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El Umbral De Las Almas

El Umbral De Las Almas

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Mundo de fantasía
Popularitas:427
Nilai: 5
nombre de autor: Alicegxoxo

Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.

NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 : Las almas también tienen reglas

Dormir después de descubrir que estás muerta resulta ridículamente difícil. No porque tenga miedo. Ni siquiera recuerdo lo suficiente como para temerle a la muerte. Lo que me mantiene despierta es otra cosa.

La maldita flor.

Sigue sobre la mesa, exactamente donde la dejé anoche. Blanca. Perfecta. Como si el tiempo hubiera decidido ignorarla.

La observo desde la cama con la absurda esperanza de que desaparezca por sí sola y pueda convencerme de que todo fue producto de mi imaginación.

No lo hace.

—Muy bien... —murmuro para mí misma—. O estoy perdiendo la cordura o alguien se dedica a decorar habitaciones ajenas.

Ninguna de las dos opciones me tranquiliza. Me acerco despacio y vuelvo a tomar la flor entre los dedos.

Es real.

Su perfume vuelve a envolverme y, con él, regresa esa extraña sensación, como si una puerta olvidada intentara abrirse dentro de mi cabeza.

Cierro los ojos.

Un jardín bañado por la luz. Risas. Alguien arranca una flor exactamente igual a la que sostengo entre los dedos.

—No hagas eso.

La voz es masculina, cálida, divertida, y despierta en mí una familiaridad que no sé explicar.

—¿Por qué?

No reconozco esa voz.

La mía tampoco.

—Porque después te enfadas cuando las flores dejan de crecer.

Una risa rompe el silencio.

Mi risa.

Y el recuerdo se hace añicos, como un cristal al estrellarse contra el suelo.

Abro los ojos sobresaltada y tardo un instante en recordar dónde estoy. Mi respiración sigue agitada mientras intento aferrarme a aquellas imágenes que vuelven a desvanecerse entre mis dedos.

—Bueno... eso fue raro.

Empiezo a sospechar que mi cerebro tiene un pésimo sentido del momento cuando unos golpes suaves resuenan al otro lado de la puerta.

—¿Puedo pasar?

Es la mujer del cabello plateado.

—Depende.

Hace una breve pausa.

—¿De qué?

—¿Trae desayuno?

El silencio se prolonga lo suficiente para hacerme pensar que acabo de decir una estupidez. Entonces, por primera vez desde que la conozco, la comisura de sus labios se curva apenas.

—Sí.

Sonrío.

—Entonces, claro que puede pasar.

Entra empujando un pequeño carrito de madera. Sobre él hay pan, fruta y una bebida caliente cuyo aroma no consigo identificar.

—¿Los muertos desayunan? —pregunto, frunciendo el ceño.

Ella deja la bandeja sobre la mesa antes de responder.

—Las almas necesitan energía.

—Vaya... esperaba una nube y música celestial. Esto se parece demasiado a seguir pagando impuestos.

Levanta una ceja.

—No sé qué son los impuestos.

La observo unos segundos y termino soltando una risa. Ella no se inmuta. Si pretendía hacer un chiste, claramente no ha funcionado. O quizá aquí nadie tenga sentido del humor.

Creo que todavía está intentando averiguar si hablaba en serio. Definitivamente necesito encontrar a alguien con mejor sentido del humor.

Mientras desayuno descubro que tengo hambre. Muchísima. Me resulta extraño. Si estoy muerta, ¿por qué mi estómago sigue funcionando?

Como si hubiera leído mi pensamiento, Seraphine responde antes de que llegue a formular la pregunta.

—El cuerpo murió. El alma conserva muchas costumbres.

Mastico despacio. No sé por qué esa frase me produce tristeza. Quizá porque significa que incluso aquí seguiré sintiendo. Y sentir, ahora mismo, parece agotador.

—Ayer olvidé preguntarle su nombre.

Ella levanta la vista.

—Seraphine.

Asiento con una sonrisa tenue.

—Mucho gusto. Yo soy...

Las palabras mueren antes de abandonar mis labios.

¿Quién soy?

Ah, cierto.

—Nirvana.

Todavía se siente extraño pronunciar ese nombre, como si estuviera hablando de otra persona y no de mí.

Seraphine se sienta frente a mí.

—Hoy recorrerás el Primer Jardín.

—¿Eso forma parte del tour para recién fallecidos?

No responde.

Empiezo a creer que las bromas son exclusivamente cosa mía.

Salimos de la habitación. El pasillo está construido con la misma piedra clara que parece dar forma a todo este lugar. No hay antorchas ni ventanas; la luz nace de las propias paredes y se derrama sobre el suelo con una suavidad casi irreal.

Camino unos metros intentando memorizar el recorrido, aunque no estoy muy segura de para qué. Ni siquiera recuerdo mi vida. Difícilmente voy a recordar un pasillo.

Atravesamos una enorme puerta de mármol.

Y entonces me detengo.

Frente a mí se extiende un jardín inmenso. Árboles de troncos plateados elevan sus ramas hacia un cielo sin sol, mientras ríos tan transparentes que parecen de cristal líquido serpentean entre puentes suspendidos y pequeñas islas flotantes. Miles de almas recorren los senderos en silencio. Algunas conversan en voz baja, otras lloran y muchas simplemente contemplan el horizonte con una expresión tan vacía que me oprime el pecho.

No se parece al Purgatorio que imaginaba.

Se parece a un lugar donde la nostalgia aprendió a florecer.

—Es hermoso... —murmuro sin darme cuenta.

Seraphine asiente.

—Lo fue mucho más.

La observo de reojo.

—¿Qué pasó?

Por un instante, su expresión cambia.

—La guerra.

Otra vez esa palabra.

Todos parecen conocerla.

Todos menos yo.

Seguimos caminando. Algunas personas nos saludan al pasar. Otras, en cambio, se quedan mirándome más tiempo del normal, como si intentaran recordar dónde me han visto.

Empiezo a sentirme incómoda.

—¿Tengo algo raro en la cara?

—No.

—Entonces, ¿por qué todos me miran?

Seraphine tarda demasiado en responder.

—Porque eres nueva.

No le creo.

No sé por qué, pero no le creo.

Hay algo en la forma en que esas almas me observan. No es simple curiosidad; es reconocimiento. Y eso no tiene ningún sentido. Si ni siquiera yo recuerdo quién soy... ¿cómo podrían reconocerme ellos?

Un niño pasa corriendo junto a mí y tropieza. Antes de que caiga, lo sujeto por el brazo.

Levanta la cabeza y me dedica una sonrisa enorme.

—¡Gracias!

Me sonríe como si me conociera de toda la vida.

Pero la alegría desaparece de su rostro casi al instante. Sus ojos se abren de par en par y da un pequeño paso hacia atrás, sin dejar de mirarme.

—Tú...

Su voz apenas es un susurro.

—No puede ser...

Antes de que consiga preguntarle qué ocurre, una mujer aparece corriendo, lo abraza con fuerza y me dedica una mirada cargada de nerviosismo.

—Perdónelo. A veces dice cosas sin pensar.

Se lo lleva casi arrastrando. El niño, sin embargo, sigue mirándome por encima del hombro con la misma expresión de quien acaba de ver un fantasma.

Mi corazón empieza a latir más deprisa.

—Seraphine...

Ella continúa caminando.

—¿Sí?

—¿Qué acaba de pasar?

No responde.

Y empiezo a comprender que, en este lugar, los silencios dicen mucho más que las palabras.

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Cristian Bermudez
Buen inicio de historia, está interesante. 🥰
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