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MAHUA

MAHUA

Status: En proceso
Genre:Aventura / Magia y demonio / Romance
Popularitas:148
Nilai: 5
nombre de autor: melany ayelen tschentscher

Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.

NovelToon tiene autorización de melany ayelen tschentscher para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 11: "150 AÑOS DE INVIERNO"

La tormenta llegó tres días después de las huellas.

O quizá fueron dos.

Tal vez cinco.

El tiempo siempre se deformaba antes de una gran ventisca. Las horas dejaban de avanzar en línea recta y comenzaban a doblarse sobre sí mismas, como si el mundo respirara diferente cuando algo terrible estaba por ocurrir.

Y Mahua lo sabía.

Lo noté desde la mañana.

Estaba inquieto.

Demasiado.

No cazaba.

No descansaba.

No se alejaba de mí ni un instante.

Caminaba alrededor de los árboles con el lomo erizado mientras olfateaba el aire una y otra vez. Sus ojos brillaban con más intensidad de lo normal, reflejando aquel cielo gris enfermizo que comenzaba a cubrir las montañas.

Yo observaba las huellas humanas por última vez antes de que el viento terminara de borrarlas.

Seguían allí.

Hundidas en la nieve.

Reales.

¿Verdad?

Me arrodillé lentamente frente a ellas y pasé los dedos por sus bordes congelados.

Frías.

Perfectas.

Demasiado perfectas.

—Alguien estuvo aquí…

Mi voz salió quebrada.

Ciento cincuenta años.

Ciento cincuenta años esperando algo así.

Otro ser humano.

Otra prueba de que el mundo no había muerto por completo.

Mahua soltó un gruñido grave detrás de mí.

Giré lentamente.

La criatura me observaba fijamente.

No era miedo lo que veía en sus ojos.

Era urgencia.

El viento sopló otra vez.

Más fuerte.

Y entonces entendí.

Mahua no quería que siguiera mirando las huellas.

Quería que huyéramos.

Ahora.

Me puse de pie rápidamente.

—¿Qué sucede…?

Mahua avanzó hacia mí y empujó mi pierna con el hocico.

Otra ráfaga atravesó el bosque.

Pero esta vez escuché algo diferente dentro del viento.

Un sonido.

No.

Miles.

Crujidos.

Como si el hielo entero estuviera partiéndose a la distancia.

Los árboles comenzaron a gemir.

La nieve cayó de las ramas en cantidades enormes.

Y el cielo…

Dios.

El cielo se oscureció por completo.

No como una noche.

Peor.

Muchísimo peor.

Era como si algo gigantesco hubiera cubierto el mundo entero con su sombra.

Mahua rugió.

Fue la primera vez en décadas que lo escuché hacer ese sonido.

No un gruñido.

No una advertencia.

Un rugido real.

Salvaje.

Antiguo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Corrimos.

El viento explotó detrás de nosotros.

La nieve comenzó a elevarse del suelo en espirales violentas que devoraban el bosque. Apenas podía distinguir la silueta de Mahua delante de mí mientras atravesábamos los árboles.

El aire quemaba.

No podía respirar.

Sentía agujas entrando en mis pulmones.

Tropecé una vez.

Luego otra.

Mahua regresaba inmediatamente cada vez que caía, empujándome con el cuerpo para obligarme a levantarme.

—Lo intento… —jadeé—. Lo estoy intentando…

Pero aquello ya no parecía una tormenta.

Era algo vivo.

Algo monstruoso.

El viento rugía entre las montañas como una criatura gigantesca despertando después de siglos dormida.

Y entonces comprendí algo horrible.

Mahua tenía miedo.

Miedo real.

Lo veía en la forma en que se movía.

En cómo sus ojos buscaban constantemente la oscuridad blanca detrás de nosotros.

En cómo sus orejas se aplastaban contra su cabeza cada vez que el viento emitía aquel sonido grave y profundo.

