⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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Tambores de la Iglesia
Los tambores de la Iglesia del Sur ya se escuchaban a lo lejos, resonando a través del valle congelado como el latido de un monstruo de piedra. El informe del capitán Gregor era claro: cincuenta caballeros de la fe, armados con armaduras bendecidas y lanzas con puntas de plata pura, se encontraban cerca del camino del Castillo de Alva. Venían a cazar la herejía del duque. Venían a arrancar al cachorro del vientre de Naim.
Dentro de la torre oeste, el ambiente era de pura desesperación. Al escuchar los tambores enemigos, el instinto de lobo preñado de Naim colapsó. El shou se había encerrado de nuevo en el centro de su nido de pieles y túnicas usadas. Estaba completamente desnudo, temblando de fiebre y protegiendo la curva pronunciada de su vientre bajo con ambas manos. Sus ojos eran dos pozos de oro líquido que brillaban con terror y furia animal.
Cuando Marek Kizilbash entró a la habitación y pasó el pesado cerrojo de hierro, Naim se abalanzó sobre él con la velocidad de un rayo, derribándolo directamente sobre el círculo de ropa real.
—¡Márqueme, Marek! ¡Hazlo ahora mismo! —rugió Naim. Su voz era un gemido áspero, roto por los sollozos y el miedo primitivo por su hijo—. Los hombres de la cruz están cerca. Huelo sus armas de plata desde aquí. Si entran y no tengo tu marca de dueño en mi cuello, la magia de mi clan se debilitará y el cachorro morirá de frío. ¡Reclámame de verdad ante el bosque!
Marek observó el rostro del licántropo. Las lágrimas corrían por sus mejillas trigueñas, y sus pectorales se sacudían con una respiración agitada que delataba los violentos latidos de su corazón. El instinto posesivo del duque se desbordó como un torrente de lava. Ver a su fiero guerrero del bosque reducido a un shou suplicante, entregado por completo a la necesidad de su semilla, despertó en el noble una lujuria salvaje que barrió con cualquier pizca de paciencia política.
—Si quieres mi marca, lobo, vas a tener que soportar todo mi peso —sentenció Marek con voz ronca y peligrosa.
El duque se deshizo de su armadura de hierro negro con movimientos urgentes, arrojándola fuera del nido. Se quitó la camisa y los pantalones, liberando su hombría rígida, gruesa y venosa, que pulsaba de forma dolorosa por la acumulación de testosterona y furia protectora.
Marek atrapó a Naim por las muñecas, inmovilizándolo contra la pila de mantas de terciopelo azul. Se posicionó entre sus piernas musculosas, aplastando las caderas trigueñas del lobo con las suyas. La posición era de un salvajismo absoluto. A esa distancia, el aroma dulce y almizclado del embarazo de Naim inundó las fosas nasales del noble, volviéndolo loco. La entrada anal del shou, dilatada por las hormonas de la gestación, goteaba un flujo transparente y abundante que empapaba la piel de oso del suelo.
Marek no usó preámbulos. Tomó las piernas de Naim y las elevó por encima de los hombros del licántropo, doblando su cuerpo por completo y dejando su intimidad expuesta y latiendo. Con un empuje brutal, destructivo y definitivo, el duque se hundió hasta la raíz dentro del cuerpo caliente del lobo.
—¡Ah… Marek! ¡Siiii! —Naim soltó un grito que se convirtió en un aullido de puro éxtasis carnal. Las paredes internas del licántropo se contrajeron como un puño de fuego alrededor del miembro del noble, apretándolo con espasmos tan perfectos que Marek tuvo que soltar un rugido para contenerse.
El duque comenzó a embestir sin piedad. El sonido húmedo, ruidoso y constante de sus cuerpos chocando llenó el silencio de la torre, compitiendo con el eco lejano de los tambores de la Iglesia. Marek jalaba el cabello oscuro de Naim hacia atrás, obligándolo a exponer la piel sensible de su garganta.
