Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 11: Un deseo que no puede controlar.
El beso se prolongó, profundo, cargado de todo lo que habíamos dicho y todo lo que todavía nos quedaba por decir. No fue un roce suave ni una caricia tímida; fue la explosión de todo lo que había estado creciendo entre nosotros desde el primer momento: la curiosidad, la fascinación, la obsesión y ahora, ese deseo que nos quemaba a ambos por dentro.
Cuando por fin se separó un poco, sus labios seguían rozando los míos, su respiración era pesada, entrecortada, y sus ojos, esas llamas oscuras, brillaban con una intensidad tan fuerte que casi me cegaba. Me sostuvo el rostro entre las manos, con los dedos temblando levemente —algo que nunca había visto en él, algo que me hizo entender cuánto le costaba contenerse— y me miró como si fuera la única cosa que existía en el universo.
—Dijiste… —empezó a decir, con la voz ronca, rota por la emoción—… dijiste que tú también estás obsesionada conmigo. Dijiste que quieres que esto crezca. ¿Sabes lo que eso significa, Isabela? ¿Sabes lo que despiertas en mí cada vez que te acercas, cada vez que me miras, cada vez que me hablas con esa voz suave que parece hecha solo para mí?
No esperó mi respuesta. Bajó las manos desde mi rostro, recorriendo mi cuello, mis hombros, bajando por mis brazos, hasta llegar a mis manos, que apretó con fuerza contra su pecho. Allí, a través de la tela gruesa de su ropa, sentí su corazón: golpeando fuerte, rápido, desbocado, tan diferente del ritmo lento y eterno que siempre tenía.
—He vivido tres mil años —continuó, y cada palabra salía entre dientes, como si le costara mucho decirla, como si estuviera luchando contra una fuerza mayor que él mismo—. He visto bellezas de todos los tipos, he tenido lo que he querido cuando lo he querido, he tomado lo que me apetecía sin preguntas y sin dudas. El deseo… el placer… siempre han sido cosas sencillas para mí. Cosas que se toman, se usan y se dejan atrás. Nunca me han dominado. Nunca han sido más fuertes que mi voluntad, ni que mi control.
Se inclinó más hacia mí, pegando su cuerpo al mío, haciéndome sentir todo su calor, toda su fuerza, todo ese poder contenido que ahora vibraba en cada músculo suyo.
—Pero contigo… todo cambió. Desde el primer día, desde que te vi caer frágil y pequeña en mi suelo, sentí algo que no entendía. Algo que me quemaba las venas, que me nublaba la mente, que me hacía querer cosas que nunca había querido. Al principio creí que era curiosidad, luego creí que era posesión… pero ahora sé la verdad. Es deseo, Isabela. Un deseo que no puedo controlar. Un deseo que crece cada segundo que paso a tu lado, cada segundo que paso lejos de ti, cada vez que te veo moverte, cada vez que te escucho reír, cada vez que siento tu tacto en mi piel.
Sus manos bajaron hasta mi cintura, me apretó contra él con una fuerza que me quitó el aliento, y hundió la cara en mi cuello, inhalando profundamente, como si quisiera llenarse de mi olor, como si eso fuera lo único que lo mantenía cuerdo.
—Quiero tocarte —murmuró contra mi piel, enviando escalofríos por todo mi cuerpo—. Quiero tocarte por todas partes, conocer cada rincón de tu cuerpo, cada forma, cada curva, cada lugar donde te gusta que te toquen. Quiero saber cómo te llamas cuando sientes placer, quiero saber cómo te tiembla la voz, cómo se te cierran los ojos, cómo te entregas a mí. Quiero desvestirte, quiero sentir tu piel contra la mía, quiero fundirme contigo hasta que no sepa dónde termino yo y dónde empiezas tú.
Se separó un poco, me miró de nuevo, y vi en sus ojos una mezcla aterradora y hermosa de hambre y de miedo.
—Y lo peor… lo que más me asusta… es que no puedo parar. He intentado mantener el control, he intentado ir despacio, he intentado ser paciente porque sé que eres frágil, sé que eres nueva en todo esto, sé que soy demasiado para ti en todos los sentidos. Pero cada vez que te tengo cerca, cada vez que te veo tan mía, tan dulce, tan dispuesta… se me rompe todo el freno. Se me olvida la paciencia, se me olvida el cuidado, se me olvida todo menos la necesidad de tenerte, de poseerte, de hacerte mía de todas las formas posibles.
