NovelToon NovelToon
CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 4

La mañana siguiente al incidente del estudio fue extraña, como si el aire en la mansión se hubiera vuelto más denso, más difícil de procesar. Me desperté temprano, con el sabor amargo de la sospecha de Dante todavía impregnado en mi paladar. Me miré al espejo y, por primera vez, no vi a Elena ni a Zoe; vi a una mujer atrapada en el limbo de una identidad que se desmoronaba por los bordes.

Decidí que la mejor defensa era el ataque, o al menos, una distracción magistral. Si Dante sospechaba que yo no era la Elena superficial que él conocía, le daría una dosis de su propia medicina: una indiferencia tan absoluta que lo obligara a retroceder.

Bajé a la cocina, esquivando el comedor formal. Quería un café de verdad, no esa infusión aguada que Arthur preparaba para mantener los nervios de Dante en su lugar. Allí me encontré con Rosa, una de las cocineras más jóvenes. Estaba llorando en silencio mientras picaba cebollas.

—¿Rosa? ¿Qué pasa? —pregunté, olvidando por completo el tono imperativo de mi hermana.

Ella saltó, ocultando rápidamente su rostro con el delantal.

—Nada, señora Volkov. Lo siento, no la escuché entrar. Ya me pongo con su desayuno especial...

—Olvida el desayuno —me acerqué y puse una mano sobre su hombro. Rosa tembló, esperando seguramente un regaño o un comentario mordaz sobre sus lágrimas ensuciando la comida—. Cuéntame qué pasa.

—Es mi hermano, señora... —susurró, viendo que yo no me retiraba—. Tuvo un accidente en la fábrica de las afueras. No tenemos dinero para la fianza del hospital y el señor Volkov... bueno, él es muy estricto con los adelantos de sueldo.

Sentí una punzada de asco hacia el sistema que Dante gobernaba. Para él, un accidente era una pérdida de eficiencia; para Rosa, era el fin del mundo. Metí la mano en el bolso de diseñador que llevaba, un accesorio que odiaba pero que hoy me servía de arma. Saqué un fajo de billetes que mi padre me había dado para "gastos de representación".

—Toma esto. No digas nada a nadie, especialmente no a Dante. Dile que un familiar te ayudó —le puse el dinero en la mano.

Rosa me miró como si hubiera visto a un ángel o a una loca. Elena jamás habría dado ni un centavo a un empleado, mucho menos se habría preocupado por su bienestar.

—Señora... yo... no puedo...

—Puedes y lo harás. Ahora límpiate la cara. No quiero que nadie sospeche.

Salí de la cocina sintiendo una pequeña chispa de calor en mi pecho, algo que la frialdad de esta casa no había logrado extinguir. Sin embargo, al darme la vuelta en el pasillo, me detuve en seco. Dante estaba allí, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión que no pude descifrar.

—¿Desde cuándo Elena de la Vega es la Madre Teresa de Calcuta? —su voz era baja, peligrosa.

Maldije internamente. Mi imprudencia me iba a costar cara. Enderecé la espalda y recuperé mi máscara de arrogancia.

—Desde que me aburro tanto en esta casa que he decidido comprar la lealtad del servicio, Dante. Es una inversión —mentí, cruzando los brazos también—. Si me quieren, me servirán mejor. ¿No es eso lo que tú haces con tus empleados? ¿Comprar su lealtad?

Él se separó de la pared y caminó hacia mí. Sus pasos no hacían ruido sobre el mármol, como si fuera un depredador acechando en la sombra. Se detuvo a centímetros de mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Yo no compro lealtad, Zoe... —se detuvo. ¿Acababa de decir mi nombre? No, era imposible. Había sido un tropiezo de mi imaginación—. Elena. Yo compro resultados. Y lo que acabo de ver no ha sido una inversión, ha sido un acto de... debilidad. O de manipulación.

—Llamalo como quieras. Al final, el resultado es el mismo: Rosa dejará de llorar y mi café estará listo a tiempo —pasé por su lado, rozando su brazo a propósito.

Sentí una descarga de calor recorrer mi costado, una chispa eléctrica que me recordó que, a pesar de su frialdad, Dante era un hombre de carne y hueso. Él me tomó del brazo, deteniéndome con una firmeza que no llegaba a ser dolorosa, pero que me impedía escapar.

—Esta noche tenemos la cena con el embajador —dijo, su aliento rozando mi oreja—. No quiero errores. No quiero actos de caridad espontáneos ni miradas de artista bohemia. Quiero a la mujer que firmó el contrato. Quiero a la esposa trofeo que sabe sonreír y callar cuando los hombres hablan de negocios.

—Te daré exactamente lo que pagaste, Dante —respondí, girándome para encararlo. Estábamos tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos oscuros—. Pero no esperes que me guste.

—El gusto es un lujo que ninguno de los dos puede permitirse ahora mismo.

Me soltó y se marchó sin mirar atrás. Pasé el resto del día encerrada en mi habitación, tratando de prepararme para la noche. La cena con el embajador era uno de los eventos clave. Si lograba pasar desapercibida allí, el resto del mes sería más sencillo. Pero había un problema: el vestido que Dante había seleccionado para mí era un Versace rojo sangre, con un escote que dejaba poco a la imaginación y una espalda totalmente descubierta. Era un vestido de Elena, no mío.

Me lo puse con dedos temblorosos. La tela se sentía como una provocación constante contra mi piel. Me miré al espejo y vi a una mujer poderosa, peligrosa, una mujer que podía derretir el hielo con solo una mirada. Pero por dentro, seguía siendo la chica que quería esconderse en un rincón con un cuaderno de bocetos.

