⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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Polvo de plata
El apetito de Naim no hacía más que crecer a la par de su vientre. Tras la intensa sesión de pasión que había saciado al cachorro, el licántropo se había quedado descansando en la cama, cubierto apenas por las sábanas. Su piel trigueña aún lucía brillante por el sudor y los fluidos compartidos con el duque. Marek, tras vestirse, mandó a llamar a las cocinas para exigir una nueva ración de carne fresca.
En los sótanos del castillo, el sirviente traidor, Silas, vio la oportunidad perfecta. El barón Von Stern le había entregado un frasco diminuto con un polvo grisáceo: extracto de plata pura molida. Una dosis baja no mataría a un licántropo adulto, pero destruiría cualquier rastro de vida en su interior, provocando un aborto sangriento y doloroso.
Silas mezcló el polvo plateado en el espeso caldo de venado que el cocinero había preparado para la torre oeste. Con las manos temblorosas, colocó la vasija de barro en la bandeja y subió los escalones de piedra. Al llegar a la puerta, los guardias de Gregor lo revisaron de manera superficial y, tras comprobar que solo llevaba comida, le permitieron pasar.
Silas entró a la habitación con la cabeza baja. El olor en el cuarto era sofocante: una mezcla densa de semen caliente, fluidos y el aroma varonil del duque. Naim estaba sentado en el borde de la cama, restregándose los ojos. Su túnica azul estaba abierta, dejando ver la sutil pero firme redondez de su vientre bajo, marcado por las caricias recientes de Marek.
—Dejad la bandeja en la mesa y lárgate —ordenó Naim con voz ronca, sin mirarlo. Sus instintos de lobo preñado lo hacían estar de mal humor con los extraños.
—Sí, mi señor. Que aproveche —susurró Silas, colocando la vasija de barro sobre la mesa de roble.
Sin embargo, antes de que el sirviente pudiera dar tres pasos hacia la salida, las orejas de Naim se tensaron. Las fosas nasales del licántropo se dilataron con violencia. El olor del venado era fuerte, pero debajo de la grasa y las especias, un aroma metálico, agrio y punzante golpeó sus sentidos de depredador. Era el olor de la plata. Un metal que, para un lobo preñado, olía a muerte pura.
Naim saltó de la cama con una velocidad sobrehumana. Su túnica se abrió por completo, dejando expuesta su desnudez trigueña, sus pectorales cubiertos de marcas de mordiscos y su miembro aún húmedo por el semen del duque. Antes de que Silas pudiera reaccionar, Naim lo tomó del cuello con una sola mano, estrellándolo con brutalidad contra la pared de piedra.
—¡Ahg…! —Silas soltó un grito ahogado, sintiendo cómo los dedos del lobo se clavaban en su garganta.
—¿Qué le has puesto a la comida, gusano? —rugió Naim. Sus ojos grises cambiaron al instante a un color ámbar brillante y asesino. Sus uñas crecieron, convirtiéndose en garras afiladas que rompieron la piel del cuello del sirviente, haciendo brotar hilos de sangre humana.
—¡Nada! ¡Lo juro por la Iglesia! —chilló Silas, pataleando en el aire. Sus ojos se abrieron de terror al ver la redondez del vientre del shou a tan poca distancia—. ¡Es solo el caldo del duque!
En ese preciso momento, la puerta de la torre se abrió con un golpe seco. Marek Kizilbash entró a los aposentos tras terminar sus rondas de vigilancia. Al ver la escena —Naim completamente desnudo, mostrando los colmillos y sosteniendo al sirviente sangrando contra el muro—, el duque reaccionó por puro instinto de guerrero. Cerró la puerta con el cerrojo y se interpuso entre ambos.
—¡Naim, suéltalo! —ordenó Marek con voz de trueno—. Si los guardias escuchan los gritos, no podré protegerte.
—¡Este maldito intentó envenenarme! —siseó Naim, sin soltar el agarre. Sus músculos trigueños temblaban de furia protectora por el cachorro en su vientre—. Huelo la plata en la vasija, Marek. Quería matar a nuestro hijo.
Marek palideció. Caminó rápidamente hacia la mesa, tomó la cuchara de madera y probó una gota sutil del caldo. Su lengua, entrenada en la corte contra los venenos, detectó de inmediato el sabor amargo y metálico del polvo de plata. El duque sintió que la runa de la espiral en su palma derecha daba un latido hiriente de pura rabia. Miró a Silas con ojos de verdugo.
—¿Quién te dio la plata, Silas? —preguntó Marek, acercándose al sirviente con pasos lentos y peligrosos. Sacó su daga de pomo plateado del cinto—. Habla ahora, o dejaré que el lobo te destripe vivo en este suelo y arroje tus tripas a los cerdos de la villa.
