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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

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Capítulo 11: Socios por accidente

​La oficina del juez de paz de Villa Delicia parecía más bien el escenario de un juicio militar de baja estofa. El ambiente estaba cargado con el olor rancio del papel timbrado, el barniz viejo de los muebles de roble y el aroma mentolado de la pomada que el alcalde se había untado por el cuello. Ramiro y Penélope estaban sentados en dos sillas de madera idénticas, rígidas y dolorosamente incómodas, situadas justo en el centro del despacho. Ramiro mantenía la espalda completamente recta, con las manos apoyadas en las rodillas y los nudillos blancos por la tensión; su mirada fija en el escudo municipal de la pared del fondo delataba un orgullo profundamente herido. A su lado, Penélope no dejaba de mover el pie derecho de forma nerviosa, haciendo que la hebilla de su zapato produjera un tintineo metálico constante mientras se retorcía los dedos en el regazo.

​Frente a ellos, sentado en un sillón orejero con ruedas, se encontraba don Pancracio. El alcalde ofrecía una estampa lamentable. Tenía una bolsa de lona azul con agua caliente sujeta a la coronilla mediante una venda elástica que le aplastaba las orejas, dándole el aspecto de un huevo de Pascua mal envuelto. Su piel, habitualmente sonrosada por los excesos de la mesa, lucía un tono gris ceniza y unas ojeras profundas que daban testimonio de la noche toledana que había pasado en las urgencias del hospital municipal.

​—¡Mírelos, señor juez! —exclamó don Pancracio, interrumpiendo el silencio con una voz ronca que delataba un esófago todavía irritado. Señaló a los dos artesanos con un índice tembloroso que amenazaba con perder el equilibrio—. ¡Son unos terroristas del paladar! ¡Unos conspiradores de la levadura! ¡Ese pan de ajo rústico tenía la densidad de un proyectil de artillería y la tarta de chocolate con menta de esta mujer ha corroído el revestimiento de mi estómago! ¡Fue un ataque coordinado para desestabilizar la junta de gobierno municipal!

​Ramiro tragó saliva, abriendo la boca para defender la dignidad de su receta tradicional.

​—Señor alcalde, mi pan de ajo utiliza únicamente ingredientes orgánicos de las colinas y un reposo de treinta y seis horas...

​—¡Y mi ganache de chocolate es de importación belga con certificación de origen! —interrumpió Penélope, inclinándose hacia delante con las mejillas encendidas de indignación—. ¡Si usted come como un glotón de feria medieval alternando dulce y salado sin respirar, la culpa no es de nuestros obradores, sino de su falta de educación estomacal!

​—¡Silencio! —rugió el juez de paz, golpeando la mesa con un pesado pisapapeles de bronce que hizo saltar los bolígrafos del cubilete.

​El juez, un hombre entrado en años con unas cejas grises tan pobladas que casi le tapaban los ojos, exhaló un suspiro largo y cargado de un cansancio histórico. Estaba harto de las disputas vecinales de la calle principal, de las denuncias por los altavoces de tecno-pop, de las tormentas de azúcar glass en la calzada y de las llamadas nocturnas del cabo Ramírez. La guerra culinaria de Villa Delicia ya no era un chiste local; estaba afectando el orden público y la salud de las instituciones del pueblo.

​El juez de paz se quitó las gafas de lectura, frotándose el puente de la nariz con un gesto que denotaba una resolución madurada durante horas de lectura burocrática. Miró fijamente a Ramiro y luego a Penélope, ignorando los quejidos teatrales del alcalde, que seguía acomodándose la bolsa de agua en la frente.

​—He revisado las licencias de sus respectivos establecimientos —comenzó el juez con una voz pausada, severa, que hizo que a Penélope se le congelara el movimiento del pie—. Por ley, el Ayuntamiento tiene competencias para decretar el precinto cautelar de sus hornos por alteración del orden harinero e impacto estético negativo en la vía pública. Podría cerrar "El Trigo de Oro" y "LaGlase" antes de que empiece el festival de fin de semana.

​Un frío helado recorrió la espalda de Ramiro. Cerrar la panadería significaba el fin del legado de su abuelo, la quiebra absoluta y tener que marcharse del pueblo con la cabeza baja. Penélope sintió que el aire le faltaba en los pulmones; las cuotas del préstamo del banco le pasaron por la mente como una sucesión de números rojos capaces de ahogarla en la miseria. Ambos se miraron de reojo, compartiendo por un instante el mismo abismo de pánico absoluto.

​—Sin embargo —continuó el juez, esbozando una sonrisa sutil que no auguraba nada bueno—, este tribunal prefiere las sentencias ejemplares que beneficien a la comunidad. No les voy a quitar las licencias... todavía. Pero les impongo un castigo de servicio comunitario gastronómico forzoso.

​Ramiro frunció el ceño, desconcertado.

​—¿Servicio comunitario? —preguntó en un susurro.

