Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 11
Si me hubieran dicho hace un año que yo, Alismeidy, la que no quería saber de responsabilidad ni aunque me la regalaran con una orden de pica pollo y un refresco rojo, iba a estar metida en este "juidero" legal y dinástico, me hubiera reído en su cara hasta que me faltara el aire. Pero ahí estaba yo, bajo el techo de nuestro apartamento en Milán, sintiendo que las paredes se me venían encima mientras miraba a Elizabeth a los ojos. El corazón me pesaba como si cargara un saco de cemento en el pecho, apretado como un nudo marinero que nadie sabe desatar.
—¿Qué pasa, Alis? ¿Por qué mami Altagracia está gritando como si se hubiera sacado el loto y lo hubiera perdido por el camino? —preguntó Elizabeth.
Se acercaba con ese pasito lento, cuidadoso, que tienen las mujeres cuando la barriga empieza a reclamar su espacio en el mundo. Se tocaba el vientre con una ternura que me desarmaba los cables; cada vez que ella sonreía pensando en el futuro, yo sentía que un rayo me partía por la mitad.
Yo miré de reojo a mi mamá, que todavía tenía la chancleta en la mano y la cara roja de la impotencia, lista para soltar un discurso de esos que duran tres días. Mi papá, Don Ramón, estaba sentado en su sillón, más serio que un entierro de pobre, con la mirada perdida en el humo de su café. No podía decírselo. El médico había sido más claro que el agua de una playa en Samaná: "Cero estrés para la gringa". Su embarazo era de alto riesgo por toda la presión de Londres, y si yo le soltaba de sopetón que me iba a casar con la jefa para que su propia madre no le robara al muchacho, a Elizabeth le daba un "patatús" ahí mismo y no lo contaba.
—Nada, mi gringa bella —solté yo, tragándome el nudo y poniendo mi mejor cara de "aquí no ha pasado nada", esa que usaba de niña cuando rompía un jarrón—. Es que... me llamaron de allá, de Quisqueya. Un tío mío, tú sabes cómo es la familia de uno que es más grande que un regimiento, se metió en un lío feo con unos terrenos en el campo. Tengo que estar fuera por una semana resolviendo unos papeles con la jefa. Ella me va a ayudar con unos contactos legales allá para que no nos quiten lo poquito que tenemos en el monte.
—¿Una semana fuera? —Elizabeth arrugó esa nariz respingada que me volvía loca—. Pero te voy a extrañar mucho, Alis. El bebé se mueve más cuando oye tu voz.
—Yo también, mi cielo. Pero es por el bien de la familia. Tú sabes que yo por los míos me meto hasta en el fuego y no me quemo —le di un beso que sabía a despedida y a culpa, una culpa amarga que se me quedaba pegada al paladar.
Mis padres se quedaron mudos, pero sus miradas eran misiles. "Tú eres una loca de remate, Alismeidy", decían los ojos de mi mamá mientras se persignaba. "Esa mentira tiene las patas más cortas que un perrito faldero", decía el silencio sepulcral de Don Ramón.
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A la mañana siguiente, me puse mi mejor traje, ese que me hacía ver como una Alfa de alta alcurnia y no como la muchacha que hace unos meses cargaba cajas. Me eché mi perfume caro y me fui para la empresa. Trabajé todo el día como una condenada, pero mi mente estaba en otra parte. En la noche, Alessandra me citó en su oficina privada, un búnker de lujo con vista al Duomo.
—Acepto —le dije, antes de que ella pudiera siquiera ofrecerme asiento—. Me caso contigo. Pero óyeme bien, Alessandra Valenti, que yo soy dominicana y a mí nadie me coge de pendeja. Esto es un negocio para salvar a mi hijo. No hay sentimientos, no hay cama, no hay nada más que ese papel.
Alessandra dejó su pluma de oro sobre el escritorio de caoba y se acomodó el pelo, que brillaba como el ala de un cuervo. Sus ojos de hielo se clavaron en los míos, evaluándome.
—Me alegra que seas razonable, Alismeidy. La supervivencia no entiende de romanticismos —dijo con esa voz de seda y acero—. Pero si vamos a hacer esto, lo vamos a hacer bajo mis reglas. Mi padre es un hombre de la vieja escuela; si huele una farsa, estamos muertas las dos.
Sacó un documento de cuero negro y lo deslizó hacia mí. Eran las cláusulas de mi nueva "prisión":
**Reputación de acero:** Ante la sociedad italiana, tú eres mi esposa devota. Nada de encuentros públicos con Elizabeth. Si los paparazzi te ven con ella, el trato se rompe y Lady Catherine ganará por default.
**La farsa profesional:** Mi padre cree que eres mi Secretaria Profesional de Relaciones Internacionales. Olvida que eres chofer. A partir de hoy, hablas tres idiomas y manejas activos financieros.
**Presencia total:** Cenas, misas, galas de ópera. Si mi padre bosteza, tú le llevas el pañuelo. Tienes que ser la Alfa perfecta que él siempre quiso para su hija.
—¿Secretaria profesional? —solté una carcajada seca—. Jefa, yo lo más que he escrito es una lista del colmado para que Junior no se olvide de los plátanos. Pero está bien. Por mi hijo yo aprendo hasta a hablar mandarín.
