En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
NovelToon tiene autorización de R Torres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
10. Mi lugar favorito
El verano parecía avanzar demasiado rápido. Yamileth odiaba eso. Cada mañana que despertaba en Kamloops sentía que el tiempo corría más deprisa desde que ella y Alnair se habían besado junto al río.
Porque ahora todo era distinto. Y también exactamente igual. Seguían caminando juntos. Seguían molestándose. Seguían compartiendo helados y discutiendo por películas absurdas. Pero ahora existían pequeños silencios nuevos. Miradas más largas. Roces accidentales que ya no parecían tan accidentales.
Y cada vez que él tomaba su mano, Yamileth sentía que el corazón olvidaba cómo funcionar normalmente.
- “Esto definitivamente es una trampa mortal”, dijo Alnair.
Alnair observó desconfiado los patines que Yamileth sostenía frente a él. Ella abrió los ojos indignada.
- “¡No exageres!”, comentó Yamileth.
- “Tienen ruedas en la parte inferior. Claramente fueron diseñados para provocar accidentes”, expresó Alnair. Yamileth soltó una carcajada.
- “Eres un exagerado”, dijo ella.
- “Soy precavido”, aseguró él.
- “No, eres dramático”, replicó Yamileth.
Aun así, veinte minutos después, Alnair seguía de pie perfectamente equilibrado mientras Yamileth acababa de chocar contra la baranda por tercera vez.
- “Interesante. Pensé que tú eras la experta”, dijo Alnair levantando la ceja. Yamileth lo señaló acusadoramente.
- “¡Eso no cuenta! Tú haces trampa”, se quejó Yamileth.
- “¿Cómo exactamente?”, preguntó Alnair.
- “No sé, pero definitivamente haces trampa”, renegó Yamileth.
Alnair terminó riéndose otra vez. Yamileth se quedó mirándolo unos segundos, porque seguía sorprendiéndola algo, cuando realmente se reía, parecía mucho más joven, libre y menos distante.
Ella se acercó lentamente patinando hasta quedar frente a él.
- “Me gusta cuando sonríes así”, dijo Yamileth.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Alnair parpadeó apenas. Y entonces, alguien logró avergonzarlo, él desvió ligeramente la mirada.
- “No sonrío diferente”, aseguró Alnair.
- “Sí sonríes diferente”, insistió Yamileth.
- “Eso no tiene sentido”, dijo él.
- “Claro que sí”, insistió ella. Yamileth sonrió suavemente. “Con otras personas sonríes por educación. Conmigo sonríes de verdad”.
El silencio entre ambos se volvió cálido. Entonces Yamileth perdió el equilibrio otra vez.
- “¡Ah!”, exclamó ella.
Alnair la sujetó inmediatamente antes de que cayera. Ella terminó aferrándose de sus hombros mientras él sostenía su cintura. Yamileth comenzó a reír.
- “Creo que nací para caerme”, dijo Yamileth. Alnair negó suavemente con la cabeza.
- “Y yo aparentemente nací para atraparte”, manifestó Alnair. Ella sintió el corazón desordenarse otra vez.
Algunos días simplemente caminaban sin rumbo. Yamileth hablaba de cualquier cosa.como música, libros, moda, ideas absurdas para el futuro. Y Alnair escuchaba, siempre escuchaba, porque le gustaba descubrir cómo funcionaba su mente.
Ella encontraba belleza incluso en cosas pequeñas, podía emocionarse viendo luces reflejadas sobre el agua. O quedarse diez minutos observando un perro bonito en la calle. Era completamente distinta a las personas de Andovia. Y quizá por eso él nunca quería dejar de mirarla.
- “¿Cuál es tu lugar favorito del mundo?”, preguntó ella.
Yamileth estaba acostada sobre el césped mirando el cielo. Alnair permanecía sentado a su lado.
- “No lo sé”, respondió él.
- “Eso es triste”, dijo ella.
- “¿Por qué?”, preguntó Alnair. Ella giró apenas el rostro hacia él.
- “Todo el mundo debería tener un lugar favorito”, respondió Yamileth.
Alnair pensó unos segundos. En Andovia existían sitios hermosos, las ciudades suspendidas, los jardines lumínicos, las estructuras cristalinas de ForB; pero ninguna imagen apareció realmente en su mente, porque cuando intentó pensar en algo que le gustara de verdad, la vio a ella. Yamileth siguió hablando sin notar su silencio.
- *El mío creo que es aquí”, manifestó Yamileth.
- “¿Kamloops?”, preguntó Alnair Ella negó.
- “No exactamente. (Entonces sonrió apenas) Mi lugar favorito últimamente es cualquier lugar donde estés”, respondió Yamileth.
El corazón de Alnair se detuvo un segundo. Yamileth se dio cuenta tarde de lo que acababa de decir, se incorporó rápidamente.
- “¡No quise decirlo así! Bueno sí, pero… o sea…”, tartamudeó Yamileth.
Alnair la observó unos segundos antes de acercarse apenas a ella.
- “Yamyam, (ella dejó de hablar inmediatamente) creo que también es mi lugar favorito”, manifestó Alnair.
Entonces la besó suavemente, sin prisa,.como si todavía estuviera aprendiendo algo que sólo podía descubrir junto a ella.
Yamileth cerró los ojos sintiendo otra vez aquellas absurdas mariposas dentro del estómago. Tal vez el amor realmente empezaba así, con tardes simples, con risas, con personas que lentamente comenzaban a sentirse como hogar.
Aquella noche, Richard observó a Yamileth desde el restaurante del hotel mientras ella sonreía mirando mensajes en su celular. No necesitaba preguntar para saber con quién hablaba, con su mejor amiga Suni, contándole de Alnair, de sus días soñados.
Y por alguna razón, aquello le producía emociones contradictorias, porque verla feliz lo hacía feliz, pero también le daba miedo, especialmente después de descubrir quién era realmente. Richard conocía demasiado bien el universo del que provenía su sobrina. Y sabía que nada relacionado con Andovia terminaba siendo simple.
Mientras tanto, a varios pisos de distancia, Nahor observaba a su hijo desde el balcón de la habitación.Alnair estaba sentado leyendo, aunque llevaba varios minutos mirando exactamente la misma página, distraído, pensando en alguien.
Nahor soltó una leve exhalación, porque reconocía perfectamente esa expresión. Y aunque Alnair todavía no comprendía la magnitud de lo que estaba sintiendo, Nahor sí. Su hijo se estaba enamorando, sin imaginar que la muchacha que había ganado su corazón era precisamente la princesa que toda Andovia creía muerta.