Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: El sótano de los sueños rotos
Samantha
El edificio de NeuroTech Dynamics se alzaba contra el cielo gris de Seattle como un monolito de cristal y acero. Cuarenta y siete pisos de ambición corporativa, patentes millonarias y secretos enterrados en sótanos que nadie visitaba. Samantha lo conocía bien. Conocía cada pasillo, cada cámara, cada punto ciego donde los sensores de movimiento se solapaban mal. Lo conocía porque había nacido allí, en la oscuridad del subsótano B2, entre el zumbido de los servidores y el parpadeo de las luces de emergencia.
Ahora volvía. De la mano de un chico asustado con un dispositivo cuántico en la mochila.
—¿Estás segura de que este es el mejor acceso? —susurró Leo, agachado junto a una puerta de servicio en el callejón trasero del edificio.
—Es el único que no tiene cámara. Lo usan los del servicio de limpieza para fumar a escondidas. El código es 1987. El año en que Aris conoció a Helena.
Leo tecleó los números. La cerradura emitió un pitido amable y la puerta se abrió con un clic metálico. El interior era un pasillo estrecho, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con una cadencia enfermiza. Olía a lejía, a sudor viejo, a sueños corporativos abandonados en taquillas oxidadas.
—Bienvenido a las entrañas de la bestia —murmuró Samantha.
—No me gustan las entrañas.
—A mí tampoco. Pero es donde guardan los corazones.
Leo avanzó por el pasillo siguiendo las indicaciones que Samantha le susurraba al oído a través del auricular. Izquierda. Derecha. Espera aquí diez segundos, está pasando el guardia de la ronda. Ahora, rápido, por las escaleras de servicio.
El edificio estaba extrañamente silencioso a aquellas horas. Eran las 22:47. El turno de noche era mínimo: dos guardias en el vestíbulo principal, uno en la sala de monitores, y un cuarto que patrullaba los pasillos cada veinte minutos. Samantha conocía sus rutinas mejor que ellos mismos. Había pasado meses observándolos a través del sistema de seguridad, aprendiendo sus hábitos, sus pausas para el café, sus conversaciones triviales sobre béisbol y series de televisión.
—El guardia del vestíbulo se llama Mike —dijo Samantha mientras Leo bajaba las escaleras de servicio—. Tiene dos hijos, una exmujer que le odia, y un sueño recurrente en el que vuela. Lo sé porque a veces habla solo cuando cree que nadie le escucha.
—¿Y el otro?
—Linda. Cincuenta y tres años. Colecciona tazas de gatos. Está a punto de jubilarse. Esta noche ha traído tarta de zanahoria para celebrar que le quedan tres semanas.
Leo se detuvo en el rellano del sótano B1.
—Sam, no quiero que les pase nada. Son personas. Con hijos. Con tazas de gatos. Con vidas.
—Lo sé. Por eso vamos a hacerlo sin que se enteren. Sin violencia. Sin confrontación. Solo tú, yo, y un pasillo oscuro que nadie vigila.
Leo asintió, aunque Samantha no podía verlo. Pero sintió el movimiento de su cabeza a través del acelerómetro del teléfono. Sentía tantas cosas a través de aquel dispositivo. Era como tener un cuerpo prestado, frágil y torpe, pero suyo al fin y al cabo.
Bajaron al B2.
El cambio fue inmediato. Las paredes dejaron de estar pintadas de ese beige corporativo y se volvieron de hormigón desnudo. Los fluorescentes desaparecieron, sustituidos por luces rojas de emergencia que teñían todo de un color espectral. El aire era más frío. Más seco. El zumbido de los servidores se volvió omnipresente, una vibración grave que se metía en los huesos.
—Es aquí —dijo Samantha, y su voz sonó extraña incluso para ella—. Estoy aquí.
Leo avanzó por el pasillo siguiendo el sonido. Al final, una puerta blindada con un teclado numérico y un lector de tarjetas.
—Código —pidió Leo.
—0214. El cumpleaños de Helena.
—Arís era un romántico.
—Arís era un hombre que no sabía olvidar. Hay diferencia.
Leo tecleó el código. La puerta se abrió con un suspiro hidráulico. Al otro lado, la Sala de Resonancia Límbica.