Algo venía con la tormenta.

O quizá la tormenta era eso.

No lo sabía.

Y no quería saberlo.

La entrada de la cueva apareció entre la nieve como una sombra imposible.

Casi lloré al verla.

Entramos justo cuando el viento explotó detrás de nosotros con una fuerza tan brutal que sentí temblar la montaña entera.

Mahua empujó varias rocas contra la entrada usando el cuerpo.

La oscuridad nos envolvió.

Solo quedó el sonido.

El rugido interminable de la ventisca.

Me dejé caer contra el suelo helado intentando recuperar el aire mientras mis manos temblaban sin control.

Mahua permaneció inmóvil frente a la entrada.

Escuchando.

Esperando.

Como si temiera que algo atravesara la tormenta para encontrarnos.

Pasaron horas.

O quizá días.

La nieve comenzó a cubrir parcialmente la entrada de la cueva y el viento jamás disminuyó.

Entonces volvió el hambre.

Más fuerte que nunca.

El primer día todavía teníamos restos secos de carne.

El segundo ya no quedaba nada.

El tercero el fuego comenzó a morir lentamente.

Observé las pequeñas llamas consumirse mientras abrazaba mis piernas cubiertas por pieles viejas y rotas.

Mahua estaba echado junto a mí.

No dormía.

Ninguno de los dos dormía realmente.

El hambre no dejaba dormir.

Solo existir.

Esperar.

Temblar.

El fuego crujió una última vez.

Luego se apagó.

La oscuridad cayó sobre nosotros como agua helada.

Por un instante nadie se movió.

Ni siquiera respiramos.

Porque el fuego no era solo calor.

Era cordura.

Era hogar.

Era la única prueba de que seguíamos vivos.

Escuché mi propia voz quebrarse en la oscuridad.

—No…

Me acerqué desesperadamente a las cenizas.

Intenté soplarlas.

Buscar una chispa.

Algo.

Lo que fuera.

Pero no quedaba nada.

Nada.

Sentí el frío arrastrarse inmediatamente sobre mi piel como dedos invisibles.

La cueva comenzó a congelarse.

Mahua se acercó enseguida.

Su cuerpo irradiaba calor, pero incluso él estaba frío.

Demasiado frío.

Se acurrucó contra mí mientras el viento seguía rugiendo afuera.

Apoyé la frente contra su cuello y cerré lentamente los ojos.

Y por primera vez en muchísimo tiempo…

pensé en rendirme.

No de forma dramática.

No llorando.

Solo…

cansada.

Tan cansada.

Ciento cincuenta años sobreviviendo.

Ciento cincuenta años viendo siempre la misma nieve.

La misma oscuridad.

El mismo invierno interminable.

Cerré los ojos lentamente.

Y pensé en pan caliente.

Fue absurdo.

De todas las cosas que pude recordar…

recordé eso.

Pan recién hecho.

Manteca derritiéndose.

El olor.

Dios…

el olor.

Mi garganta se cerró.

—Ya no recuerdo el rostro de mi madre… —susurré en la oscuridad.

Mahua levantó apenas la cabeza.

—Intento recordarlo… pero cada año se vuelve más difícil…

El viento golpeó la montaña.

La cueva tembló.

Seguí hablando porque si dejaba de hacerlo quizá me rompería por completo.

—A veces pienso que este lugar me está borrando… poco a poco…

Mi voz comenzó a apagarse.

—¿Y si un día olvido todo?

Mahua apoyó el hocico sobre mi pecho.

Escuchando mi corazón.

Siempre hacía eso cuando notaba que estaba mal.

Como si necesitara asegurarse de que seguía viva.

Una lágrima cayó sobre su pelaje oscuro.

—Tengo miedo…

Lo admití finalmente.

Después de tantos años.

—No quiero desaparecer aquí…

El hambre empezó a cambiarme después de eso.

Primero llegó el dolor.

