El mundo cuenta con civilizaciones que se han perdido por el paso del tiempo; continentes y reinos enteros fueron sumergidos por el agua , la lava , la arena y el hielo , y solo se tiene registro de las culturas y civilizaciones actuales porque quedaron infraestructuras y relatos de manera interna y externa de ellas.
Pero ¿qué pasaría si antes de que la humanidad surgiera ,existía una especie con poderes sobrenaturales cuyas culturas se asemejaban a las humanas, pero miles o, a veces, hasta millones de años atrás, y por eso no se tenía registro de que existieron «los antiguos»?
Kevin es un antiguo que despertó en la era actual y que deberá descubrir su pasado e identidad en medio de un conflicto entre un culto oscuro y la humanidad y Kevin deberá decidir en qué bando peleará
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Gondwana parte 2:
De vuelta donde Kevin comenzó su primera aventura en Gondwana, este caminó hasta Pelagia siguiendo a Bajtiar, Mahyar y los otros tres sobrevivientes por varios días; utilizaba la arena para rastrearlos en cada campamento que hacían e incluso paraba a descansar. Para no morir de hambre, cazaba pequeños reptiles y los comía asados.
Durante las noches, miraba las estrellas por un largo tiempo, pensando en su familia y todo lo que tenía, pero la calma de la noche le hacía reflexionar en que este era el gran destino que siempre le decían que tenía; quizás las grandes cosas comenzarían en este viaje y no cuando vivía bajo la sombra de su familia.
Entonces se volvió uno con la arena, cavando un par de centímetros para poder respirar y evitar a las bestias carnívoras. Cuando se levantó por la mañana, notó que estaba cerca de un pueblo destruido por los hombres rana; se apresuró a buscar sobrevivientes, encontrándose con solo diez hombres, que habían perdido toda esperanza de seguir luchando, dedicándose solamente a vivir de vagabundos.
—Hey —dijo Aenias, saludando cordialmente.
—¡Ah! —exclamó un hombre mirando al joven. Su grupo se encontraba cocinando carne de saurópodo en una olla calentada por una fogata que ellos hicieron; se levantó al ver las ropas de Aenias, notando que no era de por allí.
—Soy Aenias, estoy buscando un grupo de hombres rana —dijo el joven.
—Pasaron por aquí hace dos horas —dijo el hombre viejo de cabellera rubia, sin darle importancia a las intenciones del joven—. Suerte siguiéndolos.
—Gracias.
—Pobre chiquillo tonto, ¿de verdad crees que puedes ganarles?, ¡já!, ya todo está perdido —dijo otro, provocando que el hijo de Corban se detuviera.
—Niño, no te hagas el rudo con nosotros —dijo el anciano—, no puedes hacer nada, ya déjalo, ¿en serio crees que un simple niño va a detener a un ejército contra el que ni nuestros soldados pudieron hacer nada contra ellos?
—¡No! —gritó Aenias, molesto por los dichos del viejo.
—Cálmate, si quieres puedes quedarte con nosotros, tendrás más oportunidades si te escondes en un grupo —añadió uno de cabello castaño mientras abría la olla para ver si la carne estaba en su punto de cocción.
—Ellos volverán de todas formas —añadió otro de cabello negro.
—¿De qué sirve quedarme en un solo lugar sabiendo que mi familia está esclavizada? —respondió Aenias.
—Niño, entiende que son demasiados.
—¡¿Y qué importa?! Vinieron a invadirnos, a masacrarnos y convertirnos en esclavos; ¿acaso ellos quedarán impunes por sus pecados? ¡Yo no lo creo! —gritó Aenias desahogándose.
—¡Ya para, mocoso, si quieres morir puedes pedírnoslo a nosotros, que cumpliremos ese capricho tuyo! —gritó el anciano.
—Te haces el hombre ahora, pero bien que te escondes cuando pasan solo cinco hombres rana. Al menos yo moriré intentándolo y no como un vagabundo, que se pierde pensando en por qué las cosas ocurrieron de esta manera —dijo Aenias siguiendo su camino.
—¡Maldito! —gritó el anciano viendo cómo el muchacho se alejaba caminando entre los escombros.
—El mocoso tiene un punto —dijo el hombre castaño.
—Morirá afuera —respondió el viejo.
—Deberíamos seguirlo —añadió el castaño, levantándose de su asiento seguido por los demás, quienes tomaron sus cosas, al igual que la olla con comida.
Aenias ya estaba a las afueras del pueblo cuando se detuvo al escuchar los pasos de los diez hombres. Creyó que querrían golpearlo, pero dejó de creer eso cuando vio sus pertenencias y estos le miraban pacíficamente. El hombre castaño se acercó a él.
