Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
NovelToon tiene autorización de maucris para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: La Coronación de las Sombras.
El Mercedes era una olla a presión...
Durante todo el camino, el aroma de su piel luchaba contra el olor a cuero y mi propia testosterona. La veía mirar por la ventana, fingiendo una calma que su respiración entrecortada desmentía.
Cada vez que movía la mano para cambiar de marcha, su muslo estaba ahí, a centímetros, una tentación que me hacía apretar el volante hasta que los nudillos me blanqueaban.
Pero fue en la suite donde la máscara de "estratega" empezó a derretirse para revelar la carne.
Cuando entró al baño y no activó la opacidad del vidrio, supe que Laura no estaba jugando a la defensiva."Estaba cazando".
Ver su silueta a través del cristal esmerilado, el contorno de sus pechos, la curva de sus caderas mientras el agua resbalaba por su cuerpo, fue una tortura refinada. Tenía la boca seca y el sexo latiéndome con una violencia que me nublaba el juicio.
Cuando salió, envuelta en esa seda negra que parecía lamerle la piel húmeda, me senté en la cama. Necesitaba anclarme para no saltar sobre ella y arrancarle la bata a jirones.
—Ven aquí —ordené. Mi voz salió más rota de lo que pretendía.
Ella no se amilanó. Se arrodilló entre mis piernas, una posición de sumisión fingida que era, en realidad, el desafío más grande que me habían lanzado nunca. Sus ojos buscaban los míos, cargados de ese veneno dulce que me estaba matando y reviviendo al mismo tiempo.
—Salta conmigo —me retó.
No necesité que me lo dijera dos veces. La levanté como si fuera de papel, disfrutando del peso de su cuerpo contra el mío, y la arrojé sobre la cama.
Me puse sobre ella, atrapando sus manos sobre su cabeza. Estaba caliente, empapada de deseo y de esa insolencia que me ponía los nervios de punta.
—Vas a lamentar haberme dado permiso, Laura —gruñí contra sus labios antes de devorarla.
El beso fue una guerra de lenguas, un intercambio de fluidos que sabía a urgencia y a meses de tensión acumulada.
Bajé mi boca a su cuello, succionando su piel hasta dejar mi marca, mi sello de propiedad, mientras mis manos bajaban por su cuerpo, reconociendo el terreno.
Era perfecta...
El contraste de su piel blanca contra las sábanas oscuras me hizo perder la última gota de cordura.
Bajé mis manos hacia sus muslos, abriéndolos con una firmeza que no admitía réplica. Me enterré entre sus piernas, inhalando el aroma de su sexo, ese perfume crudo y húmedo que gritaba que estaba lista para mí.
Cuando mi lengua la encontró, Laura soltó un gemido que rompió el sonido del mar contra las rocas. Se arqueó, hundiendo sus dedos en mi pelo, mientras yo la saboreaba con una lentitud cruel, queriendo que cada centímetro de su clítoris memorizara la forma en que yo tomaba lo que era mío.
—Adrián... por favor... —jadeó, y escuchar mi nombre así, roto por el placer, me puso el sexo tan duro que sentía que iba a estallar.
Me deshice de mis pantalones en un movimiento frenético.
Me posicioné entre sus piernas, rozando mi punta contra su entrada, disfrutando del estremecimiento que recorrió todo su cuerpo. Estaba tan mojada que el roce era un sonido sordo, una invitación al abismo.
—Mírame, Laura —le ordené, agarrando su mandíbula para que sus ojos nublados encontraran los míos—. Mira quién te destruye.
Me hundí en ella de una sola estocada, profunda y brutal, llenándola por completo. El vacío del que tanto hablábamos se llenó de golpe con el sonido de nuestros cuerpos chocando.
Ella soltó un grito que se perdió en mi boca mientras yo empezaba a embestirla con una cadencia salvaje y sin piedad. No quería ser delicado. Quería que sintiera cada fibra de mi músculo, cada gramo de mí, convertido en lujuria pura.
Sus piernas se enredaron en mi cintura, pidiendo más, atrayéndome hacia ese fondo oscuro donde los dos nos estábamos perdiendo. El sudor nos pegaba, el sonido de la carne contra la carne competía con el rugido del Atlántico, y en ese momento, bajo el techo de cristal y frente a la inmensidad del mar, supe que no había vuelta atrás.
La estaba reclamando...
