Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
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Capitulo 11
El aire en el gimnasio privado de la mansión estaba saturado, una mezcla densa de ozono, el aroma animal del sudor y el olor rancio del cuero viejo. Lilian no buscaba salud; buscaba el olvido. Cada impacto de sus nudillos contra el saco de 45 kilos enviaba una vibración eléctrica que subía por sus brazos hasta alojarse en la base de su cráneo. Sus vendas, originalmente blancas, ahora presentaban manchas irregulares de un rojo oxidado. El dolor físico era el único lenguaje que lograba acallar el griterío de su conciencia.
Killian la observaba desde el umbral, una presencia telúrica recortada contra la luz mortecina del pasillo. No era solo un hombre; era el fin de su mundo anterior y el arquitecto de su nueva condena. Lilian sintió su mirada como una caricia abrasiva sobre su espalda desnuda.
—Tu técnica es basura, Lilian —dijo él. Su voz no era un grito, sino un susurro de autoridad que se arrastró por el suelo de cemento frío—. Estás peleando con rabia, no con inteligencia. La rabia te hace previsible. Y lo previsible te mata en este mundo.
Él caminó hacia el centro de la estancia, despojándose de su camiseta con un movimiento fluido. Su torso era un mapa de guerra: cicatrices de bala, surcos de cuchillo y una musculatura tensa como cuerdas de piano. Se colocó detrás de ella, tan cerca que el calor que emanaba de su piel pareció quemarle los omóplatos. Lilian se congeló, el jadeo de sus pulmones era lo único que rompía el silencio.
Cuando Killian atrapó sus brazos, el contraste de sus manos grandes y callosas contra la piel de ella fue una bofetada de realidad. Lilian sintió que las piernas le flaqueaban, no por el cansancio, sino por una oleada de adrenalina que mutó rápidamente en un hambre voraz, casi dolorosa.
—Suéltame y enséñame entonces —desafió ella, girándose con una ferocidad desesperada.
Killian no perdió el tiempo con sutilezas. La empujó contra la columna de hormigón con una fuerza que le sacó el aire. Sus manos quedaron atrapadas por encima de su cabeza, sujetas por una sola de las suyas, mientras la otra le atenazaba la mandíbula con una presión que bordeaba el moretón.
—¿Quieres aprender? —murmuró él, su aliento con sabor a tabaco y whisky rozando sus labios—. La primera lección es que aquí abajo no eres nada si no aprendes a obedecer al monstruo que te mantiene con vida. ¿Entendido?
—Entendido —respondió ella. No fue la sumisión de una víctima, sino la entrega de una conversa.
Lilian lo buscó con una urgencia salvaje. Desde que el sabor de la pólvora y el olor de la sangre de aquel hombre que mató se instalaron en sus sentidos, el sexo se había convertido en su única liturgia de purificación. Quería que Killian la destruyera para que no quedara rastro de la "princesa del juez", esa mujer de modales refinados que vivía en una mentira de cristal.
Él la reclamó sin rastro de ternura. La arrastró hacia el banco de pesas, el cuero negro crujiendo bajo el peso de sus cuerpos. La despojó de su ropa deportiva con una impaciencia que rozaba la violencia estética. La obligó a arrodillarse, situándola en una posición de absoluta vulnerabilidad mientras la adoraba y la humillaba con la misma intensidad.
La entrada de Killian fue una invasión, una toma de territorio implacable. Lilian enterró las uñas en el cuero del banco, sintiendo cómo el frío del material contrastaba con el fuego abrasador que la recorría por dentro. Cada embestida de Killian estaba diseñada para recordarle quién poseía su presente y su futuro.
—Dime quién eres —exigió él, tirando de su cabello hacia atrás, obligándola a arquear el cuello y mirar el techo, donde las sombras parecían danzar al ritmo de sus gemidos.
—Soy tuya... —gimió ella, el placer era tan agudo que se sentía como una herida—. Solo tuya.
—Dilo más fuerte. —gruñó Killian, aumentando el ritmo, golpeando con una cadencia hipnótica que buscaba quebrarla y reconstruirla al mismo tiempo.
Lilian cerró los ojos y se dejó arrastrar por la marea. Le encantaba cómo él la trataba como su posesión más valiosa y, simultáneamente, como su juguete más peligroso. Cada vez que sus manos marcaban su piel, el recuerdo de la traición de su familia se volvía borroso, sustituido por el presente crudo y tangible de Killian. En ese abismo de posesión extrema, Lilian encontró una libertad paradójica: ya no tenía que fingir, ya no tenía que ser "buena". Solo tenía que arder.
Cuando el clímax llegó, fue una explosión sorda que los dejó a ambos vacíos, jadeando en la penumbra del gimnasio. El sudor de ambos se mezclaba, creando una pátina brillante sobre sus cuerpos bajo las luces fluorescentes que zumbaban en el techo.
Killian no se apartó de inmediato. La rodeó con sus brazos, su peso era una manta de seguridad que ella nunca había conocido en su vida anterior. El silencio que siguió no era incómodo; era el silencio de dos depredadores que acaban de compartir una presa: la cordura de Lilian .
—Mañana —dijo Killian, recuperando esa frialdad quirúrgica que lo caracterizaba en los negocios—, te llevaré a la reunión con el sindicato. Sabrán que eres mi mujer. No un adorno, no una rehén. Mi mujer. Y sabrán que si alguien te mira dos veces, les arrancaré los ojos antes de que puedan parpadear.
Lilian se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido rítmico y poderoso de su corazón. El miedo a lo desconocido había sido reemplazado por una devoción oscura y absoluta. Ya no quería ser rescatada de la oscuridad; quería ser la dueña de las sombras que Killian proyectaba.
—Que miren —susurró ella, su voz ahora cargada de una nueva y peligrosa confianza—. Que miren y que tiemblen. Así sabrán de quién es la mano que va a apretar el gatillo cuando llegue el momento de cobrar las deudas de mi padre.
Killian sonrió, una expresión rara y letal que iluminó sus facciones endurecidas. La besó en la frente con una posesividad que la hizo estremecerse de placer. La cacería apenas comenzaba, pero en ese refugio de acero y pecado, Lilian comprendió que su metamorfosis estaba completa. Ya no era la víctima de una tragedia; era la consorte del diablo, y estaba dispuesta a incendiar el mundo entero con tal de mantenerse a su lado.