—Muerde… ¡Muerde mi cuello, Marek! ¡Sella el lazo con tu sangre! —rogó Naim, moviendo sus caderas hacia arriba con desesperación, buscando que cada estocada del noble golpeara el fondo de su útero, donde el cachorro absorbía la energía de la penetración.
Marek abrió las mandíbulas. Sus ojos oscuros fijos en los de oro de Naim. Con una violencia erótica incontrolable, el duque clavó sus dientes humanos en la unión entre el cuello y el hombro de Naim. Mordió con fuerza, desgarrando la piel trigueña hasta que la sangre roja y caliente brotó en abundancia, mezclándose con el sudor que cubría sus pechos.
Naim arqueó la espalda por completo, soltando un grito desgarrador de dolor y placer absoluto. En el momento en que los dientes del duque rompieron su carne, la runa de la espiral en la mano derecha de Marek brilló con una luz roja incandescente. Una corriente de energía mística y posesiva viajó desde la mordida del noble directamente hacia el vientre de Naim. El lazo de almas se cerró de forma permanente. Los ojos de Naim se fijaron en un tono ámbar tan puro que parecía fuego real.
La penetración se volvió una carnicería erótica y desesperada. Sabiendo que estaban marcados para siempre, Marek tomó a Naim por las caderas firmes, clavando sus dedos grandes en la piel trigueña para dejar moretones definitivos. Las estocadas se volvieron más rápidas y pesadas. Naim se sacudía contra las mantas revueltas, deshecho por el placer prostático absoluto; su miembro, rígido y venoso, eyaculaba líquido preseminal en hilos largos que salpicaban su propia túnica azul rota.
—Eres mío, lobo. Tu vientre es mío. Tu sangre es mía —gruñó Marek contra la herida abierta del cuello de Naim, lamiendo la sangre que él mismo había hecho brotar.
—Soy tuyo… ¡Marek, llénalo todo! ¡El cachorro está listo! —aulló el licántropo, quebrado por la delicia del acto.
Marek dio embestidas finales con una fuerza descomunal, llegando hasta el rincón más profundo de la anatomía del shou. Con un espasmo violento que sacudió los músculos de su espalda, el duque se contrajo y liberó un torrente inmenso de semen espeso, ardiente y abundante directamente en el útero de Naim. El licántropo colapsó de placer al recibir la descarga vital; su hombría expulsó su propia blancura en chorros densos que salpicaron su abdomen y el pecho de Marek, cayendo deshecho, temblando y llorando de éxtasis sobre el nido de ropa real.
El silencio regresó a la habitación, pero era un silencio denso, cargado de la electricidad de la marca recién sellada. Marek no se retiró de inmediato; se quedó acostado sobre el cuerpo trigueño de Naim, manteniendo su miembro dentro de él para asegurarse de que la semilla fuera absorbida por completo por la magia del embarazo. Su mano vendada descansaba sobre la curva hinchada del vientre del lobo, que daba pequeños saltos internos por la satisfacción del cachorro.
En el cuello de Naim, la mordida de Marek ya no sangraba; la herida se había cerrado, dejando una cicatriz brillante en forma de colmillo que delataba ante todo el mundo que el licántropo pertenecía al duque Kizilbash.
—El lazo está cerrado —susurró Naim con la voz floja, acariciando la espalda del noble—. Siento al cachorro… está gordo, Marek. Tu sangre lo ha alimentado bien. Ya no tengo miedo de los tambores.
Marek le dio un beso tierno en los labios carnosos, saboreando el sabor a hierro que aún quedaba entre ambos.
—Ahora vístete, lobo —dijo el duque, poniéndose de pie con calma para colocarse la armadura negra de nuevo—. Los caballeros sagrados acaban de cruzar el puente levadizo. Es hora de demostrarles lo que pasa cuando intentan tocar el nido de mi heredero.