"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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CAPÍTULO 4: El Regreso
En psicología del apego hay un concepto que explica por qué el hogar nos resulta tan irresistible después de un viaje: el Efecto de Reencuentro con el Refugio Seguro. Es esa sensación de alivio profundo, casi físico, que experimentamos al cruzar la puerta de casa después de una ausencia prolongada. El olor conocido. La luz que entra por la ventana del salón a una hora concreta. El sonido del vecino de arriba arrastrando muebles a las once de la noche. Todo aquello que, en la rutina diaria, nos pasa desapercibido, se vuelve sagrado cuando hemos estado lejos.
El vuelo Nueva York-Barcelona dura ocho horas y cuarenta minutos. Ocho horas y cuarenta minutos de turbulencias, café de avión que sabe a disolvente y películas dobladas que ya has visto tres veces. Ocho horas y cuarenta minutos para reflexionar sobre todo lo vivido en Manhattan: las entrevistas, los focos, las preguntas sin respuesta, los besos en mitad de la Sexta Avenida.
Y una certeza creciendo en el pecho como una marea lenta pero inexorable: quería volver a casa.
—¿En qué piensas? —preguntó Andrés desde el asiento de al lado. Llevaba el pelo revuelto, ojeras de jet lag y una camiseta arrugada que había comprado en una tienda de souvenirs del aeropuerto JFK. Ponía "I ❤️ NY" con letras doradas. Horrible. Maravillosa.
—En Schrödinger.
—¿En Schrödinger?
—En si nos habrá perdonado por dejarle diez días con Clara.
—Clara le ha dado salmón a diario. Según sus mensajes, el gato ha engordado doscientos gramos y ha desarrollado una adicción al lomo de atún. No creo que nos guarde rencor.
—Schrödinger siempre guarda rencor. Es su estado natural. Como el desprecio. Como la superioridad moral.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—Que haya encontrado la manera de abrir la nevera sin dejar notas. Que ahora sea un delincuente silencioso. Un fantasma felino que roba salmón en la oscuridad.
Andrés rió. Esa risa. La suya. La que llevaba un año y medio siendo mi ancla emocional incluso a diez mil metros de altura.
—Si Schrödinger ha aprendido a no dejar huellas —dijo—, entonces tenemos un problema más grave que la tapa de la mantequilla.
—Mucho más grave.
—¿Contratamos a un detective privado? ¿Un etólogo especializado en gatos delincuentes?
—Contratamos a Clara. Que ya está en el ajo.
El avión inició el descenso sobre Barcelona. Por la ventanilla, el Mediterráneo brillaba como una lámina de plata bajo el sol de enero. La ciudad se extendía abajo, reconocible, imperfecta, nuestra. La Sagrada Familia asomando entre los edificios. El trazado imposible del Eixample. El mar besando la costa con una pereza milenaria.
Apreté la mano de Andrés. Él me la apretó de vuelta.
Nuestro código. Aquí estoy. Esto es real. Hemos vuelto.
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Clara nos esperaba en la puerta del apartamento con una expresión que mezclaba el alivio, el agotamiento y el trauma no resuelto.
—No pienso volver a cuidar a ese gato —dijo a modo de saludo—. Ni por todo el oro del mundo. Ni aunque me paguéis con derechos de autor. Ni aunque me nombréis personaje secundario en vuestra próxima novela.
—¿Tan mal ha ido? —pregunté, dejando la maleta en el recibidor.
—¿Mal? —Clara soltó una risa histérica—. Valeria, tu gato ha abierto la nevera siete veces. Siete. He tenido que poner una trona de niño delante de la puerta. La ha movido. He puesto una silla. La ha movido. He puesto una maleta llena de libros. LA HA MOVIDO. Ese gato tiene la fuerza de voluntad de un levantador de pesas olímpico y la moral de un político corrupto.
—¿Y lo de la nota? —preguntó Andrés, conteniendo la risa.
—¡La nota! —Clara alzó los brazos al cielo—. Encontré un papel en el suelo de la cocina. Escrito con mi propio bolígrafo. Mi bolígrafo. Que estaba en un cajón cerrado. ¿Cómo abre un cajón un gato, Valeria? ¿Cómo?
—¿Qué ponía la nota?
—Ponía: "Gracias por el pescado. Seguiremos informando." Con una caligrafía sospechosamente humana. Estoy convencida de que Schrödinger ha contratado a un amanuense. O ha desarrollado pulgares oponibles mientras dormía.
En ese momento, una presencia peluda apareció por el pasillo. Schrödinger. Con su porte imperial. Su mirada de "humanos, habéis vuelto, qué inconveniente". Sus bigotes perfectamente alineados como los de un general prusiano.
Se sentó en el umbral del salón. Nos observó durante cinco segundos exactos. Luego emitió un maullido. Uno solo. Breve. Conciso.
