In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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El delicado hilo de la redención
El eco de la puerta cerrándose tras de mí en el apartamento resonó con una pesadez inusitada. El aire dentro del recinto parecía denso, cargado aún de la electricidad que había quedado suspendida en el ambiente tras mi despedida de Seo-Jun. Con manos temblorosas, busqué mi teléfono. Necesitaba un ancla, una voz que me devolviera a la realidad y me hiciera recordar que, fuera de ese paréntesis violento y tierno que habíamos vivido en el paradero, existía un mundo donde yo pertenecía a alguien más.
Min-Woo respondió casi al instante. Su voz, serena y profunda, actuó como un bálsamo contra el temblor que aún sacudía mis extremidades. Le conté lo sucedido, omitiendo quizás la intensidad sofocante del abrazo de Seo-Jun, pero dejando claro que había estado en peligro y que él me había rescatado. Min-Woo me escuchó sin interrumpirme, con una paciencia que me hacía sentir lo mucho que me valoraba. Sus palabras fueron un refugio: me recordó lo afortunado que se sentía de que estuviera a salvo, me prometió que nada malo volvería a ocurrirme mientras él estuviera cerca y, para distraer mi mente de la angustia, comenzó a enviarme fotos del paisaje que tanto extrañaba del sur. Eran postales de valles verdes, de senderos que solíamos recorrer y de esa paz que, en la ciudad, parecía un lujo inalcanzable. Esas imágenes, unidas a su voz, lograron, finalmente, que mis ojos se cerraran y cayera en un sueño reparador, aunque estuviera poblado por sombras que no terminaba de descifrar.
A la mañana siguiente, el sol de la oficina parecía más brillante, pero el aire se sentía gélido. Apenas puse un pie en el edificio, lo vi. Seo-Jun caminaba por el pasillo con esa misma máscara de frialdad que había adoptado toda la semana. Su andar era firme, su mirada clavada en un punto invisible frente a él, ignorando olímpicamente la presencia de los demás. La rabia que me generaba su indiferencia se mezclaba con una urgencia que quemaba en mi pecho. Había visto sus manos la noche anterior; sabía el dolor que debía estar sintiendo bajo esa fachada de estoicismo.
Sin pensarlo demasiado, impulsada por un instinto que iba más allá de la razón, lo seguí cuando entró en la pequeña cocina de la oficina. El espacio era estrecho, y al cerrar la puerta, el ruido del resto de la empresa se apagó, dejándonos en una burbuja de tensión. Me puse frente a él, bloqueando su salida, con el corazón martilleando contra mis costillas. De mi bolso extraje una crema reparadora de alta calidad y un paquete de vendas estériles.
—Te compré esto para tus manos —dije, tratando de que mi voz no delatara la tormenta que sentía—. Sé que las heridas deben doler mucho. Gracias por lo de ayer, Seo-Jun. De verdad.
Él se detuvo en seco. Sus ojos, oscuros y fatigados, bajaron hasta los artículos que yo sostenía con mis manos extendidas. Hubo un momento de duda en su rostro, una batalla entre el orgullo que lo obligaba a rechazarme y la vulnerabilidad que lo obligaba a aceptar el alivio. Finalmente, tomó los insumos.
—Gracias —murmuró, su voz apenas un susurro áspero.
Me disponía a retirarme, sintiéndome ya demasiado expuesta, cuando su mano se cerró firmemente sobre mi muñeca, deteniéndome. Sus dedos no apretaban, pero el contacto era eléctrico. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en un punto específico cerca de mi mandíbula.
—Tienes unos rasguños en el cuello —dijo, y su voz no dejaba lugar a discusión.
Sin pedir permiso, tomó el tubo de crema que yo le había entregado. Con una delicadeza casi sagrada, aplicó una pequeña cantidad en la yema de sus dedos. Sus movimientos eran precisos, pausados. Sentí el contacto fresco de la crema sobre la piel irritada, pero lo que realmente me quemaba era la proximidad de su rostro al mío. Podía sentir su respiración, cálida y errática, golpeando mi mejilla. El olor a su perfume, mezclado con el aroma de la crema medicinal, inundó mis sentidos, embriagándome. Él se tomó su tiempo, asegurándose de cubrir cada pequeña lesión, sus dedos trazando círculos lentos que hacían que mis pulmones olvidaran su función.
