Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 10 — VISITA A LA IGLESIA
Abrí los ojos de golpe.
La habitación estaba oscura.
Me incorporé rápidamente sobre la cama mientras intentaba recuperar el aliento.
Mi corazón seguía latiendo con fuerza.
Durante unos segundos me quedé inmóvil.
Confundida.
Desorientada.
¿Qué acababa de pasar?
Recordaba perfectamente aquellas manos.
La voz.
Los colmillos.
Y sobre todo aquella fuerza monstruosa que me había arrastrado hacia la cama.
Instintivamente llevé una mano a mi cuello.
No había heridas.
Ni sangre.
Ni rastros de la mordida.
Fruncí el ceño.
Luego observé el resto de la habitación.
Todo estaba en su lugar.
La puerta permanecía cerrada.
El armario seguía intacto.
Las paredes no mostraban rostros atrapados en ellas.
No había susurros.
No había risas.
Nada.
Solo silencio.
Un silencio pesado que me hizo sentir aún más incómoda.
Me levanté lentamente de la cama.
Sentía el cuerpo muy agotado.
—¿Qué me está ocurriendo...? —murmuré.
La pregunta quedó suspendida en la oscuridad de la habitación.
Apreté los brazos contra mi cuerpo.
Últimamente todo era extraño.
Los sirvientes.
Las apariciones.
Las voces.
Aquellas horribles visiones.
Y esa marca que había aparecido en mi piel.
No entendía nada.
Pero sí sabía una cosa.
No podía seguir así.
Sentía que poco a poco estaba perdiendo la razón.
Mi mirada se dirigió hacia la ventana del balcón.
A lo lejos podían verse las luces de la ciudad.
Y más allá, las torres de la gran iglesia.
Entonces una idea cruzó mi mente.
La iglesia.
Quizás allí podrían ayudarme.
Quizás algún sacerdote sabría qué significaban aquellas visiones.
O al menos podría decirme si me estaba volviendo loca.
Aquello me hizo sentir un poco más tranquila.
—Mañana iré a la iglesia —susurré.
Era lo único que podía hacer.
Con ese pensamiento me recosté nuevamente.
El cansancio terminó venciendo al miedo.
Y sin darme cuenta en qué momento ocurrió...
Volví a quedarme dormida.
......................
— AL DIA SIGUIENTE —
Al día siguiente me desperté sintiéndome peor que la noche anterior.
Apenas había abierto los ojos y ya me sentía agotada.
Como si no hubiera descansado en absoluto.
Como si algo me hubiera estado observando durante toda la noche.
Permanecí unos instantes sentada en la cama, intentando reunir fuerzas para comenzar el día.
La luz de la mañana atravesaba las cortinas.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Y eso me inquietaba.
No había escuchado voces.
No había visto rostros en las paredes.
Ni sombras moviéndose por la habitación.
Pero el recuerdo de todo aquello seguía fresco en mi mente.
Me llevé una mano al rostro.
Necesitaba respuestas.
Y la iglesia era el único lugar que se me ocurría.
Poco después llegaron las doncellas para ayudarme a prepararme.
Mientras ellas acomodaban mi cabello y ajustaban mi vestido, yo permanecía en silencio, perdida en mis pensamientos.
Debía ser cuidadosa.
Muy cuidadosa.
No podía permitirme decir la verdad.
Si alguien llegaba a pensar que estaba siendo perseguida por un demonio o que escuchaba voces, los rumores se extenderían por toda la nobleza.
Mi reputación quedaría arruinada.
Y peor aún...
Podrían creer que había perdido la razón.
Por eso debía actuar con normalidad.
Ocultar mi miedo.
Ocultar todo.
Cuando terminé de arreglarme, me dirigí al despacho de mi padre.
Por fortuna, Clarissa y Laura habían salido de compras.
Eso facilitaba las cosas.
Toqué la puerta.
—Adelante.