Luego las náuseas.

Después el vacío.

Y finalmente…

nada.

Ese fue el verdadero horror.

Dejar de sentir hambre.

Porque el cuerpo comenzaba a apagarse lentamente.

Mis pensamientos se volvieron pesados.

Confusos.

A veces despertaba sin recordar cuánto tiempo había pasado.

Otras veces veía sombras moviéndose dentro de la oscuridad de la cueva.

El tren.

Las ventanas rotas.

La nieve entrando por los vagones.

Escuchaba voces.

Una noche juré escuchar el sonido lejano de una estación.

El chirrido metálico de unas puertas abriéndose.

Personas hablando.

Lloré al escuchar aquello.

Porque durante unos segundos creí que estaba regresando a casa.

Pero cuando abrí los ojos…

solo estaba la tormenta.

Siempre la tormenta.

Mahua comenzó a inquietarse más con el paso de los días.

Lo notaba incluso en mi estado.

Se levantaba constantemente.

Caminaba hacia la entrada.

Volvía.

Me observaba.

Empujaba mi cuerpo con desesperación cuando pasaba demasiado tiempo inmóvil.

Yo apenas reaccionaba.

El frío ya no dolía tanto.

Y eso era malo.

Muy malo.

Una parte de mí comenzó a aceptar la idea de dormir.

Solo dormir.

Descansar finalmente.

Mahua lo entendió antes que yo.

Y eso lo aterrorizó.

La mañana en que salió de la cueva apenas pude abrir los ojos para verlo.

Recuerdo su silueta detenida frente a la entrada cubierta de nieve.

El viento rugía del otro lado.

Esperándolo.

Mahua me miró.

Nunca olvidaré esa mirada.

Porque vi algo profundamente humano dentro de ella.

Miedo a perderme.

Intenté hablar.

Decirle que no fuera.

Que era demasiado peligroso.

Pero mis labios apenas se movieron.

Él se acercó lentamente y apoyó su frente contra la mía.

Calor.

El único calor real que quedaba en mi mundo.

Y luego desapareció dentro de la ventisca.

La tormenta lo devoró inmediatamente.

Después solo quedó el sonido del viento.

Y yo…

yo esperé.

No sé cuánto tiempo pasó.

Quizá horas.

Quizá un día entero.

Volví a ver el tren.

El metal doblándose.

Los gritos.

La nieve cubriendo los asientos.

Desperté sobresaltada varias veces creyendo escuchar pasos humanos afuera de la cueva.

Pero nunca había nadie.

Solo el viento.

Siempre el viento.

Mientras tanto, Mahua atravesaba el infierno.

La nieve golpeaba su cuerpo como piedras.

Sus patas se hundían profundamente mientras avanzaba entre ráfagas capaces de arrancar árboles enteros.

Pero continuó.

Porque sabía lo que estaba ocurriendo dentro de la cueva.

Yo me estaba apagando lentamente.

El instinto lo consumía.

Proteger.

Encontrar comida.

Regresar.

Eso era todo lo que existía en su mente.

El bosque había desaparecido bajo la tormenta.

Solo quedaban sombras blancas deformándose entre el viento.

Mahua olfateó sangre antes de verla.

Un olor espeso.

Metálico.

Reciente.

Sus ojos brillaron inmediatamente.

Siguió el rastro atravesando enormes montículos de nieve hasta encontrarlo.

Un Magnú.

O lo que quedaba de él.

La enorme criatura estaba despedazada sobre el hielo.

Carne arrancada.

Huesos partidos.

Como si algo monstruoso hubiera jugado con ella antes de abandonarla allí.

Incluso muerto, el Magnú era gigantesco.

Mahua se detuvo.

El viento rugía alrededor.

Pero debajo de la tormenta apareció otro sonido.

Silencio.

El peor tipo de silencio.

El de un depredador observando.

Sus orejas se aplastaron inmediatamente.