Que significaba, claramente: "Me debéis salmón. Mucho salmón. Y una explicación."
—Te hemos echado de menos —dije, agachándome a su altura.
Schrödinger parpadeó lentamente. En lenguaje felino, eso podía significar "yo también" o "me importa un comino" o "he visto el vacío del cosmos en vuestra ausencia y no me ha impresionado".
Pero cuando apoyó su cabeza contra mi mano, permitiendo que le rascara detrás de la oreja, supe que era la primera opción.
El gato delincuente nos había perdonado.
O quizá solo estaba tramando su próxima fechoría. Con Schrödinger nunca se sabía.
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Aquella noche, después de que Clara se marchara con la promesa de una cena pagada y un ejemplar dedicado de la próxima novela, Andrés y yo nos quedamos a solas en el salón. Schrödinger roncaba en su cojín, satisfecho con su ración de salmón de bienvenida. La nevera estaba asegurada con un nuevo invento de Andrés: una cerradura magnética que requería un código de cuatro dígitos para abrirse.
—¿Crees que lo abrirá? —pregunté, señalando el invento.
—Tardará una semana. Dos como mucho.
—Eso es muy optimista.
—Soy publicista. El optimismo es mi herramienta de trabajo.
—Eres un publicista que convive con un gato delincuente y una psicóloga que escribe novelas románticas. Tu vida es un chiste.
—Mi vida es un bestseller.
Me besó. Allí, en el sofá de nuestro apartamento, con el olor a casa impregnando cada rincón y el silencio de Barcelona acunándonos como una nana.
El beso número incontable de nuestra historia. Pero uno de los importantes. De los que saben a regreso. A refugio seguro. A "hemos vuelto y esto sigue siendo nuestro".
—¿Sabes qué he pensado durante el vuelo? —dije, separándome unos centímetros.
—¿Que Schrödinger es en realidad un agente secreto del gobierno?
—No. Eso lo pienso siempre.
—¿Entonces?
—Que Nueva York ha sido increíble. La entrevista, la feria, los lectores. Todo. Pero lo mejor del viaje ha sido volver. Volver a esto. A nosotros. A nuestra rutina absurda de tapas de mantequilla y gatos que abren neveras.
—Eso es muy romántico.
—Lo sé. Lo he aprendido de una escritora que conozco.
Andrés sonrió. Esa sonrisa. La suya. La que llevaba un año y medio siendo el faro que me guiaba de vuelta a casa incluso cuando estaba a cinco mil kilómetros.
—¿Sabes qué he pensado yo? —dijo.
—¿Que deberíamos adoptar otro gato?
—No. Schrödinger nos mataría mientras dormimos.
—Cierto.
—He pensado que todo esto —hizo un gesto abarcando el apartamento, a Schrödinger, a nosotros— es la verdadera historia. No las entrevistas. No los focos. No las giras internacionales. Esto. Un martes cualquiera. Tú y yo. Y un gato que nos mira con desprecio.
—Eso es muy profundo para un publicista.
—Lo he aprendido de una psicóloga que escribe novelas románticas.
Nos quedamos en silencio. El silencio de los que no necesitan palabras. El silencio de los que han aprendido que el amor no es un discurso que se ensaya delante del espejo. Es un borrador perpetuo. Lleno de tachones. Lleno de notas al margen. Lleno de capítulos que nunca imaginaste escribir.
Y sin embargo, allí estábamos. Escribiéndolos.
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Horas más tarde, con Andrés dormido a mi lado y Schrödinger roncando a los pies de la cama, abrí el móvil. Tenía un correo de la editorial estadounidense.
"Querida Valeria: La entrevista en el Today Show ha sido un éxito rotundo. Las ventas se han disparado un 300% en las últimas cuarenta y ocho horas. Queremos proponerte algo: ¿escribirías un libro conjunto con Andrés? Algo así como 'Manual de instrucciones para un corazón sesgado: La historia real'. Tus lectores quieren saber más. Mucho más. ¿Qué dices?"
Miré a Andrés. Dormía con una mano extendida hacia mí, como si incluso en sueños necesitara tocarme. Miré a Schrödinger. Roncaba con la pata sobre su propio hocico, vulnerable y ridículo, el gato delincuente reducido a un ovillo de pelo y confianza.
Escribí una respuesta:
"Querida editorial: La historia real no cabe en un libro. Cabe en un martes cualquiera. Pero podemos intentarlo. Con una condición: que Schrödinger tenga su propio capítulo. Con voz de Morgan Freeman."
Envié el correo. Apagué el móvil. Besé la frente de Andrés, que murmuró algo sobre tapas de mantequilla y códigos de nevera.
Y supe, con la certeza de quien ha aprendido que los finales felices no son finales, que nuestra historia no había hecho más que empezar.