Un hombre común de la Tierra muere atropellado y reencarna en la prehistoria, en el salvaje mundo de Pristokia. Pero no despierta indefenso: viene acompañado por el "Sistema del Árbol Sagrado Primordial", el cual fusiona en su cuerpo el poder divino absoluto de Kaguya, Hagoromo y Hamura Otsutsuki. Con el control total del espacio, el tiempo y la energía universal, su primera misión será detener el meteorito que amenaza con extinguir a los dinosaurios. En lugar de destruirlos, decidirá esparcir el chakra en el planeta y cultivar a las bestias prehistóricas como sus plantas de energía. Cada criatura que muera le devolverá un poder inimaginable. Su objetivo final: devorar la energía de estrellas y galaxias, fusionar el universo en un solo mega-mundo y fundar el clan Otsutsuki definitivo. ¡Nadie podrá detener al ancestro supremo!
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Capítulo 20: La Devoracíon Cósmica y el Fin de la Era Tecnológica
La expansión del Megamundo no se detenía ante nada ni nadie. El plano regido por el Dios Supremo, Charles, no solo crecía desde su interior, sino que sus fronteras invisibles se estiraban hacia el universo exterior profundo como una boca hambrienta de proporciones cósmicas. A medida que el océano primordial y los continentes del tamaño de la Vía Láctea se ensanchaban, el espacio exterior ordinario era absorbido y asimilado de forma violenta por las leyes del Dao Celestial.
Galaxias enteras que antes flotaban en el vacío cósmico exterior eran engullidas en cuestión de días por el Megamundo. Al cruzar la frontera de Pristokia, la física de esos universos colapsaba: las estrellas ordinarias se saturaban de chakra de Rango Kage, los planetas se aplanaban o se unían para formar islas colosales del tamaño de sistemas solares, y los seres vivos que habitaban allí experimentaban una mutación espiritual forzada. Aquellas civilizaciones que entendían la lógica del cultivo abandonaban sus viejas costumbres, integrándose al tejido del plano para fortalecer la densidad de energía del Megamundo y sirviendo como nuevos súbditos en la Era Dorada.
Sin embargo, el Dao Celestial tenía una regla absoluta y despiadada: la tecnología era una aberración primitiva que no merecía existir.
En el Sector Estelar de Andrómeda Occidental, una de las regiones recientemente devoradas por la expansión, existía la Federación de Metatrón, una civilización hiperavanzada que gobernaba tres mil sistemas estelares mediante naves nodrizas cibernéticas, armas cuánticas y flotas de combate controladas por Inteligencia Artificial. Cuando las leyes del chakra libre rodearon su territorio, los líderes de la Federación intentaron defenderse usando sus cañones de plasma y escudos de antimateria.
Fue una masacre ridícula. Frente a la densidad del chakra libre, los circuitos de sus naves se derritieron instantáneamente. La energía cuántica de sus reactores fue absorbida y purificada por el Dao Celestial en un parpadeo, dejando sus gigantescas flotas de metal convertidas en simple chatarra flotante. En el Megamundo, depender de una máquina para pelear era el acto más estúpido y rentable para ser destruido. Las metrópolis mecánicas fueron pulverizadas por tormentas de fuego mental y las defensas tecnológicas fueron borradas de la faz de la historia. Los supervivientes, despojados de sus juguetes científicos, cayeron de rodillas, asimilando con terror que la única forma de sobrevivir en este nuevo orden infinito era refinar el chakra libre con la mente. La era de las máquinas había sido erradicada por completo; solo la divinidad del cultivo prevalecía.
Mientras las civilizaciones tecnológicas eran borradas, el caos territorial no solo se limitaba a los clanes nativos como los Uchiha o los Senju. En el espacio infinito del océano exterior, donde flotaban las islas del tamaño de sistemas solares, los múltiples viajeros de la Tierra que Dragon había esparcido con sistemas divinos comenzaron a chocar entre sí.
A billones de kilómetros del Continente Central, en una isla galáctica conocida como el Dominio Astral, dos reencarnados se miraban con un odio que hacía vibrar el vacío.
—¡Este sistema estelar me pertenece, Arthur! —rugió un joven llamado Kevin, cuyo cuerpo estaba rodeado por un aura de truenos oscuros. En su mente, el "Sistema del Emperador del Rayo" parpadeaba, exigiéndole conquistar la región—. ¡Mi sistema detectó esta veta de piedras espirituales primero! ¡Lárgate a los continentes planos si no quieres que te reduzca a cenizas!
Frente a él, flotando de forma estática sobre una roca flotante, Arthur, otro viajero de la Tierra que poseía el "Sistema del Filo Divino", sonrió con una frialdad estratega idéntica a la de los guerreros nativos de Pristokia. Tampoco era un tonto; su chip analítico estaba activo al cien por ciento.
—¿Tu territorio, Kevin? En este macrocosmos nada le pertenece a los débiles —replicó Arthur, liberando un chakra libre en forma de espadas conceptuales que cortaron el espacio a su alrededor sin mover un solo dedo—. Ambos recibimos regalos de la divinidad materializada en nuestros sistemas, pero tu control de energía sigue siendo tosco. Pelear por un sistema estelar es la única forma rentable de evolucionar mi linaje. Si tengo que aplastarte a ti y a tu facción de refugiados galácticos para gobernar este sector de la Vía Láctea, lo haré sin dudar.
[¡BEEP! Alerta del Sistema del Filo Divino: El oponente está concentrando chi de rayo en su vector izquierdo. Probabilidad de ataque directo: 92%. Se sugiere un contraataque de chakra libre instantáneo.]
El choque físico y mental entre los dos viajeros estalló en el espacio exterior, desatando ondas expansivas que evaporaron los asteroides cercanos. Así como los clanes terrenales se despedazaban en la superficie, los prota reencarnados se disputaban el control de las galaxias absorbidas, expandiendo sus propios dominios en una competencia brutal de supervivencia. Desde las alturas inalcanzable de su trono cósmico, Charles observaba cómo su Megamundo borraba la escoria tecnológica, asimilaba el universo y convertía a sus viajeros elegidos en los nuevos señores de la guerra del infinito.