acelerado. Sentía confusión, tristeza y una vergüenza que no sabía dónde colocar.
Finalmente, tomó una decisión.
—Leonardo.
Él volvió la cabeza hacia ella.
—¿Qué?
—Acompáñame al jardín. Quiero hablar contigo.
Matteo la miró con preocupación.
—Emma, quizá sea mejor…
—Lo sé, tío. Pero necesito entender qué está pasando.
Leonardo sostuvo su mirada durante varios segundos.
Por un instante, pareció recuperar algo de lucidez.
Asintió lentamente.
—Está bien.
Matteo soltó el aire que estaba conteniendo.
—De acuerdo. Vamos los tres.
El jardín estaba iluminado por pequeñas lámparas colocadas entre los arbustos y por las luces cálidas que llegaban desde el salón.
La música de la fiesta se escuchaba a lo lejos, amortiguada por las paredes y los árboles.
Matteo caminaba junto a Leonardo, sujetándolo discretamente por el brazo, mientras Emma iba unos pasos delante de ellos.
Al llegar a una zona más apartada, la joven se volvió.
—Gracias por acompañarnos, tío.
Él le sonrió con ternura.
—Princesa no estaré lejos.
Se acercó y le dio un beso en la frente.
—Te quiero muchísimo, Em. No lo olvides nunca.
Ella lo abrazó.
—Yo también te amo, tío Matt. Gracias por estar pendiente de mí.
Matteo le acarició el cabello y después miró a Leonardo.
Su expresión cambió por completo.
—Escúchame bien —le dijo en voz baja—. Compórtate.
Leonardo apartó la mirada y levantó las manos.
—Estoy bien.
—No lo estás, mírate.
Matteo le quitó la copa de la mano y la llevó con el.
—No vas a seguir bebiendo.
Leonardo endureció la mandíbula.
—No eres mi padre.
—Te conozco desde hace demasiados años para que intentes engañarme, soy más que tu amigo.
Matteo le dio una última palmada en el hombro.
—Voy a estar cerca. Si necesitan algo, me llamas.
Después se volvió hacia Emma.
—Y tú, si te sientes incómoda o quieres regresar, no tienes que quedarte aquí por compromiso.
Emma asintió.
Matteo les dedicó una última mirada y regresó al salón.
Los dejó solos.
Y, de repente, el silencio del jardín pareció mucho más grande.
Emma cruzó los brazos sobre el pecho.
Leonardo permanecía frente a ella, con el cabello ligeramente desordenado y la expresión tensa. Sus ojos parecían buscar una respuesta que ni siquiera él sabía formular.
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¿Leonardo que hiciste?
🥰Matteo el mejor amigo y tío.
🥺Pobre Emma.
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