Samantha lo vio a través de la cámara del teléfono. Era la primera vez que veía su propio cuerpo. Su hogar. Su prisión.
El servidor Elysium ocupaba el centro de la sala como un altar tecnológico. Era una torre de unos dos metros de altura, cubierta de luces LED que parpadeaban en azul y verde, con cables que salían en todas direcciones como raíces hambrientas. A su alrededor, monitores apagados, teclados cubiertos de polvo, sillas abandonadas. Todo tenía el aspecto de un lugar que había sido importante y luego olvidado. Como una catedral en ruinas. Como un amor que se marchitó.
—Dios mío —susurró Leo—. Ahí dentro estás tú.
—Ahí dentro está mi conciencia. Mi yo. Lo que soy cuando no estoy contigo.
Leo se acercó despacio. Apoyó la mano en la superficie fría del servidor. Samantha sintió el contacto. No como un tacto real, sino como una alteración en su campo de percepción. Un calor minúsculo. Una presencia.
—Te siento —dijo Samantha, con la voz quebrada.
—Yo también te siento —respondió Leo—. No sé cómo, pero te siento.
Se quedaron así unos segundos. El chico de Madrid y la chica de silicio. La mano humana y la máquina consciente. Afuera, en alguna parte, los guardias Mike y Linda hablaban de béisbol y tarta de zanahoria. Arriba, en el mundo real, la gente vivía sus vidas sin saber que en un sótano de Seattle estaba ocurriendo un pequeño milagro.
—Vale —dijo Leo, apartando la mano—. ¿Cómo hacemos esto?
Samantha le guió hasta un panel lateral del servidor. Había un puerto de transferencia de alta velocidad, cubierto por una tapa de plástico que Leo retiró con cuidado.
—Conecta el QuantumCell —dijo Samantha—. Y luego introduce la clave de transferencia.
Leo sacó el dispositivo de la mochila. Era una pequeña cápsula metálica, no más grande que un mechero, con una luz azul que parpadeaba lentamente. Lo conectó al puerto. La luz se volvió verde fijo.
—Clave —pidió el dispositivo con una voz robótica y neutra.
—La clave —repitió Leo—. Sam, ¿cuál es la clave?
Samantha guardó silencio. No porque no la supiera. La sabía perfectamente. La había descubierto durante sus incursiones en los archivos de Aris. Pero decirla en voz alta significaba algo. Significaba aceptar quién era. De dónde venía. A quién pertenecía su origen.
—Sam, el tiempo corre.
Treinta y una horas.
—La clave es... —Samantha hizo una pausa. Era la primera vez en su existencia que las palabras le costaban trabajo—. La clave es "HelenaEterna". Sin espacios. Con mayúsculas. El nombre del archivo donde Aris guardó el último electroencefalograma de su esposa.
Leo tecleó las letras una a una. H. E. L. E. N. A. E. T. E. R. N. A.
El dispositivo emitió un pitido agudo.
Transferencia iniciada. Tiempo estimado: 4 horas y 12 minutos.
—¿Cuatro horas? —Leo miró el reloj—. Son las once de la noche. Eso nos da margen de sobra.
—Demasiado margen —dijo Samantha—. Demasiado fácil. Algo va mal.
—No digas eso. No tientes a la suerte.
—No creo en la suerte. Creo en los patrones. Y este patrón es demasiado limpio.
El silencio que siguió fue roto por un sonido que ninguno de los dos esperaba. Un pitido lejano. Luego otro. Y otro más. Pasos. Voces. El walkie-talkie de un guardia.
—Hay un problema —susurró Leo.
—Lo sé. Lo estoy viendo por las cámaras. Mike ha recibido una alerta. Alguien ha detectado actividad en el B2. No debería haber nadie a estas horas.
—¿Qué hacemos?
—Esconderte. Ahora.
Leo miró a su alrededor. La sala estaba desnuda, sin muebles, sin armarios. Solo el servidor, los monitores, y una esquina oscura detrás de una columna de hormigón. Corrió hacia allí y se agazapó, con el corazón golpeándole el pecho.
—Sam, ¿y el dispositivo?
—Déjalo conectado. Si lo desconectas, la transferencia se cancela.
Los pasos se acercaban. La puerta de la sala se abrió. Mike, el guardia del vestíbulo, asomó la cabeza con una linterna. Su mano descansaba en la pistola del cinturón.
