Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 5
Mientras Andrea vivía sumergida en una nube de felicidad y amor, creyendo que había encontrado la historia más hermosa que podía existir, Sebastián vivía en una lucha constante dentro de sí mismo. Cada día que pasaba, esa batalla se hacía más intensa y más difícil de ocultar, y su conciencia no dejaba de recordarle que lo que estaba haciendo estaba mal, que su mentira crecía cada vez más y que pronto sería imposible mantenerla escondida.
Una tarde, se habían reunido en un departamento que alquilaba en el centro de la ciudad, un lugar privado donde nadie los molestaba. Estaban sentados en el sofá, abrazados, pero Sebastián estaba distinto a lo habitual, con el ceño fruncido y la mirada perdida en algún punto lejano, como si estuviera hablando consigo mismo sin que ella se diera cuenta. Andrea notó su cambio de actitud y se separó un poco para mirarlo a los ojos, preocupada.
—¿Qué te pasa, Sebastián? —preguntó ella con suavidad, pasándole la mano por la mejilla—. Te veo distinto, como si algo te estuviera pesando. ¿Estás bien?
Él parpadeó, como si saliera de un sueño, y trató de sonreír para calmarla, pero la sonrisa no le llegaba a los ojos.
—Estoy bien, Andrea. Solo… estaba pensando en cosas.
—¿Cosas buenas o malas? —insistió ella, acurrucándose a su lado—. Tú puedes decirme todo, ¿sabes? No hay nada que no podamos hablar entre los dos.
Sebastián suspiró profundo, pasándose una mano por el cabello con gesto cansado. Sabía que tenía que hablar, que tenía que decirle la verdad, pero el miedo a perderla, a ver esa felicidad que acababa de llegar a su vida desaparecer para siempre, era más fuerte que cualquier razón.
—Es que… a veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto —admitió él finalmente, con voz baja y seria—. Sé que hay cosas que no te he dicho, cosas que debería haberte contado desde el principio. Y eso me tiene muy preocupado.
Andrea lo miró con atención, sintiendo cómo un pequeño nudo se le formaba en el estómago, pero intentó mantener la calma.
—¿De qué cosas hablas? —preguntó ella con cautela—. ¿Te refieres a tu trabajo? O a algo de tu familia? Si es algo que te molesta, puedes decírmelo. Yo no te voy a juzgar.
—No es solo una cosa, es todo —respondió él, moviendo la cabeza de un lado a otro, luchando contra sus propios miedos—. Mi vida no es tan sencilla como te la he contado. Tengo responsabilidades, obligaciones que no te he explicado bien, y… y hay cosas que forman parte de mi realidad y que todavía no te he mostrado. Sé que te estoy ocultando la verdad, y sé que eso está mal. Mucho mal. Pero es que… cuando te conocí, sentí algo que no había sentido nunca. Tú me has devuelto las ganas de vivir, de sentir cosas verdaderas, de ser feliz de verdad. Y tengo miedo de que si te digo todo, si te muestro quién soy realmente, todo esto se acabe. No quiero perderte, Andrea. Eres lo más importante que tengo ahora mismo.
Ella lo escuchaba con el corazón latiéndole más rápido, sintiendo que algo no iba bien, pero sin atreverse a pensar en lo peor. Quería creer en él, quería que todo saliera bien, pero esas palabras sembraron la primera semilla de duda en su mente.
—¿Por qué tienes miedo de que te conozca tal cual eres? —le preguntó ella con voz temblorosa—. Si me amas, como dices, ¿no deberías poder contarme todo? No me da miedo saber cosas de ti, por difíciles que sean. Lo que me daría miedo es que me ocultaras cosas para siempre.
Sebastián la miró, sintiendo cómo el remordimiento lo comía por dentro. Sabía que ella tenía razón, que lo que hacía estaba mal, que cada mentira que decía los alejaba un poco más de la verdad, pero seguía sin tener el valor necesario para abrirse por completo.
—Lo sé, lo sé —repitió él, con frustración—. Y me siento muy mal por ello. Cada día que pasa sin decírtelo, la mentira se hace más grande, y sé que cuando llegue el momento de que todo salga a la luz, va a ser mucho más doloroso. Tú no te lo mereces, te mereces la verdad, te mereces que te hablen con claridad y sinceridad. Pero es que… te necesito a mi lado. No puedo imaginar mi vida sin ti ahora mismo. No sé cómo viviría si te perdiera.
—Entonces, ¿por qué no me lo dices? —insistió ella, acercándose más a él, intentando que entendiera lo importante que era la confianza entre ellos—. Si tú sientes lo mismo que yo, si esto es real, no hay nada que no podamos superar juntos. No tengas miedo. Estoy contigo, Sebastián. Haga lo que haga, estoy contigo.
Sus palabras llegaron al fondo de su alma, pero la culpa y el miedo a la pérdida lo paralizaban. Él sabía que ella tenía razón, que cuanto más tiempo pasaba sin decir la verdad, más grande se volvía el error, más profundo sería el dolor cuando ella descubriera que todo lo que había creído era una mentira. Pero en ese momento, la necesidad de tenerla, de seguir sintiéndola suya, era más fuerte que cualquier cosa.
—Es que no quiero que el amor que sentimos cambie —susurró él, apoyando la frente contra la de ella—. Tú me haces ser mejor persona, me haces sentir vivo. Si te digo todo, si te muestro mi realidad, tengo miedo de que todo esto se acabe. Y no estoy listo para perderte todavía. No estoy listo.
Andrea lo miró, viendo la angustia en sus ojos, y decidió creerle, al menos por ahora. Pensó que tal vez tenía problemas que lo agobiaban, que necesitaba tiempo para poder hablarlo todo con calma.
—Está bien —le dijo ella con suavidad, acariciándole la mano—. No te voy a presionar. Pero te pido una cosa: por favor, no tardes mucho. Cuanto antes me cuentes todo, mejor para los dos. Porque prefiero saber la verdad, por difícil que sea, que seguir viviendo con dudas. Te amo, Sebastián. Y quiero estar contigo, pase lo que pase.
Él la abrazó con fuerza, como si quisiera guardarla dentro de sí para que nadie se la pudiera quitar, pero en su interior sabía que estaba tomando el camino equivocado. Sabía que estaba construyendo su felicidad sobre una base de mentiras, y que tarde o temprano esa construcción se vendría abajo, destruyendo no solo su vida, sino también el corazón de la mujer que más amaba. Pero por ahora, siguió callado, siguió ocultando la verdad, sin darse cuenta de que estaba haciendo más daño del que se imaginaba, y que el momento en que todo saldría a la luz se acercaba cada día más.