​—Exactamente —sentenció el juez, apoyando los codos en la mesa—. Pasado mañana se celebra el festival benéfico anual del asilo de ancianos "Los Años Dorados". Es el evento social más importante de la tercera edad en nuestra localidad. Ustedes dos van a organizar, financiar de sus propios bolsillos y cocinar juntos, repito, juntos, todo el catering del evento. Cincuenta abuelos, treinta familiares y la mesa de autoridades. Si hay una sola queja sobre la comida, si el menú es aburrido o si alguien termina con acidez de estómago, sus licencias quedarán revocadas de forma automática el lunes por la mañana.

​—¡¿Cocinar juntos?! —exclamaron Ramiro y Penélope al unísono, sus voces elevándose en un tono de horror idéntico.

​—¡Señor juez, eso es una aberración! —protestó Ramiro, levantándose de la silla con los puños apretados—. Esa mujer introduce luces y colorantes en las masas; mis recetas tradicionales no pueden contaminarse con su... su pirotecnia de azúcar.

​—¡Y yo no pienso pasar doce horas encerrada en una cocina con un purista dictatorial que mide el agua con un termómetro láser y tiene el carisma de un saco de cemento rústico! —replicó Penélope, cruzando los brazos con fuerza sobre el pecho, desviando la mirada hacia la ventana con un bufido.

​Don Pancracio soltó una risita floja desde su sillón, saboreando la venganza judicial.

​—Me parece una sentencia magnífica, señor juez —apuntó el alcalde—. Que sufran lo que yo sufrí en mis propias carnes. Que se traguen sus orgullos en la misma encimera.

​El juez de paz ignoró las protestas y deslizó dos copias de un documento oficial de color azul sobre la mesa de madera. Extendió una pluma estilográfica hacia el centro del mostrador, esperando con la paciencia de quien sabe que tiene la sartén por el mango.

​—Tienen dos opciones —dijo el juez con una frialdad administrativa que cortaba el aire—. Firman el acuerdo de colaboración comunitaria ahora mismo o el cabo Ramírez procede al precinto inmediato de sus locales antes de las seis de la tarde. Ustedes eligen el destino de sus negocios.

​Ramiro miró el documento azul. El membrete oficial del Ayuntamiento parecía una burla a su dedicación artesanal, pero la imagen de su obrador cerrado, oscuro y cubierto de precintos policiales fue un golpe de realidad demasiado duro. Con el rostro contraído en una mueca de haber tragado un limón entero, agarró la pluma con dedos rígidos y estampó su firma con un trazo rápido y violento que casi rasga el papel. Dejó la pluma sobre la mesa con un clic seco.

​Penélope observó la firma de Ramiro. Un suspiro de profunda resignación escapó de sus labios; sintió que su libertad creativa quedaba encadenada a la disciplina del panadero rústico. Agarró la estilográfica, torciendo el gesto con amargura, y firmó justo al lado del nombre de su rival, estampando una rúbrica llena de curvas nerviosas que reflejaba su estado mental.

​—Excelente —dijo el juez, recogiendo los papeles—. Tienen treinta y seis horas para coordinar el menú del asilo. Pueden retirarse. Y no quiero volver a ver harina en la calzada.

​Ramiro se levantó de inmediato, dio media vuelta sin mirar a nadie y salió del despacho a zancadas largas. Penélope le siguió los pasos de cerca, el taconeo de sus zapatos resonando con furia en el pasillo de baldosas del juzgado de paz. Al llegar a la puerta de salida que daba a la plaza del pueblo, Ramiro se detuvo en seco, girándose hacia ella con los ojos entornados y un dedo índice apuntando directamente a la cara de la pastelera.

​—Quiero que te quede una cosa muy clara, Penélope —advirtió el panadero, su voz temblando por la rabia contenida y el estrés del juicio—. Mañana a las cinco de la mañana nos vemos en la cocina del centro de mayores. Y en mi entorno de trabajo se respetan las leyes de la física, de la química y de la tradición harinera. No toleraré harinas flojas, no toleraré experimentos moleculares y no pienso permitir que intoxiques a los ancianos del pueblo con tus aditivos modernos. Es un menú benéfico, no un festival de música electrónica.

​Penélope dio un paso hacia delante, invadiendo su espacio personal con una sonrisa insolente que no lograba ocultar el brillo de preocupación de sus ojos. Se colocó las manos en las caderas, mirándolo de abajo arriba con un desafío absoluto.

​—Pues prepárate, aristócrata del trigo —respondió ella, con una voz cargada de una ironía afilada—. Porque vas a tener que aprender a trabajar con alegría. Tu cocina tradicional es un bostezo de la posguerra, y si tengo que pasar doce horas contigo para salvar mi negocio, voy a asegurarme de que ese catering tenga mucha, muchísima purpurina comestible. Ve comprando un protector estomacal, Ramiro, porque el futuro va a entrar por la puerta trasera de tu furgoneta quieras o no.

​Se dio la vuelta con un movimiento fluido de su coleta y cruzó la plaza a paso rápido, dejando a Ramiro solo bajo el sol de la tarde, sosteniendo las llaves de su panadería con la certeza de que el verdadero infierno de los hornos no hacía más que empezar. El armisticio forzoso estaba firmado, pero los ingredientes del desastre ya estaban sobre la mesa.

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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