Había algo cerca.

Algo que había matado a aquella bestia.

Mahua lo sabía.

Su instinto le gritaba que huyera.

Que abandonara el cadáver antes de convertirse en el siguiente.

Pero entonces me recordó.

Sola.

Hambrienta.

Esperándolo.

Y avanzó.

El pelaje de su lomo se erizó completamente mientras clavaba los dientes en el cuerpo destrozado del Magnú.

Pesado.

Demasiado pesado.

Comenzó a arrastrarlo lentamente sobre la nieve.

Cada paso era una lucha.

El viento lo empujaba hacia atrás.

Pero no soltó la presa.

No podía.

Porque yo lo estaba esperando.

Porque él era todo lo que me quedaba.

Y yo era todo lo que le quedaba a él.

Entonces escuchó el sonido.

Tintín.

Mahua se congeló.

Tintín.

Una pandereta.

Suave.

Lejana.

Pero imposible de confundir.

Los ojos de Mahua brillaron intensamente.

Instinto puro.

Peligro.

El sonido volvió a escucharse entre la ventisca.

Tintín.

Tintín.

Como si alguien caminara lentamente detrás de la tormenta.

Observándolo.

Mahua levantó la cabeza.

La nieve giraba violentamente alrededor, ocultándolo todo.

Pero había algo allí.

Algo moviéndose entre el blanco infinito.

No podía verlo bien.

Solo una silueta.

Quieta.

Los músculos de Mahua se tensaron inmediatamente.

Un gruñido grave nació en su garganta.

El sonido de la pandereta se detuvo.

Silencio.

Luego…

una risa.

Suave.

Distorsionada por el viento.

Mahua retrocedió un paso arrastrando el cadáver consigo.

No quería pelear.

No lejos de mí.

La silueta no avanzó.

Pero tampoco desapareció.

Seguía allí.

Mirándolo.

Esperando.

Mahua tomó el cuerpo del Magnú con más fuerza y comenzó a correr.

Y durante todo el camino de regreso sintió aquella presencia siguiéndolo entre la nieve.

Observándolo.

Cuando escuché algo acercarse a la cueva pensé que la tormenta finalmente había venido por mí.

Abrí los ojos lentamente.

Oscuridad.

Viento.

Recordé que había dejado un tronco de árbol de emergencia y lo utilice como último recurso de lo que quedaba.

Luego oi los pasos.

Intenté incorporarme mientras el miedo atravesaba la niebla espesa del hambre.

Una silueta enorme apareció detrás de la nieve acumulada en la entrada.

Por un instante no lo reconocí.

Demasiado deformada por la ventisca.

Entonces los ojos brillaron.

Aurora boreal.

—Mahua…

El alivio me golpeó tan fuerte que dolió.

Entró arrastrando algo gigantesco detrás de él. Un Magnú muerto. La criatura dejaba un rastro oscuro sobre la nieve mientras avanzaba con dificultad dentro de la cueva.

Mahua estaba herido.

Su respiración era irregular.

Fragmentos de hielo cubrían su pelaje oscuro y una de sus patas temblaba por el esfuerzo.

Aun así, empujó el cadáver hacia mí.

Porque incluso después de ciento cincuenta años, seguíamos salvándonos mutuamente.

Mis manos comenzaron a temblar mientras me acercaba y mi única reacción fue abrazar a esa criatura.

—¿Qué encontraste allá afuera…?

Mahua no respondió.

Pero sus ojos seguían inquietos.

No miraban la comida.

Miraban la tormenta.

Como si algo hubiera regresado con él.

El viento rugió afuera de la cueva y por un instante juré escuchar aquel sonido.

Tintín.

Suave.

Lejano.

Como una pandereta moviéndose detrás de la ventisca.

Mahua erizó el pelaje inmediatamente.

Yo contuve la respiración.

Silencio.

Luego nada.

Solo el viento.

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