La estaba rompiendo. Y lo peor o lo mejor, era que ella me estaba arrastrando con ella al fondo del océano.
Me quedé ahí, desparramado, con el sabor de ella todavía en mi lengua y la sensación de su piel grabada a fuego en mis palmas. Creía que la había saciado, que mi fuerza la había doblegado.
Pero el silencio que siguió no era de derrota. Era el vacío que deja el depredador antes de lanzarse sobre el cuello de su presa.
Cuando sentí que Laura se movía, no esperaba lo que vino después. Se sentó sobre mí como una reina que reclama un territorio devastado. Sus manos sobre mi pecho no buscaban caricia, buscaban control. Y cuando me ordenó callar, el pulso me dio un vuelco.
Nadie me habia hablado así... Nadie me somete. Pero en ese momento, con su pelo cayendo sobre mi cara y el brillo de una furia divina en sus ojos, me quedé petrificado.
—Crees que sabes jugar —dijo ella.
No me dejó tiempo para procesarlo. Me agarró las muñecas y me ancló al colchón.
Quise protestar, quise darle la vuelta y recordarle quién manda en este juego, pero su cuerpo contra el mío era un argumento irrebatible. Empezó a moverse. No era el sexo de antes, era una ejecución.
—Mírame, Adrián.
Lo hice... No podía apartar los ojos.
La luz de la luna la hacía parecer de mármol, pero el calor que emanaba de donde nuestros cuerpos se unían era puro magma. Se movía con una cadencia salvaje, erguida, con la barbilla alta, mirándome desde arriba mientras me robaba el alma con cada embestida.
Sus uñas se hundieron en mis hombros, marcándome para que mañana, cuando me pusiera el traje, recordara quién me había desgarrado la piel.
—¡Mierda, Laura! —el gruñido salió de lo más profundo de mi garganta.
Estaba a su merced. Me obligaba a ver cómo se liberaba, cómo me usaba para su propio placer, cómo mi entrepierna, todavía dura y hambrienta, era solo el instrumento de su venganza. El roce de su vello contra el mío, la fricción eléctrica de su clítoris contra mi base, el sonido de sus caderas golpeando mis muslos... era una sinfonía sucia, ruidosa y perfecta.
Sentía que me iba a correr de un momento a otro, pero ella no me dejaba. Marcaba el ritmo con una crueldad exquisita, deteniéndose justo cuando yo estaba a punto de estallar, solo para volver a hundirse en mí con más fuerza, obligándome a arquear la espalda y a soltar juramentos que habrían hecho arder la oficina.
—¿Quién es la que te está destruyendo? —susurró, y en ese momento, el placer me golpeó con la fuerza de un camión.
Fue un clímax violento, casi doloroso. Sentí cómo se me vaciaba la vida dentro de ella mientras ella se arqueaba, gritando mi nombre no como una súplica, sino como un grito de guerra. Se colapsó sobre mí, y por un segundo, fuimos solo dos animales tratando de no ahogarnos en nuestro propio sudor.
Pero la tregua duró poco. Se levantó y se alejó. Sin miradas dulces, sin post-coito meloso. Se quedó frente al cristal, desnuda y poderosa, mientras el amanecer empezaba a lamer sus curvas.
Cuando me dijo que mi imperio tenía pies de barro, sentí una mezcla de odio puro y una admiración que me asustaba. Se giró, y la luz gris del alba le dio una mirada de acero que no le conocía. Ella ya no era la secretaria. No era la víctima.
—Mañana... —empecé a decir, pero la voz se me quebró.
La vi caminar hacia el baño con una elegancia que me hizo querer arrastrarme tras ella. Me dejó ahí, solo en esa cama inmensa que ahora me quedaba grande. Ella tenía razón. Me había hecho arrodillar sin usar las manos. Había entrado en mi jaula, sí, pero lo había hecho para prenderle fuego conmigo dentro.
Me toqué los hombros, sintiendo el escozor de sus marcas. Mañana volveríamos al asfalto de Nueva York, a los contratos y a las mentiras. Pero mientras la escuchaba cerrar la puerta del baño, supe que el Sr. Valdez ya no existía. Solo existía un hombre que acababa de descubrir que el veneno que le habían inyectado era la única droga de la que no pensaba rehabilitarse nunca.
Había ganado, y sin embargo, nunca me había sentido tan derrotado. Y lo peor de todo... es que ya estaba contando los segundos para que volviera a destruirme.
💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo