Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 23: TERAPIA DE ABRAZOS Y CHANTAJE.
El efecto de los estrógenos y el suero de sensibilidad extrema golpeó a Dante como un tren de carga lleno de gatitos y flores. De repente, el "Gigoló de Hierro" se desplomó en una silla, con los ojos vidriosos y un puchero que haría que una madre soltara una lágrima.
—Alessandra... —sollozó Dante, mirando la foto de un microscopio en la pared—. ¿Te has puesto a pensar en lo sola que se siente esa bacteria? Ahí, en el portaobjetos... sin nadie que le dé un abrazo. ¡Es tan injusto!
Alessandra sintió un escalofrío. Por un segundo, su corazón de hielo vibró. _Casi_ se sintió mal. Casi.
—Dante, eres un ridículo —dijo ella, pero se acercó un poco—. ¿Qué más quieres confesar, aparte de tus sentimientos por el reino Monera?
—Que... que hueles a lavanda y a orden —balbuceó Dante, agarrándole la mano con una ternura desesperada—. Y que a veces, cuando me miras como si fuera basura orgánica, siento que... ¡que en el fondo me quieres un poquito! ¡Dime que no soy solo un contrato, Alessandra! ¡Dime que soy tu microbio favorito!
En ese preciso momento, la puerta se abrió de golpe. Rodrigo entró con su equipo de abogados, listo para otra ronda de "peritaje de convivencia".
—¡ALTO! —gritó Rodrigo—. ¡Vengo a ver si este matrimonio es una...!
Rodrigo no pudo terminar la frase. Dante se levantó de un salto y, con la agilidad de un luchador de la WWE pero con la intención de una abuela cariñosa, se lanzó sobre Rodrigo, atrapándolo en un *abrazo de oso* asfixiante.
—¡RODRIGO! ¡AMIGO! —lloró Dante sobre el hombro del abogado, que estaba morado por la presión—. ¡Perdóname por ser tan rudo! ¡Todos necesitamos amor! ¡Tú, yo, las sábanas neón... todos somos uno con el cosmos! ¡Te quiero, hermano de otra madre!
—¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME, ANIMAL! —chillaba Rodrigo, pataleando mientras los abogados retrocedían horrorizados—. ¡Perito, anote esto! ¡Me está agrediendo con afecto! ¡Es acoso físico positivo!
Alessandra, viendo la oportunidad de oro, sacó su teléfono y empezó a grabar, mientras le hacía una seña a César Iván.
—¡César, saca a todo el mundo de aquí! —ordenó Alessandra con una voz falsamente preocupada—. Dante está sufriendo una crisis de euforia familiar. ¡Acaba de enterarse de que *va a ser tío de cuatrillizos*! Es demasiada emoción para un hombre tan sensible. ¡Fuera todos!
César, captando la mentira al vuelo, empezó a empujar a los abogados hacia el pasillo.
—¡Ya oyeron! ¡Cuestión de hormonas familiares! ¡Dante está en un momento sagrado de felicidad cuádruple! ¡Vayan a celebrar a otra parte antes de que los adopte a todos!
En la oficina, Rodrigo seguía luchando por zafarse del abrazo de Dante, quien ahora intentaba darle besos en la frente.
—¡Dante, mírame! —dijo Alessandra, sosteniendo la cámara frente a su rostro—. Repite lo que dijiste antes. Lo del microbio favorito y lo de que adoras que te trate como basura orgánica. Hazlo y te juro por mi doctorado que te quito el castigo.
—¡Te adoro! —gritó Dante a la cámara, con una lágrima bajando por su mejilla—. ¡Soy tu microbio, Alessandra! ¡Soy un bacilo enamorado! ¡Písame con tus tacones de diseño!
*¡CLICK!* Alessandra guardó el video con una sonrisa de satisfacción pura. Se acercó a Dante, le dio una palmadita en la mejilla y, con un tirón seco y despiadado, le arrancó el parche de la espalda de un solo golpe.
—*¡AAAAAAAUCH!* —el grito de Dante se escuchó hasta en el Subsuelo 4.
El efecto empezó a disiparse. Dante soltó a un Rodrigo maltrecho, que salió huyendo de la oficina como si hubiera visto al diablo. Dante se frotó la espalda, recuperando la mirada de tipo duro, aunque todavía tenía los ojos un poco rojos.
—Eso... eso fue sucio, Valeriano —gruñó Dante, acomodándose la camisa con vergüenza—. Borra ese video ahora mismo.
—Ni loca. Marcador: *Alessandra 10 - Dante 8*. Tengo evidencia de que eres un "bacilo enamorado" —Alessandra guardó el teléfono en su caja fuerte—. César, ¿cómo está Rodrigo?
«Señor sálvanos del cornudo de nuevo. Del abrazo de oso y del video del bacilo. De Dante hormonado y de Rodrigo sin hombría. Amén», pensó César. «Bitácora de quilombos, quilombo 21: Terapia de Abrazos. Lápiz y papel: "habemus trauma" prohibido, cambiar por "Código Trauma". P/D: si sobrevivo, me hago terapeuta.»
César se asomó por la puerta, todavía santiguándose.
—¡Código Trauma Psicológico detectado! —sentenció el secretario—. Rodrigo se fue llorando porque dice que el abrazo de Dante "le robó la hombría". Y por cierto, jefa... *¡Código Video Viral activo!* si ese teléfono llega a caer en manos equivocadas. Yo de usted, dormía con un ojo abierto, porque cuando al señor Dante se le pase la sensibilidad, va a querer sangre.
Dante miró a Alessandra, y aunque estaba furioso, una pequeña parte de él (la que aún tenía rastros de estrógeno) no podía dejar de pensar que ella se veía hermosa cuando ganaba haciendo trampa.
Dante se frotó la nuca, donde el parche le había dejado la piel roja, pero en lugar de estallar en furia, sus ojos brillaron con una malicia nueva. Si Alessandra quería jugar con sus "sentimientos químicos", él iba a jugar con su cordura.
Se acercó al escritorio de Alessandra con pasos lentos, arrastrando los pies y manteniendo esa mirada de perrito apaleado que tanto éxito le había dado minutos antes.
—Jefa... todavía siento el eco del amor en mis venas —susurró Dante, inclinándose sobre el escritorio hasta que sus rostros quedaron a centímetros—. Ese parche me abrió el tercer ojo. Sigo siendo tu bacilo... y creo que necesito otra dosis de "afecto de contrato".
Alessandra retrocedió en su silla, descolocada. Sus algoritmos de defensa estaban lanzando alertas rojas.
—Larconne, ya te quité el parche. Deja de actuar como un peluche defectuoso y ponte a trabajar.
—Es que el efecto residual es muy fuerte, Alessandra —mintió él, estirando la mano para acariciarle el cabello con una lentitud exasperante—. Siento una necesidad biológica de... invadir tu espacio personal.
Antes de que Alessandra pudiera llamar a seguridad, Dante se giró hacia César, que estaba tratando de organizar unos archivos mientras evitaba mirar el "acoso" romántico.
—¡César! —ladró Dante, recuperando por un segundo su voz normal—. Ve a ver si ya puso la Marrana. Rodrigo salió de aquí tan rápido que seguro fue a llorar al nido.
César se detuvo en seco, ajustándose las gafas con una expresión de extrema confusión lógica.
—Los cerdos no ponen huevos, señor Dante. Y honestamente, no creo que Doña Mariana esté en edad de darle más hermanitos a Rodrigo. La biología tiene límites, incluso para esa familia.
Dante cerró los ojos, contando hasta diez.
—¡Que te vayas, animal! ¡Es una expresión! ¡Ve a ver si Rodrigo ya tramitó la denuncia o si se quedó atascado en el ascensor!
—¡Ah! Entendido. Voy a monitorear el estado de gestación del rencor de la Marrana —murmuró César, saliendo de la oficina a toda prisa—. «¡Código Confusión Taxonómica!»... pero me voy antes de que me pidan que empolle algo.
Con la oficina vacía, Dante volvió a centrar su atención en Alessandra.
Se rodeó el escritorio y se sentó en el borde, atrapándola entre sus brazos y la silla.
—Ahora, jefa... donde estábamos —dijo Dante, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo—. Si el video dice que soy tu bacilo favorito, tengo que comportarme como tal. Y los bacilos, por definición, se multiplican por contacto directo.
Alessandra sintió que el calor le subía por las mejillas. No era rabia, era algo mucho más peligroso: _incertidumbre_.
—Dante, si me besas ahora mismo, te juro que te degrado a personal de limpieza de baños químicos.
—Un riesgo que estoy dispuesto a correr —sonrió él, acortando la distancia—. ¿O es que la gran Dra. Valeriano tiene miedo de que su bacilo sea... resistente a los antibióticos?
Alessandra cerró los ojos, esperando el impacto, pero Dante solo le rozó la nariz con la suya, dejándola en un estado de suspensión animada que la hacía querer golpearlo y besarlo al mismo tiempo.
—Marcador, jefa... —susurró Dante contra sus labios—. _Dante 9 - Alessandra 10_. Estás temblando. Y eso no lo provoca un parche hormonal, lo provoco yo.