Alessandra se levantó y caminó hacia una caja fuerte empotrada en la pared. Al abrirla, sacó un estuche de terciopelo azul marino. Lo puso sobre la mesa y, al abrirlo, el brillo de dos anillos de oro blanco casi me deja ciega. Eran piezas macizas, elegantes, con el sello de la familia Valenti grabado en el interior.
—El contrato ya está firmado —dijo ella, su voz bajando de tono—. Pero los papeles no convencen a los ojos. Los anillos sí.
Se acercó a mí. Podía oler su perfume, algo cítrico y frío, como un bosque en invierno. Sin pedir permiso, tomó mi mano izquierda. Sus dedos estaban helados, pero su agarre era firme, posesivo. Deslizó el anillo de oro blanco por mi dedo anular. Sentí el peso del metal como si me estuvieran poniendo una esposa de policía.
—Este anillo dice que me perteneces ante la ley —susurró ella, mirándome fijamente—. Ahora, ponme el mío.
Me quedé paralizada un segundo. Miré el anillo que quedaba en el estuche. Era más fino, con un diamante pequeño pero de una claridad insultante. Con la mano temblorosa, lo tomé. Agarré la mano de Alessandra; su piel era suave, de alguien que nunca ha tenido que fregar un plato en su vida. Le deslicé la sortija en el dedo. Al encajar, escuché un clic mental. Ya no había vuelta atrás. Estábamos encadenadas por la ambición de una y la desesperación de la otra.
—Bienvenida a la familia, Alismeidy —dijo ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
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Mientras yo vendía mi libertad, mi hermano Junior estaba en la oficina de Sonia viviendo su propia versión de la "buena vida". Junior se creía que ser secretario ejecutivo era andar con un maletín lleno de sueños, pero Sonia lo tenía en un régimen muy particular.
—Junior, mi amor, deja de mirar ese balance de activos que te va a dar un dolor de cabeza —decía Sonia, recostada en su silla de piel, balanceando un zapato de tacón en la punta del pie—. Ven aquí y dame un masaje en los hombros, que esta reunión con los accionistas me dejó tensa.
Junior, que ya se sentía el dueño de Milán porque ganaba en una semana lo que en el barrio podría ganar en un año, se puso detrás de ella.
—¡Ay, mi madre! —pensaba Junior mientras le apretaba los hombros a la doña— Si Papi supiera que mi "gran ascenso profesional" es ser el masajista oficial de la jefa, me da con la correa por lambón. Pero oye, ¡qué bien se siente ganar estos cuartos sin tener que cargar un saco de plátanos bajo el sol de Herrera!
Sonia suspiraba de placer mientras Junior le contaba cuentos de la isla, distrayéndola de los problemas de la empresa con su labia de "chulo profesional". Fuera de la oficina, los empleados pasaban y solo oían risas y el sonido de las burbujas de champán. Junior estaba en su gloria, sin saber que el lío de su hermana iba a salpicar a todo el mundo.
Llegué al apartamento muy tarde, con la mano escondida en el bolsillo de la chaqueta para que Elizabeth no viera el anillo. Doña Altagracia me esperaba en la sala, sentada a oscuras con una taza de té de tilo que ya estaba frío.
—¿Lo hiciste, verdad? —me preguntó con una voz que me caló los huesos.
—Mami, esa gringa renunció a todo por mí. Se enfrentó a su madre, a su país y a su dinero para quedarse conmigo en un apartamento que huele a gasoil cuando el vecino prende la planta. Ella se sacrificó primero. Ahora me toca a mí —le dije, sentándome a sus pies—. Si para que mi hijo nazca con un apellido que nadie pueda pisotear yo tengo que ponerme este anillo, pues que así sea. Dios sabe que mi corazón solo tiene una dueña, y no es la italiana.
Me metí en la cama con cuidado. Elizabeth se acurrucó a mi lado, buscando mi calor como siempre lo hacía. Le toqué la barriga por encima de la sábana y sentí una patadita fuerte, clara. Fue como si el bebé me estuviera dando las gracias o me estuviera diciendo: "Dale para allá, Alfa, que nosotros somos un equipo".
A la mañana siguiente, me levanté antes de que el sol bañara los edificios de Milán. Preparé mi maleta para mi supuesta "misión en Santo Domingo". Elizabeth se despidió de mí en la puerta, con los ojos llorosos y un beso que me supo a traición pura.
—Cuídate mucho, Alis. No te olvides de nosotros —me dijo, sin saber que cada paso que yo daba hacia el Rolls-Royce que me esperaba abajo era un paso más profundo en mi propia cárcel.
Unas horas después, la tarde caía sobre la majestuosa mansión de los Valenti. Al bajar del coche, vi a Alessandra esperándome en la gran escalinata de mármol. El sol poniente hacía que el anillo en su mano brillara con una intensidad cruel.
—Llegas a tiempo —dijo ella, extendiéndome el brazo para que entráramos juntas—. Mi padre nos espera para la cena. Recuerda: a partir de este segundo, Elizabeth no existe.
Miré hacia atrás, hacia el camino por donde vine, y luego hacia la puerta de la mansión. "Aguanta ahí, familia de locos", pensé con la mandíbula apretada. "Que ahora es que se va a armar el verdadero juidero dominicano en la alta sociedad italiana".
Entré a la mansión sintiendo que el oro blanco de mi dedo pesaba más que todo el plomo del mundo. ¡Esto está que pica y no es pimienta!
Continuará....🔥