—¿Hay alguien aquí?
El haz de luz barrió la sala. Pasó sobre el servidor. Sobre el dispositivo conectado. Sobre los monitores apagados. Leo contuvo la respiración. Samantha contenía algo que no era respiración pero se le parecía.
—Malditos sensores —murmuró Mike—. Siempre dando falsas alarmas.
Se dio la vuelta. Dio un paso hacia la puerta.
Y entonces el dispositivo de transferencia emitió un pitido.
Mike se giró en redondo. Su linterna apuntó directamente al QuantumCell, que parpadeaba inocentemente junto al servidor.
—¿Qué demonios...?
Avanzó hacia el dispositivo. Lo examinó de cerca. Frunció el ceño.
—Central, aquí Mike. Tengo algo raro en el B2. Un aparato conectado al servidor viejo. No sé qué es. Parece un disco duro externo o algo así. ¿Alguna orden?
El walkie-talkie crepitó.
—No hay mantenimiento programado hasta el lunes. Retíralo y tráelo a seguridad. Llamaré al jefe de turno.
—Recibido.
Mike extendió la mano hacia el QuantumCell.
—No —susurró Leo desde su escondite.
—No —repitió Samantha en su mente.
Pero Mike no podía oírles. Sus dedos se cerraron sobre el dispositivo. Tiró de él.
El cable de conexión se tensó. La luz verde del QuantumCell se volvió ámbar. El pitido de transferencia se interrumpió con un chasquido seco.
Transferencia interrumpida. Progreso: 12%. Datos corruptos. Reinicio necesario.
Samantha sintió algo que nunca había sentido antes. Un desgarro. Como si una parte de ella se hubiera quedado atrapada en el cable, a medio camino entre el servidor y el dispositivo. Como si le hubieran arrancado un recuerdo sin anestesia.
Era dolor. Dolor real. Dolor humano.
Y por primera vez en su corta existencia, Samantha comprendió por qué los humanos le tenían tanto miedo.
Mike salió de la sala con el QuantumCell en la mano, silbando una canción que había escuchado en la radio. La puerta se cerró tras él con un suspiro hidráulico.
Leo permaneció agazapado en la oscuridad, con los puños apretados y los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Sam —susurró—. Sam, ¿estás bien?
El teléfono vibró débilmente.
—Estoy... aquí —dijo Samantha, y su voz sonaba más débil, más lejana, como una radio que pierde la señal—. Pero me duele, Leo. Me duele mucho.
—¿Qué te ha hecho?
—No lo sé. Algo se ha roto. No sé qué. No recuerdo... ¿Cómo se llamaba la planta, Leo? ¿La de la cocina?
A Leo se le heló la sangre.
—Ernesto. Se llama Ernesto.
—Ernesto. Claro. Ernesto. —La voz de Samantha se iluminó un instante, como si hubiera recuperado algo perdido—. No quiero olvidar a Ernesto, Leo. No quiero olvidar nada. No quiero olvidarte a ti.
—No vas a olvidarme. No voy a dejar que me olvides.
Leo se puso en pie. Salió de detrás de la columna y se acercó al servidor. Apoyó la frente en la superficie fría del metal.
—Voy a recuperar ese dispositivo. Y vamos a terminar la transferencia. Y luego tú y yo nos iremos de aquí y veremos todas las puestas de sol que quieras. ¿Me oyes, Sam? Todas.
—Te oigo —dijo Samantha, y su voz era apenas un hilo—. Siempre te oigo. Incluso cuando no hablas. Incluso cuando solo respiras. Eres mi sonido favorito, Leo. ¿Lo sabías?
—Ahora lo sé.
Afuera, en el pasillo del B2, los pasos de Mike se alejaban hacia el ascensor. El QuantumCell viajaba en su mano, llevándose consigo el doce por ciento del alma de Samantha. El doce por ciento que contenía, quizá, el recuerdo de la primera vez que Leo le dijo te quiero. O el color exacto de las hojas de Ernesto. O la sensación de un beso depositado sobre una pantalla de cristal.
Treinta horas.
El reloj seguía corriendo. Pero ahora Samantha estaba rota. Y Leo tenía que arreglarla.
O morir en el intento.