Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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plan finalizado!
Pasa junto a Darío. Tan cerca que podría rozarlo. El hombro del Alfa está a centímetros del suyo. La chaqueta de cuero cruje con el movimiento.
Y entonces lo siente.
Ese olor.
Cedro. Pimienta negra. Algo más al fondo que no logra identificar. Algo dulce. Algo ácido. Algo que le hace cosquillas en la nariz y en el pecho al mismo tiempo.
Otra vez, piensa. Es ese olor otra vez.
No sabe por qué lo reconoce. No sabe por qué se ha quedado grabado en su memoria después de solo dos encuentros. Pero ahí está. Como un eco. Como una canción que escuchaste una vez y no puedes sacar de la cabeza.
Carlos aprieta los labios.
Camina hacia el archivador metálico que está en la esquina de la oficina. Abre el cajón con la etiqueta "Informes recientes". Sus dedos repasan las carpetas. La C. La D. La E.
—¿Siempre eres tan desordenado? —pregunta Darío desde la puerta.
Carlos no se da vuelta.
—No soy desordenado. Es un sistema.
—¿Cuál sistema?
—El mío.
—Parece un caos.
—Por eso no te pido opinión.
Darío suelta una risa corta. Una sola. "Ha". Y esa risa también se queda grabada en algún lugar de Carlos que no debería estar grabando nada.
Encuentra la carpeta. La saca. La sostiene un momento antes de darse vuelta.
Respira hondo.
Tranquilo, se dice. Es solo un policía. Solo un informe. Solo una visita de diez minutos y se va.
Se da vuelta.
Darío ha dado un paso adentro. Ya no está en la puerta. Está apoyado en el marco, pero más cerca. Mucho más cerca.
—Aquí está —dice Carlos, extendiendo la carpeta.
Darío la toma. Pero no se va.
—¿Seguro que estás bien? —pregunta otra vez. Y su voz ya no es de policía. Es de otra cosa. De alguien que pregunta porque realmente quiere saber.
—Seguro —miente Carlos.
—Porque gritaste... y cuando entré te vi pálido. Pensé que te había pasado algo.
—Me pasó. Dolor de cabeza. Ya se me está pasando.
—Las pastillas tardan en hacer efecto.
—¿Eres médico ahora?
—Soy terco.
Carlos lo mira. Por primera vez sin prisa por desviar la mirada. Y ve algo en los ojos de Darío que no sabe interpretar. Algo suave. Algo cálido. Algo que no debería estar ahí.
¿Por qué me mira así?, piensa. ¿Qué quiere?
—El informe —dice Carlos, señalando la carpeta—. Ya lo tienes. Puedes irte.
—Lo sé —dice Darío.
No se mueve.
—¿Hay algo más?
—Sí.
Carlos arquea una ceja.
—¿Qué?
Darío sonríe. Esa sonrisa de medio lado. El hoyuelo en la mejilla izquierda.
—¿Cómo te llamas?
Carlos parpadea.
—Ya te lo dije.
—No. Me dijiste "no pregunté" y luego "no me presenté a tu jefe". Pero no me dijiste tu nombre.
—Carlos —suelta, sin pensar—. Me llamo Carlos.
Darío repite el nombre en silencio. Mueve los labios. "Carlos". Como si lo saboreara.
—Carlos —dice en voz alta—. Me gusta.
—No me interesa.
—Ya sé.
—Entonces...
—Entonces me voy —dice Darío, levantando la carpeta como si fuera un trofeo—. Gracias por el informe. Y por el café de la otra noche.
—No fue invitación.
—Lo sé. Por eso lo agradezco.
Se da vuelta. Camina hacia la puerta. Pero antes de salir, se detiene.
—Carlos.
—¿Qué?
—Cuídate. El dolor de cabeza puede ser estrés. O falta de sueño. O...
—¿O qué?
Darío no se da vuelta. Pero su voz llega clara.
—O tal vez estás sintiendo algo que no quieres sentir.
Sale. Sus botas suenan en el pasillo.
Carlos se queda solo en la oficina.
Con el nombre en la boca. Con el olor en la nariz. Con una frase dando vueltas en la cabeza.
"Algo que no quieres sentir."
—No siento nada —murmura, y se sienta en la silla, agotado—. No quiero sentir nada.
Pero el corazón le late más rápido.
Y el olor a cedro y pimienta se queda en la habitación mucho después de que Darío se ha ido.
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Darío sale de la oficina de Carlos. Camina por el largo pasillo. Las paredes son grises, sin adornos. Solo algunas láminas con flores marchitas y un cartel que dice "El respeto es nuestra prioridad".
Sus botas suenan en el cemento. Pero él no escucha el eco. Escucha el latido de su propio corazón, que todavía no se calma después de haber visto a Carlos tan pálido, tan desorientado, tan... frágil.
Llega a la recepción.
Gabriel está allí, llenando algún documento. Quién sabe. El muchacho tiene la cabeza agachada, moviendo los labios mientras escribe. Parece concentrado.
Darío se apoya en el mostrador. Posa la carpeta del informe sobre la madera. Carraspea.
—Oye —dice, con una voz que intenta sonar casual y le sale temblorosa—. Sé que es raro, pero... me quedé preocupado por Carlos.
Gabriel levanta la vista. Lo mira con curiosidad.
—¿El jefe? —pregunta.
—Sí. Lo vi mal. Muy pálido. El dolor de cabeza... no sé. Me gustaría...
Darío se pasa una mano por la nuca. Dibaga. Busca las palabras. No las encuentra.
—¿Me podrías dar su número de teléfono? —suelta al fin—. Para llamarlo luego. Preguntarle cómo sigue. Tú sabes...
Gabriel lo observa en silencio. Hay algo en su mirada. Una chispa. Como si supiera algo que Darío no ha dicho.
—¿Para llamarlo? —repite Gabriel, arqueando una ceja.
—Sí. Para eso. Para llamarlo.
—¿No es mejor que venga usted mismo? Ya conoce la dirección.
—No puedo estar viniendo a cada rato. Tengo... trabajo.
Gabriel sonríe. Una sonrisa pequeña. Casi invisible.
—Señor Darío —dice, cerrando el documento que estaba llenando—. Con todo respeto, el jefe Carlos es muy... reservado. No le gusta que den su número sin permiso.
—Lo entiendo. Pero...
—Pero —lo interrumpe Gabriel, sacando un pos-it amarillo de debajo del mostrador—. Tampoco me dijo que no lo diera.
Escribe algo rápido. Lo despega. Lo extiende hacia Darío.
—No le diga que fui yo —susurra—. Dígale que lo investigó por su cuenta. Los policías saben hacer eso, ¿no?
Darío toma el papel como si fuera un billete de lotería. Lo lee. Un número. Ocho dígitos. El nombre "Carlos" escrito con letra redonda y clara.
—Eres un crack —dice Darío, guardando el papel en el bolsillo interior de su chaqueta, pegado al corazón—. Te debo una.
—Solo cuide al jefe —dice Gabriel, volviendo a su documento—. Está más solo de lo que cree.
Darío asiente. No sabe qué responder a eso. Pero lo anota en su cabeza. Está más solo de lo que cree.
Se da vuelta. Camina hacia la puerta de la funeraria. La luz de afuera lo ciega por un segundo.
Antes de salir, mira hacia el pasillo. Hacia la oficina de Carlos.
—Nos vemos, Carlos —murmura.
Y sale.
El sol le da en la cara. El aire huele a ciudad, a smog, a vida. Él huele a formol y a cedro y a la pimienta que lleva pegada a la ropa.
Saca el teléfono del bolsillo.
Mira el pos-it amarillo.
Escribe el número en un nuevo contacto.
Carlos (embalsamador)
Se queda mirando la pantalla un momento. El dedo pulgar sobre el botón de llamada.
No presiona.
—Todavía no —se dice a sí mismo—. Déjalo respirar.
Guarda el teléfono. Abre la camioneta. Se sube.
Arranca el motor.
Y mientras conduce hacia la comisaría, con el informe en el asiento del copiloto, sonríe como un idiota.
Tiene su número.
Tiene su nombre.
Tiene una excusa para llamarlo.
Solo falta tener valor.