Levantó una mano y me acarició el labio inferior con el pulgar, despacio, con una avidez que me hizo temblar entera.
—A veces me da miedo —confesó, bajito, con una sinceridad que me sorprendió—. Miedo de que este deseo sea tan grande que te rompa, que te haga daño, que te consuma entera igual que me consume a mí. Porque no es solo querer tu cuerpo, Isabela. Es querer todo de ti. Quiero tu cuerpo, sí, pero también tu mente, tu alma, tu pasado, tu futuro, cada recuerdo, cada sueño, cada suspiro. Quiero que todo lo que eres se mezcle con todo lo que soy, para siempre.
Lo escuchaba, y en lugar de asustarme, en lugar de querer alejarme, sentía que mi propio cuerpo respondía a cada una de sus palabras. Sentía ese mismo fuego corriendo por mis venas, esa misma necesidad, esa misma falta de control. Porque tenía razón: yo también lo deseaba. Lo deseaba con una fuerza que no entendía, que no había sentido nunca por nadie, que me hacía olvidar quién era, dónde estaba, qué peligros podía haber. Solo existía él. Solo existía lo que sentía por él.
—Lucien —susurré, y me acerqué más, rodeando su cuello con mis brazos, pegando mi cuerpo al suyo, sintiendo cómo se estremecía solo con mi contacto—. No tienes que controlarlo. No tienes que tener miedo. Porque yo también lo siento. Yo también te deseo. Con la misma fuerza, con la misma locura, con la misma falta de límites.
Le acaricié el cabello, sus cuernos, la piel dura y cálida de su rostro, y miré directamente a esos ojos que me devoraban.
—Soy frágil, sí. Pero soy tuya. Y quiero que me tengas. Quiero que me toques, quiero que me hagas tuya, de todas las formas que desees. No me romperé. Porque lo que hay entre nosotros… es más fuerte que mi cuerpo, más fuerte que cualquier cosa. Y si me consumes… entonces que sea así. Porque yo también quiero consumirme contigo.
Un gemido bajo, ronco, se le escapó de la garganta. Me levantó en brazos como si no pesara nada, me apretó contra su pecho y empezó a caminar hacia la puerta, hacia mis aposentos, con pasos rápidos, decididos, sin apartar la mirada de mí ni un segundo.
—Me estás matando, pequeña humana —dijo, con una mezcla de placer y desesperación—. Me estás matando y me estás dando la vida al mismo tiempo. Me pides que no controle este deseo… y te aseguro que no podré hacerlo. Desde este momento, todo lo que haga, todo lo que te dé, todo lo que te tome… será con toda la fuerza, con toda la pasión, con todo lo que llevo dentro.
Llegamos a la habitación y, con un movimiento de su mano, la puerta se cerró tras nosotros, sellándonos dentro, dejándonos solos en la penumbra iluminada por el fuego oscuro. Me depositó sobre la cama inmensa, se inclinó sobre mí, apoyando sus brazos a los lados de mi cuerpo, enjaulándome entre su fuerza y su calor, mirándome desde arriba con esa expresión de hambre absoluta y amor infinito.
—Este deseo que no puedo controlar… —murmuró, bajando su cuerpo hasta que su pecho rozó el mío, hasta que sus labios estuvieron justo sobre los míos—… es solo el principio. Porque cada día que pase, cada hora, cada segundo que estemos juntos… este deseo crecerá más. Y te aseguro, Isabela Voss… que cuando se desate por completo, cuando ya no quede ni un rastro de control ni de contención… haré que te olvides de todo lo que no sea yo. Haré que sepas, con cada parte de tu ser, que eres mía, y que yo soy tuyo, de una forma que nadie más en la existencia podrá entender jamás.
Y entonces me besó de nuevo, con una pasión desbordada, sin frenos, sin límites, entregándose a ese deseo que no podía —y no quería— controlar. Y yo me entregué con él, dejándome llevar, sabiendo que estaba a salvo, sabiendo que estaba exactamente donde debía estar, sabiendo que, entre esas sombras, entre esos brazos, estaba encontrando la verdadera esencia de lo que significaba estar viva.