Entré y encontré a mi padre revisando varios documentos detrás de su escritorio.
Le hice una pequeña reverencia.
—Padre.
Él levantó la vista.
—Lucia. ¿Necesitas algo?
Apreté discretamente las manos sobre mi vestido.
—Últimamente he estado reflexionando sobre mi comportamiento.
Mi padre arqueó ligeramente una ceja.
—¿Ah, sí?
Asentí.
—Sé que le he causado preocupaciones. He estado actuando de forma impulsiva desde la muerte de mamá y... creo que necesito aclarar mis pensamientos.
Las palabras sonaron extrañamente sinceras incluso para mí.
Porque, en parte, lo eran.
—Quisiera ir a la iglesia para rezar y pedir orientación.
Mi padre me observó durante unos segundos.
Como si intentara determinar si hablaba en serio.
Finalmente suspiró.
—Es una buena idea.
Sentí un pequeño alivio.
—Gracias, padre.
—Lleva escolta y regresa antes del anochecer.
—Sí, padre.
Me incliné nuevamente y abandoné el despacho.
Poco después subí al carruaje de la familia Westton.
Las puertas se cerraron tras de mí.
El cochero hizo avanzar a los caballos.
Y mientras la mansión quedaba atrás, observé por la ventanilla el paisaje desfilar lentamente.
Por primera vez en varios días sentí una pequeña esperanza.
Quizá en la iglesia encontraría respuestas.
Quizá alguien podría explicarme qué estaba ocurriendo.
O quizá...
Solo quizá...
Encontraría una forma de librarme de aquello que parecía acecharme desde las sombras.
......................
Al descender del carruaje, una extraña sensación de alivio recorrió mi pecho.
Las enormes torres de la iglesia se elevaban hacia el cielo como guardianes silenciosos. Sus muros de piedra blanca reflejaban la luz del sol de la mañana, y por primera vez en días sentí que podía respirar con cierta tranquilidad.
Atravesé las puertas de hierro y avancé por los jardines.
Las flores cuidadosamente podadas decoraban los senderos de piedra. A ambos lados crecían altos árboles cuyas ramas se mecían suavemente con la brisa.
El canto de los pájaros llenaba el ambiente.
Todo parecía tranquilo.
Normal.
Demasiado normal para alguien que había pasado la noche escuchando voces y viendo horrores imposibles.
Seguí caminando hasta llegar al edificio principal.
Varias monjas y sacerdotes transitaban por los pasillos de piedra en absoluto silencio.
Observé a mi alrededor antes de acercarme a un diácono de edad avanzada que acomodaba algunos libros cerca de una galería cubierta.
—Disculpe, Diácono.
El anciano levantó la vista y me dedicó una sonrisa amable.
—¿En qué puedo ayudarte?
Dudé unos instantes antes de formular la pregunta.
No podía decir que se trataba de mí.
—Diácono... ¿alguna vez han existido casos donde los demonios persigan a los humanos?
La sonrisa del Diácono desapareció poco a poco.
Me observó durante unos segundos antes de responder.
—Es una pregunta bastante peculiar.
—Solo es curiosidad.
El anciano asintió lentamente.
—Hace muchos siglos, antes de que la gracia de Dios alcanzara a la humanidad, los demonios caminaban libremente entre los hombres.
Sentí que mi atención se agudizaba.
—¿Caminaban libremente?
—Así es. Los antiguos registros hablan de posesiones, maldiciones y toda clase de desgracias provocadas por entidades malignas. En aquella época era común que los demonios se apoderaran de las personas.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Y ahora?
El sacerdote negó con la cabeza.
—Ahora es diferente. La protección divina se extiende sobre este mundo. Hace muchísimo tiempo que la iglesia no registra un caso auténtico de posesión demoníaca.
Aquellas palabras deberían haberme tranquilizado.
Sin embargo, no lo hicieron.
Porque yo seguía recordando todo lo que había visto.
Todo lo que había escuchado.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