Silas, llorando de terror por la presión de las garras de Naim y la mirada del duque, colapsó.
—¡Fue el barón Von Stern! —confesó el sirviente entre sollozos—. Él me dio el polvo gris. Dijo que la bestia estaba gestando una abominación… que la Iglesia del Sur vendría a quemar el castillo si no limpiábamos el pecado del duque. ¡Por favor, milord, piedad! ¡Solo soy un mandadero!
Marek y Naim se miraron. El secreto del embarazo ya no era un secreto. Los nobles sabían que el shou llevaba el fruto del duque en sus entrañas y estaban listos para usar la fuerza de la Iglesia para destruirlos.
—No podemos dejarlo vivo —dijo Naim, apretando más el cuello de Silas. El sirviente comenzó a ponerse azul por la falta de aire—. Sabe demasiado. Si sale de aquí, irá directo con el barón.
Marek guardó silencio por un segundo, analizando la situación con la frialdad de un gobernante. Miró el cuerpo desnudo de Naim, la hermosa curva de su vientre preñado y las marcas de pasión que decoraban su piel trigueña. El instinto posesivo del duque se desbordó. No iba a permitir que nadie tocara lo que era suyo.
—Tienes razón —sentenció Marek—. Pero no morirá por tus garras, Naim. No quiero que dejes rastros de tu magia en su carne.
Marek dio un paso al frente y, con un movimiento rápido y certero, hundió su daga en el corazón de Silas. El sirviente soltó un último suspiro ahogado y su cuerpo quedó flácido. Naim lo soltó, dejando que el cadáver cayera como un saco de papas sobre la alfombra de piel de oso.
La adrenalina del peligro, el olor a sangre humana fresca y la furia de haber protegido al cachorro desataron una reacción química e incontrolable en los cuerpos de ambos. El Vínculo de Almas vibró con fuerza. Naim, con los ojos ámbar encendidos y la respiración agitada, miró al duque. El peligro había despertado el apetito más explícito de su naturaleza licántropa: la necesidad de ser poseído y reclamado por el macho que acababa de matar por él.
—Marek… —gimió Naim, dando un paso hacia el noble. Su hombría, rígida y venosa por la excitación del combate, pulsaba de forma notable. Su entrada anal, dilatada y lubricada por el flujo del embarazo, goteaba un líquido claro que cayó sobre la alfombra, justo al lado de la sangre del sirviente muerto.
Marek arrojó la daga ensangrentada a la mesa y se deshizo de su ropa con una urgencia salvaje. Su miembro, grueso y doloroso por la acumulación de testosterona y furia, se liberó por completo. El duque tomó a Naim por las caderas con fuerza, hincando sus dedos en la piel trigueña del lobo, y lo empujó directamente sobre el borde de la mesa de roble, justo al lado de la vasija con el veneno.
Naim apoyó las manos en la madera, doblando la espalda y elevando su trasero firme y redondo hacia el noble. La posición dejaba su intimidad completamente expuesta, latiendo de impaciencia por recibir el castigo carnal.
Marek se alineó y, sin ninguna preparación previa, se hundió por completo de una sola estocada brutal dentro del cuerpo del licántropo.
—¡Ah… Marek! ¡Sácialo! ¡Llénalo todo! —aulló Naim, clavando sus uñas en la madera de la mesa.
Las paredes internas del shou preñado abrazaron la hombría del duque con una presión descomunal, exprimiendo el miembro de Marek con espasmos calientes y ruidosos. Marek comenzó a embestir sin piedad, rápido y duro. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezcló con los jadeos rotos del lobo y el crujido de la mesa de roble.
El acto se volvió una carnicería erótica. Marek jalaba el cabello oscuro de Naim hacia atrás, obligándolo a mostrar el cuello para morderlo con fuerza, dejando nuevas marcas de sangre sobre la piel trigueña. Naim se movía con desesperación, empujando sus caderas hacia atrás para recibir cada centímetro del miembro grueso del duque, buscando desesperadamente el flujo de energía que calmara el vacío de su vientre.
Tras varias docenas de estocadas destructivas, Marek sintió el clímax. Tomó a Naim por el vientre redondeado, sosteniendo el peso de su hijo no nacido con su mano grande, y dio empujes finales que llegaron hasta el fondo del útero del lobo. Con un rugido animal, el duque se contrajo, liberando una inmensa carga de semen caliente y espeso directamente en el interior de Naim. El licántropo, quebrado por el placer prostático absoluto, se vino al mismo tiempo en hilos blancos que salpicaron la vasija de venado, cayendo deshecho sobre la mesa mientras el cuerpo sin vida de Silas yacía a pocos metros en el suelo.