Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 11
Al día siguiente, toda la universidad hablaba de lo mismo.
La pelea en la cafetería. La leche en la cabeza. La porrista humillada. Y, sobre todo, Pablo defendiendo a Abril.
Los rumores volaban más rápido que cualquier verdad.
—¿Viste cómo la miró?
—Dicen que están saliendo.
—No es posible, él es popular, ella es...
—Pues yo lo vi con mis propios ojos.
En el pasillo principal
Un grupo de chicas se arremolinó al ver pasar a Pablo. Susurros. Miradas de reojo. Celulares apuntando.
Él caminó derecho, sin inmutarse.
Pero Abril, unos pasos atrás, sintió el peso de todas esas miradas sobre ella.
—No les hagas caso —dijo Pablo, como si pudiera leer su mente.
—Es fácil decirlo cuando no eres tú a quien señalan —respondió ella, bajando la cabeza.
Pablo se detuvo.
Se giró.
Y delante de todos, le ofreció la mano.
—Camina a mi lado —dijo.
Abril lo miró, desconfiada.
—¿Estás loco?
—Probablemente —respondió él, con una media sonrisa—. Pero si van a hablar, que hablen con razón.
Abril dudó. Tragó saliva.
Y entonces, lentamente, tomó su mano.
El pasillo entero se quedó en silencio.
En la otra punta del pasillo
Milo observaba todo.
Sus manos temblaban. No de frío. De rabia.
Pablo estaba haciendo lo que él nunca se atrevió a hacer.
Y Abril, su Abril, estaba tomando la mano de otro.
—Maldita sea —murmuró, apretando los puños.
Diana apareció a su lado, como una sombra.
—¿Ves? —dijo, con una dulzura venenosa—. Tu amiga ya encontró a alguien mejor. Tú solo eras un escalón.
Milo la miró.
Por primera vez, la odió.
Pero no dijo nada.
Se dio vuelta y se fue.
Al final del día
Pablo acompañó a Abril hasta el coche.
—Gracias —dijo ella, sin soltar su mano todavía.
—¿Por qué?
—Por no dejarme sola.
Pablo la miró.
Y sintió que ya no podía seguir mintiendo.
—Abril... —empezó, con la voz ronca—. Hay algo que tengo que decirte.
Ella lo miró, esperando.
El corazón de Pablo latía tan fuerte que creía que ella podía escucharlo.
Pero entonces el teléfono de Abril vibró.
—Es Milo —dijo ella, mirando la pantalla—. Tengo que contestar.
Pablo asintió.
Y la oportunidad se esfumó.
Otra vez.
El teléfono dejó de vibrar. Abril lo sostuvo en la mano, mirando la pantalla apagada. Pablo estaba a su lado, esperando.
—¿Qué sucede? —preguntó él, notando que algo había cambiado en ella.
Abril guardó el teléfono sin mirarlo.
—Escucha —dijo, repitiendo las palabras de Milo—. No le creas a Pablo. Él tiene novia. Solo está jugando contigo.
Pablo sintió un golpe en el pecho.
—Eso no es...
—No importa —lo interrumpió ella, con una calma que dolía más que un grito—. En parte sabía que era demasiado bueno para ser cierto.
—Abril...
—Está bien. Lo entiendo —dijo ella, encogiendo un hombro.
Pablo la miró, desesperado.
—¿Es todo lo que vas a decir?
—Sí —respondió ella, con la mirada perdida en el horizonte—. ¿Qué más puedo decir?
Pablo no supo qué responder.
Porque decirle la verdad ahora significaba confesar que él también había mentido. Que al principio todo era una apuesta. Que él era parte del plan.
Y eso la destruiría más que cualquier mentira de Milo.
Así que se quedó callado.
Y la vio alejarse.
Esa noche
Abril estaba en su habitación. Sentada en la cama. El teléfono en la mano.
Llamó a Milo.
—¿Oye, Milo? —dijo, cuando él contestó—. ¿Sigue en pie lo de tener simulaciones de citas?
Milo dudó un segundo.
—Emm... sí. Obviamente.
—Bien —dijo Abril, con una determinación que él no le conocía—. Empecemos mañana.
—De acuerdo —respondió él, confundido.
Ella colgó.
Y se quedó en silencio.
Decidida.
Abril estaba decidida.
No iba a seguir siendo la chica ingenua que creía en palabras bonitas. No iba a seguir esperando que alguien la quisiera de verdad.
Iba a cambiar.
No solo su apariencia.
También su actitud.
Iba a dejar de ser la Abril que todos conocían. La que agachaba la cabeza. La que perdonaba. La que esperaba.
Se levantó, fue al espejo y se miró.
—Ya no más —se dijo a sí misma.
Y en sus ojos, por primera vez, no había tristeza.
Había fuego.