—Perdona nuestra falta —dijo el castaño—. Nosotros también lo perdimos todo, pero creo que juntos podremos recuperarlo, ¿qué dices?
—Acepto, pero los cinco hombres rana son míos, al igual que Gnarl —dijo Aenias sonriendo, ya que ahora tenía un grupo de mercenarios trabajando con él.
—¿Te diriges a Pelagia, verdad? Lamentablemente, esa ciudad también cayó —dijo el anciano.
—La usan como un fuerte y también allí se dirigen todos para irse a su reino —agregó Aenias.
Pasaron dos días caminando y en cada pueblo destruido por el que pasaban terminaban reclutando más sobrevivientes. Por primera vez tuvieron que violar las leyes y utilizar sus poderes para poder defenderse, ya que la milicia fracasó en varias partes del continente. Pequeños escuadrones partieron a diferentes ciudades a pedir ayuda para la resistencia en contra de los hombres rana, contando que seguían al hijo de Corban, el de la lanza relámpago.
La noticia de la invasión recorrió todo Gondwana, provocando que varias ciudades-estado tomaran cartas en el asunto. Con el tiempo comenzó a defenderse de los ataques de los hombres rana y dar refugio a los que perdieron todo durante la invasión.
Gracias a la difusión de la noticia, los hombres rana aprovecharon para apresurarse y defender a Pelagia ante el posible ataque de Aenias. Estaban esperando la llegada de otros barcos para poder transportar a los esclavos, pero se produjo una revuelta dentro de la ciudad: era Corban quien lideraba esto, al saber que su hijo estaba con vida y que estaba haciendo lo imposible por salvarlos. Su corazón se llenó de orgullo por Aenias, contándole a Dysis que su hermano llegaría a ayudarles, así que lo que debía hacer era pelear por su libertad.
—Vaya, nunca creí que la lanza relámpago haría una revuelta —dijo Gnarl sarcásticamente, emanando barro de sus manos y matando a varios antiguos—. Ni siquiera pueden usar sus poderes.
—Papá... él fue quien mató a mamá —dijo Dysis con miedo, apuntándolo con una espada.
Corban se abalanzó contra su enemigo intentando apuñalarlo con su espada, pero el hombre rana logró esquivar el ataque lo suficientemente rápido como para no ser cortado a la mitad, aunque su brazo derecho terminó siendo amputado por el corte del antiguo. Los demás esclavos siguieron peleando con todo lo que podían, aun sin usar sus poderes, pero los hombres rana todavía dominaban la pelea al preservar sus energías, por lo que la batalla se inclinaba a su favor.
Dysis ayudaba a su padre en la pelea; no quería que Gnarl tuviera tiempo de reaccionar a los ataques de ambos, recibiendo varios cortes, incluso uno en el ojo derecho por parte de la rubia, quien intentó darle un golpe letal en la cabeza, pero falló por una milésima de segundo. El hombre rana se había vuelto más ágil, esquivando a ambos atacantes mientras se preguntaba por qué sus subordinados aún no le ayudaban. Creó varias manos de barro, que emergieron de la tierra atrapando a ambos antiguos, y los arrojó con fuerza contra una casa.
«Son demasiado rápidos estando en una forma base», pensó Gnarl mientras regeneraba su brazo cortado con barro. También caminaba apresuradamente para acabar con sus enemigos, pero se sorprendió al ver que estaban de pie, aunque ensangrentados. Los dos miraban con odio al anfibio mientras corrían rápidamente hacia él, asesinando con suma facilidad al resto de anfibios que intentaban pelear contra ellos. —Joder, son unos monstruos —dijo aterrado, al notar que ya estaban a la par de él.
Gnarl creó una enorme bola con la que golpeó a Dysis varias veces, mandándola a volar varios metros lejos de él, olvidándose de Corban, quien volvió a cortarle un brazo y posteriormente una pierna a la altura del muslo, dejando que el anfibio se desangrara bastante rápido, cayendo al suelo. Estaba a punto de ser decapitado por el antiguo cuando un pico de hielo le atravesó el pecho, quedando de pie e intentando respirar sin éxito alguno, ya que comenzó a vomitar sangre. Aun con esa herida fatal, continuó intentando decapitar a Gnarl, pero otro pico de hielo le destrozó el brazo derecho.
—Debería darte vergüenza ser derrotado así de fácil por alguien sin poderes —dijo Mahyar, quien había llegado a Pelagia junto al resto de sus camaradas.
—Hijos… de… —dijo Corban, aún de pie mientras se desangraba.