Cuando terminó, no se alejó. Sus manos bajaron desde mi cuello para enmarcar mis mejillas. Sus pulgares acariciaron mi piel con un gesto que, en otro contexto, habría sido considerado una caricia de amantes. Me miró a los ojos, buscando algo en mi alma, y luego, con un suspiro que sonó a derrota, se inclinó y depositó un beso tierno en mi frente. Permaneció allí unos segundos, con la frente apoyada contra la mía, en una intimidad tan cruda que me sentí desnuda emocionalmente.
—Estoy bien —dijo, regalándome una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Sabía perfectamente que era una sonrisa falsa, una máscara para ocultar su dolor, pero me dolía demasiado verla como para alejarme. Mis manos subieron instintivamente hasta sus muñecas, y nuestros dedos se entrelazaron, jugando con una desesperación compartida. En mi mente, una alarma sonaba con insistencia: Min-Woo. Yo estaba con Min-Woo, estaba construyendo un futuro con él, pero mi corazón, rebelde y traicionero, no quería ceder al contacto de Seo-Jun, no quería renunciar a esa calidez que durante siete años había sido mi hogar.
El momento se rompió violentamente cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe. Un grupo de colegas entró riendo, ajenos al mundo que acababan de interrumpir. Nos separamos rápidamente, como si el contacto fuera una descarga eléctrica. Nos miramos una última vez antes de que yo saliera, con el rostro ardiendo y el corazón desbocado.
El resto del día fue una nebulosa. Trabajé en piloto automático, evitando mirarlo, tratando de procesar lo que había ocurrido en esos pocos minutos de encierro. Cuando la jornada finalmente terminó y salí del edificio, la oscuridad ya se había apoderado de la calle. Estaba esperando la locomoción cuando un auto se detuvo frente a mí. El vidrio se bajó y vi el rostro de Seo-Jun, menos tenso ahora, pero con una mirada que me perforaba.
—Sube. Yo te llevo.
No hubo protestas, solo una obediencia ciega. Me subí al asiento del copiloto, sintiendo el peso de nuestras miradas cruzadas. El viaje fue inusualmente silencioso, pero, para romper la tensión, él empezó a preguntarme sobre detalles técnicos del trabajo, sobre artículos pendientes, sobre el ritmo de la revista. Esa conversación trivial nos permitió respirar, haciendo el viaje más calmo, casi normal.
Al llegar frente a mi edificio, el auto se detuvo. Sentí un vacío inmenso ante la idea de despedirme. Nos miramos en ese espacio confinado, donde las palabras sobraban y los secretos gritaban. Pero antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, un taxi frenó bruscamente detrás de nosotros.
De él bajó Min-Woo.
La estampa fue cinematográfica y cruel. Min-Woo venía de visita, con una sonrisa radiante y los brazos llenos de la energía de quien espera un reencuentro feliz. Se detuvo en seco al ver quién me acompañaba. El silencio que se instaló en la calle fue más fuerte que el ruido del tráfico. Miré a Min-Woo, vi la confusión y luego la sospecha formándose en su expresión, y luego miré a Seo-Jun, cuyo rostro se había vuelto a endurecer, sus ojos volviéndose dos témpanos de hielo.
Estábamos los tres bajo la misma luz de las farolas: el pasado, el presente y yo, atrapada en el medio, sin saber si el destino era una coincidencia o una trampa tendida por mis propias indecisiones. Min-Woo dio un paso adelante, y en ese instante, supe que la vida que conocía estaba a punto de cambiar para siempre. La atmósfera era irrespirable, cargada de una tensión que amenazaba con estallar. Seo-Jun no se movió, manteniendo sus manos sobre el volante con una rigidez que delataba su voluntad de no irse, mientras Min-Woo se acercaba con paso firme, reclamando su lugar. El juego de las sombras había terminado; ahora estábamos todos bajo la luz pública, y la verdad, cruda y dolorosa, comenzaba a salir a la luz.