Cuando bajé las escaleras, Dante me esperaba en el vestíbulo. Llevaba un esmoquin que lo hacía parecer un príncipe de un reino oscuro y olvidado. Al verme, su respiración se detuvo un instante. Su mirada recorrió cada centímetro de mi piel expuesta, deteniéndose en el nacimiento de mis pechos y luego subiendo hasta mis labios.

—Te ves... aceptable —dijo, aunque su voz sonaba más áspera de lo normal.

—Tú también te ves... funcional —le devolví el cumplido con sarcasmo.

Subimos al coche y el silencio fue diferente esta vez. No era un silencio de odio, sino uno de tensión acumulada. Yo estaba consciente de su mano cerca de la mía, de su perfume llenando el espacio cerrado, de la forma en que sus ojos se desviaban hacia mi escote de vez en cuando. Dante Volkov no era tan inmune como quería aparentar.

La cena fue un despliegue de hipocresía. Me senté junto a él, sonriendo a hombres con barrigas prominentes y mujeres con diamantes del tamaño de nueces. Hablé de moda, de viajes que nunca hice y de chismes de la alta sociedad que Elena conocía de memoria. Dante observaba, interviniendo solo lo necesario, con esa aura de superioridad que hacía que todos a su alrededor se sintieran pequeños.

—Su esposa es un encanto, Volkov —dijo el embajador, un hombre de ojos astutos—. Dicen que las aguas mansas son las más profundas. Parece que ha domesticado a la fiera de los de la Vega.

Dante me miró, y por un segundo, sentí que su mano debajo de la mesa apretaba mi muslo de forma posesiva, un gesto que no formaba parte del guion oficial.

—Elena es... una caja de sorpresas —respondió él, sin apartar la vista de mí—. Pero todavía estoy descubriendo qué hay en el fondo de esa caja.

El resto de la noche fue un borrón de copas de champán y conversaciones vacías. Me sentía mareada, no por el alcohol, sino por la farsa. Cada vez que alguien me llamaba "Elena", una parte de mí quería gritar. Al final de la noche, cuando por fin estábamos de vuelta en el coche, me apoyé contra el asiento y cerré los ojos.

—Lo hiciste bien —dijo Dante. Fue lo más parecido a un cumplido que había salido de su boca.

—Estoy cansada, Dante. Llévame a casa.

—Esta es tu casa ahora. Acostúmbrate.

Llegamos a la mansión bajo una lluvia fina que empezaba a caer sobre los cristales. Al entrar, la casa se sentía fría y vacía. Arthur ya se había retirado. Dante se quitó la chaqueta del esmoquin y se desabrochó los primeros botones de la camisa, un gesto que lo hacía parecer peligrosamente humano.

—Voy a mi despacho. No me molestes —dijo, pero no se movió.

Se quedó mirándome bajo la luz tenue del vestíbulo. El vestido rojo brillaba como el fuego en la penumbra. Yo me sentía vulnerable, expuesta, y a la vez, extrañamente audaz.

—¿Por qué me odias tanto, Dante? —pregunté de repente. La pregunta colgó en el aire, pesada y húmeda.

Él dio un paso hacia mí. Su rostro estaba en sombras, pero sus ojos brillaban con una intensidad feroz.

—No te odio, Elena. El odio requiere pasión, y yo no siento pasión por ti. Solo siento... desconfianza. Eres una de la Vega. Llevas el engaño en la sangre.

—¿Y si te dijera que no soy lo que crees? —di un paso hacia él, desafiando la distancia de seguridad.

—Entonces te diría que eres una actriz mejor de lo que pensaba.

Me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su pecho. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Por un momento, el tiempo se detuvo. Sus ojos bajaron a mis labios y vi una lucha interna en su mirada, una batalla entre el hombre de hielo y algo mucho más primitivo.

Inclinó la cabeza, acercándose lentamente. Yo no me moví. No podía. Estaba hipnotizada por la intensidad de su presencia. Estábamos a milímetros de distancia cuando el teléfono en su bolsillo vibró de forma insistente.

Dante se separó de golpe, como si se hubiera quemado. Sacó el teléfono y miró la pantalla. Su expresión se volvió de piedra instantáneamente.

—Vete a dormir —dijo con voz gélida, dándose la vuelta.

Me quedé allí, temblando en medio del vestíbulo vacío. Había estado a punto de besarlo. Había estado a punto de arruinarlo todo por un impulso estúpido. Subí las escaleras corriendo, con el corazón en la garganta. Al entrar en mi habitación, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, tratando de recuperar el aliento.

Me quité el vestido rojo y lo tiré al suelo como si fuera una piel que me estuviera asfixiando. Me puse una camiseta vieja que había logrado esconder entre la ropa de Elena y me metí en la cama, envolviéndome en las mantas. Pero el calor no llegaba.

A través de la puerta que conectaba con el vestidor, escuché el sonido de la puerta de Dante abriéndose y cerrándose horas después. Luego, el silencio. Un silencio que gritaba preguntas que no me atrevía a responder. ¿Quién era la mujer que él mencionaba cuando estaba borracho? ¿Qué secreto ocultaba tras su odio a los de la Vega? Y lo más importante: ¿Cuánto tiempo más podría seguir siendo Elena sin terminar enamorada del hombre que se suponía que debía ser mi enemigo?

Me dormí con el sonido de la lluvia golpeando el cristal, soñando con incendios en medio de la nieve y con unos ojos oscuros que prometían tanto el cielo como el infierno. La jaula de oro se sentía cada vez más pequeña, y yo empezaba a darme cuenta de que el verdadero peligro no era el contrato, sino el hombre que lo sostenía.

1
Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play