—¡No, papá! —gritó Dysis, desesperada al ver que la historia se repetía. Había despertado solo para ver a su padre herido de gravedad, levantándose rápidamente para socorrerlo, pero fue detenida por Bajtiar, quien la pateó con fuerza hasta sacarle el aliento y, no contento con eso, comenzó a golpearla con tanta brutalidad que la dejó noqueada.
—Adiós, monstruo —dijo Gnarl cubriendo su cuerpo con barro, lo cual le permitió ponerse de pie, tomando su espada y sonriendo con malicia.
—Ustedes… nunca van a ganar —dijo Corban mientras pensaba en su familia. Quizás en un mundo donde él hubiera estado desde el inicio en su ciudad, habrían ganado y no habría tanto sufrimiento ni tampoco estaría a punto de morir. En sus últimos segundos de vida, comenzó a lamentarse por haber sido mal padre con Aenias y porque nunca podría decirle que se sentía orgulloso de su hijo al tomar su manto. Se autoengañó creyendo que su hijo tendría la oportunidad de ganar la guerra para poder irse en paz, ya que su esposa lo esperaba en el otro lado.
—Ya lo hicimos —dijo Gnarl decapitando a Corban. La cabeza del antiguo rodó por el suelo varios metros. Los demás esclavos, al ver esto, comenzaron a rendirse, pensando que no podrían salir de la ciudad con vida y arrodillándose con temor ante Gnarl, quien había tomado la cabeza de Corban, alzándola mientras se reía—. ¡Escúchenme bien, trozos de excremento, quiero que este día lo atesoren en sus corazones! ¡Recuerden que su esperanza murió hoy y yo decido quién vive y quién muere!
—Serán esclavos en las minas del imperio; esta tierra le pertenece a nuestro rey —dijo Bajtiar al costado del cuerpo de Corban, que aún no caía al suelo.
Pasaron tres días desde la muerte de Corban. Los barcos habían llegado y se llevaron a todos los esclavos, incluyendo a Dysis y dejando solo al escuadrón de Bajtiar, quien esperaba al resto de tropas de hombres rana, ya que la ciudad era un punto de entrada hacia el continente, por lo que perderla significaba un peligro. Bajtiar tenía preparado un regalo para Aenias: adornó la puerta de la ciudad con estacas y sobre estas estaban las cabezas de los rebeldes, incluyendo la cabeza de Corban. Supuso que eso le bajaría la moral a sus enemigos, así que esperaba pacientemente a que llegara el joven.
Cuando Gnarl llegara a su tierra y contara las buenas noticias a su rey, este sin duda le brindaría varios honores a Bajtiar. Eso era lo que esperaba el hombre rana, ya que servía con devoción a su reino y a su gobernante, estando dispuesto a hacer lo que fuera con tal de ganar. Por fin se recuperarían de la anterior guerra y podrían en un futuro conquistar a los antiguos con cuernos y cola.
—Señor, creo que el mocoso no vendrá. Solo fue un mito de los esclavos para tener esperanza —dijo un guardia de la tienda de campaña.
—Claro que vendrá, estoy seguro de eso —dijo Bajtiar rascando su barbilla hasta que escuchó un ruido bastante fuerte, incluyendo gritos de sus soldados, lo que provocó que saliera de su tienda, viendo que enormes rocas eran lanzadas contra la ciudad, matando a varios anfibios—. ¡Oh, prepárense para contratacar!
Los hombres rana comenzaron a arrojar sus elementos fuera de la ciudad, matando a algunos antiguos que se acercaban para asediar la puerta. Pasaron un par de segundos hasta que ambos ejércitos chocaron entre sí, teniendo una acalorada pelea, donde muchos caían a diestra y siniestra.
—Se suponía que solo eran civiles, ¿qué se supone que está pasando? —preguntó Bajtiar uniéndose a la pelea, quemando vivos a varios antiguos, pero de pronto varias rocas impactaron contra la ciudad. Estaban atacando el costado derecho de esta, provocando que la muralla cayera y que el resto del ejército entrara en la ciudad para pelear contra los demás anfibios, que estaban dispersos en esa zona. Muchos murieron cuando esta fue derrumbada, quedando aplastados por los escombros.
—Señor, el flanco izquierdo ha sido completamente destrozado —dijo un soldado indicando la muralla.
—No podremos aguantar hasta la llegada de los refuerzos de otras expediciones —dijo Bajtiar, perdiendo la moral al ver que desde la playa llegaron más antiguos: los civiles liderados por Aenias—. El maldito mocoso nos engañó, ¡quiero que maten a ese mocoso!
Aenias iba acercándose cada vez más a Bajtiar mientras asesinaba a diestro y siniestro a sus enemigos. Sin duda alguna, había perdido el miedo durante toda esa semana; mucha gente confiaba en él, así que pelearía hasta el final. El general de los anfibios notó esto en su mirada y supo que aquel joven le tenía en la mira.
Durante la semana de su viaje se encontró con un escuadrón militar de dos ciudades que habían logrado repeler a los anfibios y se dirigían a Pelagia para reconquistarla y así evitar que los hombres rana entraran al continente de nuevo. Durante su encuentro les habían pedido que se fueran a sus ciudades-estado para ser refugiados, pero estos se negaron, incluido Aenias, ya que querían ayudarles en la batalla, por lo que el jefe de la legión decidió que los civiles atacaran desde la playa y así tendrían más posibilidades de sobrevivir a la pelea, al atacar por sorpresa a sus enemigos.
—Estás muerto, mocoso —dijo Bajtiar, creando una enorme bola de fuego, pero Aenias le lanzó arena cristalizada a sus cuatro miembros, provocándole heridas bastante graves. Cuando el rubio corrió contra el anfibio, se detuvo por un momento—: ¡Hey!, ¿qué pasa?, creí que ibas a pelear.
—Iluso —dijo Aenias, indicando una roca que había sido lanzada por una catapulta, la cual se dirigía hacia Bajtiar. El rubio tuvo esos escasos segundos para reaccionar, ya que sabía que si fallaba no podría hacerle frente a su enemigo, pues con una semana de entrenamiento no era rival ante los años de experiencia en combate de su oponente.
—¡Eso fue bajo, mocoso! —gritó Bajtiar, desesperado por moverse, pero la enorme roca cayó sobre él e incluso arrastró su cuerpo varios metros, dejando un rastro de sangre en el suelo y matándolo instantáneamente, al quedar literalmente molido por esta.
La batalla terminó con todos los hombres rana muertos. Pasada aproximadamente media hora desde que acabó, se les había ordenado a los civiles que remataran a los anfibios heridos. Aenias cumplía con su labor hasta que salió a las afueras de la ciudad y vio las cabezas en las estacas, sintiendo desesperación y corriendo para ver si su familia no fue decapitada, pero se paró en seco cuando vio la cabeza de un hombre rubio: era Corban. Aenias lo sacó de la estaca y lo abrazó mientras comenzaba a llorar por el dolor, cayendo al suelo.
—Niño —dijo el jefe de la legión al ver al rubio llorando.
—Él… él es mi… era mi padre —dijo Aenias mirando al jefe sin dejar de llorar—. ¡Maldición!, si yo… si yo tan solo hubiera sido fuerte desde el inicio, mis padres…
—Entiendo muy bien lo que sientes, muchos de los civiles también perdieron todo, pero debemos seguir adelante o sus muertes no tendrían sentido; de hecho, nunca lo tuvieron, pero si seguimos peleando, podremos vengarlos —dijo el general.
—Él era el más fuerte —dijo Aenias—, nunca pude hacer que se sintiera orgulloso de mí y no creo que mi hermana haya sobrevivido.
—Estoy seguro de que lo estaría; seguiste en su búsqueda y ayudaste a reconquistar una ciudad e incluso mataste a ese general —dijo el general—. Enterremos a los caídos —ordenó el hombre.
Después de enterrar a los muertos y dejar los cadáveres de los anfibios en una fosa común, los antiguos celebraron su victoria con un festín que duró toda la noche. Aenias, durante la fiesta, decidió unirse al ejército, ya que había escuchado que seguirían repeliendo a los anfibios.
—Voy a vengar a mi familia —pensó Aenias mirando la luna mientras caminaba por la ciudad, sintiéndose aún angustiado por la muerte de Corban.
Pasaron cinco meses de campaña en los que Aenias se fue forjando como uno de los mejores guerreros de Gondwana, peleando constantemente para aniquilar a los anfibios. En ese lapso de tiempo, las ciudades estado se unieron para eliminar a los invasores; sabían que si dejaban que uno solo escapara, avisaría al otro continente de la amenaza que era Gondwana. Aenias dejó de ser llamado «el hijo de Corban» para pasar a ser «el Rey de la arena». Después de que lograran acabar con ellos, seguía el siguiente paso, que era invadir el continente de los hombres rana. Aenias iba a participar en esa expedición, pero tardarían aproximadamente tres meses en llegar a territorio enemigo por vía marítima, por lo que aprovechó para entrenar, ya que sin duda alguna sería bastante complicado atacar una tierra que no conocían, pero aun así estaba seguro de que seguía honrando a su familia al atacar a los anfibios, esperando con ansias llegar hasta África.